Voy a cumplir cuarenta. Lo escribo así, de sopetón, para que se asusten los lectores jóvenes. La famosísima crisis es inminente. En las vísperas redondas (los veinte, los treinta) me pregunté siempre lo mismo: ¿cómo se esquiva una crisis que acecha? Cuando estaba a punto de cumplir los treinta cambié de país, de siglo y de estado civil. Hice todo eso nada más que para distraer mi crisis. Ahora viene otra, más intensa, y algo tendré que hacer. Un volantazo fulminante que me haga olvidar lo más terrible: que quedan diez años menos.

Renuncié hace unos días a mi columna de los domingos en el diario La Nación, de Argentina, y renuncio hoy a mi columna de los viernes en El País, de España. Noventa columnas y dos años de trabajo en La Nación; ciento veinte columnas y tres años en El País. Aprendí mucho de ambos periódicos. Aprendí, sobre todo, que solamente me puedo divertir en un medio sin publicidad, y que solamente puedo dormir los viernes —de un tirón, sin telefonazos intempestivos— en un medio sin ideología.

Algunos sueñan con renunciar a todo para abrir un bar en Brasil y andar en patas todo el día —me decía Chiri en una larguísima sobremesa que duró un año—. Mi sueño loco siempre fue tener una librería y fumar en pipa, vos lo sabés. Sin embargo ignoraba todo del oficio hasta que decidí dar el salto y convertirme en librero. Ser librero es un oficio jodido, peligroso. Así como el mejor dealer es aquel que no consume la droga que vende, el mejor librero es el que no lee nada. Yo fui un librero muy vicioso.

La impresión que tuvimos esta semana es que hay muchísimos lectores hartos. O para decirlo de un modo optimista: la impresión es que todavía tenemos esperanza. Vamos a hacer una revista y bla bla bla. Pero las repercusiones del asunto excedieron esa premisa. Los futuros lectores de la revista Orsai están actuando de una forma inesperada: se buscan entre ellos. "¿Alguien en Suiza?", dicen. "Ya somos siete en Comodoro Rivadavia", gritan. Quieren comprarla en packs de diez. Yo no había visto eso nunca.

Empecé a notar a Chiri decaído. El proyecto ya iba mejor de lo esperado, las pruebas de diseño eran hermosas, empezaban a llegar las primeras respuestas afirmativas de autores queridos, pero algo en su mirada no andaba bien. ¿Qué te ocurre, Christian Gustavo?, le pregunté los primeros días de octubre. (Lo llamo por sus dos nombres únicamente cuando intuyo problemas.) Nada, bolucedes mías —me dijo—, olvidáte. Armé un cuete y lo compartimos; esperé veinte minutos. Entonces, desbocado e inquieto, confesó.

Tomamos con Chiri, ayer por la tarde, una decisión temeraria, hija del ron y del cigarro armado. La peor decisión para un medio que no tiene publicidad y que basa su única ganancia en la venta de ejemplares: vamos a imprimir solamente los pedidos que hagan ustedes hasta el 10 de diciembre. Ni uno más. Prometo, en este solemne acto y bajo la supervisión de todos los notarios y escribanos que estén leyendo este párrafo, que no habrá reimpresión de Revista Orsai Número 1. Ni aunque me lo pida Nina de rodillas.

Durante los primeros dos días, se vendió una revista Orsai cada treinta y nueve segundos. Acabo de agregar un contador a la página principal para que ustedes se queden con la misma cara de idiota que tenemos Chiri y yo. No lo podemos creer. El contador permanecerá hasta el último día de venta: 10 de diciembre. No son reservas de palabra, son pagos completos que estamos recibiendo desde quince países de habla hispana. Para agradecer la confianza, mantendremos el 20% de descuento de forma indefinida.

