Más o menos una vez por semana recibo correos de lectores que me informan que han visto textos míos firmados por otros, o no firmados pero sí apropiados por terceros. Hay, en esto, dos hechos que me regocijan: el primero es que los informantes se me presentan enojadísimos, es decir, que sienten tan propios esos textos que les causa irritación verlos en otras manos; y el segundo hecho reconfortante es que el plagio menor, en sí mismo, es una forma analfabeta y torpe del homenaje.

Ya no quedan viejas originales de fábrica. Quiero decir encorvadas, vestidas sin estridencia y abocadas a la labor del punto cruz. Ya no queda ni un especimen entrecano y silencioso, al que nombrábamos abuela —aunque no lo fuese— cuando nos pedía ayuda peatonal. Venga que la cruzo, abuela. Ya no queda ni una en las grandes ciudades y en breve no las habrá tampoco en el mundo, por culpa de la mujer actual, que, con tal de no envejecer, prefiere inyectarse botulismo.

Cuando uno llega a España no entiende muchas costumbres, pero creo que la más terrible (por encima del terrorismo y el tamaño ridículo de los yogures) es por qué insisten en descuartizar a la vaca muerta sin pedir consejos. ¿Por qué reinciden en el corte transversal paralelo al nervio, si ya saben que así no es? ¿Por qué el carnicero finge no saber qué significa «colita de cuadril» cuando es obvio que sí lo sabe, y pone cara fastidio cuando un cliente, nacido en un país ganadero y democrático, le pide un kilo?

Hace dos mil años los hombres caminaban por la calle descalzos y se llamaban por el nombre de pila; eran tiempos en que no hacían falta ni apellidos ni zapatos. La vida ya existía en toda su amplitud y maravilla pero, igual que ahora, nadie le daba importancia. Las cuestiones fundamentales, hace dos mil años, ocurrían en el continente asiático. Ahí se cocinaba la historia. Ahí los hombres ya eran víctimas de su esencia, ya destrozaban sus sueños, ya mentían y engañaban, y provocaban intrigas, y se perseguían para confirmarse dueños de sí mismos y de todo aquello que los rodeaba.

Los miércoles a las nueve de la noche, hora de Nueva York, la cadena norteamericana ABC emite una serie de televisión que me gusta. A esa misma hora un mexicano llamado Elías, dueño de un vivero en Veracruz, la está grabando directamente a su disco rígido, y tan pronto como acabe subirá el archivo a Internet, sin cobrar un centavo por la molestia. Tiene esta costumbre, dice, porque le gusta la serie y sabe que hay personas en otras partes del mundo que están esperando por verla. Lo hace con dedicación, del mismo modo que trasplanta las gardenias de su jardín para que se reproduzca la belleza.

Hace unos meses empecé a recibir correos electrónicos de paraguayos enojados. No unos pocos correos, sino cientos. La gran mayoría de los mensajes me amenazaba con diferentes destinos como la muerte, la típica golpiza o el infaltable corte de piernas. Me asusté muchísimo, porque soy cobarde, y porque soy curioso quise saber el motivo de semejante encono. Lo encontré enseguida: el periódico de mayor tiraje del Paraguay, de corte sensacionalista, había publicado un artículo donde se informaba que un personaje mío ridiculizaba a su pueblo.

Desde hace muchísimo tiempo tengo una teoría que —sintetizada— resulta un poco paranormal, o en cierto punto inmadura, pero que tiendo a seguir al pie de la letra. No suelo hablar de este asunto más que en sobremesas reducidas, donde conozco bien al grupo que me presta atención, porque se trata de un pensamiento que puede confundirse con lo místico, o con lo religioso, y me daría mucha vergüenza compartir una postura con Nacha Guevara o con un obispo. Pero como estamos entre amigos, hoy quisiera exponer aquí, por primera vez en público, mi Teoría de los Guiños.

