Ayer di por finalizada la primera etapa de un experimento de ficción llamado Más respeto, que soy tu madre, en el que usé el recurso de la bitácora (una herramienta de publicación cronológica de contenidos en internet) para contar una historia costumbrista desde la subjetiva de un ama de casa argentina de clase media. La repercusión del proyecto fue tan asombrosa que me gustaría compartir algunos detalles con el lector.

A los doce años yo pensaba en la muerte con lejanía y por placer. Y pensaba en los ríos nocturnos que tenían un nombre con consonantes dobles. Había un perro en mi casa, y yo quería que él me hablara y me contara una historia de su vida anterior a mí. También quería encerrarme a oscuras con una manzana y ver cuánto tardaba en morirme de hambre. Lo cierto es que estaba a punto de escribir un cuento, pero todavía no sabía qué decir.

A veces me pregunto si Mirta, refugiada en los brazos de su esposo en algún lugar del sur argentino, imaginará que muchos de sus amigos virtuales la dan por muerta y enterrada. Ella, que con gran dolor debió elegir entre una luna de miel íntima o sus inseparables lectores (y eligió bien), se despidió de ellos por cuatro semanas, triste por dejar un hueco en su 'cuadernito' pero feliz porque, por primera vez, su peor es nada había tenido con ella un detalle parecido al amor.

Las noticias más importantes nunca aparecen en la tapa del diario sino en las páginas del fondo, y casi siempre tienen que ver con la ciencia, la biotecnología, la astronomía y los chusmerío de la farándula (en español: los cotilleos del famoseo). Sacando esto último, que solamente tiene una trascendencia que alimenta la frivolidad necesaria para equilibrar mi profundo compromiso con la problemática del universo, a mí las noticias que más me gustan son los descubrimientos raros.

Esta noche, viajando en el N-6, pensaba en la siguiente metáfora: "Fulano caminaba por la calle con la seguridad y el alivio de aquellos a quienes se les ha destapado la nariz después de cuatro meses". Me pareció gracioso el recurso, más que nada porque en la metáfora misma había una pequeña historia escondida: la de un grupo de gente que anda toda una época con la nariz tapada y de un día para el otro, ¡zas!, otra vez el aire a los pulmones y a caminar por la vereda sacando pecho.

Una vez cada tantos meses extraño viajar. Lo extraño mucho, como se extraña no a la mujer, sino el perfume que usó la noche más feliz con ella. Me pongo a pensar qué cosas me gustan de los viajes, y no doy con la idea. ¿El hecho de estar en tránsito continuo? Sí, está bien, pero no es sólo eso. ¿Vivir sin hacer nada sabiendo que de todos modos se está haciendo algo puesto que se está en movimiento? También, pero no me satisface como la gran explicación.

Algunas historias de Mirta han saltado los límites de su cuadernito, y eso me alegra muchísimo. La más notoria, hasta ayer, había sido "el post del mate". Con diferentes títulos, casi nunca citando la fuente y no siempre fiel al original, ese capítulo de la Gorda recorrió el mundo, metiéndose en el Outlook de los argentinos nostálgicos de cualquier parte del planeta. Pero la repercusión que ha tenido (y aún tiene) la carta de ayer a Diego Maradona, me dejó patitieso.

El problema no es qué fue primero, si el huevo o la gallina. ¿A quién le importa, si las dos cosas están ricas? El problema es quién descubrió que el huevo se come. O quién fue el visionario que dijo "tomen de esa leche y van a ver qué gustito". ¿Qué hacía alguien chupándole las tetas a una vaca? En la prehistoria, creo yo, la gastronomía y la zoofilia eran ramas de una misma ciencia.

Ahora leo que más del 50% de las mujeres jóvenes consume alcohol esporádicamente en la Argentina, y me vienen a la cabeza las entrañables borrachitas de mi época, que eran mucho menos en número pero mil veces más constantes en periodicidad de consumo. Y es que, para mi modo de ver, la mujer borracha, cuando es joven y está al aire libre en una fiesta, es mejor que casi todas las cosas sobrias que existen.

En media hora me tengo que ir vacaciones. Voy a estar un mes panza arriba en el Mediterráneo. Voy a vivir en una casa rodante. Voy a comer pescados sacados del agua por mí. Pescados que conocí vivos, que vi sufrir y que maté yo. Voy a andar en patas. Voy a mirar alemanas en tetas. Voy a jugar al scrabel a la intemperie. "Me alegro, Casciari, ¿estás contento?" No, estoy enojado.

Me regaña un lector de Mirta, vía mail: "Aunque tus personajes hablaban 'en argentino', tu deber es escribir con corrección. Y tu deber, en este caso, es saber que las palabras llanas (graves) no llevan tilde cuando acaban en ene, ese o vocal". Y como no es la primera vez que me hacen esta acusación tan seria, aprovecharé las vacaciones para explicar por qué, a veces, nuestro único deber es que la gramática nos chupe un huevo.

