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Historias
lunes 15 de julio, 2013

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Historias
lunes 15 de julio, 2013

Escupir el asado

   

La fábula es corta y la voy a resumir en el primer párrafo: unos excompañeros de colegio abrieron una página en Facebook en la que filmaban sus parrilladas y ofrecían secretos de cocción de la carne. Como la web tuvo rápidamente muchos seguidores, el grupo fue invitado a un ignoto mundial de barbacoa en el norte de África. La invitación fue fortuita, una gran casualidad que propició internet.

Los chicos aceptaron la invitación, fueron a Marruecos, se divirtieron como chanchos, salieron cuartos en la competición y cuando volvieron al país la prensa los linchó con salvajismo. Lo interesante es que, hasta dos meses antes, nadie sabía de la existencia de tal competición. Pero los titulares, de repente, parecían informar sobre el evento gastronómico más esperado del año: «Papelón argentino en el Mundial del Asado», dijo el canal de televisión Todo Noticias. «El equipo argentino no subió ni al podio», tituló Clarín en letras de molde. «Nos ganó hasta Liechtenstein», se burló el Canal 26. Muchos usuarios de Twitter, arrastrados por la prensa, también se envalentonaron: «Ahora van a decir que la achura no dobla», dijo alguien desde un sofá. «Si van al mundial de surf, lo pierden con Bolivia», dijo otro desde una oficina sin ventiluz. Las redes sociales, la radio, la televisión e internet masacraron al grupo hasta el cansancio, o hasta que otro tema les ocupó la agenda.

Los seis componentes del equipo argentino leyeron cada uno de estos comentarios todavía en Marruecos, mientras hacían las valijas para volver a Buenos Aires. Hasta ese momento, ellos estaban convencidos de haber pasado seis días inolvidables en el norte de África, con todo pago, divirtiéndose y cocinando junto a otra gente del resto del mundo. La prensa argentina, que nunca viajó hasta allí, les informaba desde internet que no, que de ninguna manera habían pasado seis días maravillosos, sino seis días horribles y llenos de vergüenza. La prensa les informaba que eran unos perdedores.

Esa es la versión corta, y alcanza para convertir en realidad una metáfora muy transitada. En Argentina la frase «escupir el asado» significa estropear con mala intención los planes de otros. Ese linchamiento mediático fue, exactamente, el regreso de la metáfora a su forma literal. Lo que pasó a finales de mayo de 2013 en Marruecos se puede narrar ahora como una fábula perfecta de la agresividad que se vive, también, en otros ámbitos menos frívolos que un mundial de barbacoa. La contaré porque estuve en Marruecos durante esos días, sin saber que aquello podía convertirse en metáfora social. Fui al mundial de barbacoa porque soy gordo y me gusta comer animales muertos quemados, y conocí a los integrantes del equipo argentino en el lobby del hotel: ellos no sabían armar buenos cigarros de hachís y les tuve que enseñar.

En realidad no sé por qué decidí ir al norte de África. Desde que soy sedentario y viejo mis arrebatos por volar a la aventura son contradictorios. Cuando falta un mes tengo muchísimas ganas de ir a cualquier parte porque mi cerebro sospecha que sigo siendo joven y nómada. Saco el tema en las reuniones, le digo a todos a dónde iré y fantaseo con que la pasaré mejor que nunca. Cuando falta una semana empiezo a dudar: recuerdo que me cuesta conversar con extraños, que no sé defenderme en ningún idioma, que me aburren los aeropuertos y que en los hoteles me deprimo. Cuando falta un día para el vuelo me gustaría que explotaran todos los aeropuertos del mundo para poder quedarme en casa, acurrucado en posición fetal mirando tele, y empiezo a buscar excusas para escapar de mis promesas. Entonces, zácate, un taxi me está llevando al aeropuerto. Tengo un bolso con ropa, tengo indicaciones de mi mujer en un papelito, y sobre todo tengo tanto malhumor dentro del taxi que no puedo entender por qué acepté salir de mi casa. Para peor, esta vez me metí yo solo en la boca del lobo.

Un mes antes de volar estábamos en Buenos Aires organizando la grilla de la Orsai N14. Tirábamos temas posibles, buscábamos historias divertidas y autores que las pudieran contar. Alguien dijo, en la reunión, que existía un evento llamado World Barbecue Championship.

—¿Un mundial internacional de barbacoas?

—Sí señor.

Nadie sabía dónde iba a ocurrir, ni cuándo, pero lo habían escuchado por la radio y parecía inminente. Aún había poca información, sin embargo un dato nos sedujo: por primera vez, en los doce años que tenía el mundial, habían invitado a un equipo argentino.

—Tenemos que cubrir eso —dijo Chiri emocionado.

Yo estuve de acuerdo enseguida; siempre estoy de acuerdo cuando se trata de hacer crónicas frívolas. Google nos dio la información que faltaba:

—Acá dice que es en Marruecos, el último fin de semana de mayo. ¿A quién mandamos?

Y entonces dije algo que suelo decir cuando pierdo de vista que estoy viejo y que todo me aburre.

—Voy yo.

En general me condeno siempre con dos o tres palabras.

Chiri me miró con dudas. Sabe que el punto más alto de mi vehemencia ocurre cuando la idea está en pañales, cuando es fácil abrir la boca y fantasear, y que ese ímpetu mengua día tras día hasta que se convierte en el desgano más grande del mundo.

Lo mejor de un viaje a África es decir que se irá y escribir que se ha ido. Lo insoportable es tener que ir yendo. Pero una vez ahí, cuando el aire trae olor a carne asada, a hachís quemándose en el tabaco rubio y uno está tranquilo viendo a unos chicos asar animales muertos, todo se vuelve agradable. Lo pensé con fuerza la noche mágica de los corderos en cruz.

En el Mediterráneo africano eran las nueve de la noche del veinticinco de mayo (fecha patria) y todos esperábamos, en la playa, que apareciera la luna detrás del mar.

Desde la mañana se rumoreó, en el hotel, que esa noche habría luna llena, pero fue una sorpresa cuando apareció porque nadie la vio salir por el horizonte. En un momento no había nada y en otro momento ya estaba toda. La vio primero Joaco, el asador argentino encargado del carbón:

—¡Miren la luna, loco, parece un queso! —dijo, y más de cien personas miramos la frontera entre el cielo y el mar y dijimos la palabra «luna» cada uno en nuestro idioma, y enseguida el monosílabo «oh» en un idioma general.

Fue la única vez que los irlandeses, los holandeses, los marroquíes, los belgas, los austríacos, el público, los árbitros y los corresponsales de prensa dejamos de mirar el tremendo fuego con leña del equipo argentino.

Era un Mundial de barbacoa —esa rareza europea de carne veloz y pragmática—, y los argentinos estaban haciendo un asado de leña con corderos en cruz, a campo abierto. Un despropósito: era como si apareciese un tiburón de mandíbula tremenda en el consultorio de un dentista y se comiera a la secretaria. Ningún extranjero podía creer lo que estaba pasando en esa playa, con semejante viento. Ellos, los extranjeros, con su termodinámica para cocer dócilmente un churrasco, veían por primera vez el origen de asar de verdad un animal crucificado. Veían la prehistoria de la cocción. Lo que para mí eran seis chicos parecidos a cualquiera de mis amigos de hace veinte años, distribuyendo la brasa y pintando de chimichurri el costillar, para el ojo foráneo era un acontecimiento ancestral subrayado por el paisaje africano. Pude leer los labios de Felipe:

—¡Mirá donde estamos, Chino!

Un grupo de turistas españolas los mimaban. Un fotógrafo portugués les hacía fotos. Una televisión de Argelia los entrevistaba.

Yo me había alejado un poco para armarles cigarros y pensaba que unos años antes, en 2011, estos chicos se pasaban las noches organizando parrilladas en sus casas sin fantasear con el norte de África. Eran y son antiguos compañeros del secundario, hermanos mayores y amigos comunes. Algunos viven en la Patagonia y otros en el norte de Buenos Aires, pero se juntan como un rito desde hace años en la casa del que sea. Unos son de Boca, otros de San Lorenzo o de River, y no todos son oficialistas ni todos opositores, pero las sobremesas de carne y vino los reúnen igual.