Hace veinte años mi amigo el Chiri y yo descubrimos, por casualidad, que la mejor manera de caminar es hacerlo como un mono que, mientras trota, se estuviera convirtiendo en avestruz. Esta forma de andar es mucho más cómoda y veloz que la manera habitual, y a todas luces menos cansadora. Con el Chiri solíamos dar largos paseos utilizando este método de tracción, a la vez que nos preguntábamos: "¿por qué la gente no se desplazará así, por qué todo el mundo ha elegido la variante más difícil?" Dimos con la respuesta en 1991, cuando nos llevaron presos a causa de caminar distinto.

Según cuenta la historia, desde principios del siglo XX la ciudad de Tandil alardeaba con poseer al loco del pueblo más original de la provincia, hasta que en 1939 la ciudad de Chacabuco se queja ante la Gobernación Central, aduciendo que esa distinción debería realizarse por consenso. Así surgen los primeros "Juegos Bonaerenses de Excentricidad", conocidos popularmente como los Provinciales del Loco. La competición nace oficialmente en Mar del Plata, en 1942, y se desarrollará cada cuatro años en sedes rotativas, hasta el fatídico suceso de Cañuelas, del que la semana próxima se cumple un nuevo aniversario.

Hace dos lustros, cuando se cumplió el décimo aniversario de la Masacre de Cañuelas, logré una entrevista con Enrique Politto, la primera y única que el asesino ha dado desde la Unidad 5, donde todavía permanece encerrado. El «loquito de los puntos y las vueltas» fue el último de los campeones de la competencia llamada "Los Provinciales del Loco". La tarde en que se coronó vencedor, un 27 de marzo de 1986, recibió su trofeo de manos del Gobernador Armendáriz, saludó al público, sacó una granada del bolsillo e hizo estallar la tribuna oeste del polideportivo El Porvenir, matando a dieciocho personas: doce cuerdos, cinco locos y un chileno.

Todos los esfuerzos que hice en la vida para que Roberto Casciari no me creyese puto acaban de desvanecerse. También se han hecho trizas mis posibilidades de ser un escritor serio. He perdido la oportunidad de ser un hombre y de ser un intelectual. Y todo ha ocurrido hoy, qué día más negro. Esta mañana vinieron unos fotógrafos y me disfrazaron de Mirta Bertotti para salir en la revista dominical con mayor tiraje en España. Me pintaron los labios, me compraron un vestido floreado, me pusieron una peluca y me obligaron a planchar y a hacer cosas de señora.

Colecciono imbéciles más o menos desde 1993. Los cazo, los catalogo, los estudio, los rotulo y los guardo con mucho cuidado. Hay quien colecciona mariposas, o estampillas, o primeras ediciones. A mí me gustan los imbéciles porque son más baratos que las estampillas, y más fáciles de conseguir que una mariposa. Para cazar un imbécil solamente hay que comprar una máquina que se llama "contestador automático". Después hay que conectarla al teléfono, poner un cassette chiquitito y sentarse a esperar que pique alguno. En un día habil, soy capaz de cazar seis o siete.

Pertenezco al selecto grupo de varones que han sido concebidos durante un Mundial de Fútbol. Esto significa que el padre macho, mientras engendra a su señora, está pensando en otra cosa, y provoca que el feto se inicie en la vida con capacidades psíquicas diferentes. Los Mundiales ocurren cada cuatro años, entre junio y julio, por lo tanto padecemos este síntoma los varones nacidos entre febrero y marzo del año siguiente a un Mundial. A mí me tocó llegar al mundo a mediados de marzo del 1971. Es decir que, astrológicamente hablando, soy México 70 con ascendente en Pelé.

Desde los tres años de edad empecé a desarrollar una patología muy extraña, casi perversa, fruto de algún complejo o trauma no resuelto. No sé bien por qué hacía aquello. Nunca lo supe, pero tampoco era capaz de evitarlo. Lo que me ocurría podría definirse como un tic, pero no lo era. Podría excusarse como una gracia infantil, pero tampoco era eso. Me pasó durante años, y lo sufrí en silencio hasta hoy, que lo diré en público, a pesar de que todavía me causa un poco de vergüenza recordarlo: en la infancia yo arruinaba las fotos. Todas las fotos. Y nada ni nadie podían detenerme.

