Esto empieza con unos versos. No hablo de este relato en particular, sino de la vida entera. «Entre el vivir y el soñar», decía Machado, «hay una tercera cosa: ¡adivínala!». Todos hemos rozado esta «tercera cosa» alguna vez: hay un momento al despertar, justo antes de abrir los ojos, que se parece a la demencia senil: sabemos que estamos vivos, que algo nos palpita adentro, pero no sabemos nada más. No hay una palabra en español para nombrar a este desconcierto, por eso lo bauticé con dos, una en francés y la otra en alemán: petit Alzheimer.

Salgo muy poco, pero cuando no queda más remedio me pone muy triste ver los autos en la calle, estacionados. No puedo reconocer a ninguno, no sé de qué marca son, ni de qué país. Antes los autos eran todos distintos, como los humanos. Cuando yo era chico los autos tenían personalidad. Había autos fornidos, prepotentes; los había tímidos y perezosos. Ahora son todos igualitos: redondeados arriba, medio aerodinámicos, y de colores tristes. Antes no.

La que sigue es la transcripción de una sobremesa entre mi hija y yo, ayer viernes a la noche. Nina tiene diez años y encontró, por casualidad, fotos de mi primera infancia; mientras las miraba empezó a contarme sus propios recuerdos a esa edad. Tuve los reflejos de poner la grabadora del teléfono sin que se diera cuenta, y gracias a eso pude desgrabar la conversación completa y transcribirla incluso con sus fallas gramaticales. El sonido no es bueno, pero igual les recomiendo acompañar la lectura con el audio incorporado.

Menos la cama, todo ha mejorado en este mundo. Antes cocinábamos la sopa haciendo fuego con leña, ahora metemos el tazón directamente al microondas; hace medio siglo podíamos tener hasta cincuenta longplays en casa, hoy tenemos quinientas discografías completas en el bolsillo; ayer íbamos a los sitios a caballo y tardábamos meses en llegar, ahora nos movemos en aviones y en tren bala. Todo lo que nos importa ha evolucionado menos la cama, la cama no. Dormir sigue siendo la misma mierda desde el siglo once.

Esta semana una periodista (de revista argentina cuyo nombre no develaré) me pide un reportaje. Le digo que bueno. Ya expliqué un día lo que cuesta responder mil veces lo mismo, y de lo agradable que resulta cuando esto no ocurre. Uno siempre espera algo de piedad; pocas veces te dan el gusto. Esta vez tampoco hubo suerte. La primera inquietud del cuestionario era la de siempre: ¿Cómo descubriste el mundo de los blogs? La tercera era peor: ¿Cuándo sentiste que eras un blogger? Pero lo más triste, ay, aún estaba por llegar.

Según los sicólogos, las personas que se nos aparecen en los sueños son rostros que alguna vez hemos visto. Si en tu sueño hacés un golazo, por ejemplo, cada uno de los veinte mil rostros de la multitud que te aclama pertenece a gente que pasó por tu vida: actores de antes, compañeros fugaces de la primaria, un tipo que tocó el timbre para vender una enciclopedia, la chica que estaba leyendo a Monterroso en el subte y se reía, una maestra suplente de música que salió del aula llorando, etcétera.

Tengo un amigo zanquista que trabaja en las inauguraciones de los hipermercados, o en los actos políticos, o en las ferias y los congresos, o en cualquier lado donde hagan falta saltimbanquis. Lo contratan, él se disfraza de payaso, se sube a los zancos y empieza a hacer piruetas. Un día me dijo que lo único que le molestaba de su oficio era que siempre, siempre, se aparecía un tipo que, suponiendo ser original, le preguntaba: "Che, flaco, ¿hace frío ahí arriba?"

—Tome asiento, Casciari —me dice Gravinsky cuando entro a la consulta, y revisa con rapidez la libreta donde apunta mis cosas—. El jueves pasado usted me decía que prefiere darle la razón a todo el mundo, que le huye a las confrontaciones intelectuales. ¿Es correcto?—Sí —le digo—, más o menos era eso. Como si tuviera agorafobia, como esa gente que tiene miedo de salir a la calle, pero en el terreno de las ideas. Me rompe mucho las bolas discutir. Ya no discuto.

Estuve todo el fin de semana con un retortijón en el estómago por culpa de unas declaraciones de María Kodama a la prensa española: "A Borges le gustaba Pink Floyd", aseguraba, muy alegre de cuerpo, la viuda. Y no es que esté en contra de la música moderna; lo que me pone los pelos de punta es esta moda, contemporánea y ruin, de que los herederos saquen a relucir las intimidades de sus parientes inmortales. Sobre todo cuando lo que cuentan son esas pequeñeces de entrecasa que los muertos más han querido esconder.

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