Hay miles de grupos así en cualquier parte de Argentina; no se pelearon a muerte como parece asegurar la sensación térmica. Se llaman Joaco, Felipe, Rocco, Laucha, Chino y Rama; pero podrían tranquilamente llamarse Micho, Tito, Negro, Gordo y Cabezón y ninguna locutora de radio notaría la diferencia. Son esa clase de grupo cerrado de varones jóvenes que elige el asado a cualquier otro deporte, y que solo faltan a las citas del vacuno cuando la novia es nueva.

Les gusta el fernet y la conversación. Les gusta el fuego: mirarlo, estirarlo y verlo crepitar. Una noche colgaron en Facebook fotos de sus parrilladas. Chorizos en camisón de panceta, morrón al huevo frito, achuras doradas y costillares interminables. Le pusieron a la página «Locos por el asado» y diseñaron un logo en donde el «por» es una equis formada por un cuchillo y un tenedor. De repente, cien seguidores nuevos en la página.

Ni el logo ni las fotos eran espectaculares, sino más bien amateurs, y justamente por eso otros grupos de amigos (también aficionados a la carne) se sumaron a la página. Un «Me gusta» atrás de otro, y así durante semanas enteras. A los dos meses se despertaron de una borrachera y tenían más de mil seguidores. Encantados de saberse con público, empezaron a subir videos de un minuto con recetas de cómo asar mejor el costillar, el matambre o la bondiola. Cincuenta mil seguidores y tres asados por semana. No eran videos artísticos ni las recetas tenían grandes secretos gastronómicos. Sin embargo, ochenta mil seguidores.

Los que filmaban, a veces, estaban más borrachos que los que improvisaban las recetas, pero eso, en vez de quitarle valor a las imágenes, lograba que cada video resultara más divertido que el anterior. Cien mil seguidores. Llegó un momento, a finales de 2012, en el que ya no sabían si organizaban cuatro asados por semana porque querían charlar entre ellos, porque tenían hambre, o para nutrir de contenidos la fanpage de Facebook. Una tarde les llegó un mail en inglés. Era una invitación formal desde la World Barbecue Association, con sede en Suecia.

Todo esto me lo contaban ellos mismos en la habitación del hotel donde se concentraban para el match contra Marruecos, esa noche de luna llena.

—Imagináte que estás jugando a la pelota con tus amigos en el patio, aparece una limusina, se baja un tipo y es Michel Platini que te invita al Mundial.

Sabían que era imposible ganar ese torneo, porque lo que se evalúa allí es, entre otras cosas, la higiene y la tecnología. Ellos estaban allí como invitados de honor, para que los extranjeros conocieran cómo es cocinar a pelo. Se les inflaba el pecho de orgullo cuando me lo contaban.

El World Barbecue Championship se lleva a cabo desde hace doce años en diferentes países de Europa. Los organizadores tienen camiones provistos con parrillas preinstaladas, consiguen sedes paradisíacas, hay árbitros internacionales, stands con marcas de ketchup y un gran despliegue culinario.

En la página oficial, WBQA.com, dicen que son una organización fraterna que promueve los valores de unir a los países alrededor del fuego y otro montón de boludeces en inglés para conseguir mejores auspiciantes, pero la verdadera historia es mucho más divertida. En realidad son unos gordos suecos, holandeses, irlandeses y de otros países a los que les encanta comer, cocinar barbacoas y reunirse en grupos chillones. Todos tienen un montón de plata y se la gastan en ir y venir por el mundo con sus supercombis y sus parrillas móviles, tomar cerveza hasta morir y conocer gente nueva a la que le guste lo mismo: asar carne, emborracharse, charlar y comer. Lo vienen haciendo así desde hace quince años.

En una sobremesa de 1999 a uno de estos gordos de panza ovalada y cogote colorado se le ocurrió hacer un campeonato mundial de barbacoa. Lo dijo en chiste, pero otros gordos se rieron fuerte y empezaron a idear las reglas de una posible competición internacional. ¡Ah, qué hermoso ser europeo y gordo y rico y pasarse una tarde organizando un mundial de comer! Cuando la cerveza se les terminó, uno de los gordos ya tenía diseñado el logo. Siempre las mejores cosas empiezan cuando alguien dibuja un logo en una servilleta. Pusieron plata entre todos y armaron, a los trompicones, el primer mundial en Estocolmo.

La primera edición la ganó Reino Unido, en una final muy trabada contra Holanda. Les gustó tanto la experiencia que no pararon nunca más. Cada año eligen una sede distinta y perfeccionan la organización: hubo mundiales en Austria, Alemania, Suiza, Holanda, Dinamarca e incluso un año saltaron a Sydney. Cada nueva competición tiene reglas más claras y mejores empresas patrocinadoras.

Actualmente, el match principal es país contra país y se llama «a canasta cerrada». Cada equipo nacional recibe exactamente los mismos cortes de carne —cordero, vaca, pollo y otros animalitos de Dios— y hay un tiempo límite para asarlos con la técnica de cada región. Después los jueces prueban los manjares y emiten un veredicto. El año pasado el Mundial se llevó a cabo en Bélgica y ganó Austria por penales. No sé qué significa por penales, pero me imagino que involucra embocar chorizos en una canasta.

Sin embargo, algo más ocurrió a finales de 2012: uno de los fundadores de la WBQA descubrió una página en Facebook llamada «Locos por el asado». Una página de Argentina, el país de la leyenda del fuego a campo abierto, el sitio donde nacen y mueren las mejores vacas, la tierra del gaucho carnívoro. La página tenía entonces más de cien mil seguidores.

Como quien tira una botella al mar, los gordos europeos mandaron un mail invitando a Argentina —con todo pago— al siguiente World Barbecue Championship, que se llevaría a cabo en Marruecos a finales de mayo de 2013. La respuesta desde Buenos Aires tardó cuatro minutos, y no dos, porque los chicos no querían parecer ansiosos. Esto me lo contaban los organizadores en el hotel, entre risas y cervezas, en un castellano torpe:

—Es como si organizamos mundial de rugby amateur europeo, y descubrimos webpage de All Blacks en Nueva Zelanda y decimos, bah, invitemos a venir, no perdemos nada. Y ellos dicen yes. ¡Es un sueño!

Se cruzaron varios mails. Los de cogote colorado les mandaron pasajes y los chicos argentinos viajaron al mundial. El primer encuentro físico entre los dos contingentes fue muy gracioso. Cuando el equipo argentino llegó a Marruecos y fue recibido por los organizadores del mundial, ambos grupos creían que los profesionales eran los otros.

El equipo argentino viajó en vuelo directo desde Buenos Aires a Roma, de Roma a Tánger en un Airbus, y de allí en un tren tumultuoso hasta Saïdia, donde acaba Marruecos y empieza Argelia. Ninguno de los seis conocía África ni las costumbres islámicas del norte. Descubrieron en el tren, entre otras cosas, lo fácil que es conseguir hachís en esa zona del mundo y llegaron a la sede del campeonato mundial alterados y felices.

El resto de los equipos europeos había llegado en aviones directos, mientras sus trailers cruzaron Gibraltar y llegaron por tierra. Los holandeses tenían una autocaravana gigantesca, equipada con tecnología de punta. Los austríacos, parrillas hidráulicas y termómetros para medir la temperatura de la brasa. Cada uno de los países expertos en el mundial había conseguido, con los años, competir sobre todo en velocidad de cocción y en higiene. Los argentinos llegaron con seis bolsos, una guitarra y dos banderas: una albiceleste de Argentina, y otra roja de la ciudad de Trevelin, en Chubut.

