Yo tenía un amigo en la primaria que se llamaba Agustín Felli. Me encantaba ir a su casa porque a veces sus padres nos dejaban solos y entonces nos metíamos en la pieza del hermano mayor. Al hermano de Agustín le decían el Corcho. En su pieza tenía un montón de discos de rock nacional y siempre andaba con chicas que eran lindísimas. Era una especie de playboy de Mercedes, y se llevaba muy bien con los de nuestra edad. Nosotros teníamos once.

Lucía siempre vivió en Neuquén. Ahora tiene veintisiete años y esta historia me la explicó por correo. Me cuenta que hace veinticinco años, cuando era muy chiquita, acompañaba a su mamá a ver a sus hermanas mayores jugar un partido de hockey. Estos torneos se hacían en unas chacras neuquinas muy grandes, arboladas y a cielo abierto. Un lugar perfecto para que una nena de casi tres años pierda la noción del tiempo.

El lunes 23 de enero al mediodía Sebastián, un chico de 31 años, se sentó en un bar de Palermo y pidió milanesas con papas. El encargado del bar le trajo el plato con mala onda. En el mismo momento que empezaba a comer, un hombre canoso que estaba sentado en la mesa de enfrente pagó y se fue. Sebastián no le prestó atención, pero al minuto miró la mesa vacía y vio que el canoso se había olvidado en el suelo un bolso chico.

A los nueve años Marcelino se metió el dedo en el ombligo y descubrió, bien al fondo, un botón parecido a los que se usan para apagar la luz. Ni su mamá, ni su pediatra, ni él mismo lo habían visto nunca porque no podía verse: este interruptor estaba muy al fondo, solamente podía tocarse con la yema de los dedos. Ese día Marcelino estaba en la escuela y se preguntó qué pasaría si apretaba el interruptor. Fue un momento importantísimo de su vida. La maestra explicaba algo sobre las fracciones, y Marcelino hizo ¡clic! en el botón. Primero sintió un zumbido en la cabeza y después muchas ganas de vomitar. Tuvo que cerrar los ojos.

No me gustan las escenas de amor en público por algo que le pasó a un amigo de la escuela a los doce o trece años. Se llamaba Gastón Cupi y me encantaba que me invitara a tomar la leche a su casa: era siempre una aventura. En mi casa todo era normal; Chichita y Roberto eran bastante adultos, o habían madurado pronto, y yo no les podía hablar de cualquier tema, ni mucho menos hacerles cierta clase de chistes. En cambio los padres de Gastón Cupi todavía no habían madurado tanto, eran viejos de treinta y pico pero parecían más jóvenes.

Hoy se cumplen veinte años de la peor desgracia de nuestra juventud y es hora de que la cuente. Cuando sos joven y te mandás una cagada, le echás la culpa a la imprudencia. Pero la crueldad no es joven ni es vieja. Durante estos años me quise convencer de que todo fue una fatalidad. Pero no: lo que le pasó al Colorado Ulmer la madrugada del 14 de agosto de 1994 fue, sobre todo, culpa nuestra.

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