Orsai blog post

Vida privada
jueves 10 de octubre, 2013

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jueves 10 de octubre, 2013

Gaussian blur

       

Estoy en San José de Costa Rica y llueve. Acabo de pedir un café y abro la portátil. De repente aparezco etiquetado en una foto de Facebook y pienso que se trata de un error, porque a primera vista no me veo en la imagen. Es nomás un segundo, menos incluso de un segundo, hasta que entiendo. Me quedo mirando la foto con los ojos abiertos y sin pestañear; pasa un rato, después otro rato, y mi gesto sigue congelado.

Me defiendo de la inminencia con la inmovilidad ridícula de las liebres, que se quedan quietas en el medio de la ruta cuando ven venir un camión de frente. El camarero del hotel debe pensar que estoy viendo porno en tres dimensiones, un porno nuevo y genial, porque ni siquiera reacciono cuando llega con el café. Hago un esfuerzo tremendo para que no se me note ninguna reacción, porque estamos en un espacio público y no quiero que nadie me vea así.

El asunto es que desde que murió, en julio de 2008, esta es la primera vez que miro una foto de Roberto sin desenfocar los ojos. Puto Facebook y las etiquetas intrusivas. No hubo tiempo para armar el gaussian blur; no me lo esperaba.

Un segundo golpe me subraya el desconcierto. Yo creía conocer todas mis fotos familiares, pero esta no estuvo nunca en los álbumes de la infancia, ni en los portarretratos de la casa donde crecí. En la foto hay un cielo limpio de verano, con una nube inofensiva recortada por un edificio que recuerdo bien, frente a la playa más famosa de Mar del Plata.

¿Dónde había estado esa foto todo el tiempo? La respuesta es simple: en ninguna parte. Más tarde sabré que no es realmente una foto, sino una diapositiva. Mi abuelo Marcos hacía diapositivas y las guardaba en cajones que nadie vio desde su muerte.

Mi tía Ingrid decidió, este mes, digitalizarlas a todas antes de que el tiempo las volviera inservibles. Cuando encontró esta foto se la mandó por mail a mi mamá, y mi mamá la subió a su Facebook por la mañana de Argentina. Dos horas después estoy en este bar, con la guardia baja, pensando en cuánto nos gusta a los gordos el buffet libre de los hoteles, y entonces la imagen me asalta sin que me pueda defender.

Por eso estos párrafos, desordenados y sin estructura, se arman en mi cabeza contra toda lógica, y por eso me acuerdo instantáneamente de Fernando y de León. Y de otra foto marplatense. Pero eso será después, cuando el llanto haya arrasado. Ahora contengo las lágrimas y me dejo invadir por estas ideas inconexas. No las escribo, las veo pasar como vagones de un tren lechero.

Son frases sin gramática interna que se redactan solas y que pasaré en limpio un poco más tarde, en la habitación 1010, cuando ya no sea necesario fingir serenidad. Pero ahora estoy todavía en el bar y la foto ocupa tres cuartos del monitor, y la miro fijo. Y busco un mail que hace cinco años me mandó Fernando Luna. Busco ese mail como antídoto del llanto.

Antes de eso tengo que explicar que no es exacto que nunca he visto una foto de mi papá después de su muerte.

En realidad, cuando no hay más remedio entreveo alguna —en la entrada de la casa de mi hermana hay dos retratos—, pero antes de pasar a la cocina preparo muy bien el Photoshop mental y desenfoco los ojos a un sesenta y cinco por ciento. Si hay que mirar fotos de Roberto, me digo, por lo menos que sea con filtro.

Ojo: no me da miedo verlo ni es que tema ponerme a hacer puchero. Es más parecido a una superstición. Una noche Dolina dijo algo en la radio que me quedó grabado. Dijo que en las fotos donde aparecen muertos queridos, los muertos saben que están muertos y te miran, desde el papel, con un gesto cómplice y triste, como diciendo «qué le vamos a hacer».

No sé si será verdad —en el fondo creo que sí— pero cuando andan dando vueltas fotos de Roberto las esquivo por las dudas. Es un artilugio cobarde, supongo, pero también es una forma de preservación. El mismo mecanismo me impidió, durante todos estos años, pisar la casa de Mercedes donde nací y en la que él murió.

Las muchas veces que fui a Argentina pasé de largo por casa, porque quiero mantener en la memoria otras imágenes de esas habitaciones, unas imágenes más inofensivas y cotidianas en las que nadie se muere en el sillón del comedor. No sabría qué hacer en esa casa, si la recorriera hoy, del mismo modo que ahora no sé qué hacer con esta foto de Facebook que se aparece sin preaviso en Costa Rica, cuando estoy tan sin filtro y todavía no desayuné.

Busco en Gmail el correo de Fernando, con desesperación, y no lo encuentro. Pero como sé qué día me lo envió, la asociación de ideas me lleva a un recuerdo peor.

Me acuerdo, esta vez sí con pánico, de otra foto que sé que existe y que no veré jamás, ni que me pongan un revolver en la cabeza. Cuando se murió Roberto, en julio de 2008, yo tenía las valijas hechas para viajar a Buenos Aires a presentar mi segundo libro.

Al conocer la noticia intenté adelantar el vuelo unos días pero fue imposible, por lo que no llegué a tiempo para estar en el velorio, ni tampoco en el entierro. Es raro decir no llegué a tiempo cuando el objetivo no es ver a tu padre vivo por última vez, sino verlo por primera vez muerto.

Chiri fue mi corresponsal de guerra. Él estaba en el cementerio de Mercedes y me llamó por teléfono a Barcelona. Me fue relatando todo, me dijo que había muchísima gente, que mi mamá se mantenía firme, y también me contó detalles del velorio, que la vigilia había durado una noche entera, etcétera. Fue una conversación telefónica extraña, porque hablamos como si fuéramos grandes.

Me acuerdo de eso y de casi nada más. No teníamos planeado hablar así; nadie tiene planeado hablar así. Por suerte —a veces la distancia sirve para algo— nunca vi por primera vez a mi padre muerto. Sin embargo una semana más tarde, cuando al final presenté mi libro, estaba mi tío Toto en la platea del teatro. Al terminar la charla se acercó, ojeroso, porque la muerte de su hermano mayor lo había afectado, y me susurró en la oreja algo que me dejó sin palabras:

—Como no pudiste llegar al velorio —me dijo—, le saqué una foto en el cajón. Estaba tranquilo, estaba en paz. No sé si querés tener la foto ahora, o si la querés después. Yo la tengo acá en el auto. Pedímela cuando te parezca, yo te la guardo.

No se la pedí, ni entonces ni después. Pero desde aquel día el solo hecho de saber que existe esa imagen, y que además me está esperando en alguna parte, me hace sentir una zozobra parecida al vértigo. No hay gaussian blur que valga con esa imagen. Papelera de reciclaje urgente.

Prefiero esta que acaba de asaltarme en Facebook, donde hay un cielo y unas nubes y una Pepsi. Esta foto de cielo marplatense es nueva, además. Mucho más flamante que la foto de mi padre muerto. Es nueva, quiero decir, en un sentido muy amplio, porque yo nunca había visto, ni antes ni ahora, una imagen en la que estuviéramos los dos tan cerca, tan al principio de nuestra historia.

