Me encuentro con un viejo compañero de la primaria que no veía desde los años ochenta, y del que tuve noticias a través de una red social. Nos citamos en un bar del centro, nos palmeamos con cariño falso, pedimos unas cervezas. Le digo: "Qué increíble, para lo que acaba sirviendo Facebook". Se ríe fuerte, como si le estuviera tomando el pelo: "Si Facebook sirviera solamente para encontrarme con vos, gordo boludo —me dice—, yo no tendría banda ancha en casa. A mí Facebook me cambió la vida, pero de verdad".

Una serie de situaciones (gratas) provocaron que el mes pasado haya escrito poco en mi cuaderno. Es verdad que no redacto estas páginas para nadie, pero también es mentira: suelo andar por la casa con más soltura si el último relato de Orsai está en sintonía con una fecha cercana. Será que al publicar un texto nuevo dejo de sentir la espera ajena, o que necesito escribir por superstición amateur, para que esto no deje nunca de ser un hobbie. Sea por una cosa o por la otra, hacerlo me tranquiliza; me pone en orden.

Hace unos cuantos meses me llamó a casa Luis Rull, uno de los organizadores del EBE 2008, para invitarme a dar la charla final, la que cerraría el evento. Como Luis es muy previsor, me llamó en abril o en mayo; hace muchísimos meses. Y posiblemente lo hizo de esta manera, tan anticipada, porque sabe que únicamente digo que sí a las propuestas remotas. Digo que sí a cualquier cosa que me propongan de aquí a seis meses, porque me resulta muy complicado encontrar una excusa creíble.

La lengua checa tiene muchas tildes, y son extrañas. Algunas, además, se colocan en las consonantes. El apellido de Iveta tiene una, en la ese mayúscula: Šeredovà. Esta tilde provoca que el sonido de la ese se convierta en yuvia argentina. Iveta Šeredova habla castešano un poco mejor, pero no mucho, quizás porque desea seguir siendo checa para siempre. Lee una revista que se llama TV Mánie. Hoy me volvió a pedir que nos descarguemos series donde trabaje Sally Fieldovà. Y yo, con íntimo dolor de crítico de la tele, la perdono.

Anoche le contaba a la Nina un cuento infantil muy famoso, el Hansel y Gretel de los hermanos Grimm. En el momento más tenebroso de la aventura los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer. Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: "No importa. Que lo llamen al papá por el móvil".

Ahora mismo estoy viajando en un tren y voy leyendo un libro gordo muy interesante. Mis tiempos de lectura ocurren en el ferrocarril o cuando estoy cagando en casa. Pero resulta que tanto el baño como el vagón presentan incomodidades: no tienen mesas amplias ni apoya brazos, por ejemplo; entonces al libro lo debo soportar en las manos. Cuando el volumen es breve no hay mayores problemas, pero ir y venir con un ladrillo de medio kilo en las manos, en pleno siglo veintiuno, empieza a resultar un despropósito.

Esto pasó hace muchos, muchísimos años. Para ser exacto, tres. En las historias de la vida real quizás tres años suenen a poco, pero para una anécdota virtual tres años es la prehistoria. Internet es una sociedad falsa que avanza a cámara rápida: las relaciones personales son veloces y efímeras, los éxitos y los fracasos no tienen la menor importancia, la experiencia se adquiere con facilidad y las buenas moralejas a veces ocurren por una carambola del destino. Lo que voy a contar ocurrió en ese tiempo, en ese mundo.

Dos veces a la semana suena el teléfono en casa, o el timbre, y del otro lado aparece un encuestador. Cada vez hay más y se presentan mejor preparados. Con el tiempo, han aprendido a ser inmunes al NO. Saben minimizar las excusas y están por todas partes, mendigando quince minutos de nuestras vidas. Si un día la Tierra padeciera un conflicto químico que aniquilase todo —plantas, animales, gente— seguirían sonando los teléfonos por la mañana. El encuestador es la nueva cucaracha del mundo.

Salir de casa para cenar con gente implica una serie de actividades molestas: bañarse, vestirse, perderse un partido de la Eurocopa, comprar un vino caro, sonreír dos horas sin ganas, a veces tres. Que te acompañen por las habitaciones para que veas una casa que no te importa. Dejar a tu hija con los abuelos, extrañarla. Cenar sin tele, sin cocacola, comer ensalada de primer plato, no desentonar, no fumar si no hay ceniceros a la vista. Muchísimo menos sacar la bolsita feliz. Son demasiadas cosas para la edad que tengo.

Años atrás mi tataranieto Woung comenzó a enviarme informes sobre el devenir del siglo XXI. Los lectores consecuentes de Orsai quizá recuerden ese primer texto, en donde mi pariente explica cómo sería la vida hasta el año 2026, cuando un chileno logra ganarle una partida de ajedrez a una computadora construida por un chimpancé. Y luego el segundo texto que va hasta 2046, fecha en que el ser humano descubre que el apéndice es un segundo pene. Hoy he recibido la tercera carta... El futuro es escalofriante.

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