Escribo esto la tarde del veintisiete de octubre de 2014, mientras espero que Mauro se olvide de pagar la cuota trienal del dominio Casciari.com. No creo que ocurra, porque es un tano muy despierto y metódico, pero por las dudas tengo la tarjeta de crédito a mano. Ya hice guardia vana en 2008, en 2011 y me toca de nuevo hoy. Pero esta vez no estoy solo en la trinchera: me acompaña mi hija.

Voy a usar por última vez mi espacio personal para comunicar una aventura. Después de eso, volveré a usarlo únicamente para escribir boludeces. El blog Orsai nació el 27 de febrero de 2004 con un texto en el que me di a conocer como autor. Durante años escribí aquí únicamente cuentos y reflexiones en un clima bastante sosegado. El 23 de septiembre de 2010 interrumpí ese tono para hablar de un proyecto. Desde ese día, el proyecto se comió a todo lo demás.

La impresión que tuvimos esta semana es que hay muchísimos lectores hartos. O para decirlo de un modo optimista: la impresión es que todavía tenemos esperanza. Vamos a hacer una revista y bla bla bla. Pero las repercusiones del asunto excedieron esa premisa. Los futuros lectores de la revista Orsai están actuando de una forma inesperada: se buscan entre ellos. "¿Alguien en Suiza?", dicen. "Ya somos siete en Comodoro Rivadavia", gritan. Quieren comprarla en packs de diez. Yo no había visto eso nunca.

Me encuentro con un viejo compañero de la primaria que no veía desde los años ochenta, y del que tuve noticias a través de una red social. Nos citamos en un bar del centro, nos palmeamos con cariño falso, pedimos unas cervezas. Le digo: "Qué increíble, para lo que acaba sirviendo Facebook". Se ríe fuerte, como si le estuviera tomando el pelo: "Si Facebook sirviera solamente para encontrarme con vos, gordo boludo —me dice—, yo no tendría banda ancha en casa. A mí Facebook me cambió la vida, pero de verdad".

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