Orsai blog post

Vida privada
viernes 11 de enero, 2008

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Vida privada
viernes 11 de enero, 2008

El rincón blanco

       

De pronto yo estaba en el hogar donde pasé la infancia; lo supo primero mi nariz. Los ojos se acostumbran tarde a la penumbra, pero mi olfato reconoció enseguida el olor inconfundible de la casa de la calle Treintaicinco. Siempre sabemos cuál es la fragancia del sitio donde crecimos; nadie acertaría a explicar de qué está compuesta, pero cada uno de nosotros es capaz de reconocer ese aroma entre miles. Y yo estaba ahora en mi casa de Mercedes. Exactamente en el sitio al que llamábamos el rincón blanco.

El rincón blanco siempre fue el epicentro de la casa. El lugar por el que había que pasar para ir a cualquier parte. No era un rincón, sino una prominencia amplia que abultaba el pasillo justo por la mitad. Y tampoco estaba pintada de blanco, pero le decíamos así. Nunca supimos por qué.

En todos los hogares hay recovecos y habitaciones que los mayores bautizan sin conciencia, y que luego nombran para siempre de una forma estrafalaria. Los hijos nacen y después crecen con la certidumbre de que esos apodos son estándares. Sólo las visitas reconocen el fallo:

—Dejá la campera y el portafolio en el rincón blanco —le decía yo a mis amigos cuando venían a tomar la leche.

—¿A dónde?

—Ahí, en el rincón blanco —y señalaba aquel sitio, empapelado con flores mustias sobre un fondo celeste, que solamente tenía un armario con cajones, un estante y un espejo.

Los niños que habitan las casas no tienen la menor idea de que algunas palabras —rincón blanco era la mía— no significan nada para el huésped ocasional, que sólo tienen sentido para los moradores, y a veces sólo para los moradores más antiguos.

Quizás ese lugar alguna vez haya sido blanco, es posible. Pero más tarde, después de mil manos de pintura, los habitantes mayores le siguen diciendo rincón blanco y los más jóvenes, por ejemplo mi hermana y yo, le decimos también así durante la infancia entera, y en la adolescencia, y también mucho después en el recuerdo, como si esas palabras fueran una referencia común en los hogares del mundo. Como si en todas las casas hubiera dormitorio, comedor, rinconblanco, baño y terraza.

Una tarde, cuando éramos todavía compañeros de primaria, mi amigo el Chiri me preguntó por qué le decíamos rincón blanco al sitio pequeño que quedaba en medio del pasillo, y entonces, sólo entonces y no antes, descubrí que no tenía el menor sentido llamar así a tres paredes empapeladas de tonos pastel. No supe qué responderle.

En otras casas, en las ajenas, también había sitios bautizados por sus dueños de un modo extraño, lugares que los habitantes llamaban de forma especial sin darse cuenta, como por ejemplo el galpón de los juguetes, que era la habitación de mi amigo Sebastián, en donde no había juguetes sino libros y cacharros; o la cocina vieja de una compañera de mi adolescencia, que era un lavadero sucio detrás de un jardín. O los cuartos de soltero de los tíos díscolos que se van pronto de casa, pero que nuestras abuelas siguen llamando la pieza de toto para siempre.

—¡No entres a la pieza de toto, que no le gusta!

Las habitaciones guardan, también en su nombre, el recuerdo de lo que fueron, por eso ahora, que de repente he aparecido —aún no sé cómo— en la que fue mi casa de los ochenta, podía oler la frescura del rincón blanco aún sin verlo, y recordé largas tardes leyendo entre esas paredes libros de Mark Twain, o escuchando música de casete en un estéreo.

De a poco mis ojos se habituaron a la falta de luz. Desde la habitación de mis padres, entreabierta y oscura, pude escuchar el murmullo de una conversación. Ya era pasada la medianoche, supuse, y estarían a punto de acostarse. Siempre tardaban muy poco en comenzar a roncar.

Mi madre roncaba igual que una Vespa con la bujía empastada, y mi padre con un silbido musical. Los dos juntos, sincopados, se oían como un motociclista al que no le importa haber quedado en mitad del camino. Me hizo ilusión quedarme un rato y comenzar a escucharlos.

Más allá del pasillo la puerta de la cocina estaba cerrada, pero se adivinaba una hendija de luz del otro lado. Reconocí entonces el tecleo apagado de una máquina de escribir. Supe sin sorpresa ni escándalo, sin asombro ninguno, que del otro lado estaba yo mismo con quince años, quizás dieciséis, escribiendo mi primera novela.

Ahora mismo, mientras narro estos detalles sensoriales, todavía no he decidido si estoy explicando un sueño o un cuento. Preferiría que fuese lo segundo: me gustaría caminar hasta la cocina, abrir la puerta y conversar con el adolescente que escribe, lleno de esperanzas y de trabas, su primera historia de largo aliento.

Me gustaría ayudarlo con la estructura del relato, y también —lo confieso— poder narrar aquí esa charla completa, más para mí que para ustedes, pero tengo demasiado presente El Otro, aquel cuento muy famoso en el que Borges, ya viejo, se topa con Borges joven en un banco de Cambridge, a la vera del río Charles, y el más viejo logra convencer al más joven de que son el mismo, y conversan sobre literatura.

Hubiera sido vergonzoso, entonces, ir hasta la cocina y conversar conmigo mismo, porque esta historia, que se llama El rincón blanco, perdería muchísimo en comparación con la historia de El Otro. Mala suerte, hay cosas que ya no se pueden escribir mejor de lo que han sido escritas.

Pero ya que estaba allí, decidí recorrer un poco la casa a oscuras, intentando no hacer nada que pudiera parecer borgeano. Comencé a caminar hasta el comedor tanteando las paredes con las manos abiertas y los brazos extendidos, dando pasos temblorosos, sin darme cuenta de que, en mi afán de no imitar la escritura de Borges, estaba plagiando su forma de moverse por las casas.

Me reí solo, mientras sacaba del bolsillo un encendedor para darme un poco de luz y no parecer un ciego.

Ahora estaba de pie frente a la habitación de mi hermana. Entré con cuidado y acerqué el encendedor para verla dormir. Ella tendría doce años si yo tenía quince, y me sorprendió —al verla dormida— cuánto se parecía a mi hija. Ese descubrimiento, insospechado, fue quizás lo mejor del sueño, porque lo que viene después será mejor olvidarlo.

La cara interior de su puerta fue otro hallazgo feliz. Hacía años que se había borrado de mi memoria ese pastiche rosa, espantoso. Florencia, en su primera juventud, escribía frases en la madera y en el marco, con rotuladores de mil colores. Y también hacía dibujitos cursis.

Si lo amas déjalo libre —leí ahora—, si regresa siempre fue tuyo y si no biene nunca lo fue.

También había esta otra:

Amor no es mirarse el uno al otro en los ojos, sino mirar los dos a la misma dirección —y ésta estaba rematada con unas flechas de colores lila, púrpura y rosa fuerte, y un corazón partido por la última flecha. Mi hermana no tenía una puerta, tenía un blog de MSN.

No debí haberme regodeado tanto, porque cuando llegué a mi habitación de entonces se me cayó el alma al suelo. Yo era mucho peor que mi hermana; yo era directamente un farsante. Habría preferido mil veces ser cursi como ella y escribir cosas de amor en las puertas, en lugar de tener toda la habitación empapelada con afiches de escritores que jamás en la vida había leído.

¿Qué hacía esa foto de Lenin allí, con ese bigote absurdo? Y sobre todo, ¿por qué durante toda mi adolescencia yo estuve convencido de haber colgado una de Nietzsche? Regresaron, urgentes, mis deseos de entrar a la cocina, pero ya no para conversar conmigo mismo al estilo borgeano, sino para cagar a trompadas al gordito pelotudo que estaba adentro.

Y lo habría hecho, con toda seguridad. Habría abierto la puerta de la cocina a patadas, me habría agarrado de mi camiseta de entonces con mis puños cerrados de ahora, me habría dicho que no fuera tan estúpido, que dejara de posar como un pavo real, que empezara de una vez por todas a disfrutar de la escritura en lugar de usarla como bandera, que escribiera menos, que escribiera solamente cuando me diera la gana y no cada puta noche como si de eso dependiera la salvación del mundo; me habría cacheteado, me habría pegado la cabeza contra la mesa hasta sacarme sangre, me habría hecho llorar por monigote y por pavo, de no haber sido porque escuché ruidos en la habitación de mis padres y me paralicé.

Algo, no sé qué, los había despertado.

Saqué apenas la cabeza de mi habitación adolescente y me quedé así, escondido, sin hacer un solo movimiento de más. Roberto salió primero y encendió la luz del rincón blanco. Era una luz tenue, azulada. Detrás apareció Chichita, haciendo con los brazos gestos de frío. Los dos eran mucho más jóvenes de lo que yo hubiera imaginado. Pero no fue eso lo que más me llamó la atención, sino que estaban vestidos como para salir.

—No hagas ruido que está Hernán despierto —dijo mi padre, señalando la cocina y el traqueteo de la olivetti. Ella asintió.