El contraste con el resto de seleccionados era notorio no solo en el equipamiento, sino también en las edades y la contextura física. Casi todos los europeos eran cuarentones macizos de pelo chestertoniano y barriga ostentosa; el combinado argentino se componía de jóvenes flacos y altos con un promedio de edad de veinticuatro años. Vestían camisetas blancas con el nombre de su país detrás, en celeste, y en la pechera el auspicio de vinos Don Valentín y Buscapina.

Cuando los organizadores les preguntaron qué tipo de equipamiento y herramientas necesitaban para asar los corderos, la respuesta del equipo argentino rebotó en las paredes del complejo, se hizo rumor en los pasillos y los comentarios en los jardines del hotel duraron todo el día:

—Quieren asar diez corderos en la playa y no les importa el viento —decía alguien en francés.

—Parecen indios, pero qué cachondos —escuché decir a una barcelonesa.

—Solo necesitan leña y algo a lo que llaman fernet Branca —decía otro en alemán.

El equipo argentino sabía que, de a poco, sus técnicas empezaban a generar expectativa. Estaban concentrados en una de las habitaciones del complejo hotelero, donde también se realizaba el mundial. Yo me alojé en el mismo sitio, más que nada porque no había otro lugar decente en la ciudad donde poder dormir. Nunca había estado en un complejo así. Ese hotel parecía cualquier cosa menos África: parecía Cancún o algún destino vulgar del Caribe, era un oasis de turismo pavote en el medio del desierto, cercado por la pobreza de los pueblos islámicos de alrededor.

No tengo tiempo ni ganas de describir el derroche de confort innecesario, pero el lector que quiera puede googlear «Oriental Bay Beach» y mirar la majestuosidad espantosa del sitio. Ahí estaban los asadores argentinos, en ese ambiente de lujo islámico. Y ahí también estaba yo, caminando por los pasillos y oyendo a los gordos europeos, de cogote encarnado y bermudas caqui, ansiosos por ver al exotic team que había llegado de las pampas.

Para ir de mi habitación a la del equipo argentino debía caminar kilómetros, atravesar jardines paradisíacos, piscinas y campos de golf. Un peligro tremendo que casi me convierte en un chancho burgués. Pero me gustaba ir a la habitación del combinado nacional porque tenían, escondida entre el colchón y la mesa de luz, una pelota de hachís que habían comprado en el tren Tánger-Saïdia.

El hachís de Marruecos es el mejor del mundo y yo no había podido conseguir nada desde el aeropuerto al hotel. Descubrí rápido que el equipo nacional no tenía la menor idea de cómo se arman los cigarros de hash. Pensaban que era porro paraguayo, le ponían demasiada resina al papel y se drogaban muy mal, con grandes lagunas de resaca. La primera tarde que les hice cigarros buenos con mi papel, con mi tabaco y, sobre todo, con mi fantástica velocidad para el armado, me convertí inmediatamente en la mascota del equipo.

Mientras ellos tejían estrategias gastronómicas, yo les armaba un cigarro atrás del otro, tanto en la habitación donde se concentraban, como en la playa donde hacían los asados. Gracias a esa franquicia que les ofrecí me dejaron deambular con ellos y los pude conocer en la intimidad, escuchar sus conversaciones y la excitación que tenían metida en el cuerpo. Pero también, a causa de la resaca, ahora no me acuerdo bien qué cara le corresponde a qué nombre. No sé cuál es Micho, ni sé cuál es Tito. Lo que sé —y esto lo sé muy bien— es cuánto se divirtieron en ese mundial de barbacoas europeas, sobre todo inventando cantitos de guerra. Me retumban todavía algunos de los versos, con música de tribuna, que prepararon para intimidar a los rivales:

Yo hago asado de chiquito,
carbón y leña y nada más.
Vos tenés parrilla móvil,
se te arrebata el costillar.
¡Gringo, tu asado es moderno,
prendés el fuego con campingás!

Y me queda grabada la risa de los adversarios gordos y colorados al conocer la traducción de esas estrofas.

—Oh, my god, cámpingas, my god —decía un irlandés riéndose con la boca abierta, y parecía que le fuera a explotar la panza.

No había competencia, sino camaradería y largas noches de alcohol. Gente reunida alrededor del fuego con ganas de pasarla bien. Así ocurrió durante los días que duró el encuentro. Fiestas nocturnas, almuerzos opíparos y un reguero de cerveza fresca para el calor agobiante que sopla en el ecuador del mundo.

Las noches terminaban muy tarde, cuando el último país cantaba la canción que dice «Dame la G / te doy la G, / dame la E / te doy la E» y que termina con el grito «¡Germany!».

Eran más de treinta países y se cantaban todas las canciones patrias. La enorme mayoría de los cocineros se quedaba hasta el final, deletreando el nombre de cada país, incluida la interminable y ripiosa canción de Liechtenstein, que era complicadísima.

En ningún momento nadie se preocupó por las estadísticas del torneo. La excusa era el mundial, claro, pero el objetivo estaba en las sobremesas y se cumplía cada noche. A todo el mundo le daba igual si ganaba Bélgica o Nueva Zelanda, mientras los camareros marroquíes siguieran trayendo cerveza fría.

Me fui de Saïdia el domingo por la mañana, con la cabeza como un tambor. Los árbitros darían su veredicto por la tarde, y ni siquiera me importó quedarme a verlo.

Cuando llegué a Barcelona tenía la panza rígida de tanto comer carne y ya se empezaban a conocer los resultados del torneo. Había ganado Dinamarca, con ahumadores portátiles, seguido muy de cerca por el equipo alemán. Los argentinos quedaron cuartos y me pareció muy bien.

Entré a Facebook para revisar la página de los chicos, quería saber si ya habían informado de los resultados a sus seguidores, y fue entonces cuando vi que los estaban masacrando. Me descolocó un comunicado del embajador argentino en Marruecos pidiéndole «calma a los medios». Abrí un diario, y después otro. De repente, en cada sitio de la prensa nacional se hablaba de traición y derrota. Fue una experiencia extraña, porque yo todavía tenía en las zapatillas arena marroquí y las voces felices de los cantos de tribuna en la cabeza.

Me costó al principio entender la agresividad que llegaba desde el otro lado del Atlántico. Era saña y era bronca. Los periódicos online deliraban de patriotismo mancillado. La basura del trendic topic funcionaba a cuatro motores.

Escuché una entrevista telefónica de radio Mitre a uno de los chicos. El pobre quería explicar que había sido una experiencia única, pero la entrevistadora le decía que no, que deberían estar tristes, que había sido una vergüenza.

Sentí una enorme compasión por esos chicos, a los que había dejado bailando y cantando el sábado por la noche. Ahora era lunes, habían pasado nada más que cuarenta y ocho horas, pero el mundo parecía otro. El que hablaba por la radio, creo que era Rocco, tenía la voz quebrada y quería disimularlo. Era una voz diferente a la del veinticinco de mayo, cuando la luna llena en Marruecos los iluminó a los seis para que asaran la carne como lo hacían sus padres y sus abuelos.

Cuando salió esa luna yo me alejé del calor de los diez corderos en cruz para conseguir la perspectiva que conviene tener en las gestas ajenas. Ellos estaban viviendo un momento único y se les notaba en la cara. Les habrá pasado por la cabeza el secundario completo, la amistad y las borracheras. Los seis se miraban a los ojos, se abrazaban y se decían cosas de amor al oído.

Allí fue donde pude leerle los labios a Felipe cuando dijo: «¡Mirá donde estamos, Chino!». O quizá fue el Chino que se lo decía a Felipe. Pero podíamos haber sido Chiri y yo hace veinte años, por eso me emocioné cuando el otro lo abrazó y se sintieron inmortales.

Bailoteaban y le echaban leña al fuego. Bebían y pintaban los costillares con agua y sal. Se dejaban sacar fotos. Medían la temperatura de la carne con las manos para hacerles ver a los daneses la inutilidad de comprar termómetros hidráulicos. «¡Gringo, tu asado es moderno, / prendés el fuego con campingás!», cantaban a los gritos mientras asaban y bebían.