La primera vez que tuve esa intuición sentí pánico. Habíamos ido con Roberto a ver un River—Rácing decisivo que perdimos dos a uno. Yo tenía trece años. De regreso a Mercedes pensé que, posiblemente, el resultado habría sido otro si esa tarde no hubiésemos ido a la cancha. Supe que, al ir, habíamos modificado sutilmente el destino. Desde ese día ando con mucho más cuidado.

El hombre frente a mí podía sorprender por infinidad de cosas. Para empezar, esa mañana cumplía cien años; pero también había sido amigo de Freud, había editado 52 novelas (todas con títulos de siete letras) y era el ser humano que había escrito más sonetos desde Petrarca. Sin embargo, lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de pelos blancos que le salían de las orejas.

El dolor físico es incómodo. Igual que esos tipos que te hablan de sus dramas todo el tiempo. Uno cambia de mesa y el tipo te sigue. El dolor también. Tratás de no prestar atención y el tipo te habla más fuerte. El dolor igual. El dolor físico es eso: un pesado de anteojos que vive adentro nuestro y que a veces se despierta con ganas de conversar. A mí, toda esta semana, el tipo me hizo un monólogo en el medio del culo.

Hoy hace exactamente un año leí en el suplemento informático del diario El País sobre la existencia de un formato de edición de textos llamado 'weblog'. Diez días más tarde abrí una cuenta y empecé a escribir Los Bertotti, convencido de que ya había cientos de ficciones por el estilo. Después abrí otras cuentas y escribí algunos más. Llegué a tener cinco diarios simultáneos. Ahora, lentamente, empiezo a despojarme, a desplumarme de tanta historia.

Dos tragedias similares, aunque con desenlaces distintos, ocurrieron ayer en Argentina y España a causa de la tradicional costumbre que tienen los adolescentes de burlarse de los compañeros de aula más introvertidos o estúpidos o deformes. En Buenos Aires, un nerd asesinó a cuatro compañeros; en San Sebastián, un chico que siempre era blanco de las burlas saltó desde un sexto piso y se mató.

Cuando cumplí ocho años, Roberto Casciari me lo puso bien claro: "O tomás la Comunión o vas a Rugby", me dijo, "pero no te quiero los fines de semana durmiendo hasta las doce". Para la Comunión había que hacer un curso los sábados a las 10. Para ir a rugby, también. Las dos cosas eran con pantalón corto y no había que usar el cerebro, por lo que me costó decidir. Hoy hubiera optado por ser católico, pero en la infancia uno siempre se equivoca: elegí ser rugbier.

Hasta hace quince años no había otra manera de mentir más que en directo. El correo tardaba demasiado y, aunque uno bien podía ser un cretino epistolar, ¿qué sentido tenía mentir por carta si, cuando el engaño llegaba a destino con sus patas cortas, la verdad había arribado antes por teléfono? Pero en este siglo, para alegría de todos, llegó el mayor transmisor veloz de la mentira: el mail.

Hasta hace unos años solamente pirateaba discos de músicos millonarios. Había algo, un sentimiento de culpa, hilachas de solidaridad, que me impedía bajarme canciones de gente pobre, pues me daba la impresión de que les estaba quitando el pan de la boca. Robarle 17 dólares a Paul McCartney me parecía bien, incluso sano, pero quitárselos a Peteco Carabajal no. Ahora en cambio ya no respeto nada, como todo el mundo. Y me siento raro.

Hace diez años estaba aburrido y se me ocurrió catalogar las diferentes especies de habitantes de Mercedes. Si lo había hecho Hudson con los pájaros de Buenos Aires, ¿por qué no iba a hacerlo yo con mis vecinos? La tarea me llevó un par de meses de vigilante observación. Pero los resultados fueron alentadores: encontré casi doscientas especies. Y entonces publiqué una Enciclopedia que, hasta el día de hoy, es de imprescindible lectura en mi pueblo.

Soy un iluso. Siempre di por hecho que, al nacer la Nina, aquellos que se pasaban la vida diciéndome "disfrutá ahora, porque cuando tengas un hijo se te acaba la joda" iban a desaparecer. Pero no. A la gente que da consejos pesimistas le encanta seguir a tu lado, sobrevolando tu inminente desgracia. Ahora han cambiado levemente el discurso; me dicen: "disfrutála ahora, porque en realidad es cuando crecen que se te acaba la joda".

Había una vez un científico que después de haber descubierto que la Tierra giraba alrededor del Sol (y no al revés, como se creía) se desdijo y pidió perdón porque el poder de turno lo apretó un poco, amenazándolo con una insignificancia histórica: su muerte. Este hombre, que se llamaba Galileo, quedó en la historia por ambas gestas: había logrado participar en el mayor descubrimiento y en la más grande cobardía de su tiempo.

Mi relación con las chicas que te quieren vender cosas por teléfono empezó hace un par de años, y fue un comienzo descorazonador. En Argentina estos llamados no eran una plaga (como lo son aquí) y yo no estaba acostumbrado a defenderme. La primera vez que me quisieron vender algo, mandé a la operadora a la concha de su madre y colgué, como dios manda. Error: a los dos minutos la chica me llamó de nuevo, y estaba llorando.