Fue extraño. Yo me escondía de ellos, y ellos se escondían de mí. Mi padre comenzó a tantearse los bolsillos mientras Chichita se arreglaba, con un dedo, la pintura de labios en el espejo que estaba sobre el estante.

—¿Tenés una birome? —preguntó él, en un susurro.

Mi madre rebuscó en su cartera y le pasó una Bic azul sin decir palabra. Roberto abrió uno de los cajones del rincón blanco y sacó de allí una bolsa pequeña. Después descolgó el espejo pequeño y lo puso, boca arriba, en el estante. Chichita se acercó.

—A mí no me la hagás muy grande —dijo ella—, mejor guardá un poco y la llevamos.

—No, gorda, tomemos acá. No hagas cosas raras.

Roberto peinó dos rayas finas, del largo de un dedo índice, con la tarjeta amarilla del Automóvil Club. Después chupó el borde de la tarjeta y se pasó la lengua por los dientes. Vi a Chichita doblarse sobre el anaquel y aspirar con velocidad. Después él hizo lo mismo, pero más despacio. Cuando acabaron de tomar, mi padre guardó otra vez la bolsita en el cajón del armario, mi madre colgó el espejo en la pared y caminaron hasta la cocina sin entrar. Solamente me golpearon la puerta y me avisaron:

—Nos vamos a lo de Peti y Negra.

Me escuché a mí mismo, con una voz muy atildada, contestar:

—Bueno, yo después cierro.

Antes de salir a la noche de Mercedes, Roberto apagó la luz del rincón blanco y se revisó la nariz en el reflejo de la ventana.

Hernán Casciari
viernes 11 de enero, 2008


El rincón blanco

por Hernán Casciari

De pronto yo estaba en el hogar donde pasé la infancia; lo supo primero mi nariz. Los ojos se acostumbran tarde a la penumbra, pero mi olfato reconoció enseguida el olor inconfundible de la casa de la calle Treintaicinco. Siempre sabemos cuál es la fragancia del sitio donde crecimos; nadie acertaría a explicar de qué está compuesta, pero cada uno de nosotros es capaz de reconocer ese aroma entre miles. Y yo estaba ahora en mi casa de Mercedes. Exactamente en el sitio al que llamábamos el rincón blanco.

El rincón blanco siempre fue el epicentro de la casa. El lugar por el que había que pasar para ir a cualquier parte. No era un rincón, sino una prominencia amplia que abultaba el pasillo justo por la mitad. Y tampoco estaba pintada de blanco, pero le decíamos así. Nunca supimos por qué.

En todos los hogares hay recovecos y habitaciones que los mayores bautizan sin conciencia, y que luego nombran para siempre de una forma estrafalaria. Los hijos nacen y después crecen con la certidumbre de que esos apodos son estándares. Sólo las visitas reconocen el fallo:

—Dejá la campera y el portafolio en el rincón blanco —le decía yo a mis amigos cuando venían a tomar la leche.

—¿A dónde?

—Ahí, en el rincón blanco —y señalaba aquel sitio, empapelado con flores mustias sobre un fondo celeste, que solamente tenía un armario con cajones, un estante y un espejo.

Los niños que habitan las casas no tienen la menor idea de que algunas palabras —rincón blanco era la mía— no significan nada para el huésped ocasional, que sólo tienen sentido para los moradores, y a veces sólo para los moradores más antiguos.

Quizás ese lugar alguna vez haya sido blanco, es posible. Pero más tarde, después de mil manos de pintura, los habitantes mayores le siguen diciendo rincón blanco y los más jóvenes, por ejemplo mi hermana y yo, le decimos también así durante la infancia entera, y en la adolescencia, y también mucho después en el recuerdo, como si esas palabras fueran una referencia común en los hogares del mundo. Como si en todas las casas hubiera dormitorio, comedor, rinconblanco, baño y terraza.

Una tarde, cuando éramos todavía compañeros de primaria, mi amigo el Chiri me preguntó por qué le decíamos rincón blanco al sitio pequeño que quedaba en medio del pasillo, y entonces, sólo entonces y no antes, descubrí que no tenía el menor sentido llamar así a tres paredes empapeladas de tonos pastel. No supe qué responderle.

En otras casas, en las ajenas, también había sitios bautizados por sus dueños de un modo extraño, lugares que los habitantes llamaban de forma especial sin darse cuenta, como por ejemplo el galpón de los juguetes, que era la habitación de mi amigo Sebastián, en donde no había juguetes sino libros y cacharros; o la cocina vieja de una compañera de mi adolescencia, que era un lavadero sucio detrás de un jardín. O los cuartos de soltero de los tíos díscolos que se van pronto de casa, pero que nuestras abuelas siguen llamando la pieza de toto para siempre.

—¡No entres a la pieza de toto, que no le gusta!

Las habitaciones guardan, también en su nombre, el recuerdo de lo que fueron, por eso ahora, que de repente he aparecido —aún no sé cómo— en la que fue mi casa de los ochenta, podía oler la frescura del rincón blanco aún sin verlo, y recordé largas tardes leyendo entre esas paredes libros de Mark Twain, o escuchando música de casete en un estéreo.

De a poco mis ojos se habituaron a la falta de luz. Desde la habitación de mis padres, entreabierta y oscura, pude escuchar el murmullo de una conversación. Ya era pasada la medianoche, supuse, y estarían a punto de acostarse. Siempre tardaban muy poco en comenzar a roncar.

Mi madre roncaba igual que una Vespa con la bujía empastada, y mi padre con un silbido musical. Los dos juntos, sincopados, se oían como un motociclista al que no le importa haber quedado en mitad del camino. Me hizo ilusión quedarme un rato y comenzar a escucharlos.

Más allá del pasillo la puerta de la cocina estaba cerrada, pero se adivinaba una hendija de luz del otro lado. Reconocí entonces el tecleo apagado de una máquina de escribir. Supe sin sorpresa ni escándalo, sin asombro ninguno, que del otro lado estaba yo mismo con quince años, quizás dieciséis, escribiendo mi primera novela.

Ahora mismo, mientras narro estos detalles sensoriales, todavía no he decidido si estoy explicando un sueño o un cuento. Preferiría que fuese lo segundo: me gustaría caminar hasta la cocina, abrir la puerta y conversar con el adolescente que escribe, lleno de esperanzas y de trabas, su primera historia de largo aliento.

Me gustaría ayudarlo con la estructura del relato, y también —lo confieso— poder narrar aquí esa charla completa, más para mí que para ustedes, pero tengo demasiado presente El Otro, aquel cuento muy famoso en el que Borges, ya viejo, se topa con Borges joven en un banco de Cambridge, a la vera del río Charles, y el más viejo logra convencer al más joven de que son el mismo, y conversan sobre literatura.

Hubiera sido vergonzoso, entonces, ir hasta la cocina y conversar conmigo mismo, porque esta historia, que se llama El rincón blanco, perdería muchísimo en comparación con la historia de El Otro. Mala suerte, hay cosas que ya no se pueden escribir mejor de lo que han sido escritas.

Pero ya que estaba allí, decidí recorrer un poco la casa a oscuras, intentando no hacer nada que pudiera parecer borgeano. Comencé a caminar hasta el comedor tanteando las paredes con las manos abiertas y los brazos extendidos, dando pasos temblorosos, sin darme cuenta de que, en mi afán de no imitar la escritura de Borges, estaba plagiando su forma de moverse por las casas.

Me reí solo, mientras sacaba del bolsillo un encendedor para darme un poco de luz y no parecer un ciego.

Ahora estaba de pie frente a la habitación de mi hermana. Entré con cuidado y acerqué el encendedor para verla dormir. Ella tendría doce años si yo tenía quince, y me sorprendió —al verla dormida— cuánto se parecía a mi hija. Ese descubrimiento, insospechado, fue quizás lo mejor del sueño, porque lo que viene después será mejor olvidarlo.

La cara interior de su puerta fue otro hallazgo feliz. Hacía años que se había borrado de mi memoria ese pastiche rosa, espantoso. Florencia, en su primera juventud, escribía frases en la madera y en el marco, con rotuladores de mil colores. Y también hacía dibujitos cursis.

Si lo amas déjalo libre —leí ahora—, si regresa siempre fue tuyo y si no biene nunca lo fue.

También había esta otra:

Amor no es mirarse el uno al otro en los ojos, sino mirar los dos a la misma dirección —y ésta estaba rematada con unas flechas de colores lila, púrpura y rosa fuerte, y un corazón partido por la última flecha. Mi hermana no tenía una puerta, tenía un blog de MSN.

No debí haberme regodeado tanto, porque cuando llegué a mi habitación de entonces se me cayó el alma al suelo. Yo era mucho peor que mi hermana; yo era directamente un farsante. Habría preferido mil veces ser cursi como ella y escribir cosas de amor en las puertas, en lugar de tener toda la habitación empapelada con afiches de escritores que jamás en la vida había leído.