Si en ese momento me hubiera llevado aparte a cada uno y, por turno, les hubiera preguntado dónde querrían estar en ese momento, haciendo qué, los seis habrían dicho lo mismo. «En África, con mis amigos».

No tenían la menor idea de lo que iría a decir la prensa en Argentina dos días después. Mejor que no lo supieran. Mejor dejarlos así, congelados en el abrazo. ¿Para qué aguarles la fiesta con noticias del futuro? ¿Con qué objeto escupirles el asado de esa noche perfecta?

Hernán Casciari
lunes 15 de julio, 2013


Escupir el asado

por Hernán Casciari

La fábula es corta y la voy a resumir en el primer párrafo: unos excompañeros de colegio abrieron una página en Facebook en la que filmaban sus parrilladas y ofrecían secretos de cocción de la carne. Como la web tuvo rápidamente muchos seguidores, el grupo fue invitado a un ignoto mundial de barbacoa en el norte de África. La invitación fue fortuita, una gran casualidad que propició internet.

Los chicos aceptaron la invitación, fueron a Marruecos, se divirtieron como chanchos, salieron cuartos en la competición y cuando volvieron al país la prensa los linchó con salvajismo. Lo interesante es que, hasta dos meses antes, nadie sabía de la existencia de tal competición. Pero los titulares, de repente, parecían informar sobre el evento gastronómico más esperado del año: «Papelón argentino en el Mundial del Asado», dijo el canal de televisión Todo Noticias. «El equipo argentino no subió ni al podio», tituló Clarín en letras de molde. «Nos ganó hasta Liechtenstein», se burló el Canal 26. Muchos usuarios de Twitter, arrastrados por la prensa, también se envalentonaron: «Ahora van a decir que la achura no dobla», dijo alguien desde un sofá. «Si van al mundial de surf, lo pierden con Bolivia», dijo otro desde una oficina sin ventiluz. Las redes sociales, la radio, la televisión e internet masacraron al grupo hasta el cansancio, o hasta que otro tema les ocupó la agenda.

Los seis componentes del equipo argentino leyeron cada uno de estos comentarios todavía en Marruecos, mientras hacían las valijas para volver a Buenos Aires. Hasta ese momento, ellos estaban convencidos de haber pasado seis días inolvidables en el norte de África, con todo pago, divirtiéndose y cocinando junto a otra gente del resto del mundo. La prensa argentina, que nunca viajó hasta allí, les informaba desde internet que no, que de ninguna manera habían pasado seis días maravillosos, sino seis días horribles y llenos de vergüenza. La prensa les informaba que eran unos perdedores.

Esa es la versión corta, y alcanza para convertir en realidad una metáfora muy transitada. En Argentina la frase «escupir el asado» significa estropear con mala intención los planes de otros. Ese linchamiento mediático fue, exactamente, el regreso de la metáfora a su forma literal. Lo que pasó a finales de mayo de 2013 en Marruecos se puede narrar ahora como una fábula perfecta de la agresividad que se vive, también, en otros ámbitos menos frívolos que un mundial de barbacoa. La contaré porque estuve en Marruecos durante esos días, sin saber que aquello podía convertirse en metáfora social. Fui al mundial de barbacoa porque soy gordo y me gusta comer animales muertos quemados, y conocí a los integrantes del equipo argentino en el lobby del hotel: ellos no sabían armar buenos cigarros de hachís y les tuve que enseñar.

En realidad no sé por qué decidí ir al norte de África. Desde que soy sedentario y viejo mis arrebatos por volar a la aventura son contradictorios. Cuando falta un mes tengo muchísimas ganas de ir a cualquier parte porque mi cerebro sospecha que sigo siendo joven y nómada. Saco el tema en las reuniones, le digo a todos a dónde iré y fantaseo con que la pasaré mejor que nunca. Cuando falta una semana empiezo a dudar: recuerdo que me cuesta conversar con extraños, que no sé defenderme en ningún idioma, que me aburren los aeropuertos y que en los hoteles me deprimo. Cuando falta un día para el vuelo me gustaría que explotaran todos los aeropuertos del mundo para poder quedarme en casa, acurrucado en posición fetal mirando tele, y empiezo a buscar excusas para escapar de mis promesas. Entonces, zácate, un taxi me está llevando al aeropuerto. Tengo un bolso con ropa, tengo indicaciones de mi mujer en un papelito, y sobre todo tengo tanto malhumor dentro del taxi que no puedo entender por qué acepté salir de mi casa. Para peor, esta vez me metí yo solo en la boca del lobo.

Un mes antes de volar estábamos en Buenos Aires organizando la grilla de la Orsai N14. Tirábamos temas posibles, buscábamos historias divertidas y autores que las pudieran contar. Alguien dijo, en la reunión, que existía un evento llamado World Barbecue Championship.

—¿Un mundial internacional de barbacoas?

—Sí señor.

Nadie sabía dónde iba a ocurrir, ni cuándo, pero lo habían escuchado por la radio y parecía inminente. Aún había poca información, sin embargo un dato nos sedujo: por primera vez, en los doce años que tenía el mundial, habían invitado a un equipo argentino.

—Tenemos que cubrir eso —dijo Chiri emocionado.

Yo estuve de acuerdo enseguida; siempre estoy de acuerdo cuando se trata de hacer crónicas frívolas. Google nos dio la información que faltaba:

—Acá dice que es en Marruecos, el último fin de semana de mayo. ¿A quién mandamos?

Y entonces dije algo que suelo decir cuando pierdo de vista que estoy viejo y que todo me aburre.

—Voy yo.

En general me condeno siempre con dos o tres palabras.

Chiri me miró con dudas. Sabe que el punto más alto de mi vehemencia ocurre cuando la idea está en pañales, cuando es fácil abrir la boca y fantasear, y que ese ímpetu mengua día tras día hasta que se convierte en el desgano más grande del mundo.

Lo mejor de un viaje a África es decir que se irá y escribir que se ha ido. Lo insoportable es tener que ir yendo. Pero una vez ahí, cuando el aire trae olor a carne asada, a hachís quemándose en el tabaco rubio y uno está tranquilo viendo a unos chicos asar animales muertos, todo se vuelve agradable. Lo pensé con fuerza la noche mágica de los corderos en cruz.

En el Mediterráneo africano eran las nueve de la noche del veinticinco de mayo (fecha patria) y todos esperábamos, en la playa, que apareciera la luna detrás del mar.

Desde la mañana se rumoreó, en el hotel, que esa noche habría luna llena, pero fue una sorpresa cuando apareció porque nadie la vio salir por el horizonte. En un momento no había nada y en otro momento ya estaba toda. La vio primero Joaco, el asador argentino encargado del carbón:

—¡Miren la luna, loco, parece un queso! —dijo, y más de cien personas miramos la frontera entre el cielo y el mar y dijimos la palabra «luna» cada uno en nuestro idioma, y enseguida el monosílabo «oh» en un idioma general.

Fue la única vez que los irlandeses, los holandeses, los marroquíes, los belgas, los austríacos, el público, los árbitros y los corresponsales de prensa dejamos de mirar el tremendo fuego con leña del equipo argentino.

Era un Mundial de barbacoa —esa rareza europea de carne veloz y pragmática—, y los argentinos estaban haciendo un asado de leña con corderos en cruz, a campo abierto. Un despropósito: era como si apareciese un tiburón de mandíbula tremenda en el consultorio de un dentista y se comiera a la secretaria. Ningún extranjero podía creer lo que estaba pasando en esa playa, con semejante viento. Ellos, los extranjeros, con su termodinámica para cocer dócilmente un churrasco, veían por primera vez el origen de asar de verdad un animal crucificado. Veían la prehistoria de la cocción. Lo que para mí eran seis chicos parecidos a cualquiera de mis amigos de hace veinte años, distribuyendo la brasa y pintando de chimichurri el costillar, para el ojo foráneo era un acontecimiento ancestral subrayado por el paisaje africano. Pude leer los labios de Felipe:

—¡Mirá donde estamos, Chino!