Puede ser enero o febrero de 1973, supongo, no más que eso, y mi papá me tiene en sus brazos. En la foto yo estoy a punto de cumplir dos años y nos estamos mirando. Él de frente, yo un poco de reojo. ¿Yo ya sé que es mi padre?, me pregunto, mientras se enfría el café de Costa Rica. Supongo que sí; a los dos años uno ya intuye relaciones intensas.

¿Y él ya sabe que soy su hijo, quiero decir, en el sentido más profundo y absoluto? Su sonrisa pareciera indicar que no. Todavía no sabe que nunca seré un buen tenista. No tiene la menor idea de que en el futuro se quedará muchas noches en vela, sin saber a dónde estoy ni a qué hora volveré, si es que vuelvo. No sabe que un día me iré a vivir lejos y que no estaré cerca cuando se muera. Es verano, es Mar del Plata, no tiene por qué saber nada de eso.

¿Qué sabe de mí, entonces? ¿Qué quiere de mí esa tarde? ¿Fantasea, en ese momento, en cómo serán nuestras charlas del futuro, como yo pienso en mis charlas futuras con Nina? ¿Entiende, o por lo menos se imagina, que mi mano derecha, regordeta y flexible, ya está en posición dactilográfica? ¿Sabe ya que escribiré a veces sobre él, cuando crezca, y que cuando se muera tardaré cinco años en llorarlo de verdad, y que lo haré en un hotel de Costa Rica y no en su entierro, ni siquiera en nuestra casa, a la que no puedo volver?

El tren lechero de las preguntas pasa veloz por encima de la mesa y hace que tiemblen todas las cucharas. No soy yo quien llora, todavía, es un tren sin ventanillas y nocturno que se percibe más de lo que se ve. Por eso nunca he querido ver sus fotos ni entrar de nuevo al comedor de casa. Porque no me gustan las preguntas que aparecen cuando estoy con la guardia baja.

¿Qué pensará el camarero costarricense al ver a un gordo que empieza a llorar en silencio mientras mira porno en tres dimensiones? Trato de calmarme, pero no puedo. Ahora pienso que voy a cumplir dos años en la foto, pero me llama más la atención su edad que la mía. Roberto está a punto de cumplir veintinueve, tiene catorce menos que yo ahora. Es un chico joven con su primer hijo en brazos. Conozco esa sensación, la de tener a tu primer hijo en brazos y creer en la eternidad.

Tengo que llorar. Alguna vez tenía que hacerlo, pienso, lo jodido es que sea en Costa Rica, tan lejos de todo, y que haya una pareja de holandeses viejos mirándome de reojo. Lo jodido es que se me haya cerrado el estómago justo en un buffet libre. Ojalá sea verdad que Facebook quiebra en dos o tres años. No era acá, ni ahora, donde había que llorar.

Había que llorar la noche que llamó mi hermana para avisar que Roberto se había muerto, pero no pude. Yo estaba jugando con Nina y con Cristina en el estudio de casa. Las ventanas del verano estaban abiertas. Cuando supe lo que estaba pasando mi primera reacción fue hacerle señas a Cris para que se llevara a Nina a otra parte. En ese momento tuve miedo de quebrarme y que ella, con cuatro años, se asustara. Ese llanto no resuelto me duró media década.

También lo postergué una semana más tarde, la noche de la presentación del libro, en Buenos Aires, cuando salimos con Chiri al escenario y Roberto no estaba en la primera fila. Pasó algo más esa noche, un rato después de que mi tío Toto me ofreciera la fotografía que nunca acepté. En un momento, antes de empezar a firmar libros en el hall del teatro, Fernando Luna me llamó aparte. Fernando es un viejo amigo de Mercedes que había ido a ver la presentación del libro. Pero tengo que contar algo antes, por eso digo que estos párrafos no tienen estructura ni lógica.

Tengo que contar que hace muchos años, en 1993, yo trabajaba en una revista de Mercedes y viajé a Mar del Plata a hacerle una entrevista a Fernando Luna. Él hacía un programa de televisión, muy visto en la ciudad, en donde interceptaba mercedinos en la playa y les hacía notas.

Su esposa era la camarógrafa, y sus hijos los tiracables. Fernando tenía dos hijos. El menor, León, había cumplido o estaba por cumplir diez años. Esos días que estuve con la familia Luna en la costa pude ver de cerca la relación de Fernando con su hijo: tenían una complicidad brutal, sobre todo en temas futbolísticos, y los dos me hicieron acordar a la mía con Roberto.

Una mañana Fernando me estaba contando, para el reportaje que yo le hacía, que había ido con León a ver un Boca-Independiente por la copa de verano, y que se perdieron con el auto, se pasaron de la cancha y llegaron para el segundo tiempo, cuando Independiente ya ganaba uno a cero. Después hubo un gol de Boca y lo anularon.

«No sabés qué bronca», me decía Fernando, «nos perdimos el primer gol y el único que sí pudimos ver ni siquiera fue gol... Había un tipo que puteaba en la platea, que le tiró una botella al árbitro, ¿te acordás, León?».

Y entonces León lo miró y le dijo, muy serio:

«Eras vos, papá».

Me acuerdo de muchos pimpones verbales así entre los dos, como si los hubieran planeado de antemano. Y yo pensaba que si esos pasos de comedia eran espontáneos estaba muy bien, pero que si los habían preparado para hacerme reír, entonces era todavía mejor.

Un tiempo después, creo que un año más tarde, León murió de repente, a los once años, de una enfermedad fulminante. Yo vivía entonces en Buenos Aires y el que me avisó de la desgracia fue mi papá, por teléfono. Esa mañana, cuando colgué, lloré de una manera descomunal, muy parecida a la de Costa Rica.

Me dio un ataque de espasmos cortos, como hipos gigantes, y creí que no iba a poder parar nunca. El modo en que Roberto me dio la noticia por teléfono fue demoledora, creo que la causa del llanto fue esa. No dijo nada especial, porque era muy tímido para las situaciones graves, pero había algo en su voz que intentaba decir: «Estoy asustado», había una inflexión en el teléfono que decía: «Nunca me hagas eso».

Pasó otro año, y con Fernando Luna fundamos un periódico en Mercedes que se llamó El Domingo. Charlamos mucho en esa época, y un día me contó que la foto que está en la tumba de León la había sacado yo, aquellos días en Mar del Plata. Y me preguntó si quería ir a verla. Le dije que no, aunque recordaba la foto perfectamente. Es una donde León está con una cámara VHS, filmándome mientras yo lo fotografío.

Fernando también me dijo, esa tarde, que podían cicatrizar ciertas heridas menores después de la muerte de un hijo, pero que nunca se podía volver a ser feliz.

Hacía muchos años que no veía a Fernando, cuando lo vi aparecer en el hall del teatro esa noche de 2008, una semana después de la muerte de Roberto. Me llamó aparte. Sospeché que me daría el pésame, como ya habían hecho otros mercedinos durante esos días, pero solamente me saludó y me dijo:

«Esta mañana te mandé un mail, ¿lo leíste?».

Le dije que no, que había estado todo el día de un lado para el otro. Y me dijo

«Leélo.»

Releer ese mail, que es una especie de foto verbal, me serviría mucho tiempo después, en una habitación de Costa Rica, para calmar el borbotón.