¿Qué hacía esa foto de Lenin allí, con ese bigote absurdo? Y sobre todo, ¿por qué durante toda mi adolescencia yo estuve convencido de haber colgado una de Nietzsche? Regresaron, urgentes, mis deseos de entrar a la cocina, pero ya no para conversar conmigo mismo al estilo borgeano, sino para cagar a trompadas al gordito pelotudo que estaba adentro.

Y lo habría hecho, con toda seguridad. Habría abierto la puerta de la cocina a patadas, me habría agarrado de mi camiseta de entonces con mis puños cerrados de ahora, me habría dicho que no fuera tan estúpido, que dejara de posar como un pavo real, que empezara de una vez por todas a disfrutar de la escritura en lugar de usarla como bandera, que escribiera menos, que escribiera solamente cuando me diera la gana y no cada puta noche como si de eso dependiera la salvación del mundo; me habría cacheteado, me habría pegado la cabeza contra la mesa hasta sacarme sangre, me habría hecho llorar por monigote y por pavo, de no haber sido porque escuché ruidos en la habitación de mis padres y me paralicé.

Algo, no sé qué, los había despertado.

Saqué apenas la cabeza de mi habitación adolescente y me quedé así, escondido, sin hacer un solo movimiento de más. Roberto salió primero y encendió la luz del rincón blanco. Era una luz tenue, azulada. Detrás apareció Chichita, haciendo con los brazos gestos de frío. Los dos eran mucho más jóvenes de lo que yo hubiera imaginado. Pero no fue eso lo que más me llamó la atención, sino que estaban vestidos como para salir.

—No hagas ruido que está Hernán despierto —dijo mi padre, señalando la cocina y el traqueteo de la olivetti. Ella asintió.

Fue extraño. Yo me escondía de ellos, y ellos se escondían de mí. Mi padre comenzó a tantearse los bolsillos mientras Chichita se arreglaba, con un dedo, la pintura de labios en el espejo que estaba sobre el estante.

—¿Tenés una birome? —preguntó él, en un susurro.

Mi madre rebuscó en su cartera y le pasó una Bic azul sin decir palabra. Roberto abrió uno de los cajones del rincón blanco y sacó de allí una bolsa pequeña. Después descolgó el espejo pequeño y lo puso, boca arriba, en el estante. Chichita se acercó.

—A mí no me la hagás muy grande —dijo ella—, mejor guardá un poco y la llevamos.

—No, gorda, tomemos acá. No hagas cosas raras.

Roberto peinó dos rayas finas, del largo de un dedo índice, con la tarjeta amarilla del Automóvil Club. Después chupó el borde de la tarjeta y se pasó la lengua por los dientes. Vi a Chichita doblarse sobre el anaquel y aspirar con velocidad. Después él hizo lo mismo, pero más despacio. Cuando acabaron de tomar, mi padre guardó otra vez la bolsita en el cajón del armario, mi madre colgó el espejo en la pared y caminaron hasta la cocina sin entrar. Solamente me golpearon la puerta y me avisaron:

—Nos vamos a lo de Peti y Negra.

Me escuché a mí mismo, con una voz muy atildada, contestar:

—Bueno, yo después cierro.

Antes de salir a la noche de Mercedes, Roberto apagó la luz del rincón blanco y se revisó la nariz en el reflejo de la ventana.

Hernán Casciari
viernes 11 de enero, 2008


¿Te gustó esta historia?

Pertenece al libro El pibe que arruinaba las fotos, de Hernán Casciari. Está a la venta en la Tienda Orsai y te lo mandamos a tu casa sin gastos de envío.


 adrian
17/07/2015 a las 05:14
que tremendo texto! decis justo lo que me pasa "hay cosas que ya no se pueden escribir mejor de lo que han sido escritas". esa cuestioto del olfato que bien dicha que esta. una vez trate de escribirlo y me enrede. genial tus textos y este en especial
 Jhordan PLG
13/05/2014 a las 02:16
En mi familia tenemos el cuarto de las monturas, el cuarto del gallo y el cuarto de la computadora.
11/11/2012 a las 22:33
Muy bueno.
  mafaldita
23/01/2008 a las 14:45
Despues de 4 años sin venir, estoy en casa de mis viejos, en Parana...con todos los olores posibles, mi vieja ahora mismo canta y ME hace tarta de zapallitos....
Ahi, por el lado de la nostalgia...
Por el lado de enrolar a las declaradas paranaenses silviaele (#68 #91 #137) y patricia (#86 #100), les mando este articulo q me sorprendio el 18 de enero, como es posible que todavia haya alguien que pueda publicar el bienamado texto de "el mate" como perlita anonima, eh???
y que hago, que hacemos??? hay que avisarle a miriam enriquez que como periodista le falta aunque sea usar un poco el google....??
Era la segunda pagina del diario de parana, ¿se dan cuenta?

Romina C
22/01/2008 a las 13:24
Muy buen relato.
En mi casa teníamos "la piecita de la alfombra" (una palabra muy argentina -o rosarina-, la "pieza", significando cuarto o habitación, no?)
Hacía las veces de escritorio, cuartito especial para jugar e incluso habitación de mi abuela durante uno o dos años.
Y así es, tal cual, que no se te pasa por la cabeza que ese sitio se pueda llamar de ota forma, es gracioso...
Un abrazo ; )
Felisberto Carrasco
22/01/2008 a las 09:58
Muy bueno tu artículo. Por poco no puedo leerlo. Todo por culpa de mi sobrino huevón ¡Que me entierren con artículos de tu blog! ...Pero que esperen a que me muera ¡Huevones!
 olo mosquera
22/01/2008 a las 09:35
Permiso concedido.
jose ricardo
22/01/2008 a las 07:33
Hernán, como parece que si leés todos los post, te pongo este para pedirte permiso. Quisiera pedirte autorización para montar un relato tuyo: Instrucciones para la masturbación del hijo. Obviamente va el respectivo crédito de tu autoría. Espero indicaciónes, aqui o al e-mail que uno pone para postear.
Norma
21/01/2008 a las 19:06
Me encantó!!! Como todo lo tuyo, te descubrí hace poco, desde El Bidorto, pero ya conocía tu estilo, por ejemplo, en el texto "La edad de los países" que da vueltas por la web.

En casa, hay una mesita a la entrada, que por años supo tener de adorno una paloma blanca de cerámica, que un boludito pariente rompió hace 10 años maso...pero igual si buscamos algo, " donde está la llave ?" en la paloma, ni siquiera en la mesita de la paloma, directamente, en la paloma. Te imaginas si hay visitas delante...no entienden nada...Un cariño, Norma
Flopis
21/01/2008 a las 17:12
Tus viejos te van a picar pa leña... los venís dejando tan pegados...
Filistea
21/01/2008 a las 14:56
Viéndolo bien, todos tenemos un rincón blanco, en mi casa era "donde está la hamaca", que por cierto ya no estaba, pero ahí se volvió un lugar donde había de todo era un desastre total, encontrabas desde ceniceros, saleros, libros, macetas, flores de plástico, una grabadora sintonizada en la misma estación. Y ese lugar era para mis hermanos y yo como un laboratorio, ahí practicabamos nuestros experimentos y a pesar del desorden siempre estaba limpio.

Tengo que pensar en verdad Hernán, si es que alguna vez me pasó lo mismo que a vos, así como el fabuloso cuento de Borges.

Voy a revisar bien eso, otra vez me dejás pensando en mi vida, o seré yo la que ando de mucha cavilación ultimamente. ¡Sepa Judas!.

Abrazos Hernán.
eleo
20/01/2008 a las 02:45
Mercedes en un infierno, díficil de entender. Juro que anoto cada uno de tus datos, y me animo y le pregunto a mi abuela, quien carancho sos. Obviamente canjeare datos, por detalles sangrientos...jaajaa.
Y yo, que pensé que el único mercedino ilustre, era Jorge Rafael...puaj...
Martin Vivas
19/01/2008 a las 16:46
Me pintaste la atmosfera perfecta del recuerdo, me hiciste entrar y despues... me partiste la cabeza de un fierrazo!!
...es verdad hay cosas que uno no quiere (saber) recordar...
fede o
18/01/2008 a las 16:55
romina, muchos de las citas o personajes de borges o bioy son inventados. es todo parte de un juego, "suspensión de la realidad". son parte del mismo cuento.

¿cuánto cambiaría "el otro" si estuviera escrito en tercera persona y no en primera? ¿si borges no se nombrara a sí mismo sino a otro? suspensión de la realidad, de nuevo.
Yaqui.
18/01/2008 a las 06:41
Gracias Hernan, como siempre al leerte me provocas muchas emociones, nostalgia, suspenso , frustacion, en un solo tema.
Eres una delicia.., tus escritos tienen aroma, tienen sabor, ....todos mis sentidos participaron! "GRACIAS"
silviaele
18/01/2008 a las 02:28
Patricia #100:

No estaban lejos. 25 de junio y Tucumán.

¡Qué maravilla poder recordar esas tortas negras y esos helados de la siesta! Y los veranos en el Balneario, y el mate en el Parque Urquiza...

Te dejo un cariño, (y, la verdá, la verdá, me encantaría estar, por lo menos unos días, en Tenerife).