Un grupo de turistas españolas los mimaban. Un fotógrafo portugués les hacía fotos. Una televisión de Argelia los entrevistaba.

Yo me había alejado un poco para armarles cigarros y pensaba que unos años antes, en 2011, estos chicos se pasaban las noches organizando parrilladas en sus casas sin fantasear con el norte de África. Eran y son antiguos compañeros del secundario, hermanos mayores y amigos comunes. Algunos viven en la Patagonia y otros en el norte de Buenos Aires, pero se juntan como un rito desde hace años en la casa del que sea. Unos son de Boca, otros de San Lorenzo o de River, y no todos son oficialistas ni todos opositores, pero las sobremesas de carne y vino los reúnen igual.

Hay miles de grupos así en cualquier parte de Argentina; no se pelearon a muerte como parece asegurar la sensación térmica. Se llaman Joaco, Felipe, Rocco, Laucha, Chino y Rama; pero podrían tranquilamente llamarse Micho, Tito, Negro, Gordo y Cabezón y ninguna locutora de radio notaría la diferencia. Son esa clase de grupo cerrado de varones jóvenes que elige el asado a cualquier otro deporte, y que solo faltan a las citas del vacuno cuando la novia es nueva.

Les gusta el fernet y la conversación. Les gusta el fuego: mirarlo, estirarlo y verlo crepitar. Una noche colgaron en Facebook fotos de sus parrilladas. Chorizos en camisón de panceta, morrón al huevo frito, achuras doradas y costillares interminables. Le pusieron a la página «Locos por el asado» y diseñaron un logo en donde el «por» es una equis formada por un cuchillo y un tenedor. De repente, cien seguidores nuevos en la página.

Ni el logo ni las fotos eran espectaculares, sino más bien amateurs, y justamente por eso otros grupos de amigos (también aficionados a la carne) se sumaron a la página. Un «Me gusta» atrás de otro, y así durante semanas enteras. A los dos meses se despertaron de una borrachera y tenían más de mil seguidores. Encantados de saberse con público, empezaron a subir videos de un minuto con recetas de cómo asar mejor el costillar, el matambre o la bondiola. Cincuenta mil seguidores y tres asados por semana. No eran videos artísticos ni las recetas tenían grandes secretos gastronómicos. Sin embargo, ochenta mil seguidores.

Los que filmaban, a veces, estaban más borrachos que los que improvisaban las recetas, pero eso, en vez de quitarle valor a las imágenes, lograba que cada video resultara más divertido que el anterior. Cien mil seguidores. Llegó un momento, a finales de 2012, en el que ya no sabían si organizaban cuatro asados por semana porque querían charlar entre ellos, porque tenían hambre, o para nutrir de contenidos la fanpage de Facebook. Una tarde les llegó un mail en inglés. Era una invitación formal desde la World Barbecue Association, con sede en Suecia.

Todo esto me lo contaban ellos mismos en la habitación del hotel donde se concentraban para el match contra Marruecos, esa noche de luna llena.

—Imagináte que estás jugando a la pelota con tus amigos en el patio, aparece una limusina, se baja un tipo y es Michel Platini que te invita al Mundial.

Sabían que era imposible ganar ese torneo, porque lo que se evalúa allí es, entre otras cosas, la higiene y la tecnología. Ellos estaban allí como invitados de honor, para que los extranjeros conocieran cómo es cocinar a pelo. Se les inflaba el pecho de orgullo cuando me lo contaban.

El World Barbecue Championship se lleva a cabo desde hace doce años en diferentes países de Europa. Los organizadores tienen camiones provistos con parrillas preinstaladas, consiguen sedes paradisíacas, hay árbitros internacionales, stands con marcas de ketchup y un gran despliegue culinario.

En la página oficial, WBQA.com, dicen que son una organización fraterna que promueve los valores de unir a los países alrededor del fuego y otro montón de boludeces en inglés para conseguir mejores auspiciantes, pero la verdadera historia es mucho más divertida. En realidad son unos gordos suecos, holandeses, irlandeses y de otros países a los que les encanta comer, cocinar barbacoas y reunirse en grupos chillones. Todos tienen un montón de plata y se la gastan en ir y venir por el mundo con sus supercombis y sus parrillas móviles, tomar cerveza hasta morir y conocer gente nueva a la que le guste lo mismo: asar carne, emborracharse, charlar y comer. Lo vienen haciendo así desde hace quince años.

En una sobremesa de 1999 a uno de estos gordos de panza ovalada y cogote colorado se le ocurrió hacer un campeonato mundial de barbacoa. Lo dijo en chiste, pero otros gordos se rieron fuerte y empezaron a idear las reglas de una posible competición internacional. ¡Ah, qué hermoso ser europeo y gordo y rico y pasarse una tarde organizando un mundial de comer! Cuando la cerveza se les terminó, uno de los gordos ya tenía diseñado el logo. Siempre las mejores cosas empiezan cuando alguien dibuja un logo en una servilleta. Pusieron plata entre todos y armaron, a los trompicones, el primer mundial en Estocolmo.

La primera edición la ganó Reino Unido, en una final muy trabada contra Holanda. Les gustó tanto la experiencia que no pararon nunca más. Cada año eligen una sede distinta y perfeccionan la organización: hubo mundiales en Austria, Alemania, Suiza, Holanda, Dinamarca e incluso un año saltaron a Sydney. Cada nueva competición tiene reglas más claras y mejores empresas patrocinadoras.

Actualmente, el match principal es país contra país y se llama «a canasta cerrada». Cada equipo nacional recibe exactamente los mismos cortes de carne —cordero, vaca, pollo y otros animalitos de Dios— y hay un tiempo límite para asarlos con la técnica de cada región. Después los jueces prueban los manjares y emiten un veredicto. El año pasado el Mundial se llevó a cabo en Bélgica y ganó Austria por penales. No sé qué significa por penales, pero me imagino que involucra embocar chorizos en una canasta.

Sin embargo, algo más ocurrió a finales de 2012: uno de los fundadores de la WBQA descubrió una página en Facebook llamada «Locos por el asado». Una página de Argentina, el país de la leyenda del fuego a campo abierto, el sitio donde nacen y mueren las mejores vacas, la tierra del gaucho carnívoro. La página tenía entonces más de cien mil seguidores.

Como quien tira una botella al mar, los gordos europeos mandaron un mail invitando a Argentina —con todo pago— al siguiente World Barbecue Championship, que se llevaría a cabo en Marruecos a finales de mayo de 2013. La respuesta desde Buenos Aires tardó cuatro minutos, y no dos, porque los chicos no querían parecer ansiosos. Esto me lo contaban los organizadores en el hotel, entre risas y cervezas, en un castellano torpe:

—Es como si organizamos mundial de rugby amateur europeo, y descubrimos webpage de All Blacks en Nueva Zelanda y decimos, bah, invitemos a venir, no perdemos nada. Y ellos dicen yes. ¡Es un sueño!

Se cruzaron varios mails. Los de cogote colorado les mandaron pasajes y los chicos argentinos viajaron al mundial. El primer encuentro físico entre los dos contingentes fue muy gracioso. Cuando el equipo argentino llegó a Marruecos y fue recibido por los organizadores del mundial, ambos grupos creían que los profesionales eran los otros.

El equipo argentino viajó en vuelo directo desde Buenos Aires a Roma, de Roma a Tánger en un Airbus, y de allí en un tren tumultuoso hasta Saïdia, donde acaba Marruecos y empieza Argelia. Ninguno de los seis conocía África ni las costumbres islámicas del norte. Descubrieron en el tren, entre otras cosas, lo fácil que es conseguir hachís en esa zona del mundo y llegaron a la sede del campeonato mundial alterados y felices.