—La semana pasada —me decía Fernando en el correo, con fecha dieciséis de julio de 2008—, yo salía de lo de Magadán con un CD de Sabina y me crucé a la librería Chelén para ver si ya había llegado tu libro, y en el cordón de la vereda estaba tu viejo con tu libro en la mano. El tipo estaba mirando la vidriera, porque Andrecito Monferrand había puesto un montón de libros tuyos apilados, como si fueran bestseller. Un día Nina va a ser grande y vas a entender mejor esto que te cuento. Te lo escribo y se me pone la piel de gallina como si estuviera en la Bombonera. Nos pusimos a hablar, con tu viejo, creo que me dijo que Chichita me estaba buscando para ver si yo quería venir a la presentación en la Combi, y en un momento se hizo un silencio. Ahora me doy cuenta de que yo quise decirle algo y no encontré las palabras. Yo quería decirle que siempre te vi como un gordito terrible. Yo quería decirle que siento un placer enorme cuando en Boca aparece un jugador nuevo y en la tercera jugada vaticino: «¡este va a ser un crack, este en Boca la va a romper!». Me pasó con Riquelme, con Bati y con Mársico. Y hace unos años con tu hijo. Eso le quise decir, pero no le dije nada. Igual él debe haber entendido algo, porque las personas también somos instinto, por eso me miró a los ojos, como hacía tu viejo, medio de costado, y me dijo: «Bueno, nos encontramos allá en el teatro y charlamos». Creéme que nunca hablé tanto con él de cosas importantes. Esa noche —y esto lo sé ahora que creo en Dios y que no tengo hijo que escriba libros, porque el mío se fue antes— confirmé que tu viejo era un gran tipo, y eso, gordo, es mucho más difícil que escribir libros. Cuando me fui él se quedó ahí, enfrente de la plaza, con tu libro en la mano y mirando la vidriera. Al otro día me dieron la noticia y no lo podía creer. Te lo tenía que contar porque es la verdad, no es una frase... Lo hiciste feliz hasta el último día de su vida, no sabés cómo estaba ese hombre ahí parado, mirando tus libros».

Ya está, era eso. Había que llorar. Y llorar hace bien.

En esta habitación de Costa Rica, cuando por fin llega la calma, cuando ya no queda agua en la represa que ha estado contenida cinco años, y cuando terminan de pasar —por fin— los vagones del tren lechero a la velocidad de la luz, entiendo que la foto entre Roberto y yo, la de Mar del Plata, es la primera de una historia que duró casi cuarenta años. La quiero elegir como la primera.

Y elijo como la última foto de esa historia la que me regaló sin querer Fernando en ese mail, la que me sirve ahora para cerrar el duelo. Desde hoy, supongo, podré mirar a mi viejo otra vez de frente, sin desenfocar.

Hernán Casciari
jueves 10 de octubre, 2013


Gaussian blur

por Hernán Casciari

Estoy en San José de Costa Rica y llueve. Acabo de pedir un café y abro la portátil. De repente aparezco etiquetado en una foto de Facebook y pienso que se trata de un error, porque a primera vista no me veo en la imagen. Es nomás un segundo, menos incluso de un segundo, hasta que entiendo. Me quedo mirando la foto con los ojos abiertos y sin pestañear; pasa un rato, después otro rato, y mi gesto sigue congelado.

Me defiendo de la inminencia con la inmovilidad ridícula de las liebres, que se quedan quietas en el medio de la ruta cuando ven venir un camión de frente. El camarero del hotel debe pensar que estoy viendo porno en tres dimensiones, un porno nuevo y genial, porque ni siquiera reacciono cuando llega con el café. Hago un esfuerzo tremendo para que no se me note ninguna reacción, porque estamos en un espacio público y no quiero que nadie me vea así.

El asunto es que desde que murió, en julio de 2008, esta es la primera vez que miro una foto de Roberto sin desenfocar los ojos. Puto Facebook y las etiquetas intrusivas. No hubo tiempo para armar el gaussian blur; no me lo esperaba.

Un segundo golpe me subraya el desconcierto. Yo creía conocer todas mis fotos familiares, pero esta no estuvo nunca en los álbumes de la infancia, ni en los portarretratos de la casa donde crecí. En la foto hay un cielo limpio de verano, con una nube inofensiva recortada por un edificio que recuerdo bien, frente a la playa más famosa de Mar del Plata.

¿Dónde había estado esa foto todo el tiempo? La respuesta es simple: en ninguna parte. Más tarde sabré que no es realmente una foto, sino una diapositiva. Mi abuelo Marcos hacía diapositivas y las guardaba en cajones que nadie vio desde su muerte.

Mi tía Ingrid decidió, este mes, digitalizarlas a todas antes de que el tiempo las volviera inservibles. Cuando encontró esta foto se la mandó por mail a mi mamá, y mi mamá la subió a su Facebook por la mañana de Argentina. Dos horas después estoy en este bar, con la guardia baja, pensando en cuánto nos gusta a los gordos el buffet libre de los hoteles, y entonces la imagen me asalta sin que me pueda defender.

Por eso estos párrafos, desordenados y sin estructura, se arman en mi cabeza contra toda lógica, y por eso me acuerdo instantáneamente de Fernando y de León. Y de otra foto marplatense. Pero eso será después, cuando el llanto haya arrasado. Ahora contengo las lágrimas y me dejo invadir por estas ideas inconexas. No las escribo, las veo pasar como vagones de un tren lechero.

Son frases sin gramática interna que se redactan solas y que pasaré en limpio un poco más tarde, en la habitación 1010, cuando ya no sea necesario fingir serenidad. Pero ahora estoy todavía en el bar y la foto ocupa tres cuartos del monitor, y la miro fijo. Y busco un mail que hace cinco años me mandó Fernando Luna. Busco ese mail como antídoto del llanto.

Antes de eso tengo que explicar que no es exacto que nunca he visto una foto de mi papá después de su muerte.

En realidad, cuando no hay más remedio entreveo alguna —en la entrada de la casa de mi hermana hay dos retratos—, pero antes de pasar a la cocina preparo muy bien el Photoshop mental y desenfoco los ojos a un sesenta y cinco por ciento. Si hay que mirar fotos de Roberto, me digo, por lo menos que sea con filtro.

Ojo: no me da miedo verlo ni es que tema ponerme a hacer puchero. Es más parecido a una superstición. Una noche Dolina dijo algo en la radio que me quedó grabado. Dijo que en las fotos donde aparecen muertos queridos, los muertos saben que están muertos y te miran, desde el papel, con un gesto cómplice y triste, como diciendo «qué le vamos a hacer».

No sé si será verdad —en el fondo creo que sí— pero cuando andan dando vueltas fotos de Roberto las esquivo por las dudas. Es un artilugio cobarde, supongo, pero también es una forma de preservación. El mismo mecanismo me impidió, durante todos estos años, pisar la casa de Mercedes donde nací y en la que él murió.

Las muchas veces que fui a Argentina pasé de largo por casa, porque quiero mantener en la memoria otras imágenes de esas habitaciones, unas imágenes más inofensivas y cotidianas en las que nadie se muere en el sillón del comedor. No sabría qué hacer en esa casa, si la recorriera hoy, del mismo modo que ahora no sé qué hacer con esta foto de Facebook que se aparece sin preaviso en Costa Rica, cuando estoy tan sin filtro y todavía no desayuné.