El día que Jürgen Bernd toco el timbre de la casa de Armin Meiwes, la vida social de la humanidad cambió para siempre. Hasta entonces el mundo era una extensión enorme de tierra, llena de gente sola y perdida en sus fobias y deseos, trastornada y única en su soledad. Gente callada, esquiva, chorreando traumas inconfesables. Desde chiquito Armin quería ser caníbal; Jürgen sólo fantaseaba con ser devorado vivo. Jamás hubieran llegado a conocerse en otra época, pero vivían en ésta. El 6 de marzo de 2001 se encontraron en un foro de Internet, y programaron una cita el fin de semana. Para comer(se).

Hace seis años yo vivía en una casita alucinante, en miniatura, que parecía el decorado de una sit-com. En realidad lo era, porque me la alquilaba un alemán que había trabajado durante veinte años como escenógrafo de Canal 13, y la había puesto a punto con sus propias manos. Era todo chiquito y placentero, y tenía una barra de madera que separaba la cocina del comedor. Y taburetes. También había un jardín, con un horno de barro y una parrilla. Y no tenía Internet. Hace seis años mi vida era la prehistoria.

Hace unos meses le supliqué a mi tataranieto Woung que no me dijera nada sobre mi vida en el futuro, y con buen tino cumplió mis deseos. Al irse de casa, me reveló algunos datos interesantes sobre cómo sería la vida del hombre a finales del siglo XXI, pero me dejó a medias con otros temas de interés. El viernes, al revisar el correo, vi un sobre extraño, demasiado moderno para mi gusto. Era una carta de Wuong, en la que me explica, con pelos y señales, cómo serán nuestros próximos veinte años.

Después de veinte años he dejado de fumar. Hace dos meses que me siento extranjero en mi propio cuerpo: un turista que levanta la cabeza para observar la altura de sus pulmones, y que le saca fotos al monumento de una escalera que subió sin agotarse. Ésa es la buena noticia. La mala es que se me acabó el ingenio para siempre. Ya no sé escribir ni se me ocurren cosas graciosas a la tarde. Hoy es la primera vez que me siento frente a una hoja para intentar un texto largo, y es probable —aviso desde ahora— que me salga choto.

Ayer volví a mi casa después de un mes de estar en otros lugares peores. He vuelto a mi baño, a la forma exacta del culo en el inodoro, a hablar por teléfono tirado en el sofá naranja, a ver películas hasta cualquier hora y, más que todo, he vuelto a tener todo el tiempo del mundo para conectarme a Internet y mirar televisión. Por alguna razón, siento que hubiera regresado no a mi sofá, sino a mi patria. Es un poco raro, pero cuando me voy de mi casa en Barcelona por algún tiempo, lo que más extraño es Argentina.

Acaba de llegarme el título de propiedad de un terrenito que me compré en la Luna. Me costó 20 dólares —gastos de envío aparte— y lo pagué con tarjeta. Además del certificado con mi nombre grandote, me vino por correo una foto satelital de mi parcela. No sé si ustedes estarán viendo la Luna, pero si la tienen a mano dibujen en ella una cara imaginaria. Mi terrenito estaría sobre el ojo derecho. La región se llama Lago de los Sueños (Lacus Somniorum en latín) y está casi saliendo del Mar de la Serenidad, como quien va al Cráter Posidonius.

Esta semana una periodista (de revista argentina cuyo nombre no develaré) me pide un reportaje. Le digo que bueno. Ya expliqué un día lo que cuesta responder mil veces lo mismo, y de lo agradable que resulta cuando esto no ocurre. Uno siempre espera algo de piedad; pocas veces te dan el gusto. Esta vez tampoco hubo suerte. La primera inquietud del cuestionario era la de siempre: ¿Cómo descubriste el mundo de los blogs? La tercera era peor: ¿Cuándo sentiste que eras un blogger? Pero lo más triste, ay, aún estaba por llegar.

