Sigo sin escribir; ya van unos cuantos meses. Pero de a poco me vuelven las ganas. El fin de semana pasado estuve en Montevideo, en la misma casa donde me infarté en diciembre, visitando a Alejandra y Javier, la pareja que me salvó de morir. Y a la noche, en esa casa, pensé en algo parecido a un cuento. No sé cuándo lo podré escribir, pero al menos ya pienso estructuras y eso me tranquiliza. Mientras tanto, vuelvo un rato al blog.

Cuando leo en las revistas de divulgación que quizás un meteorito impacte contra la Tierra y nos destruya en el año 2213, casi nunca estoy de acuerdo con la primera persona del plural. ‘Nos’ destruya. ¿A quiénes? ¿A nosotros? Es improbable, porque todos ya vamos a estar muertos desde mucho antes: el becario que escribió el artículo; el jefe de sección que lo mandó a redactar; yo mismo, que leo aburrido la noticia en la peluquería; el peluquero, que se cree todo y después sufre; incluso la señora que espera el turno para hacerse el brushing. Todos vamos a estar muertos mucho antes de que pase la catástrofe.

Hoy, catorce de julio, se cumplen veinte años de un hecho intrascendente que (por mi culpa) generó malestar diplomático en un país hermano y le trajo problemas a mi mejor amigo Chiri. Tiene que ver con el robo de símbolos patrios en territorio extranjero. Específicamente, un retrato presidencial. Lo conté hace cinco años en la revista Orsai (ese fue mi error), pero es necesario refrescarlo en este aniversario. Ocurrió el 14 de julio de 1995 y ya es hora de que se levante ese castigo injusto.

A mediados del año pasado cayó a casa un dibujante belga y se quedó —sin hablar— tres días enteros. Como ese encuentro me resultó muy divertido, conté la historia completa en una entrada del blog y en dos mensajes de Vorterix: este y este. Ahora me llegó el resultado de su trabajo (una entrevista dibujada para la revista 24h01) y me pareció redondo cerrar la historia sin palabras, solo con el talento de Jeroen Janssen.

Hace unos meses recibí un mail de una revista de Bruselas: me querían hacer un reportaje telefónico. Les dije que sí y tuvimos una charla por Skype muy simpática, nunca supe muy bien sobre qué. Después me olvidé de todo hasta hace dos semanas, que me escribieron de nuevo. Ahora me pedían permiso para mandar a un dibujante a casa. Me pareció extraño porque en general mandan fotógrafos, pero les dije que bueno.

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