Rulo
18/01/2008 a las 00:31
Si pudiera hacer que se escucharan mis aplausos, no escribiria el comentario.
Espectacular!! (aplausos)
seburu
18/01/2008 a las 00:30
romina, #134, sin la aclaración tiene mas sentido

saludos
Romina
17/01/2008 a las 19:58
Perdon, en mi comentario anterior, en la última línea quise decir "del ser porteño" o, si se quiere, "de los porteños".

abrazos a todos!
Romina
17/01/2008 a las 19:57
Gracias "fede o" (#129), por dejar el link. Leí el cuento de Borges, me gustó mucho... igual, y aclaro que no soy crítica literaria, sino que mis críticas son a partir de mi propia experiencia con la lectura y no de un estudio minucioso, igual... decía, detesto esa maldita costumbre de Borges y de Bioy de poner en lo que escribían frases en otros idiomas... o de mencionar ciertas personalidades como suponiendo que uno las tiene que conocer. El único sentido que le encuentro a ese recurso (si se lo puede llamara así) es quizás una intención de que sus escritos no se volvieran muy "populares".... ese tipo de "frivolidad intelectual" es una de las cosas que más detesto de ser porteño.... (y soy porteña!!!).
 Padam
17/01/2008 a las 19:36
Gracias fede o (#129) por el link. Confieso que lo busqué y no lo hallé.
Hernán, me encantaste como siempre.
Joaquin
17/01/2008 a las 17:37
Espectacular como siempre, nunca se me hubiera pasado por la cabeza el significado del famoso "rincon Blanco"


Un abrazo


Joaquin
Tomás
17/01/2008 a las 15:49
Me hiciste reír, viejo. Me encantó. La verdad.
fede o
17/01/2008 a las 13:35
pero che, que son vagos, todos ustedes! ninguno se colgó a poner un link para "el otro".
ahí va, entonces:
http://es.geocities.com/paginatransversal/borges/
oriol
17/01/2008 a las 10:52
Muy bueno "España perdiste". Me cuesta leer tu blog porque aunque tengo 30 años no me concentro bien ante la pantalla. Así que iré comprando tus recopilaciones. Mejor para tí también.
El Angel Gris
16/01/2008 a las 19:45
Ahora empiezo a asociar, por qué a la colcha vieja que viajaba en el baúl del Falcon le decían, "La polvera".
Ricardo
16/01/2008 a las 16:57
Ideay?, andás peleados con tus padres?. La vez pasada mataste al viejo y ahora los ponés drogadictos!.

Saludos
Esculpadelacalor
16/01/2008 a las 16:52
Jajajaja, zarpado.
luna
16/01/2008 a las 15:20
Hernán:
...........................
ya está, ¿así está mejor? ¿no? Ahora tengo miedo de que me censures, uy que miedo me entra! No! noooooooooooooo! no lo hagas, please!!!!!!!!!!!!! piedad!!!!!!!! piedad cheri! piedad!. un poco de misericordia!
Paloma
16/01/2008 a las 06:58
Muy interesante.
¿Leíste "Un rincón feliz", de Henry James? Si no lo leíste, leelo. Te va a gustar.
Saludos!
seburu
16/01/2008 a las 04:35
Ahhhh, los olores. Cuando estaba viviendo en Chile, pedí un buzo de mi abuelo para poder estar cerca de el, mediante su olor.

Otra cosa, genial la pintura de lo que realmente puede estar pasando ajenos a nuestros ojos de niños. El mundo de los adultos y el de los niños se cruzan poco, tanto para unos como para otros.

3. Confesarte que la manía que tenes de exorcizar momentos de la infancia y adolescencia me produce alivios, como orgasmitos. Así como iluminaste con un encendedor el rincon blanco, iluminas momentos muy ricos que estaban en la penumbra con tus reflexiones, que la mayoría de nosotros también vivimos. Y cuando lo haces en tiempo presente, en un cuento, me vuelvo una multiorgasmica.

Y a aquellas situaciones de las que ya había reflexionado y se encontraban iluminadas, es como que me las regas y les pones abono.

Dudo que se haya entendido lo que dije, pero de ser el caso, continúo: y pienso que todo eso, querido amigo, se ejercita con charlas con amigos (muchas veces fomentadas por el faso), en que se habla de todo pero no se habla de nada, de lo que se te ocurra sin miedo, y es cuando se acarician y se tocan esos lugares comunes.....que lindo, papaaa. O no?

Camila
16/01/2008 a las 03:31
perdón por la corrección anterior, vi que ya lo habías aclarado
muy bueno el texto
en mi casa hay un "mueble blanco"..............ahora me dejás pensando.

saludos
Camila
16/01/2008 a las 03:18
mi comentario es del calibre del comentario 3:


treinta y cinco

:)
Laura
15/01/2008 a las 21:56
Ja! Tiene razón Pancho (Nº25).
luna
15/01/2008 a las 20:31
Muy original el relato, y el final me deslumbró.

ánimos y adelante. No dejes de escribir.
Pancho
15/01/2008 a las 20:02
Como teoría, es una pintura!
A más de uno, de esos lugares bautizados por sepa Dios qué, le gustaría tener esa historia.
Qué guacho, sos.
Mariano
15/01/2008 a las 19:39
Rarisimo

Muy dificil distinguir la realidad de la ficcion, aunque espero por tu bien que eso que decis soñar a esta edad no lo hayas visto ni intuido de joven

Saludos
JVO
15/01/2008 a las 19:16
Creo que yo también me hubiera golpeado inclementemente si me encontrara en "versión adolescente", sin duda. Aunque no tanto como para perder el olfato.
Saludos
Jose
15/01/2008 a las 18:17
que grande eres henan...
ella lo sabe
15/01/2008 a las 17:13
Di con tu último libro hace bien poco. Mira que me pude reir a destajo. Todos los argentinos (que he conocido) sóis iguales.

Un saludo

Ella lo sabe
yo
15/01/2008 a las 16:59
Ya comenté antes, pero acabo de releerlo porque me encantó y ví olivetti con minúscula.

Sé que no te jode que te avisen estas cosas!
Edmundo
15/01/2008 a las 14:43
Jorge escribiendo a cualquier hora, en cualquier lado, en máquina de escribir, en libretas, cuadernos, hojas A4 / A5 / A6 / carta / legal / folio; en papel cuadriculado o liso, cartulina... Todavía tengo algunas de esas cosas, creo, en algún lugar. Nunca vi a nadie escribir como el Jorge.
"el que sigue"
15/01/2008 a las 05:26
Muy bueno el relato. Igual desde el principio me vi venir el final. En algun mento me hiciste pensar otra vez que no ibas a hablar de cocaina pero las partes en las que el hilo se dispara hacia otro lugar no tienen mucho que ver con el titulo, y cuando volves a remarcar la importancia del titulo me volvi a imaginar que rematarías con eso. Que dificil es expresar las ideas de uno. Que bien lo haces vos. Me pareció muy rico solo que la formula total no me terminó de convencer esta vez.
 alberto baru
15/01/2008 a las 04:40
Cada vez mejor, don Hernán.

 Psicomollejita
15/01/2008 a las 02:11
En un parpadeo puedo sentir el olor a salitre y arena en la brisa que me golpea la cara, frente a la playa marrónverdinegra donde crecí...
Me froto los ojos e inhalo las grietas de las paredes coloniales de la casa vieja con los primos, donde agarraba luces de bengala por la puntica por miedo a quemarme las manos...
cuando sueño con este lugar me doy cuenta de inmediato que estoy soñando, pues hace años que no existe, entonces aprovecho el sueño para recorrerme todos los rincones con nombre y sin nombre, el piano, el patio y el cuarto de ramón-walkiria-lalito...
gracias Hernán
martin
14/01/2008 a las 21:43
La verdad es que me gustó mucho. No se como haces para para enredar a tu familia en medio de las historias y no sentir ningún tipo de culpa al respecto.
Muy bueno, me hizo acordar el de la muerte de tu papá de hace poquito.