Busco en Gmail el correo de Fernando, con desesperación, y no lo encuentro. Pero como sé qué día me lo envió, la asociación de ideas me lleva a un recuerdo peor.

Me acuerdo, esta vez sí con pánico, de otra foto que sé que existe y que no veré jamás, ni que me pongan un revolver en la cabeza. Cuando se murió Roberto, en julio de 2008, yo tenía las valijas hechas para viajar a Buenos Aires a presentar mi segundo libro.

Al conocer la noticia intenté adelantar el vuelo unos días pero fue imposible, por lo que no llegué a tiempo para estar en el velorio, ni tampoco en el entierro. Es raro decir no llegué a tiempo cuando el objetivo no es ver a tu padre vivo por última vez, sino verlo por primera vez muerto.

Chiri fue mi corresponsal de guerra. Él estaba en el cementerio de Mercedes y me llamó por teléfono a Barcelona. Me fue relatando todo, me dijo que había muchísima gente, que mi mamá se mantenía firme, y también me contó detalles del velorio, que la vigilia había durado una noche entera, etcétera. Fue una conversación telefónica extraña, porque hablamos como si fuéramos grandes.

Me acuerdo de eso y de casi nada más. No teníamos planeado hablar así; nadie tiene planeado hablar así. Por suerte —a veces la distancia sirve para algo— nunca vi por primera vez a mi padre muerto. Sin embargo una semana más tarde, cuando al final presenté mi libro, estaba mi tío Toto en la platea del teatro. Al terminar la charla se acercó, ojeroso, porque la muerte de su hermano mayor lo había afectado, y me susurró en la oreja algo que me dejó sin palabras:

—Como no pudiste llegar al velorio —me dijo—, le saqué una foto en el cajón. Estaba tranquilo, estaba en paz. No sé si querés tener la foto ahora, o si la querés después. Yo la tengo acá en el auto. Pedímela cuando te parezca, yo te la guardo.

No se la pedí, ni entonces ni después. Pero desde aquel día el solo hecho de saber que existe esa imagen, y que además me está esperando en alguna parte, me hace sentir una zozobra parecida al vértigo. No hay gaussian blur que valga con esa imagen. Papelera de reciclaje urgente.

Prefiero esta que acaba de asaltarme en Facebook, donde hay un cielo y unas nubes y una Pepsi. Esta foto de cielo marplatense es nueva, además. Mucho más flamante que la foto de mi padre muerto. Es nueva, quiero decir, en un sentido muy amplio, porque yo nunca había visto, ni antes ni ahora, una imagen en la que estuviéramos los dos tan cerca, tan al principio de nuestra historia.

Puede ser enero o febrero de 1973, supongo, no más que eso, y mi papá me tiene en sus brazos. En la foto yo estoy a punto de cumplir dos años y nos estamos mirando. Él de frente, yo un poco de reojo. ¿Yo ya sé que es mi padre?, me pregunto, mientras se enfría el café de Costa Rica. Supongo que sí; a los dos años uno ya intuye relaciones intensas.

¿Y él ya sabe que soy su hijo, quiero decir, en el sentido más profundo y absoluto? Su sonrisa pareciera indicar que no. Todavía no sabe que nunca seré un buen tenista. No tiene la menor idea de que en el futuro se quedará muchas noches en vela, sin saber a dónde estoy ni a qué hora volveré, si es que vuelvo. No sabe que un día me iré a vivir lejos y que no estaré cerca cuando se muera. Es verano, es Mar del Plata, no tiene por qué saber nada de eso.

¿Qué sabe de mí, entonces? ¿Qué quiere de mí esa tarde? ¿Fantasea, en ese momento, en cómo serán nuestras charlas del futuro, como yo pienso en mis charlas futuras con Nina? ¿Entiende, o por lo menos se imagina, que mi mano derecha, regordeta y flexible, ya está en posición dactilográfica? ¿Sabe ya que escribiré a veces sobre él, cuando crezca, y que cuando se muera tardaré cinco años en llorarlo de verdad, y que lo haré en un hotel de Costa Rica y no en su entierro, ni siquiera en nuestra casa, a la que no puedo volver?

El tren lechero de las preguntas pasa veloz por encima de la mesa y hace que tiemblen todas las cucharas. No soy yo quien llora, todavía, es un tren sin ventanillas y nocturno que se percibe más de lo que se ve. Por eso nunca he querido ver sus fotos ni entrar de nuevo al comedor de casa. Porque no me gustan las preguntas que aparecen cuando estoy con la guardia baja.

¿Qué pensará el camarero costarricense al ver a un gordo que empieza a llorar en silencio mientras mira porno en tres dimensiones? Trato de calmarme, pero no puedo. Ahora pienso que voy a cumplir dos años en la foto, pero me llama más la atención su edad que la mía. Roberto está a punto de cumplir veintinueve, tiene catorce menos que yo ahora. Es un chico joven con su primer hijo en brazos. Conozco esa sensación, la de tener a tu primer hijo en brazos y creer en la eternidad.

Tengo que llorar. Alguna vez tenía que hacerlo, pienso, lo jodido es que sea en Costa Rica, tan lejos de todo, y que haya una pareja de holandeses viejos mirándome de reojo. Lo jodido es que se me haya cerrado el estómago justo en un buffet libre. Ojalá sea verdad que Facebook quiebra en dos o tres años. No era acá, ni ahora, donde había que llorar.

Había que llorar la noche que llamó mi hermana para avisar que Roberto se había muerto, pero no pude. Yo estaba jugando con Nina y con Cristina en el estudio de casa. Las ventanas del verano estaban abiertas. Cuando supe lo que estaba pasando mi primera reacción fue hacerle señas a Cris para que se llevara a Nina a otra parte. En ese momento tuve miedo de quebrarme y que ella, con cuatro años, se asustara. Ese llanto no resuelto me duró media década.

También lo postergué una semana más tarde, la noche de la presentación del libro, en Buenos Aires, cuando salimos con Chiri al escenario y Roberto no estaba en la primera fila. Pasó algo más esa noche, un rato después de que mi tío Toto me ofreciera la fotografía que nunca acepté. En un momento, antes de empezar a firmar libros en el hall del teatro, Fernando Luna me llamó aparte. Fernando es un viejo amigo de Mercedes que había ido a ver la presentación del libro. Pero tengo que contar algo antes, por eso digo que estos párrafos no tienen estructura ni lógica.

Tengo que contar que hace muchos años, en 1993, yo trabajaba en una revista de Mercedes y viajé a Mar del Plata a hacerle una entrevista a Fernando Luna. Él hacía un programa de televisión, muy visto en la ciudad, en donde interceptaba mercedinos en la playa y les hacía notas.

Su esposa era la camarógrafa, y sus hijos los tiracables. Fernando tenía dos hijos. El menor, León, había cumplido o estaba por cumplir diez años. Esos días que estuve con la familia Luna en la costa pude ver de cerca la relación de Fernando con su hijo: tenían una complicidad brutal, sobre todo en temas futbolísticos, y los dos me hicieron acordar a la mía con Roberto.

Una mañana Fernando me estaba contando, para el reportaje que yo le hacía, que había ido con León a ver un Boca-Independiente por la copa de verano, y que se perdieron con el auto, se pasaron de la cancha y llegaron para el segundo tiempo, cuando Independiente ya ganaba uno a cero. Después hubo un gol de Boca y lo anularon.