El 4 de abril de 1994 recrudeció en Ruanda una guerra civil entre dos tribus (los tutsis y los hutus) que le costó la vida a 800 mil personas analfabetas de color negro en cuarenta y ocho horas. La portada de los diarios, al día siguiente, no mencionaba el asunto. El 11 de septiembre de 2001 se estrellaron dos aviones contra el World Trade Center de Nueva York. Murieron casi tres mil personas alfabetizadas de color blanco en venticuatro horas. Las portadas de la prensa del día siguiente tuvieron letras del tamaño de un caballo y ediciones especiales durante semanas.

Últimamente estoy viendo en la tele, con verdadero espanto, que la publicidad viene con unos cartelitos en los que se atiende la sensibilidad de los espectadores con frases como estas: "Este anuncio fue hecho por profesionales", o "Esto es una ficción publicitaria" e incluso "Para realizar esta publicidad no se han maltratado animales". Cada vez que veo estas pacaterías, y es casi siempre, confirmo que la idiotez le está ganando, por goleada, la eterna batalla a la creatividad.

Un amigo me confiaba vía mail que quería empezar un taller literario. "Estoy seguro que vos no creés en esas supersticiones", sospechaba en su correo, y la verdad es que tiene razón. Me resultó extraño este deseo en mi amigo, porque tiene una una prosa muy original y una bitácora excelente donde lo demuestra. Y yo realmente creo que escribir en un blog le hace mucho mejor al estilo de cada uno que cualquier cursillo en el que un facineroso te quiere transmitir lo inexplicable: el arte de contar historias.

La etapa más vertiginosa del progreso humano ocurrió entre 1978 y 1982, cuando los juguetes, que hasta entonces habían sido pelotas inanimadas y baleros sin sabor, fueron convirtiéndose intempestivamente en artefactos a batería o en juegos complicados con infinidad de complementos. Mi vida, la de un gordito de pueblo harto de jugar con el tiki-taka, se vio entonces arrasada por el conocimiento y la aventura. La primera maravilla llegó después del Mundial '78, y se llamó El Cerebro Mágico.

Estuve todo el fin de semana con un retortijón en el estómago por culpa de unas declaraciones de María Kodama a la prensa española: "A Borges le gustaba Pink Floyd", aseguraba, muy alegre de cuerpo, la viuda. Y no es que esté en contra de la música moderna; lo que me pone los pelos de punta es esta moda, contemporánea y ruin, de que los herederos saquen a relucir las intimidades de sus parientes inmortales. Sobre todo cuando lo que cuentan son esas pequeñeces de entrecasa que los muertos más han querido esconder.

En un comentario reciente, una lectora me recordó las épocas en que escribía, en un periódico de Mercedes, entrevistas a personajes inexistentes (por supuesto sin decir que eran cuentos camuflados). Siempre pensé que los habitantes de las ciudades pequeñas, tan poco lectores pero a la vez tan amigos de propagar historias, pueden engancharse con gusto a la ficción literaria de una sola manera: creyendo que el cuento que se les cuenta es real como la vida misma.

Durante los felices años en que muy pocos teníamos una PC y una impresora, siempre llegaban a casa amistades sin trabajo con un lastimoso pedido de auxilio: "¿No me hacés un currículum, vos que tenés computadora?". A mí me fascinaba hacer estos favores porque nunca, ni siquiera en Orsai, tuve la oportunidad de mentir con tanta soltura y sangre fría como en las épocas en que mi oficio era el de componer, con pasión y paciencia, la vida de otras personas.

¿Cómo se llamaba el cuatro de Ferro que ganó el metropolitano del '81? ¿Quién era aquel peladito que trabajaba en La Tuerca? ¡Ay, qué facil es todo para ustedes, los jóvenes! En nuestra época, querido nieto, podíamos estar días enteros con un cosquilleo mortal en en la yema de los dedos a causa de un dato que estaba ahí, a punto de salir, y que no salía. Entre las cosas muertas del pasado, entre los cadáveres que ha dejado Google a su paso, lo que yo extraño es tener cosas en la punta de la lengua.

Hoy saco del cajón otra de las entrevistas-cuento que solían aparecer en los diarios mercedinos la década pasada. Según lo imaginé en su día, el personaje elegido se llamaba Horacio, tenía alrededor de cuarenta y cinco años, varios apellidos (no porque fuese aristocrático, sino porque debía cambiarlos cada seis meses) y estuvo viviendo en Mercedes durante un par de meses, engañando a viejas de pueblo con sus particulares "cuentos del tío".

Orsai ofrece, desde el próximo lunes, «Justicia, justicia!», una novelita en doce capítulos diarios en la que el lector se reencontrará con algunos personajes del mundo Bertotti, aunque de refilón. La trama, que ocurre en Mercedes a finales del año 2000, nos presenta algunos actores secundarios reconocibles, aunque más jóvenes (el Caio, por ejemplo, tiene once añitos). Este breve folletín, que tendrá su capítulo final en Nochebuena, es el regalo que Orsai desea brindar a sus lectores en estas Navidades.