Entré por primera vez a España —sin papeles— el 1 de enero de 2001. A los tres meses, cuando se me venció la visa turista, ya había decidido quedarme. Fui un indocumentado durante tres años, hasta que un bisabuelo italiano y muchos trámites me convirtieron en hijo de la Unión. Esos tres primeros años fueron complicados: no podía fumar porro en la calle ni conseguir trabajo en blanco. No podía hacer nada que llamase la atención. Tampoco podía, por ejemplo, volver a Argentina de visita, porque no me dejarían regresar. Pero volví.

Mi memoria ubica la conversación en 1981, en los bancos de piedra del Club Mercedes. Según Chiri ocurrió meses después, en un recreo escolar. No importa dónde. Lo que importa es que ambos recordamos de qué modo, serio y trascendente, nos sentamos a decidir si seríamos escritores o si seríamos dibujantes. Hasta entonces, nos pasábamos el día practicando los dos oficios, pero sabíamos que tendríamos que decantarnos. Después de un debate largo, y sobre todo tortuoso, elegimos ser escritores. Grave, gravísimo error por mi parte.

A una hora de la tarde, indeterminada, nos aislamos con el Chiri y nos sentamos a mirar la pizarra blanca en la que, desde hace dos meses, armamos el esqueleto de la revista. Ahora esa pizarra está completa. Los autores entregaron sus textos y los ilustradores sus dibujos. Hoy estamos en la semana número diez desde que iniciamos el proyecto; ya sospechamos, al ver la grilla, qué revista nos crece en la panza. Miramos la estructura con la misma sorpresa que dos padres primerizos a los que les muestran una ecografía.

Dos lectores acertaron, en las apuestas del texto anterior, la identidad del escritor misterioso que estará en el número 1 de Orsai. Un tal Lucas, en el comentario 110, y un tal Vico, en el 256. Vico, además, acertó las razones: "Si me pongo a pensar en un escritor que se pueda relacionar con esta locura, me quedo con el inglés Nick Hornby, el de Alta Fidelidad. Sus libros hablan de la crisis de la mediana edad, de los sueños inconclusos, de los progres que se quejan y no hacen nada". No se puede explicar mejor.

Ayer, a las seis de la tarde, pusimos el último punto en la última página de la revista. Vamos a estar todo el fin de semana corrigiendo originales y el lunes 13 de diciembre, bien temprano, entramos a imprenta con una flor en el ojal. Estamos agotados como si fuera el final de un viaje, y al mismo tiempo sabemos que, en realidad, es el inicio de otro. Parece mentira que los últimos dos meses hayan sido, solamente, meter ropa y ropa adentro de una valija. Ahora que terminamos, lo que nos queda es empezar.

Las cosas no salieron como estaban planeadas. Pensamos que venderíamos unos tres mil ejemplares del primer número. Pensamos que los escritores y dibujantes prestigiosos nos dirían que no, al menos la primera vez. Y que pagaríamos las colaboraciones y los sueldos de nuestro bolsillo. Y que el sueño de una revista sin publicidad era solo nuestro. Y que si las librerías nos daban la espalda nadie compraría un pack. Y que la prensa no se interesaría por el proyecto. No esperábamos, ni remotamente, lo que pasó.

Chiri ya está en Mercedes. Comequechu sale mañana y yo parto el domingo. En una semana se anotaron más de mil personas de Buenos Aires, Córdoba, Montevideo, Mendoza, etcétera, para pasar la tarde del 28 de diciembre con nosotros. A ese número tenemos que sumar los mercedinos, que no se anotan porque juegan de local. Como el número supera la capacidad del Teatro Argentino (nuestra primera opción), nos vamos todos a la cancha de la Liga Mercedina de Fútbol. Ya no hay que anotarse más: entramos todos.

Tras la resaca del picnic de ayer, que fue uno de los momentos más hermosos de nuestras vidas, hago lo posible por publicar bien rápido por lo menos algunas imágenes y textos de lo que ocurrió en la cancha. Es imposible traducir sentimientos, pero lo que sigue es un muestrario para los que no pudieron venir, o para los que llegaron tarde por los cortes de ruta o la falta de nafta. Agradecerles es poco. Ojalá que la revista, que ya se empezó a distribuir, pueda sonarles exactamente como un gracias.