Saludos y seguí así
Gastón
14/01/2008 a las 21:33
Excelente Hernán!!! Que buen giro le pusiste, cada vez mejor
zebas
14/01/2008 a las 21:17
Para mi son "desdoblamientos" agridulces, sientes la presencia de ese pasado mediato con todos los actores que por cosas de la vida se encuentra corriendo sus vidas en otras latitudes, la dulzura de ver nuevamente a la abuela pelando arvejas en la cocina, mi madre encorvada en su "Singer", y el Gorilon torturando a los que después adquirieron el titulo de hermanos porque en ese entonces eran actores circunstanciales.
Los artefactos significativos de tu vida adquieren su verdadera dimensión y calidad, después de todo la genialidad y magnificencia que tu mente atribuía a las cosas era solo eso; una atribución inapropiada.
Nuevamente agradecido por encaminar con tanta genialidad en la dirección correcta el carrito de los mas preciados recuerdos.
ANA
14/01/2008 a las 21:07
Tan grande y bueno como siempre, es cierto lo que dices tambien, que hay cosas de las que te enteras que hubieras preferido no, pero que carajos!!! al recordarlo ya es gracioso, me pasó alguna vez ya de grande que guardando la ropa de mis padres encontre en unos de sus cajones un vibrador!! ja, ja no lo podia creer...digo no es algo malo, pero de tus padres?ja, ja y menos que supieran que iba a abrir esos cajones para guardar la ropa y no lo evitaron, desde entonces ya no guardo su ropa...y por supuesto no dejo que guarden la mia ja,ja....
 Romi Huaina
14/01/2008 a las 20:22
Tengo otro olor y creo que algunos lo van a compartir (antes que nada, me cagué toda cuando vi que mi comentario anterior había sido detenido por la policía... jaja! sos increíble Hernán). Viví casi toda mi infancia y toda mi adolescencia en La Pampa, ahora estoy hace más de 10 años en Capital Federal (ARG), cada vez que me encuentro al aire libre y empieza a llover, el olor a tierra mojada me lleva a La Pampa nuevamente... ahhhhh!!!! Ahora tengo una casa con terraza y muchas plantas.... vuelvo a La Pampa cada tardecita cuando las riego....
 Romi Huaina
14/01/2008 a las 20:18
Qué lindo Hernán! Nos transportaste a todos hacia atrás!!! La casa de mis abuelos en Lugano tenía un olor súper particular. Cuando mi abuela falleció, mi mamá se quedó con una almohadita donde reposó sus últimas horas. Una vez, ya viviendo en otra provincia y con aquella casa de los abuelos vendida y transformada en dúplex, mi mamá saca del placard la vieja almohadita de la abuela.... era ESE olor... entonces, el olorcito de la casa de mis abuelos no era de la casa, era de la abuela!!! Fue increíble!!
Cordelia
14/01/2008 a las 19:16
Hace muy poco que descubrí este blog, y la neta, me gusta muchísimo, mi favorito es la madre de todas las desgracias y al igual que esta historia lo mas impactante es siempre el final. Me gusta mucho tu estilo.
Patricia
14/01/2008 a las 18:44
Silviaele # 68: la casa de mis padres, que era la de mi abuela materna, está en calle Cervantes y Bvard Sarmiento..... acaso cerca de la de tu abuela???, si es asi, sería pura casualidad, y el mismo tortero, canillita, heladero, vendedor de manises las tardes de invierno????, ja, ja, yo vivo en Tenerife......
Aromáticos recuerdos para todos los del Blog!!!!
jotita
14/01/2008 a las 17:29
Inteligente y sumamente sutil!

Qué buena forma de autopsicoanalizarse... aunque con semejante esquizofrenia, hacer catarsis esnifando los olres del pasado me parece digno de un genio.

Me encanta la polémica que generás con tu talento para "crear" relatos.

Te admiro Hernán.

Primer comentario de un viejo admirador.

J.
Maestruli
14/01/2008 a las 15:08
Ay Giorgio, decís no ser un "estúpido contra las drogas", pero el final "no te gustó para nada" simplemente porque era cocaína en vez de porro. Literariamente es casi equivalente y daba lo mismo. Además "el rincón blanco" existía de antemano, así que había que justificar el color de alguna manera. En fin, no sé para qué explicar. Sí sos un "estúpido contra las drogas".
mario aquino
14/01/2008 a las 14:32
Toda persona que haya tenido una infaNcia y adolescencia de relación estrecha con sus padres, siempre los idealiza. Tiende a mitificarlos. En mi caso, y ya tengo casi 50 años, "veo" los defectos de mis padres pero no los percibo, no los registro. Son intocables.
Sostengo que tu relación con tus padres no debe de haber sido muy... buena. Si me equivoco, mi teoría no se confirma.
De cualquier forma el cuento me gusta. Tiene un final sorprendentemente duro, que enlaza con un principio nostálgico y tierno. Haces que el lector utilice todos los registros de sensibilidad posible. Lo que mas me gusta que el enlace se hace a través de un sustantivo con su adjetivo (el rincón blanco).
Gracias por la buena lectura.

. Mariano
14/01/2008 a las 14:18
Lindo el cuento, como siempre.

Me interesaria saber, ahora en serio, como fue el momento de verdad cuando te enteraste porque el rincon blanco se llamaba asi.
walter
14/01/2008 a las 14:08
los olores y las canciones... dos métodos de recordar lugares y momentos vividos
un placer leerte

un abrazo desde Bahía Blanca, la ciudad con olor a sal
Giorgio
14/01/2008 a las 14:06
Ahh: Me olvide de terminar en el comentario anterior... que si fuera porro, el rincon seria verde.

Saludos.
Giorgio
14/01/2008 a las 14:04
Relatado excelente como siempre.

La mejor parte es en la que no queres copiar el relato de Borges, pero terminas copiando su forma de andar. Muy bueno.

El final del relato, auqnue soprendente e inesperado, no me gusto para nada. No porque sea un contra estupido de las drogas (ya que no lo soy), sino que mas bien me parece que en el afan de mostrar que los padres no son tan santos como uno se los imagina, se te fue la mano. Creo que con un porro, quedaba mas "sano".

De todas formas, es como cfriticar un gol feo de Maradona. Fue gol y chau.
Gustavo
14/01/2008 a las 13:38
Muy Casciariano el relato y especialmente el final. Absolutamente de acuerdo con los olores, en mi casa podría reconocer hasta 10 lugares distintos sólo oliendo y coincido en que a veces olés lo mismo afuera y si cerrás los ojos, te transportás al hogar en que creciste. Supongo que sólo sirve para los que pasamos nuestras infancias en casas.
silviaele
14/01/2008 a las 00:13
Patricia #86:

Mi recuerdo (#68) del olor a jazmín magno de mi infancia se refería a la casa de mi abuela, que estaba en la calle 25 de Junio, en...Paraná.

¿Será magia, será el lugar donde se cierra algún laberinto de Borges, será alguna pirueta de Cortázar, o será la puta casualidad?

Lo que me extraña es que no hayas oido también el "¡Tortiiiroooo!" y las chicharras de la siesta.

Aunque todo seguirá estando allí.
alvarhillo
14/01/2008 a las 00:01
Eso me recuerda al día que descubrí condones en el armario de mis padres.
Coco
13/01/2008 a las 23:53
Me senti identificado porque yo a los 17 tomaba merca a escondidas y mi viejo tenia un poster de lenin en el estudio. Si volviera en el tiempo se me pondria dificil elegir a quien cachetear primero.
Antonio
13/01/2008 a las 20:11
La memoria es siempre falsa. Nos miente el terror a descubrir lo que no llegamos a ser.
Sr. EGO
13/01/2008 a las 19:57
No tenés paz. Moooooy bueno.
Patricia
13/01/2008 a las 17:49
No, yo no pensé en Borges ni en Cortázar, recordé un libro, sencillo y brillante "Lexico Familiar" de Natalia Ginzburg (creo), donde habla de códigos y nombres de lugares, personas y situaciones que sólo los de una misma familia entienden, (en mi caso a veces entre amigas)...
Y también recordé cuando hace 2 años desperté en la casa de mi infancia (Paraná) un 27 de Dic muerta de calor, agotada luego de un viaje con Air Madrid (je, je,) porque un grito de "Diariooo, diariooooo" casi me hace caer de la cama y con los ojos cerrados creía que estaba en el tornado del Mago de Oz, preguntándome qué me pasa, dónde c... estoy??.....hasta que oí la voz de mi vieja y mi tía Ana preguntándome: "Nena, (de 48 tacos), no querés un matecito????" y un aroma mezcla de jazmines, glicinas, espirales y facturas me sentó en la mesita del patio.... sniff,snifff
Florentino
13/01/2008 a las 17:15
Le pediste permiso a tus padres para contar esto?
Estoy descolocado totalmente. Por qué me cuesta tanto pensar que los padres no pueden hacer algo así, jamás!? De dónde habré sacado semejante idea?

LiderRojo
13/01/2008 a las 15:16
La casa de mi infancia fue demolida cuando yo tenía 12 años. En ese momento, mi padre decidió que debíamos mudarnos y vender el terreno.

En la nueva casa, no teníamos rincones: estaba todo bien calculado; en aquellos nuevos diseños arquitectónicos predominaba el sentido de la utilidad y ciertamente en el nuevo emplazamiento no había casi rincones y todos prácticamente ridículos e inutilizables.

En la antigua teníamos ''la cueva'': la casa estaba construida sobre un terreno con inclinación. Se accedía a este santuario de viejas herramientas por un costado y allí jugábamos a explorar paredes y techo. La cueva tenía el piso de tierra; conformaban sus paredes los muros de carga de la casa y su techo el piso de la planta donde vivíamos. La cueva era ese espacio que ninguna casa suele tener, entre la tierra donde se ubica y la planta que se habita.

Muy bueno el relato... (no obstante, no me encaja mucho la salida de tus padres).

