Siempre me arrepentí de esto que voy a contar. Estábamos en el Tortoni, en las tertulias de los jueves. Había viejos que leían cosas, pero nosotros íbamos a emborracharnos. Uno de esos jueves el poeta Salas golpeó la mesa y se quedó en silencio, humillado, mientras nos cagábamos de la risa. No lo dejábamos leer, nadie le prestaba atención. Yo, sobre todo. Los demás no sé por qué no le hacían caso: yo no le hacía caso porque no lo conocía. No sabía que él era Salas, no sabía nada sobre los poetas que habría de adorar en mi futuro.

Teníamos quince años, que para las mujeres es una edad recordable, para los perros el principio de la vejez, y para nosotros, los varones, nada bueno. Los quince masculinos son una transición del habla, una torpeza del cuerpo. Yo no sabía si Pablo se masturbaba, por ejemplo, ni él si yo; todavía hablábamos de cuestiones infantiles. Éramos amigos, bastante inseparables, aunque es verdad que hoy no lo seríamos tanto. Hay una edad, posterior a los quince, en donde las costumbres y los deseos distancian a los hombres.

La publicidad muestra a un canario en una cocina. El pájaro va hasta la hornalla y es tragado por una campana extractora de la marca Balay, eficaz y silenciosa. Para que no haya problemas con las asociaciones que defienden los derechos del animal, unas letras pequeñitas advierten: ficción publicitaria, no sea cosa que alguien crea que han matado al pájaro en serio. Acaba la tanda y comienza el programa de Arguiñano. El cocinero mete un animal vivo en una olla. Lo vemos morir lentamente, sin letras pequeñas, sin culpa.

Descubrimos el truco por casualidad, en nuestro propio edificio. Y como nos salió bien, empezamos a repetir la rutina en hogares ajenos, subidos a otros ascensores, con nuevas víctimas. Las bromas perfectas surgen de la nada, de un error o una impaciencia, y ésta fue una de las mejores. Tan original, y tan simple, que siempre nos pareció mentira que no existiera ya, que no fuese un clásico popular. Pero no lo era: lleva nuestra firma. De hecho, ésta será la primera vez que el truco tome estado público.

Hace veinte años mi amigo el Chiri y yo descubrimos, por casualidad, que la mejor manera de caminar es hacerlo como un mono que, mientras trota, se estuviera convirtiendo en avestruz. Esta forma de andar es mucho más cómoda y veloz que la manera habitual, y a todas luces menos cansadora. Con el Chiri solíamos dar largos paseos utilizando este método de tracción, a la vez que nos preguntábamos: "¿por qué la gente no se desplazará así, por qué todo el mundo ha elegido la variante más difícil?" Dimos con la respuesta en 1991, cuando nos llevaron presos a causa de caminar distinto.

De todos los oficios, el que más me repugna es el de los abogados. Se me hace cuesta arriba entender cómo es posible que todos los abogados no estén presos. Si este mundo fuera realmente justo, debería haber jaulas a la salida de la Universidad de Derecho. Cada vez que salga un jovencito recibido de abogado, con su toga ridícula y su diploma enrollado, habría que cerrar con llave la jaula y mandarlo al zoológico. Que me perdonen las focas.

Sobre las calles de tierra de la Pampa Chica los veranos son más calurosos que en cualquier otra parte de Mercedes. El polvo entra a las casas por las puertas de chapa, y los dos hijos mayores de la familia Galíndez salen con baldes, después del mediodía, y echan agua para que el viento no levante mugre. Se llaman Marcos y el Negro; en el barrio les dicen los de Galíndez.

Pensá por un momento que tenés casi ochenta años. La espalda arqueada, dolor en todos los huesos, problemas para mear. Imagináte que hace casi treinta años mataste a otros, o los mandaste matar, y que ya no te acordás por qué. Estás cansado, el mundo no te pertenece, ni siquiera entendés cómo funciona la videocasetera. Solamente querés disfrutar de tus nietos, ese único remanso posible, y esperar la muerte con serenidad.

—Tome asiento, Casciari —me dice Gravinsky cuando entro a la consulta, y revisa con rapidez la libreta donde apunta mis cosas—. El jueves pasado usted me decía que prefiere darle la razón a todo el mundo, que le huye a las confrontaciones intelectuales. ¿Es correcto?—Sí —le digo—, más o menos era eso. Como si tuviera agorafobia, como esa gente que tiene miedo de salir a la calle, pero en el terreno de las ideas. Me rompe mucho las bolas discutir. Ya no discuto.

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