«No sabés qué bronca», me decía Fernando, «nos perdimos el primer gol y el único que sí pudimos ver ni siquiera fue gol... Había un tipo que puteaba en la platea, que le tiró una botella al árbitro, ¿te acordás, León?».

Y entonces León lo miró y le dijo, muy serio:

«Eras vos, papá».

Me acuerdo de muchos pimpones verbales así entre los dos, como si los hubieran planeado de antemano. Y yo pensaba que si esos pasos de comedia eran espontáneos estaba muy bien, pero que si los habían preparado para hacerme reír, entonces era todavía mejor.

Un tiempo después, creo que un año más tarde, León murió de repente, a los once años, de una enfermedad fulminante. Yo vivía entonces en Buenos Aires y el que me avisó de la desgracia fue mi papá, por teléfono. Esa mañana, cuando colgué, lloré de una manera descomunal, muy parecida a la de Costa Rica.

Me dio un ataque de espasmos cortos, como hipos gigantes, y creí que no iba a poder parar nunca. El modo en que Roberto me dio la noticia por teléfono fue demoledora, creo que la causa del llanto fue esa. No dijo nada especial, porque era muy tímido para las situaciones graves, pero había algo en su voz que intentaba decir: «Estoy asustado», había una inflexión en el teléfono que decía: «Nunca me hagas eso».

Pasó otro año, y con Fernando Luna fundamos un periódico en Mercedes que se llamó El Domingo. Charlamos mucho en esa época, y un día me contó que la foto que está en la tumba de León la había sacado yo, aquellos días en Mar del Plata. Y me preguntó si quería ir a verla. Le dije que no, aunque recordaba la foto perfectamente. Es una donde León está con una cámara VHS, filmándome mientras yo lo fotografío.

Fernando también me dijo, esa tarde, que podían cicatrizar ciertas heridas menores después de la muerte de un hijo, pero que nunca se podía volver a ser feliz.

Hacía muchos años que no veía a Fernando, cuando lo vi aparecer en el hall del teatro esa noche de 2008, una semana después de la muerte de Roberto. Me llamó aparte. Sospeché que me daría el pésame, como ya habían hecho otros mercedinos durante esos días, pero solamente me saludó y me dijo:

«Esta mañana te mandé un mail, ¿lo leíste?».

Le dije que no, que había estado todo el día de un lado para el otro. Y me dijo

«Leélo.»

Releer ese mail, que es una especie de foto verbal, me serviría mucho tiempo después, en una habitación de Costa Rica, para calmar el borbotón.

—La semana pasada —me decía Fernando en el correo, con fecha dieciséis de julio de 2008—, yo salía de lo de Magadán con un CD de Sabina y me crucé a la librería Chelén para ver si ya había llegado tu libro, y en el cordón de la vereda estaba tu viejo con tu libro en la mano. El tipo estaba mirando la vidriera, porque Andrecito Monferrand había puesto un montón de libros tuyos apilados, como si fueran bestseller. Un día Nina va a ser grande y vas a entender mejor esto que te cuento. Te lo escribo y se me pone la piel de gallina como si estuviera en la Bombonera. Nos pusimos a hablar, con tu viejo, creo que me dijo que Chichita me estaba buscando para ver si yo quería venir a la presentación en la Combi, y en un momento se hizo un silencio. Ahora me doy cuenta de que yo quise decirle algo y no encontré las palabras. Yo quería decirle que siempre te vi como un gordito terrible. Yo quería decirle que siento un placer enorme cuando en Boca aparece un jugador nuevo y en la tercera jugada vaticino: «¡este va a ser un crack, este en Boca la va a romper!». Me pasó con Riquelme, con Bati y con Mársico. Y hace unos años con tu hijo. Eso le quise decir, pero no le dije nada. Igual él debe haber entendido algo, porque las personas también somos instinto, por eso me miró a los ojos, como hacía tu viejo, medio de costado, y me dijo: «Bueno, nos encontramos allá en el teatro y charlamos». Creéme que nunca hablé tanto con él de cosas importantes. Esa noche —y esto lo sé ahora que creo en Dios y que no tengo hijo que escriba libros, porque el mío se fue antes— confirmé que tu viejo era un gran tipo, y eso, gordo, es mucho más difícil que escribir libros. Cuando me fui él se quedó ahí, enfrente de la plaza, con tu libro en la mano y mirando la vidriera. Al otro día me dieron la noticia y no lo podía creer. Te lo tenía que contar porque es la verdad, no es una frase... Lo hiciste feliz hasta el último día de su vida, no sabés cómo estaba ese hombre ahí parado, mirando tus libros».

Ya está, era eso. Había que llorar. Y llorar hace bien.

En esta habitación de Costa Rica, cuando por fin llega la calma, cuando ya no queda agua en la represa que ha estado contenida cinco años, y cuando terminan de pasar —por fin— los vagones del tren lechero a la velocidad de la luz, entiendo que la foto entre Roberto y yo, la de Mar del Plata, es la primera de una historia que duró casi cuarenta años. La quiero elegir como la primera.

Y elijo como la última foto de esa historia la que me regaló sin querer Fernando en ese mail, la que me sirve ahora para cerrar el duelo. Desde hoy, supongo, podré mirar a mi viejo otra vez de frente, sin desenfocar.

Hernán Casciari
jueves 10 de octubre, 2013


¿Te gustó esta historia?

Pertenece al libro Messi es un perro y otros cuentos, de Hernán Casciari. Está a la venta en la Tienda Orsai y te lo mandamos a tu casa sin gastos de envío.