Espero el próximo relato con expectación.
RusaRoja
13/01/2008 a las 13:51
...puedo caminar con los ojos cerrados por la vereda de la calle Condarco y entrar sin equivocarme a la casa rosa tras el olor a sopa de gallina que viene directo a mi hambre tirar sobre la mesa del sastre mi morral sin mirar y sin preguntarme jamas quien corcho era el sastre sentarme en la cocina chica aunque hace miles de siglos ya no habia cocina grande y siempre ciega escuchar desde mi piel el crujido del pan aleman en el horno del vasco.
La casa rosa devino en una playa de estacionamiento que tiene un cartel que dice parking a la que en un principio llamabamos garaje aunque luego del incremento a cuatro por cuadra de los garajes se fue transformando casi sin darnos cuenta en el playa rosa.
Nada que ver tu relato de hoy con Borges. Fuiste solamente Cortazar tratando de no morir sacandote el pullover.
Hernan cuando lei la palabra biene me vinieron unas ganas locas de abrazar a tu hermana pellizcarle las mejillas algo asi no se no se
es que la senti muy de la familia muy mia re cercana muy mi hermana



Susy de la vuelta
13/01/2008 a las 05:50
En mi casa estaba el "cuarto de planchar" que en realidad era una especie de galpón en la que se guardaban porquerías. Planchar, se planchaba en otro lado, en el lavadero.
FEL
13/01/2008 a las 01:25
Hace unos dias que estoy vivendo en lo de mis viejos, y me paso todo el dia enfrentando cosas que siempre senti como normales, y que en realidad son solo son nuestras. Como tomar mate en el patio de manuel (Que no existe hace años y cuando nunca hubo un manuel en la familia) guardar cosas en el tomate amarillo (que es un cenicero blanco). Enfrente esta la casa de don marcos (que se mudo en 1979), y a la vuelta la fabrica de camperas (que no existe hace casi 20 años). El cajon de los repasadores tiene cubiertos, y el armario gris arriba del lavarropas no solo es azul, sino que tampoco es un armario, ni esta arriba del lavarropas...
Eso si, por la noche camino en la oscuridad igual que cuando era chico...
Andrea
13/01/2008 a las 00:23
En mi casa teníamos la "mesa del comedor", solo que no había comedor. Dicha mesa estaba en el salón. Y mi dormitorio era "el cuarto de los juguetes". Se ve que mis hermanos mayores se tuvieron que joder cuando yo nací, y no quisieron que lo olvidara nunca. Rencorosos.
Arañas Galponeras
12/01/2008 a las 23:38
¿Serán la distancia y el tiempo lo que nos permite volver, física o imaginariamente, a los lugares comunes pero con otras miradas?
Saludos!!!
Crysty
12/01/2008 a las 22:20
jajajja Mató el comentario #74 de Chichita!!!! (Qué personaje!!!)
Che, Hernán...no se me ocurre otro comentario que decirte que es, lejos, tu mejor blog...te juro que me encantó...me hizo recordar muchas cosas, y eso que tengo 25 pirulos...(o sea, una pendeja!)...
Mucha suerte...
Saludos desde mi AAAQUIII COOOSQUIIIN!!!
Comandante40
12/01/2008 a las 20:30
Olor, como no va a oler la casa de uno, (aguante el comerdocito) yo podía hasta adivinar en que pueblo estaba desde La Plata a Constitución en el viejo "Ferrocarril Roca", Berazategui, Plátanos, Avellaneda, etc...por las barandas que cada uno largaba.. Que tus viejos tomen soplete me hace recordar a la canción de Callejeros, Prohibido "sexo oral entre mamá y papá, esa secuencia, con frecuencia la pienso, pero ellos nunca lo harán" y no porque no le lleguen a realizar sino porque uno no relaciona la acción con los personajes.
Saludos desde la Luna de Valencia.
Schaduwplek
12/01/2008 a las 18:33
Recuerdo la primera vez que abrí el tercer cajón de la cómoda de mi padre y encontré un misterioso paquetito de papel de plata que escondía un oscuro secreto.
Los padres siempre fueron peores de lo que dicen ser y creen que con ese acto de hipocresía evitarán que sus retoños acaben haciendo todo eso que ellos hicieron. Es inevitable, al menos en mi caso, ya que he acabado mucho peor de lo que mi padre tardíamente confiesa ser.
Saludos
insomne
12/01/2008 a las 16:48
pues si , me hiciste recordar, en mi casa habia un cuarto inmenso de deposito que llamabamos "el cuarto viejo", cuando nos mudamos a una casa nueva, tambien habia un "cuarto viejo". y lo continuamos llamando asi,que cosas, gracias por hacer que mi memoria vaya a esos momentos de mi infancia...
el desenlace final de tu historia pues que te puedo decir ...me sorprendiste..muy a tu estilo..no? me gusto postea mas seguido porfa se te extraña...

un abrazo .
Chichita
12/01/2008 a las 16:35
Que hijo de puta!! Ese es mi hijo carajo!!
 olo mosquera
12/01/2008 a las 16:28
No se llamaba: se sigue llamando. Mi casa está justo entre la Trentaidós y la Trentaicuatro.
Martin
12/01/2008 a las 16:06
Hernan:
Treintaicinco no se escribe treinta y cinco??? o capaz la calle se llamaba así: treintaicinco.

Abrazo

Melina
12/01/2008 a las 13:49
hola hernán. me gustó un montón tu relato, hasta había pensado en decirte cosas halagüeñas, tirarte flores y adorarte cual semidios, pero tengo que decirte que el giro final del relato me dio nauseas y un rechazo tremendo, y no voy a explicarte por qué, es una historia larga, cercana y muy triste que no es lugar ni momento de comentar. pienso que mis padres lo más extremo que habrán hecho fue meter en la casa a una amiga guerrillera embarazada que después desapareció, y sí, un montón de cosas más, no te digo que no. pero el tema de la droga es jodido, y no sé, si bien no lo he vivido en mi familia ni entre mis amigos porque crecí y viví en un pueblo, lo veo ahora, que vivo en Barcelona, donde el tema de la coca está aceptado socialmente, y nada, la verdad, no me hace ninguna gracia, para nada. un saludo, melina.
Lichi
12/01/2008 a las 13:00
Lo de los nombres a las habitaciones de la casa es difícil. Las podes nombrar por su tamanio, por su ocupante ilustre, por su ubicación dentro de la casa, etc. Pero todas esas denominaciones son efímeras, ya que remodelando o con el éxodo de familiares pierden vigencia, y reclaman a gritos actualización.Es por eso que se me ocurrió llamarlas según la fecha de construcción: la piecita de julio del 27 por ejemplo. Aunque pensándolo bien me dí cuenta que sólo vale para cuando uno remodela, ya que al construir la casa las primeras habitaciones se construyen juntas. En fin, el tema queda abierto.

Ah, muy bueno lo de copiar a Borges en la forma de recorrer la casa. Muy ingenioso.
miriam
12/01/2008 a las 10:13
me acordé de la pieza de los cachibaches
gracias por devolverme ese recuerdo y otros
silviaele
12/01/2008 a las 07:47
Gracias, Hernán, por alegrar mi insomnio de 3 de la mañana con la sorpresa de tu aviso.

Como nosotros nos mudamos de casas cada 3, 4 o 5 años, según la situación inmobiliaria del momento, no hemos tenido rincones inmuebles con nombre propio.

Pero sí hemos tenido muebles, generalmente inventados por nosotros y que se llamaron
"Rafael" (por el carpintero que lo hizo),
"Anoréxico" por ser muy flaco para entrar en un rincón de depto moderno,
"la zapateca" (un cajón o una mesita para guardar zapatos), y así.

También teníamos un diccionario que se llamaba "la tía Anita" porque era petiso, gordo y estaba forrado de floreado, como los vestidos que usaba mí tía Anita.

El olor que impregnó mi infancia, y aún me veo en ella cada vez que lo siento, es el de las flores del jazmín magno, que mi abuela recortaba , en el verano, todos los días y colocaba con amor en un florerito del vestíbulo, desde donde perfumaban todas las habitaciones.

Y también siento pegado a mis dedos el jugo de las toneladas de naranjas que me comía en la escalera de la azotea de una de mis casas (la más larga, 13 años), durante largos veranos sin salidas . Por eso todos mis libros de la Colección Robin Hood (también algunos prestados) están decorados por delicadas manchas amarillentas con un lejano aroma a naranja de infancia.

Hasta acá vamos bien. Puedo acercarme a tus vivencias. Pero mis padres roncando sonaban más bien como carro de lechero sobre el empedrado de Barracas.

Y jamás los vi darse con nada blanco, salvo el bicarbonato de sodio de después de la comida, pero no había tarjetas plásticas, entonces. ¿Deberé hablar al respecto con mi analista?

El blog de las chicas de antes (y de ahora) era el Diario ïntimo, lleno de figuritas, corazones, la bailarina modelada con el papel de plata del Rhodesia con una cintita rosa en la muñeca, y la servilletita del Pumper Nic escrita con una fecha y una frase..

Según algunos de tus lectores , Hernán, está mal caer en la nostalgia ( es lo mismo que melanco , no?) No les des bola. Todo lo uno que es uno está en lo que fue, y en cómo lo fue.