Hay dos clases de miserables que te tocan el timbre antes de las nueve: los vendedores y los cobradores. Sólo se diferencian en que los cobradores no sonríen cuando les abrís. El que me tocó el timbre ayer era un vendedor. Tenía esa sonrisa amable que pide a gritos una trompada. Yo, en piyama, no tuve reflejos ni para cerrarle la puerta en la nariz. Entonces él sacó una planilla, me miró, y dijo algo que no estaba en mis planes.

1º DE DICIEMBRE. Ya ha pasado una semana desde la desaparición de África y sigo sin sentir dolor por el destino del mundo. Estoy harto de que nadie piense en retomar el curso de la vida, harto de que no se oiga hablar de otra cosa en la prensa, en la calle, en la televisión. África por aquí, África por allá... La desaparición del continente es un tema importante, pero no entiendo cómo se las arregla la gente para cotorrear día y noche sobre un asunto del que nadie sabe qué decir. En otro orden de cosas, Soledad no me ha llamado.

Seis de la tarde en las oficinas eBay de Londres. Karen Thompson se acaba de fumar un porro a escondidas y ahora está jugando al solitario en su monitor gigante. Quería ser escritora, pero el destino la convirtió en redactora de gacetillas para un portal de subastas. La vida, a veces, es una mierda. Ahora Karen se pasa las tardes en blanco, en ocasiones se masturba en el baño para discapacitados, en ocasiones no, pero al final del día ha escrito tres mentiras potables. Desde que fuma, sin embargo, está perdiendo realismo.

No hace mucho tiempo cayó en mis manos el original de mi primer cuento. Esos papeles mecanografiados solían estar, doblados en cuatro partes, en unos cuadernos Rivadavia tapa dura donde mi mamá guardaba moldes viejos del Para Ti, fotos de mi hermana cuando era chica y tickets de supermercados que ya no existen. Eran tiempos de inseguridad literaria, y yo quemaba mis papeles cada dos o tres meses. Si todavía queda alguno vivo, es porque Chichita me los robaba del cajón y los resguardaba de mis fantasmas pirómanos.

El macho español observa con estupefacción y extrañeza a dos amigos argentinos besarse en el momento del encuentro, o a la hora de la despedida; lo he notado muchas veces. El beso masculino es, para ellos, inaudito; tan espantoso como llorar en público. Que una boca de hombre roce la mejilla de otro hombre no les tiñe la vista de representaciones homosexuales, sino de algo peor: les genera una sensación de vértigo, de asquete, de intimidad imposible. Besarse es, para ellos, como hablar de caca mientras se cocina una mousse.

El tonto ya no es lo que era. Ha pasado el tiempo, el siglo veinte se ha ido y las calles ya no son de tierra. En eso estamos de acuerdo. ¿Entonces por qué le seguimos dando al tonto una representación analógica? Seguimos pensando que está en las calles, pero no. El tonto de hoy ha dejado de ser aquel que no encaja en las reuniones y los grupos. El tonto actual ya no necesita salir, ya no precisa cuajar para subsistir, ni molestar con su presencia física, porque ahora vive en Internet, agazapado, careteando picardía y sutileza.

Toda mi vida he asociado la noche de reyes con un olor y un sonido. A las madrugadas del cinco al seis de enero, como toda criatura ansiosa, yo no las dormía sino que las soportaba en vela, conteniendo la respiración e intentando escuchar los pasos de los camellos sobre el mosaico. En la oscuridad de la noche, sin embargo, solamente se podía distinguir el runrún del ventilador. Ahora ya soy grande, pero cada vez que me despierto con el ventilador prendido, el corazón me late como si al lado de mis zapatos pudiese haber regalos.