El resto de los equipos europeos había llegado en aviones directos, mientras sus trailers cruzaron Gibraltar y llegaron por tierra. Los holandeses tenían una autocaravana gigantesca, equipada con tecnología de punta. Los austríacos, parrillas hidráulicas y termómetros para medir la temperatura de la brasa. Cada uno de los países expertos en el mundial había conseguido, con los años, competir sobre todo en velocidad de cocción y en higiene. Los argentinos llegaron con seis bolsos, una guitarra y dos banderas: una albiceleste de Argentina, y otra roja de la ciudad de Trevelin, en Chubut.

El contraste con el resto de seleccionados era notorio no solo en el equipamiento, sino también en las edades y la contextura física. Casi todos los europeos eran cuarentones macizos de pelo chestertoniano y barriga ostentosa; el combinado argentino se componía de jóvenes flacos y altos con un promedio de edad de veinticuatro años. Vestían camisetas blancas con el nombre de su país detrás, en celeste, y en la pechera el auspicio de vinos Don Valentín y Buscapina.

Cuando los organizadores les preguntaron qué tipo de equipamiento y herramientas necesitaban para asar los corderos, la respuesta del equipo argentino rebotó en las paredes del complejo, se hizo rumor en los pasillos y los comentarios en los jardines del hotel duraron todo el día:

—Quieren asar diez corderos en la playa y no les importa el viento —decía alguien en francés.

—Parecen indios, pero qué cachondos —escuché decir a una barcelonesa.

—Solo necesitan leña y algo a lo que llaman fernet Branca —decía otro en alemán.

El equipo argentino sabía que, de a poco, sus técnicas empezaban a generar expectativa. Estaban concentrados en una de las habitaciones del complejo hotelero, donde también se realizaba el mundial. Yo me alojé en el mismo sitio, más que nada porque no había otro lugar decente en la ciudad donde poder dormir. Nunca había estado en un complejo así. Ese hotel parecía cualquier cosa menos África: parecía Cancún o algún destino vulgar del Caribe, era un oasis de turismo pavote en el medio del desierto, cercado por la pobreza de los pueblos islámicos de alrededor.

No tengo tiempo ni ganas de describir el derroche de confort innecesario, pero el lector que quiera puede googlear «Oriental Bay Beach» y mirar la majestuosidad espantosa del sitio. Ahí estaban los asadores argentinos, en ese ambiente de lujo islámico. Y ahí también estaba yo, caminando por los pasillos y oyendo a los gordos europeos, de cogote encarnado y bermudas caqui, ansiosos por ver al exotic team que había llegado de las pampas.

Para ir de mi habitación a la del equipo argentino debía caminar kilómetros, atravesar jardines paradisíacos, piscinas y campos de golf. Un peligro tremendo que casi me convierte en un chancho burgués. Pero me gustaba ir a la habitación del combinado nacional porque tenían, escondida entre el colchón y la mesa de luz, una pelota de hachís que habían comprado en el tren Tánger-Saïdia.

El hachís de Marruecos es el mejor del mundo y yo no había podido conseguir nada desde el aeropuerto al hotel. Descubrí rápido que el equipo nacional no tenía la menor idea de cómo se arman los cigarros de hash. Pensaban que era porro paraguayo, le ponían demasiada resina al papel y se drogaban muy mal, con grandes lagunas de resaca. La primera tarde que les hice cigarros buenos con mi papel, con mi tabaco y, sobre todo, con mi fantástica velocidad para el armado, me convertí inmediatamente en la mascota del equipo.

Mientras ellos tejían estrategias gastronómicas, yo les armaba un cigarro atrás del otro, tanto en la habitación donde se concentraban, como en la playa donde hacían los asados. Gracias a esa franquicia que les ofrecí me dejaron deambular con ellos y los pude conocer en la intimidad, escuchar sus conversaciones y la excitación que tenían metida en el cuerpo. Pero también, a causa de la resaca, ahora no me acuerdo bien qué cara le corresponde a qué nombre. No sé cuál es Micho, ni sé cuál es Tito. Lo que sé —y esto lo sé muy bien— es cuánto se divirtieron en ese mundial de barbacoas europeas, sobre todo inventando cantitos de guerra. Me retumban todavía algunos de los versos, con música de tribuna, que prepararon para intimidar a los rivales:

Yo hago asado de chiquito,
carbón y leña y nada más.
Vos tenés parrilla móvil,
se te arrebata el costillar.
¡Gringo, tu asado es moderno,
prendés el fuego con campingás!

Y me queda grabada la risa de los adversarios gordos y colorados al conocer la traducción de esas estrofas.

—Oh, my god, cámpingas, my god —decía un irlandés riéndose con la boca abierta, y parecía que le fuera a explotar la panza.

No había competencia, sino camaradería y largas noches de alcohol. Gente reunida alrededor del fuego con ganas de pasarla bien. Así ocurrió durante los días que duró el encuentro. Fiestas nocturnas, almuerzos opíparos y un reguero de cerveza fresca para el calor agobiante que sopla en el ecuador del mundo.

Las noches terminaban muy tarde, cuando el último país cantaba la canción que dice «Dame la G / te doy la G, / dame la E / te doy la E» y que termina con el grito «¡Germany!».

Eran más de treinta países y se cantaban todas las canciones patrias. La enorme mayoría de los cocineros se quedaba hasta el final, deletreando el nombre de cada país, incluida la interminable y ripiosa canción de Liechtenstein, que era complicadísima.

En ningún momento nadie se preocupó por las estadísticas del torneo. La excusa era el mundial, claro, pero el objetivo estaba en las sobremesas y se cumplía cada noche. A todo el mundo le daba igual si ganaba Bélgica o Nueva Zelanda, mientras los camareros marroquíes siguieran trayendo cerveza fría.

Me fui de Saïdia el domingo por la mañana, con la cabeza como un tambor. Los árbitros darían su veredicto por la tarde, y ni siquiera me importó quedarme a verlo.

Cuando llegué a Barcelona tenía la panza rígida de tanto comer carne y ya se empezaban a conocer los resultados del torneo. Había ganado Dinamarca, con ahumadores portátiles, seguido muy de cerca por el equipo alemán. Los argentinos quedaron cuartos y me pareció muy bien.

Entré a Facebook para revisar la página de los chicos, quería saber si ya habían informado de los resultados a sus seguidores, y fue entonces cuando vi que los estaban masacrando. Me descolocó un comunicado del embajador argentino en Marruecos pidiéndole «calma a los medios». Abrí un diario, y después otro. De repente, en cada sitio de la prensa nacional se hablaba de traición y derrota. Fue una experiencia extraña, porque yo todavía tenía en las zapatillas arena marroquí y las voces felices de los cantos de tribuna en la cabeza.

Me costó al principio entender la agresividad que llegaba desde el otro lado del Atlántico. Era saña y era bronca. Los periódicos online deliraban de patriotismo mancillado. La basura del trendic topic funcionaba a cuatro motores.

Escuché una entrevista telefónica de radio Mitre a uno de los chicos. El pobre quería explicar que había sido una experiencia única, pero la entrevistadora le decía que no, que deberían estar tristes, que había sido una vergüenza.

Sentí una enorme compasión por esos chicos, a los que había dejado bailando y cantando el sábado por la noche. Ahora era lunes, habían pasado nada más que cuarenta y ocho horas, pero el mundo parecía otro. El que hablaba por la radio, creo que era Rocco, tenía la voz quebrada y quería disimularlo. Era una voz diferente a la del veinticinco de mayo, cuando la luna llena en Marruecos los iluminó a los seis para que asaran la carne como lo hacían sus padres y sus abuelos.

Cuando salió esa luna yo me alejé del calor de los diez corderos en cruz para conseguir la perspectiva que conviene tener en las gestas ajenas. Ellos estaban viviendo un momento único y se les notaba en la cara. Les habrá pasado por la cabeza el secundario completo, la amistad y las borracheras. Los seis se miraban a los ojos, se abrazaban y se decían cosas de amor al oído.

Allí fue donde pude leerle los labios a Felipe cuando dijo: «¡Mirá donde estamos, Chino!». O quizá fue el Chino que se lo decía a Felipe. Pero podíamos haber sido Chiri y yo hace veinte años, por eso me emocioné cuando el otro lo abrazó y se sintieron inmortales.