A veces, pienso que tus recuerdos son hermosas mentiras en primera persona, pero no me importa. Si no fueron verdad, merecieron serlo, si te hicieron tan sensible y talentoso. Aunque, en realidad, si son mentiras, no te hicieron, sino que vos las hiciste, pero porque sos inteligente y sensible.

¡Bien, qué verborragia! Perdón. Me gusta lo que escribes por lo que es y por lo que desperta en mí.

Gracias, Hernán







Katana
12/01/2008 a las 07:34
Barbaro, excelente, no se como logras escribir esas cosas en primera persona, pero por otro lado solo en prim. persona surten ese efecto. Gracias! katana, la cubana/
piojopromiscuo
12/01/2008 a las 07:22
Que recuerdos, los olores a humedad de la parte del jardin donde daba la sombra, el olor a viejo de "la pieza del abuelo", la "glorieta", anda a sentarte un rato al "marmol" a ver si me dejas hacer las cosas queres?!, puf, que monton de recuerdos, y es cierto Hernan, te los llevas a la tumba. Muy bueno. Saludos desde Miami.
Hormiga
12/01/2008 a las 07:19
En mi casa no tenemos rincón blanco, tenemos 'la esquina verde'.

Estoy segura que a Borges le encantaría leerte.

Un abrazo Hernán :)
Gabriela
12/01/2008 a las 05:39
Hernán, este cuetno me parece muuuy nostálgico. Le falta algo de humor , chispa. Casi infantil esa cosa de la casita de los viejos, no sé. Plomífero el tema. Lo borgiano, no me sorprende,nada. Lo de la coca de tus viejos, verdad o mentira, me da igual. Es decir, uh qué duro, sería ser muy conservador, me parece. Me parece que falta saltar algo , un trampolín y despegar de la infancia melanco. Es mi opinión. Beso . Te quiero siempre, aunque no me des ni bola.
Ramiro
12/01/2008 a las 05:35
Yo también me hubiera agarrado a patadas Hernán, el punto es excelente. Será tanto el despiste que podes crear como la realidad que cargas. Te gusta jugar con eso guacho o solo da un buen resultado.
Un abrazo chiquilin.

may
12/01/2008 a las 04:25
Me encantó el momento Borgiano. Me recordé a los 15 años comprando un libro de Nietzsche y tratando de entender un poquito más allá. Recién 8 años después pude entrever algo!
(y el rincón blanco, fue lo primero que se me ocurrió cuando vi el título... pero después por suerte me mareaste!!!)
Arena
12/01/2008 a las 03:10
Loco....siempre, siempre, siempre me haces reír con esa cabeza que tienes...
Xica
12/01/2008 a las 02:37
Genial. Lo que me encanta de tus historias es que en realidad uno nunca sabe dónde van a ir a parar.
El tipo del Sofà
12/01/2008 a las 02:32
Buena teoria....
la canoura
12/01/2008 a las 02:29
Y yo que estaba por contarte que en la casa de mis viejos está "el cuartito"...que tremendo hijo de su madre...(perdón Chichita, no puedo poner puta)...El rincón blanco...ja!
Dark Tide
12/01/2008 a las 02:07
Y...eso sería un "rincón blanco"

Por cierto, en Buenos Aires había una línea de bondis que hacía el trayecto Correo Central-Berazategui, la 159, que a los micros diferenciales los denominaba "Línea blanca" ¿se habrán dado cuenta que ese nombre era mmmm....no sé...medio como que podía dar lugar a malos pensamientos "merkísticos"?

Saludos tocayo,

DT
alejandra
12/01/2008 a las 01:42
El momento de Borges impresionante
alejandra
12/01/2008 a las 01:39
¿Cómo puede alguien escribir tan bien?

me encantas
J.P.
12/01/2008 a las 01:13
@ #26 Yatsil:

Es el *mas* evolucionado, porque es el más antiguo.
Oyom!
12/01/2008 a las 00:57
Qué bien que te sale, che! Qué bien que te sale!

Siempre un placer leerte.

Saludos
Oyom



PD: ese relato de Borges pone la piel de gallina.
PatagoniaN
12/01/2008 a las 00:50
Claro! Uno muchas veces encuentra explicaciones desde las vivencias propias... Esta vez me sorprendió y me causó gracia! (en contraste a algunos otros con finales previsibles)
Espero el comentario de Chichita.
Rafa²
12/01/2008 a las 00:24
Salú la barra!!
Imagino que unos días en el vientre de la vieja "bienen" bien (qué envidia la verdá).
Y no sé si de eso se trata esta historia pero hiciste que mi cansada mente recordara cuántas pelotudeces afirmé absolutamente o creí pensar de pendejo, cuántas otras que disfrutaba ahora me divierten aún más, y en el terror que me provoca creer que puedo no ser el padre que siempre soñé que sería.

Abrazos allende el gris laberinto,

PD: no estoy seguro de no duplicar este comentario, me "devolvió" un mensaje de error el navegador en el anterior intento. En cualquier caso valga para reafirmar lo dicho...
La perfecta
11/01/2008 a las 22:30
Pero bueno, primero matas al viejo y depués lo haces drogadicto? que falta de respeto!
Esto no fue lo que me enseñaron en mi casa... pero es mucho más divertido! XD

Grande Hernán, como siempre
Cuando sea grande, quiero escribir igual de bien que tú
Gracias!
Q
11/01/2008 a las 22:11
duriiisimo

:P
Diego®
11/01/2008 a las 21:39
es verdad...en cada casa hay un lugar o un algo con un nombre...en mi casa tengo la "puerta de madera", que da al garage desde la parte principal de la casa....lo gracioso es que en mi casa casi todas las puertas son de madera....pero cuando alguien dice la puerta de madera ya sabemos cual es....
clavijo
11/01/2008 a las 20:44
Hace ya mucho rato en una habitacion de la casa vivio una prima de nombre Rocio, desde que ella se fue han vivido en esa habitacion como cuatro inquilinos distintos pero mi mama suele referirse a ese cuarto como la pieza de Rocio y todos entienden, hasta el inquilino que jamas conocio a Rocio.

Esto comprueba tu teoria.
maria jose
11/01/2008 a las 20:43
Sublime. muy buen giro para el final. Me gusto muchisimo.
Ahora no hay derecho, cuando me encuentre a Chichita en el almacen, finalmente la voy a mirar con otros ojos!!!!
d-Sastre Popular
11/01/2008 a las 20:18

Esto explicaría el por qué tus textos son adictivos ademas de alucinantes.

Hiciste tu escuela escribiendo en el rincón blanco.

También tiene sentido que tu mente invoque del futuro al chino que pestañea para acreditarse un porro de su servicio prepago.

Saludos...

Desde el fondo de una botella
Sadarrab
11/01/2008 a las 20:17
Fuerte, crudo y excelente, como siempre.
Yimmi
11/01/2008 a las 20:11
...creo que la mayoría de esas cosas con nombre extraño que uno no sabe por qué se llaman así, tienen esas historias por detrás.
A veces no se que tan bueno es que uno se entere o no de esas cosas, digo, se que los padres de uno fueron jóvenes, y no soy yo de los que me alarmo al pensar en ellos teniendo sexo (que por cierto ese detalle me recordó una discusión que tuve con mi padre hace varios años acerca de la diferencia entre el amor y el sexo, pero no es eso a lo que iba), pero a veces pienso en mi hija y reviso lo que yo he hecho en mi vida... y vaya, no se si me pone más nervioso el hecho de que ella descubra esas cosas o que exista la posibilidad cierta (MUY cierta) de que ella haga cosas iguales o peores (o mejores...!)

Deberías abrir una nueva sección que se llame "Crónicas genealógicas".
marcelo Pablo Lacedonia
11/01/2008 a las 19:47
Hasta cierta edad idolatramos a nuestros padres, luego todo lo que vemos en ellos es negativo.
Y supongo que ahora estaras pensando en lo bueno que seria meterte unas rayas con ellos !!!
Fuera de joda: Sorprendente como siempre.
José
11/01/2008 a las 19:38
No puedo parar de reírme con la imagen de tus padres -a quienes no conozco- metiéndose un tiro cada uno antes de salir.

Muy fuerte, muy fuerte, muy buen relato.

Abrazo,

José.
Fer
11/01/2008 a las 19:31
Fantastico, muy buen giro al final.....

si por alla a algunos les ayuda a pasar el invierno.... a mi me acompaña con estos casi 39 grados de mi mendoza querida...

un gusto leerte nuevamente hernan.

felicitaciones

y gracias!
Madame Rosa
11/01/2008 a las 19:25
Hernán, te leo siempre pero te comento poco. Solo quiero que sepas que me gozo todos tus artículos y que tambien te vi en la cadena española que nos llega a Colombia y me emocioné mucho.

Un abracito grande y sigue escribiendo, que demostrado está que tienes un talento muy grande para las letras y para el humor fino.