 yer
27/01/2016 a las 02:32
Que peligro leerte, Hernán. Estoy en el laburo medio al pedo, entré a leer algo para matar el tiempo y me encuentro con esto. ¿Cómo seguir trabajando con normalidad? Me llevaste a Mar del Plata, a mis fotos con mi viejo. Me llevaste a mis quince años, a mis primeras lágrimas en serio y a mis primeros miedos y angustias. Tendrías que avisar que en unos cuantos párrafos nos vas a secuestrar de la realidad, que nos vas a hacer llorar y recordar. Gaussian Blur le pusiste, yo sigo acá laburando pero adelante mio no hay una computadora y muchos papeles, adelante mio está mi yo adolescente, medio blureado pero un poco menos que antes. Gracias loco, un abrazo.
 Marina Cordoba
18/10/2015 a las 15:35
Mi gaussian blur
¡Me agarraste desprevenida gordo!, te fui a escuchar al Pabellón Argentina para reírme un rato, para pasarla bien… fui presa fácil, dócil, ingenua. Me sentí una liebre tomando agua del arroyo mientras el puma se relame por su espalda o una vieja culona, que se sabe linda en el espejo mentiroso del probador de shopping ¡Me agarraste desprevenida gordo!
También fue de madrugada. La primera vez no llegué a atender, la segunda sí. Escucho a mi hermano del otro lado. El tipo hacía dos día había llegado de visita a la Argentina para ver a la vieja. Hacía unos tres años que se había ido con mi papá, a España, a vivir en Vitoria Gasteiz.
-¿Estás sola?- Me pregunta.
-¿Qué pasó Matías?, ¿Qué le pasó a la ma?- Le digo entre exaltada y dormida.
-¿Estás sola? - Repite - La má está bien. - Me aclara.
-¡Estoy con la Lau boludo! ¿Qué mierda te pasa? ¿Por qué llamas a esta hora?, ¡¿Qué pasó Matías?!-
-Despertala a lau.- Me retruca indiferente.
La lau, una amiga y compañera del laburo, vivía conmigo. Hacía un par de meses, algunos compañeros y yo, nos habíamos ido a vivir a Lima, Perú, por un proyecto de la empresa. Lau, aún no había encontrado un departamento que le gustase para vivir, por eso paraba en el mío.
-¡Dejate de joder, son las cinco de la mañana! –Le grito - ¡Decime que mierda pasó, ¿la ma está bien? –Le repito la pregunta.
-Sí, está bien, está acá, al lado mío…es el pa.- Matías se ahoga antes de terminar.
-¿El pa?, ¿qué le pasó?-
-Se murió- Matías hizo silencio, lo escuché llorar.
-¿Cómo?, ¿Qué pasó?, ¿Cuándo?, ¿Qué pasó Matías? ¿De qué hablas?- Amontoné las preguntas sin importarme nada sus respuestas.
-No sufrió pendex, quédate tranquila. - Me dijo mi hermano. -Zuriñe lo vio anoche, recitaron poesía juntos y él después se fue a su casa.-
Se murió, el viejo se murió. Solo, en España. Mi hermano en Córdoba, con mi mamá. Yo, en Lima con una amiga que lloraba en pijamas conmigo sin saber qué decirme.
Lo encontró su novia quien también oficiaba de secretaria, ella y la policía porque tuvieron que entrar por el balcón al depto…dejó la traba puesta.
Qué vacío que sentís. Qué dolor tan tremendo no leerlo más, no tenerlo del otro lado del Skype para pelearlo. Qué vacío la puta madre… ¿con qué se come éste dolor?, ¿Cuándo mierda se digiere?
Yo sus fotos sí las puedo ver, mi hermano no, Matías hace gaussian blur. Yo, en cambio, no puedo leer sus escritos. El viejo escribía bien. Enroscado capaz, como era él, pero lindo. Desde el corazón y con derroche de talento. Me enoja no leerlo, me largo a llorar como una estúpida, dejé de gozarlo. Cartas para mí, mails, cuadernos. De todo tengo…ahí, acumulando silencios, qué pena no volver a leer al viejo.
Lo extraño. Le hablo a veces y el turro, se da el gusto de no responder.
Tampoco cumplió su promesa de volver a destaparme una vez muerto, eso decía siempre que yo hacía lo opuesto a lo que me pedía. No bailamos tango juntos, no conoció conmigo Lima, no me vio mujer, con falda, cabello arreglado y esas cosas que él deseaba. Se quedó con el recuerdo de mi época de hippie, se quedó con la duda si me drogaba y que sé yo cuantos supuestos alejados de la realidad que a mí me hubiera gustado mostrarle.
Odio el 3 de junio y odio el sonido del teléfono despertando a la madrugada.
Qué ganas de pararme y abrazarte Hernán, qué ganas de llorar con vos ese jueves 8 de octubre en Córdoba, en ciudad universitaria, donde me contaste tu historia y la superpusiste con mi mundo.
 Clara
11/07/2015 a las 03:18
Hace poco menos de un año se murió mi papá; yo también soy de las que miran aus fotos de reojo, le pedí a mi mamá que cerrara su fcb pero ella no quiere y de vez en cuando publica algo desde su perfil, y yo me cago en las patas.
Él estuvo internado un tiempo, sin poder hablar y nadie le dijo que se iba a morir (aunque sospecho que ya lo sabía). Tampoco soy de llorar, mucho menos en públicoy vuabdo lo cuodaba tenía miedo de quedarme traumada como Ana O., el caso de parálisis del brazo que describe Freud de una de sus pacientes.
No lo quise ver en su velorio (porque estimo que no me va a gustar ver muertos) y cuando fui a buscar sus cenizas casi me da un infarto cuando el chico de la casa velatoria quiso abrir la cajita donde supuestamente estaba.
Yo tardé casi un año en llorarlo, recién ahora puedo, justo cuando descubro Orsai y leo ésto. Gracias! Llorar hace bien.
 Romi
08/01/2015 a las 17:39
exelente relato Hernán, soy de mercedes y me encanta leerte porque más allá de que tu forma de escribir me gusta y te considero un gran escritor, me meto de tal manera en las anécdotas en dónde nombrás lugares y gente de mercedes que le agregan algo a lo que siento a medida que voy leyendo que me lo hace más atractivo.-

además mucha gente cercana a mi me habla tan bien de vos que no tengo duda de que aunque no te conozco, sos un gran tipo y te merecés todo lo que te pasó, te está pasando y te va a pasar con tu arte.-

beso grande!
22/08/2014 a las 20:53
El viaje más largo de mi vida. En el asiento de atrás del FIAT Uno de mi tío Fernando. Montevideo - Aguas Corrientes, cincuenta kilómetros, cinco o seis comisarías. Tu padre se ahogó.Cincuenta o diez mil kilómetros, algunas distancias son insalvables. Entonces con quince o ahora treinta y seis ¡¿Qué, cómo, por qué mierda?! Condenado a ser testigo, sólo testigo de un loop en mi cabeza.
No se que hacía yo en el velatorio, él muerto, yo quería abrazarlo. Al entierro decidí no ir.
Que inoportuna la muerte, cambia el color de las fotos.

Hace veinte años murió mi padre, hace veinte años morí con él.
Pablo de Mar del Plata
15/08/2014 a las 22:14
Leo esto despues de escucharte en un reportaje en el programa de Andy Kusnetzoff en donde recomendas este y varios textos tuyos mas.
Este es el que mas me pegó y como otros que comentaron aqui no pude evitar llorar durante gran parte de su lectura.
Tambien leo esto despues (justito despues) de ver un video tuyo en Costa Rica en donde hablas de Breaking Bad e intuyo que esas imagenes fueron el mismo dia (más tarde posque es de noche en el video) en que te pasó lo de la foto de tu padre. ¡Que mierda haber tenido que ir a una charla luego de una situación así!.
Un abrazo grande!
 teresa zunino goyoaga
18/05/2014 a las 09:10
hernán, hoy hace 20 años que murió mi mamá. lloré toda una caja grande de pañuelos de papel solamente antes de que se muriera, exactamente a la misma hora y momento, en otro lugar...y por suerte se liberó. todavía no lloré.
vamos haciendo como nos va saliendo.
decir que nos topamos este texto 10/10/13 y yo, en la madrugada del 18/5/14, sería injusto.
 brayan coba
15/04/2014 a las 02:08
Hernán casiari obra "mas respeto que soy tu madre"
Brayan Coba 3ro "B" CDLT
 brayan coba
15/04/2014 a las 02:06
 yesica gonzalez
06/03/2014 a las 15:06
no podes ser tan hijo de p..... estoy llorando desconsolada!
estoy esperando tu publicación de hoy! y por suerte hay algunas cositas que no lei, como esta escrito que es hermoso! una puñalada directa! espero que no me hagas chistecitos como Basdala! porque te mato! mucha fuerza! es increíble como sin conocernos uno puede llegar a crear un vinculo! eso lo hacen tus lineas!
 miriam avila
07/02/2014 a las 00:10
gracias....hermoso, llore y llore pensando en esas fotos en que los seres queridos muertos te saludan desde ese momento en que estuvieron con uno.
29/01/2014 a las 00:05
Emocionante. Inspirador. Gracias por hacer palabras sentimientos tan grandes. Un abrazo.
28/01/2014 a las 02:32
la puta, tremendo y conmovedor. Abrazo!
22/12/2013 a las 19:36
Que historia tan grande! Me encantó cuando Hernán deja de mirar la foto buscándose en el niño fotografiado, para entrar en la cabeza de su viejo cuando era todavía más joven que él y se vuelve una especie de predicador que relata todo lo que vendrá y que su padre ignora en ese momento.
 Sole Ceballos
07/11/2013 a las 00:26
Con la Orsai me había llegado, finalmente, Más respeto que soy tu madre. No pude contenerme y arranqué por el libro, dejando libre Orsai para otras manos y otros ojos. El Más respeto... se pasa de bueno. Marqué páginas que volveré a leer. Me reí mucho. Lloré. Lo recomendé. No lo presté. Lo compré para regalar.
Cuando cerré el Más respeto... recuperé de la mesa de luz de mi compañero la Orsai. Guassian blur me conmovió. Guassian blur me conmovió mucho. Un montón. Volví a llorar, volví a recomendar, volví a no prestar, aun no compré para regalar. Volví a marcar una página para volver a leer.
Gracias Hernán por compartir el relato.
05/11/2013 a las 17:59
¡Qué hermosura de relato!
Emocionante, triste, sensible...
Como me guataría llegar a tener una relación así con mis hijos. Ambos son niños aún, pero estoy trabajando en eso.