Bailoteaban y le echaban leña al fuego. Bebían y pintaban los costillares con agua y sal. Se dejaban sacar fotos. Medían la temperatura de la carne con las manos para hacerles ver a los daneses la inutilidad de comprar termómetros hidráulicos. «¡Gringo, tu asado es moderno, / prendés el fuego con campingás!», cantaban a los gritos mientras asaban y bebían.

Si en ese momento me hubiera llevado aparte a cada uno y, por turno, les hubiera preguntado dónde querrían estar en ese momento, haciendo qué, los seis habrían dicho lo mismo. «En África, con mis amigos».

No tenían la menor idea de lo que iría a decir la prensa en Argentina dos días después. Mejor que no lo supieran. Mejor dejarlos así, congelados en el abrazo. ¿Para qué aguarles la fiesta con noticias del futuro? ¿Con qué objeto escupirles el asado de esa noche perfecta?

Hernán Casciari
lunes 15 de julio, 2013


¿Te gustó esta historia?

Pertenece al libro Messi es un perro y otros cuentos, de Hernán Casciari. Está a la venta en la Tienda Orsai y te lo mandamos a tu casa sin gastos de envío.


Liz Antonini
23/06/2015 a las 05:37
Precioso relato. Tal cual. El deporte de escupir el asado tan bien preparado por los que aman lo que hacen y son felices.
18/06/2015 a las 18:19
Hernán, cada vez que te leo me inspirás algo interno muy potente, medio incomprensible, que son las ganas de escribir, de dejar de pensar en qué carajo van a decir, que me chupe un huevo, que siempre va a haber un bobo criticando desde su sillón de ecocuero y su macbook fría como su pecho, que como estos pibes, hay que hacer más asados y que las mierdas se prendan fuego. Aguante Racing, el fernet y Orsai, la puta que me parió.
 Marcos Di Nardo
17/06/2015 a las 20:58
Y ahora? tocamos fondo?
http://www.minutouno.com/notas/367327-papelon-universal-argentina-quedo-ultima-el-mundial-del-asado
rowi
17/06/2015 a las 19:46
fantastico!
Hernan
17/06/2015 a las 06:41
Fabuloso. Creo que quisiste decir "trending topic"
Zeta
17/06/2015 a las 06:36
Quien te quita lo bailado
Daniel
17/06/2015 a las 05:24
Genial! ¿Que corchito es un chulengo? ;-)

Aguante el puesto 53!!!
17/06/2015 a las 00:00
Justo hace unos dias leí este articulo y hoy andan todos indignadisimos porque hubo otro "fracaso" argentino...
 P. Sebastian Bonanni
06/08/2014 a las 19:02
Hola! Hace unas semanas encontré el foro de los "Locos por el asado" y me enteré de que sacaron un libro. Bueno, en realidad por ahora es una preventa medio a ciegas, similar a la de la primera Orsai. Igual, como todo hace suponer que va a estar genial, ya reservé el mío. Se compran en http://tienda.locosxelasado.com/libros/locos-x-el-asado-una-filosofia-de-vida/. Saludos!
21/07/2013 a las 02:00
Ayer: http://www.juanjoconti.com.ar/2013/07/20/el-brochet-como-metafora-de-la-amistad/
 diego
12/07/2013 a las 16:13
Gordo, decime que la foto del pasaporte es un efecto especial, por que es demasiado buena para ser real, parece Nicolino Roche de Capusoto, el Rockstar pasado de ansiolíticos !!!!
16/07/2013 a las 22:06
No, es real. Eso es lo triste.
 Leandro Heine
12/07/2013 a las 13:36
http://wbqa.com/media/384-overall-and-detailed-results.pdf

Acá hay gato encerrado...
12/07/2013 a las 14:47
Ehhh según esto salimos 25!!! En qué salimos 4º??
02/08/2013 a las 02:16
jajaja, Sr. Casciari, la seriedad periodística de orsai esta siendo cuestionada!!!
11/07/2013 a las 23:01
Hociquito de Raton, Hociquito de raton, yo quiero pronto mi puchero con hociquito de raton...
Muy Buen video Hernan. Quiero leer la cronica ya!. Será lo primero que lea en la revista. Después de leer el texto del Final que siempre lo leo primero aunque digas que no lo lea.
11/07/2013 a las 22:48
Recien ahora pude ver el video. Solo quiero decir que: bersuit vergarabat, y punto.
y ademas: Boooociquito, booooociquito
11/07/2013 a las 22:50
Siempre cante Bociquito y no voy a cambiar por Hociquito.
11/07/2013 a las 21:41
jajajajajajaja todo esto me supera tanto que creo que en este día TAN gris voy a tirarme por la ventana de mi trabajo. Cuidado los que esten por pasar por la puerta del Rojas!!! besitos.
 LUIS ROMANO
11/07/2013 a las 19:40
UN ESTUDIO DDE LA UNIVERSIDAD DE MICHIGAN COMPROBÓ QUE EL 91% DE LA POBLACIÓN MUNDIAL ES COMPLETAMENTE ESTÚPIDA... NO ME EXTRAÑA PARA NADA...
11/07/2013 a las 19:29
Por qué le hablás en pato al caballito?
12/07/2013 a las 01:13
Sí, eh? Por qué, eh? Por qué?
 P. Sebastian Bonanni
11/07/2013 a las 19:17
Si tienen un rato entren a las notas de los diarios. Los comentarios de la gente son ¿geniales?. Por ejemplo:
"ESTOS NO SON DE LA CLASE MEDIA ALTA DE LA ARGENTINA !!!! DEBEN SER LOS TAPESITOS HIJOS DE NUEVOS RIKOS DE LA CÁMPORA Y QUE VIVEN EN PUERTO MADERO AL LADO DE LA ROSADITA !!!! ESTOS LO ÚNICO QUE SABEN ES COMO SE AFANA Y COMO SE ARMA UN PORRO !!!!!!!"
"No es ninguna vergüenza, sino la pura realidad: en democracias serias como Alemania, se hace todo mejor, hasta el vernáculo asado, que muchos argentinos consideran como propio e inigualable. Mentira. Seguro que si se hace un concurso de dulce de leche, los argentinos pierden también.."
"La presentacion pesima, bolsitas colgadas al estilo rancho casero, la botella de agua en el piso. El repasador sucio, la carne se ve chamuscada. La vestimenta no es correcta para una competicion y 100 detalles de protocolo que ni quiero pensar. De otra manera no nos iba a ir. Saludos."
¿Las notas incentivan a los comentarios o es al revés?
 Simonetta Hyes
11/07/2013 a las 16:33
Estupenda la cobertura del evento barbacoa, muy divertida y contundente. Y veo por ahi muchos comentarios sobre el supuesto patriotismo de los argentinos. Mentira, cochina mentira. Los argentinos no lo somos ni lo hemos sido nunca, pura fachada, un invento para disimular complejos. No se es patriota cuando se detesta el propio país, cuando se lo machaca. He vivivo fuera muchos años y, al volver, lo encuentro peor que como lo había dejado: sucio, desestructurado, tramposo, humillado por los mismos que dicen amarlo, abandonado a su suerte. Argentina y su eternas contradicciones, Argentina tropezando una y mil veces con la misma piedra.
 Javier Castillo
11/07/2013 a las 09:57
BUENISIMO EL VIDEO. QUE ACERTADAS LAS REFLEXIONES. POR UNOS INSTANTES, ME OLVIDE DE PROBLEMAS.....
PARECE QUE CUANDO LA VIDA MUESTRA SU LADO SENCILLO, NOSOTROS LO TERMINAMOS COMPLICANDO.
 P8
11/07/2013 a las 07:28
No se si viene al caso o no, pero en algún lado lo tenia que decir. Lo de los chicos en el mundial del asado me toco muy de cerca a mi y a un grupo de chicos de la UNS de Bahía Blanca. Por esa época, nosotros concursamos en un desafió de innovación a nivel mundial organizado por una universidad francesa y salimos primeros compitiendo con mas de 200 equipos. Lo hicimos en 24 hs corridas y les ganamos a los franceses en su casa, con su pelota. Pero solo salio en los medios locales de Bahía Blanca. Nosotros, vanidosos, esperábamos ver aunque sea en la sección rural que hablaran de nuestro logro y solo veíamos que se burlaban de los pibes que salieron cuartos y de las tetas que se había puesto la hija de Caniggia. Y ahí comprendí que somos así, que como nos tocó a nosotros hay muchos mas que no se dan a conocer sus logros, porque vende más ver fallar a un hermano donde se suponía que debería ganar y no a uno que gana donde no le ponían ni media ficha. Por si a alguien le interesa les dejo el link:
http://www.innokiz.com/result.php

