El viernes 29 de agosto a la noche estaré en Córdoba. Y voy a hacer algo por primera vez en la vida, me imagino que con mucha vergüenza primero y con gran pesadumbre después. Me voy a subir a un escenario al aire libre, como si fuera un cantautor, para ofrecer un recital. Claro que en vez de una guitarra en la mano voy a llevar papeles, y en vez de cantar baladas tristes voy a contar doce cuentos cortos de tres minutos. Lo mismo que hago en Vorterix, pero esta vez en vivo y de un tirón.

Cuando termine el Mundial de Fútbol, tanto sea para festejar el triunfo como para olvidar la derrota, Chiri y yo nos vamos de viaje. El segundo semestre de 2014 será para nosotros una especie de road movie que tendrá tres objetivos: dar unos talleres itinerantes llamados «Treinta anécdotas mejoradas» (con eso nos pagaremos los viajes y le mandaremos plata a nuestras familias), generar nuevas anécdotas para nosotros (porque posiblemente la amistad se nutra mejor en los viajes) y preparar un libro sobre esta aventura, editado por Orsai y compuesto con las historias de los participantes y nuestros apuntes.

Una vez cada tantos meses extraño viajar. Lo extraño mucho, como se extraña no a la mujer, sino el perfume que usó la noche más feliz con ella. Me pongo a pensar qué cosas me gustan de los viajes, y no doy con la idea. ¿El hecho de estar en tránsito continuo? Sí, está bien, pero no es sólo eso. ¿Vivir sin hacer nada sabiendo que de todos modos se está haciendo algo puesto que se está en movimiento? También, pero no me satisface como la gran explicación.