Otra obra maestra de la pluma de Casciari. Felicitaciones y gracias.
29/10/2013 a las 20:31
Gaussian blur fue lo que me dió tres veces en el colectivo intentando leer la nota!! El colectivo es mi lugar de lectura de Orsai porque siempre voy sentada. Y no pude. Había visto la foto inicialmente y me había quedado en ella. Es hermosa. La ternura en la cara de tu papá y tus cachetes llenos y brazos regordetes hacen de la foto digna de cuteoverload.com. Leí los primeros párrafos y venía bien. Luego, la opresión de la garganta y la inundación de los ojos y nada más que hacer.
Así, tres intentos. El último, en el que lo terminé, fue en fin de semana cuando me chupaba un huevo llegar con los ojos hinchados y moqueando.
Hermoso, gordo.
 Pablo Pascual
24/10/2013 a las 00:48
clap, clap... me pongo de pie maestro
 Patito
24/10/2013 a las 00:02
Tan putoooo!!! Desde que existe Orsai que siempre que me voy de viaje me dejo una limpita sin leer para disfrutar en las esperas... me encontre con esta nota haciendo escala en el aeropuerto de Santiago, no podia explicarles a desconocidos el motivo por el que lloraba pero me daban ganas de prestarles a todos la revista y que la lean para que entiendan.
Gracias por esas palabras gordito!
 Nathalie CM
16/10/2013 a las 21:23
Me sentí muy identificada, soy de Costa Rica, y también he perdido a alguien del cual siempre quieres saber... Siempre quieres que te cuente sus estupideces cotidianas, que se tropezó, o que le quedó aguado el café, o que ha crecido mucho, o que ya tiene arrugas. La vida es eso, encontrarse y dejarse ir... para ojalá, volver a encontrarse otra vez.
Gracias...Hernán...
16/10/2013 a las 20:23
No es fácil describir lo que siento al leer esto. Dejé a mi viejo hace casi cuatro años en Ecuador por perseguir al amor en Nicaragua y nunca había sentido tanto la necesidad de un abrazo suyo. ¡Cómo lo extraño! ¡Y a mi vieja! Qué ganas de subirme en el viento para llegar a su lado, darles un abrazo y regresar a donde está mi vida y en poco tiempo mi primer hijo.

Gracias por compartir tu sentimiento Hernán, éste es el mío.
 Juan Pablo Ricca
16/10/2013 a las 04:42
Soy casi nuevo en el mundo Orsai; pregunto a mis compañeros lectores más antiguos: ¿cómo pudieron sobrevivir 15 números de textos como éste? Lo leí hace 15 días, y hoy de nuevo, y volví a quedar hecho un trapo...
Lo recomendé a muchos amigos y noté que me empezaron a mirar mejor.
Gracias Hernán
 fernando leishman
15/10/2013 a las 18:12
nada mas que gracias, por tus sentimientos, por compartirlos de una manera tan "elaboradamente cruda", porque hay cosas que hacen que uno cambie el "fast forward" de la vida y se detenga es cosas cotidianas que, al final...son las que te llenan el alma..
14/10/2013 a las 00:04
Qué malo sos!
 Pauli Gómez
14/10/2013 a las 06:47
¿?
 natalia schiavi
12/10/2013 a las 03:46
Definitivamente sos un crack.
 MilRayitas
13/10/2013 a las 01:28
Comparto. No hay mucho mas para decir!!!
 Ana Rosa Cantiello
12/10/2013 a las 01:08
Maravillosa historia!! Cómo me hiciste llorar!! Qué orgulloso debió sentirse Roberto y qué bien lo pinta Fernando. Finalmente, qué hermoso que puedas poner en palabras tus sentimientos por un padre que no está, pero sigue presente a tu lado. Un abrazo enorme.
11/10/2013 a las 20:14
No sólo tu padre está orgulloso de ti. Somos muchos.
Puede ser que le dieras muchos dolores de cabeza a tu padre, pero con lo que se quedó, es en lo que te convertiste.
Un abrazo y adelante.
 Patricia Lancaster
11/10/2013 a las 18:50
Con una frase me ahorraste miles en sicólogo, yo tampoco lo pude ver "por primera vez muerto". Que bueno que lo vi muchas veces vivo.
Gracias, felicidades y una gran vida!
 Viri
11/10/2013 a las 16:24
Muy bueno!!! Gracias!!
 Bruco
11/10/2013 a las 12:40
Soy italiano pero hace 6 añitos que vivo en Barcelona (juego en orsai yo tb). La semana pasada me fui a Italia para acudir un festival bastante interesante de una rivista que se llama Internazionale. En este festival Hernan dió una charla. No sabía quien era este gordito, ni que cosa era Orsai....Resultado, desde aquella tarde me he pegao al portatil, he leído todo lo que pude, me he comprao el numero 15 de la revista (solo porque soy un pelin sensible y me ha caído una lagrimita leyendo el relato del padre) y un libro...y sobretodo no he dejado de cagarme en todo por no haber conocido antes a Orsai. JODER, ¡hay que ser gilipollas!
besos gordos
 C F
11/10/2013 a las 11:31
"...tu viejo era un gran tipo, y eso, gordo, es mucho más difícil que escribir libros." Y como carajo se enseña eso de ser "un gran tipo" a nuestros hijos? Para peor, como se enseña a uno mismo? Es, que es lo que intento todos los dias com mi hija y me muero de miedo de no lo conseguir.
Esta no fue la primera vez que lloro en el laburo leendote.
Gracias por todo lo que escribes.
Perdón, se hay errores, soy portuguesa y lo que conosco de español es de leerte pero sin estudiar.
Tchau
11/10/2013 a las 11:00
Venia joya hasta la carta del final. La puta que te pario, me hiciste llorar en el laburo. Estoy en Indonesia y los pibes me miran sin entender.
 CRISTOPOLUS
11/10/2013 a las 05:54
Eres un grande, Que emotividad !!! Mi padre se fue hace un año y despues de leerte corri a su foto que la tengo en el hall y paso 20 veces al dia delante de ella pero muchas veces no enfoco por no pararme a joderlo, pero a veces y como siempre paro , le hablo y hasta le prendo una vela, y es tan generoso que se hace sentir y consigo mucho trabajo y del bueno. Y es que los viejos nunca dejan de estar y ayudar, asi soy con mis hijos.
11/10/2013 a las 05:00
Con la carta ya no pude más. Un grande!
11/10/2013 a las 04:28
Por contarnos cosas como ésta, de ésta manera, es que conseguís que uno sienta que te conoce de toda la vida, Hernán. Que sos un amigo del barrio aunque vos seas de Mercedes y yo de Salta, aunque no nos hayamos visto la cara nunca. Y uno siente que conoce (o debió haber conocido) a Roberto, a Chiri, a Chichita, a Nina, a Cris. Yo te leo desde fines del 2004, y aunque muchas veces hubo cosas tuyas que me conmovieron profundamente, no sé si alguna vez conseguiste anudar mis tripas como con éste texto. Todos tenemos, o tendremos, historias de dolor con la muerte de alguien que amamos. Todos guardamos en el fondo del corazón una imagen que no queremos ver. Pero no todos sabemos, o podemos, compartirlas como vos. Y hacer catarsis y literatura y amigos, todo de un solo saque.
Gracias por compartir algo tan íntimo, y tan hermoso.
 Eider Suso
11/10/2013 a las 03:28
Impresionante Hernán. Llorando desde Camboya, me tienes. Besos!
11/10/2013 a las 00:57
¿5 años después?
yo llevo un mes...
 Orsai Masterclass
10/10/2013 a las 22:34
Tiene muchas razones para estar orgulloso de vos.¡Abrazo grande!
 sura
10/10/2013 a las 21:43
Que lindo llorar en la oficina. Gracias Hernán.
 Carlo Calvimontes Rojas
10/10/2013 a las 21:03
¡Bravo, Casciari! ¡Gracias!
 NandoYuriyork
10/10/2013 a las 21:00
Hernán, no sé si lo que más me salen son emociones o palabras para escribir, pero a esta ahora en la oficina llorando te envío un fuerte abrazo.
Hace pocos días tuve oportunidad de ver a mi viejo, la segunda en el año, y estoy agradecido de aún tenerlo. Gracias por recordármelo.
10/10/2013 a las 20:38
Aplauso pa tu cierre Gordo... sos grosso...
 Beltza Giudici
10/10/2013 a las 20:36
Estoy muy emotivo. De moco fácil. Pero en la soledad de mi Estudio me has hecho llorar más que nunca. ¡¡Un abrazo!!
 La prima Sole
10/10/2013 a las 20:28
Como llore cuando lo leí en la revista, la puta madre!Gracias Hernan! Se te extrañaba!
10/10/2013 a las 20:14
Este texto me agarró de prepo en la cama, ojeando (hojeando?) la última Orsai y tuve que contener el nudo y los ojos brillosos.

