Escribo esto la tarde del veintisiete de octubre de 2014, mientras espero que Mauro se olvide de pagar la cuota trienal del dominio Casciari.com. No creo que ocurra, porque es un tano muy despierto y metódico, pero por las dudas tengo la tarjeta de crédito a mano. Ya hice guardia vana en 2008, en 2011 y me toca de nuevo hoy. Pero esta vez no estoy solo en la trinchera: me acompaña mi hija.

Durante media vida lo más trágico que puede pasar es tu propia muerte egoísta, pero entonces llega algo y ¡zas!, te cambia para siempre el epicentro del miedo. Yo descubrí esto arriba de un taxi. Un rato antes me habían pagado un dinero que no esperaba por algo que ni siquiera era un trabajo. Entonces decidí no viajar desde la Capital a La Plata en un micro mugriento, porque lo mínimo que podés comprar con plata inesperada es comodidad. El problema es que elegí a un taxista que estaba a punto de cruzar un límite.

Hoy se cumplen veinte años de la peor desgracia de nuestra juventud y es hora de que la cuente. Cuando sos joven y te mandás una cagada, le echás la culpa a la imprudencia. Pero la crueldad no es joven ni es vieja. Durante estos años me quise convencer de que todo fue una fatalidad. Pero no: lo que le pasó al Colorado Ulmer la madrugada del 14 de agosto de 1994 fue, sobre todo, culpa nuestra.

Hace unos meses recibí un mail de una revista de Bruselas: me querían hacer un reportaje telefónico. Les dije que sí y tuvimos una charla por Skype muy simpática, nunca supe muy bien sobre qué. Después me olvidé de todo hasta hace dos semanas, que me escribieron de nuevo. Ahora me pedían permiso para mandar a un dibujante a casa. Me pareció extraño porque en general mandan fotógrafos, pero les dije que bueno.


Siempre fueron los países donde el fútbol es un pasatiempo. A veces prefieren el béisbol, la elección de Miss Universo o salir corriendo cuando los persigue un tigre. Siempre fueron las selecciones simpáticas de las Copas del Mundo. ¿Se acuerdan cuando los invitábamos a nuestros mundiales para sentir ternura? Los invitábamos porque eran coloridos y dicharacheros, y también porque nos encantaba hacerles goles desde afuera del área.

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