Me fascinan bastante los norteamericanos que no entienden ni quieren entender el fútbol. Para ellos es un juego menor que se llama soccer y que juegan sus hijas en la escuela. Para ellos el fútbol es como la milanesa de soja: la miran, la huelen, pero no la pueden masticar porque les parece un aburrimiento. Ellos adoran cuando, en sus deportes espectaculares, el tanteador llega a cien, o cuando en los entretiempos aparecen chicas universitarias con pompones de lana, o cuando los relatores salen por los altoparlantes del propio estadio. En cambio al fútbol nuestro lo ven triste, les parece un juego lánguido propio de latinos con espaldas mojadas y de europeos con complejo de inferioridad.

Tengo cuarenta y cuatro años y hace más de cuarenta que el fútbol no me importa. Empezó a no importarme cuando mi padre me dijo, en 1974, que su única ilusión era ver los mundiales acompañado. Yo tenía tres años y solamente buscaba un cosa en la vida: temas para conversar con él. Si mi padre hubiera dicho «mi ilusión es que te gusten los carros de combate alemanes de la marca Panzer», hoy miraría documentales sobre la Segunda Guerra y escribiría cuentos bélicos. Pero no fue así.

Cambió todo en los últimos trece años, menos Diego Milito, que sigue parado en el mismo costado del área grande, esperando la oportunidad de meterla contra un palo. Ni siquiera se quedó pelado, ni le salieron canas. Está igualito. Yo engordé como un chancho en trece años y él está igualito. Debe haber alguna foto suya envejeciendo en un sótano de Avellaneda, como un retrato de Dorian Gray. Pasaron trece años.

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