Saludos desde Colombia
alguienconalas
11/01/2008 a las 19:25
...ahora sabemos por qué le decían "el rincón blanco"...
Dolo
11/01/2008 a las 19:22
Uff, los olores de los recuerdos. Es lo que mata a los que estamos a este lado del charco, lejos de casa. Claro que si instalamos un rincón blanco en casa...igual ya no sentimos ni un sólo olorcito traidor y adiós nostalgia...mirá vos, no se me había ocurrido. Gracias Hernán, por compartir tus palabras, gente y recuerdos con tanto desparpajo e imaginación. La verdad es que sos una terapia de 10 para superar bajones de invierno de enero, la verdadera cuesta de enero. Besos .
Konectada
11/01/2008 a las 18:51
La nostalgia de los dias de enero caray. Bien que la hstoria la podria estar contando la nena que el de el espejo sea Hernan...
Victoria
11/01/2008 a las 18:49
Me encantó este cuento. Sobre todo cuando contás las frases que escribía tu hermana en la puerta.
Como diría el amigo Fito, pero para tu caso, : "Mercedes siempre estuvo cerca".
ciberia
11/01/2008 a las 18:42
A mí me ha encantado tu cuento, en mi casa los cuartos tenían nombre: eran El Cuarto Azul, el Cuarto Blanco, el Cuarto de Juegos y el Cuarto de Mamá. Los dos últimos tuvieron un sentido más prolongado, pero los que nombraban colores dejaron de tenerlo cuando yo tenía más o menos diez años y cambiaron el mobiliario. Sin embargo, mis sobrinos a día de hoy continuán llamándolos así. Porque ese es su nombre.

Te leo hace mucho, y creo que escribes genial. Un saludo.
Rockero Hi Fi
11/01/2008 a las 18:42
Me emocionó mucho lo de la respiración de los padres. Y el giro del final, como para sacudir cualquier posibilidad de sensiblería, fue tremendo.
liliana
11/01/2008 a las 18:10
Muy bueno! Yo tambien era una gordita pelotuda a los 15 años !
Y que bueno es darse cuenta !
Pedro
11/01/2008 a las 17:49
Muy, demasiado borgeano. Siempre me gustó (¿gustó es la palabra?) Borges. Pero leyendo me dí cuenta que (y seguro que nada que ver con lo que querías decir pero bien por mi libertad de sentir) de adolescente, me pasaba lo que tu dices:
"¿Qué hacía esa foto de Lenin allí, con ese bigote absurdo?"
O sea:
"¿Por qué digo que me gustan Borges, YES o ELP cuando no entiendo nada de ese ruido?".
Cinco años más tardé en empezar a entender/sentir a Borges, a YES, a ELP y a varios más. Y porque lo trabajé que si no, ni ahí.
Además, con Borges me pasa algo especial. Mi padre es una de las personas que más saben del tema, con libros escritos y desde pequeño viví abrumado por ello. Pero lo más mejor es que... usaba MIS obras completas de Borges y yo... yo leía a Poe y escuchaba Genésis...
Hernán, me has metido en un tsunami de recuerdos. Genial para un fin de semana lluvioso en Madrid.
Gracias.
mariodom
11/01/2008 a las 17:49
#29, 30, 31 y 32: el priiiiii es toda una leyenda en si mismo.
Para un debut, cuatro no esta nada mal!
Gustavo
11/01/2008 a las 17:43
y, por que siempre hay un idiota que usa el primer comentario tan solo para cantar "priii"? Tan bueno el relato y es la primera vez que comento, por que en general jamas comento nada, muy bueno.
Lucrecia
11/01/2008 a las 17:40
Muy bueno!!! Hay cosas que sería mejor ignorarlas... sobre todo cuando involucran a nuestros padres.
Hitos
11/01/2008 a las 17:36
Lo mejor que me puede pasar un viernes por la tarde, abrir mi correo y ver que Hernan ha publicado. Me parece genial, como nos das la vuelta a medio camino y sacas tajada de ello.
Gracias por tus relatos, quedo ya impaciente con el siguiente
Yatsil
11/01/2008 a las 17:33
Ahora caigo...

Hace poco me explicaron que el olfato es de los sentidos menos evolucionados y no tenemos una gama muy amplia de olores; pero tiene, en cambio, la relación más estrecha con la memoria.

No sé si sea cierto, al menos para mí los aromas son un excelente medio de transporte a mis recuerdos.
Pancho
11/01/2008 a las 17:33
Muy bueno Hernan. Como siempre.
Aunque ultimamente transformaste tu blog en un culebron familiar... el otro día lei que te "cargabas" a tu viejo... ahora "revelas" que tus viejos se papeaban... lo unico que me falta es que en la proxima salgas del placard... :)
Un abrazo.
 Carolina Aguirre
11/01/2008 a las 17:33
Te contaría la anécdota de cuando mi marido dijo que el final de mi texto era demasiado borgiano y discutí a muerte, para que luego el editor la reciba, la lea y me diga "buenísimo el final borgiano", pero ya te la conté, qué cagada.

Ro
11/01/2008 a las 17:33
Lo más alucinante es que a veces, es un momento!! pero ese olor aparece de repente a 13.000 km de tu casa...y cerrás los ojos ...y estás ahi de nuevo...

Me gustó mucho ...

Un beso
 olo mosquera
11/01/2008 a las 17:31
#19: Porque es mi teoría sobre el origen del nombre "rincón blanco", el de mi casa. Que, por supuesto, existe.
Alberto José
11/01/2008 a las 17:30
Muy buen relato Hernán, aunque inverosímil.
Un abrazo.
fede o
11/01/2008 a las 17:29
si hubo una década blanca, lo fue la del 80.

buen relato. qué fue de esa novela?

(si además agregá un link a el otro, queda la yapa completa)
yo
11/01/2008 a las 17:29
por qué lo etiquetaste como Teorías....?
mariodom
11/01/2008 a las 17:27
Ni Borgeano ni fontanarrosesco, bien Casciariano!
Nicolas
11/01/2008 a las 17:27
Hernan o Hermann o Harry?

Te vas poniendo lobo eh!
Yo
11/01/2008 a las 17:22
Sublime lo de plagiando a Borges...

¿quién no escribía "biene" a los 12 años? detalle soberbio!
Juan Manuel
11/01/2008 a las 17:18
tus viejos te van a cagar a trompadas...muy bueno..saludos.
Pablo
11/01/2008 a las 17:17
Y vos perdiendo el tiempo con los porros...!
Juan
11/01/2008 a las 17:15
Pero que zarpado. No la vi venir de ningún modo.
Pensar que en mi adolecencia también había un rincón blanco, pero que quedaba en mi barrio, no en mi casa.

Sr. Horacio: probablemente el "biene" sea transcripción literal de la ortografía de la hermana.

Saludos!
Gonza
11/01/2008 a las 17:15
Jaja, Hernan, genial tus escritos, los leo como si fuesen trucos de magia, disfrutando de cada palabra sin intentar adivinar cual es el final de cada historia. mirando cada pase mágico sin intentar saber cual es el truco.

Un abrazo grande!

·gnzwm·
oscar
11/01/2008 a las 17:11
Muy bueno.

Descubrir que tus padres le dan a la coca tiene que impresionar :D
Marian
11/01/2008 a las 17:09
Blanco... blancoooo! Ya!
Marian
11/01/2008 a las 17:07
Y luego? a donde fueron? que paso?
miriam
11/01/2008 a las 17:07
qué transferencia pibe! grande!
pero tal ves, de no haber escrito cada puta noche y solamente cuando te diera la gana, hoy no escribirías sublimemente como lo hacés
 Lucas
11/01/2008 a las 17:06
Fantabuloso!!!
diegoelsurfer
11/01/2008 a las 17:05
Es cierto. Las casas tienen olores. Sobre todo en la de los barrios. En mi cuadra, puedo reconocer al menos 6 casas solo con olerlas.

El texto genial, para qué comentar al respecto.

PD: ayer vi en stage6 la entrevista que te hicieron en NST... qué cagazo tenías!!! Se nota que sos escritor. Se notaba que tenías la boca seca. A mí me pasa lo mismo, pero no porque sea escritor sino porque tengo pánico a las multitudes (multitud entiéndase por dos profesores en un examen)
 patanpatan
11/01/2008 a las 17:03
#4 Horacio, justamente estaba por preguntar si Florencia tenía faltas de ortografía :P

Buen giro. Me gustó lo de hacerse cargo de lo de Borges justo en el momento en el que yo estaba pensando lo mismo.

Y también la sensación de saber cosas que no quiero saber, como recordar discusiones de mis viejos con frases que tengo grabadas y finjo no recordar...
olivia
11/01/2008 a las 17:02
"chufi", como palabra que denomina al control remoto.... es universal o es mi rincón blanco?
Horacio
11/01/2008 a las 16:59
Hernán,

"biene" me hubiera gustado un poco más escrito como "viene".
11/01/2008 a las 16:54
Empecé a leer y me acordé del olor a Eucaliptus de mi Río Tercero al cual no sólo nunca volví, sino que vuelvo, jústamente, la semana que viene y se me nublo la vista.

Lo leo más tarde.



Un abrazo, fuerte!


Nacho!
 Pablo
11/01/2008 a las 16:53
Primero!!!!