Queremos más Casciari siempre!
 Flor
10/10/2013 a las 20:14
puta que me dejaste sin palabras. Me dan ganas de agradecerte tu generosidad por compartir esto, que es triste, re contra triste, pero que ayuda a entender un poco más como es esto de la vida, la muerte, los recuerdos y las fotos que nos quedan
 Sil
10/10/2013 a las 20:13
Hernán escribis taaan lindo.
Como reirse mientras no podes dejar de llorar debería ser tu próxima entrada
 dani22v
10/10/2013 a las 20:11
Seguis emocionando-..
 dani22v
10/10/2013 a las 20:15
Cuando fui a buscar la revista, deje el cuento para leerlo tranquilo en casa...y lo termine leyendo con un nudo en la garganta y los ojos totalmente llorosos...muy emotivo.
Ojala el duelo haya terminado y cada vez que veas una foto, en lugar de preparar los ojos, prepares una sonrisa...
Abrazo y gracias
 Paschal
10/10/2013 a las 20:02
Un crá!
10/10/2013 a las 19:54
dale, gordo, la puta que te parió (perdón Chichita, vos no!) me hacés llorar en el laburo, forro!
 SATO
10/10/2013 a las 19:53
Justo lo leí ayer... fui a buscar mi Orsai, conocí la nueva casa, y al volver me puse a leer la revista... Excelente texto Hernán, muy emotivo.... no me quiero ni imaginar lo que voy a sentir cuando eso me pase a mi :(
 nelakamacho
10/10/2013 a las 19:48
¡Fenomenal este texto. De aplaudir! Gracias, Hernán.
10/10/2013 a las 19:48
ayyyy que emoción hernán! me alegro que hayas podido cerrar ese duelo y volver a mirarte con tú viejo! abrazo!
10/10/2013 a las 19:46
Los abrazos escritos son imperceptibles, pero quizas éste y el de otros te abrigen un instante
 Chuletapelada
10/10/2013 a las 19:46
Gordito, yo lo leí en la revista y estuve al borde del moco, pero para los que no la vieron subí la foto acá así la hacemos bien !!
 LuzBelito11
10/10/2013 a las 19:41
Si te da vergüenza llorar delante de un mozo, imaginate como estoy yo, en mi trabajo, rodeado de 150 personas mientras me caen las lagrimas... Casualmente hoy me levante pensando en mi papá, que no lo tengo hace 20 años. Me la clavaste en el ángulo. No sé si hace falta que lo diga, pero mi consejo, no mires nunca la foto de tu tío. Yo si estuve en el velorio de mi papá. Fue al ultimo velorio que fui en mi vida, porque en ese momento, con 11 años, entendí lo estupido que es ver por ultima vez un cuerpo inerte. La última vez que vi a mi papá fue mientras desayunábamos, no despues.
 SATO
10/10/2013 a las 19:57
Yo pienso lo mismo, esa foto no tenés que verla nunca... todavía no perdí a mis viejos, pero he vivido ese doloroso momento con otros familiares fallecidos... y lo mejor es no estar en el velorio, recordarlos en los buenos momentos vividos, plenos de vida...
10/10/2013 a las 19:38
casi top 10
10/10/2013 a las 20:10
que te reparió hernan!
sos un capo! y fernando tu amigo otro tanto.
 Peto
10/10/2013 a las 19:34
Top Gun!!
10/10/2013 a las 19:31
top ten
10/10/2013 a las 19:31
M'encantó, Hernan. Un abrazo!
 gabrielgm
10/10/2013 a las 19:31
Buena onda che!
 Flor
10/10/2013 a las 19:29
nunca tan cerca.
 Christian Albornoz
10/10/2013 a las 19:29
top five??
 Randal
10/10/2013 a las 19:26
cerca
 Andrea Marcos
10/10/2013 a las 19:26
Algo. 6?
 Andrea Marcos
10/10/2013 a las 19:27
3!!! Creo que es mi mejor marca a la fecha. Bien por mí!!
   edu
10/10/2013 a las 19:24
podio
   edu
10/10/2013 a las 19:28
pero no lo voy a leer. prefiero leerlo en la revista. y la revista está ahí esperando a que termine un par de novelas que tengo encima de la mesa de luz.
 Ariel Lombardi
10/10/2013 a las 19:22
Pri.