Saludos
11/07/2013 a las 17:31
"la noticia no es el perro..."
palabra de Casciari...
11/07/2013 a las 22:57
Que grosos man! Seguro que si eran de boca salian en primera plana ;)
 P8
12/07/2013 a las 04:08
Toti, es verdad, la noticia no es el perro.
Tavo: habia un par de bosteros en el equipo pero estaban preocupados por pasar al puesto 19, jaja. Un abrazo
11/07/2013 a las 03:39
Muy bueno! el otro día los escuché en Perros de la calle que los invitaban a reivindicarse.
Sos muuuy gracioso.
 Chester
11/07/2013 a las 01:30
No me va mucho la de estos chicos, me parece uno más de esos grupitos de porteños (aun cuando no sé si son porteños) egocéntricos y engreídos.

Pero el video es una maravilla. Es increíble que generes la misma sensación de bienestar independientemente del medio por el cual te expreses.

¡Casciari, so' lo más grande de la Argentina!
11/07/2013 a las 01:51
Los chicos me parecieron fantásticos. Algunos son de Chubut, otros de provincia, otros porteños. Pero tienen una onda espectacular.
 Chester
11/07/2013 a las 02:08
Los vi al final del video y me pareció estar viendo una publicidad de cerveza.

Pero tendré que despojarme de mis prejuicios, entonces.

Mucha gracia no me hace, mis prejuicios son de lo más simpáticos.
 YzTufo
11/07/2013 a las 01:24
gordo te amo!
11/07/2013 a las 00:53
Esto del trailer de la crónica me parece una genialidad!!
Hernán, si estás ahí, aprovecho para hacer un pedido cuasi desesperado!
El tema es así: tengo las Orsai compradas de acá a fin de año. Hace un poco más de un mes me mudé y el distribuidor que tenía también (y ya no va a seguir repartiendo la revista). Necesito saber cómo hacer para cambiar de distribuidor...y que mi Orsai 14 y el libro no se pierdan en el limbo! Gracias!
11/07/2013 a las 01:52
Tengo tu mail en bandeja de entrada. Entre esta noche y mañana lo resolvemos.
11/07/2013 a las 04:04
Qué alivio! :) Gracias!
 Carlos Cova
11/07/2013 a las 00:38
He tratado de comunicarme de varias maneras con ustedes. He enviado distintos correos sin recibir respuesta. No los fastidiaría tanto de no ser porque aquí en Caracas el mutis inexplicable del distribuidor (Guillermo Amador) nos deja con una amarga desolación. Digan ustedes lo que tengo que hacer para recibir mi ejemplar del número 11 de Orsai (perdido según el mentado distribuidor) y los que siguen desde el número 14. Muchas gracias.
11/07/2013 a las 01:52
Tengo tu mail en bandeja de entrada. No habrá problema en cambiar de distribuidor y te mandamos también lo perdido. Te contacto por mail esta noche o mañana.
 María Inés Imperiale
11/07/2013 a las 00:22
  Maxi en Bermudas
12/07/2013 a las 00:10
Utilizaste fuente de color blanco?
11/07/2013 a las 00:08
¡Cómo me hiciste reir!

«En Marruecos la mujeres se piensan que son fantasmas. Se visten con sábanas blancas y se esconden cuando las querés filmar».

xD
10/07/2013 a las 23:57
Buenísimo!!! Me mata la jirafa gordo. Mira que estas al pedo. Avisame cuando cubrimos el mundial de torta asada, capa que no ganemos pero que nos vamos a cagar de risa, no tengas dudas.
11/07/2013 a las 01:53
Jirafa no, ¡potrillo!
 Juan Pablo Puliti
10/07/2013 a las 23:52
Que buena cura de humildad para los argentos engreídos . La ingenuidad "nacionalera" de los argentinos me recuerda mucho a la de los españoles, que en los último medio siglo no han parado de repetir su eslogan "turistero": "Spain is different". Argentinos y Españoles no son, en lo esencial, diferentes en nada al resto de los humanos del planeta. Son todos primitivamente nacionalistas. Aferrados todos al mito absurdo aquel de que el lugar de nacimiento y las costumbres determinan la vida y la suerte de las personas. No hace falta explicar que ese tabú se cae a pedazos en el mundo globalizado de hoy. En pocos siglos, o como mucho en algunos un milenios , no quedará ni rastros de nuestra miserable especie destructora. Que estos chicos se coman su asadito, y que la prensa amarilla siga hablando de estas estupideces, es la mejor garantía de que las nuevas generaciones de argentinos sean tan imbéciles como las anteriores, y así el mundo hedonista que quieren termine por reventar. Puede que entonces, desaparecidos los "homo consumidor" se abran paso nuevas formas de vida con mas sentido de la entropía y en plena armonía con el universo. Cualquier bacteria aneróbica puede ser más apta para la vida que estos pibes milongueros, capaces de atravesar medio mundo para esta para semejante frivolidad que sin lugar a dudas es tan . Tu asado no te lo escupí yo, fue el sentido común.
 El Toro
10/07/2013 a las 23:48
Vamo Gordo A romperle el culo a la mala prensa!!
El corto esta para enmarcar!
10/07/2013 a las 20:49
Cómo me cagué de risa viendo el video...
 655321
10/07/2013 a las 18:24
A mí me sorprende todavía que los argentinos -con menos de 200 años de historia- pensemos que podemos hacer mejor algo que se viene haciendo desde hace mil, como cocinar con fuego la carne. No es de extrañar que las técnicas estén perfeccionadas en países de regiones con mucha más historia.
  ElTeta
11/07/2013 a las 00:38
Qué hermoso pensamiento! Desde lo de civilización o barbarie que no se ve algo así.
 655321
11/07/2013 a las 17:45
Eh?
 Silencio 3k
17/06/2015 a las 15:03
Jajaja, tu respuesta superó ampliamente todo lo leído hasta ahora, incluyendo el post. GENIO.
10/07/2013 a las 17:45
que loco no, se juntan locox el asado y orsai, en el pasado fue cinismo ilustrado y orsai, etc. sera que odos los caminos llevan a roma....
10/07/2013 a las 17:29
qué lindo que dejés en ridículo a los que constantemente muestran el vaso medio vacío... no para que sufran, sino para que cambien!

me enteré de este mundial en un asado, justamente... pero como ni me asomo a la prensa, no sabía nada!
 forna
10/07/2013 a las 17:15
Según la mitología de la pampa profunda, la temida Barbacoa, (una espantosa mujer carbonizada por fuera, cruda y aún viva por dentro)vaga por los campos de los ignorantes del Norte intoxicando a todo aquel pobre inocente que pretenda que la carne que intentan cocinar al fuego vaya a saciar su apetito. Lo que ocurrirá es que en realidad los va a asesinar sin clemencia. Barbacoa es hija de una Furia llamada Briqueta (una horrible criatura color del carbón, pero en cuyo interior guarda las llamas mismas del Tártaro) y del dios Sancocho (un ser sin brazos, con pies de carne picada, y que tiene la particularidad de estar cubierto por bifes de cuadril chorreando sangre en un permanente estado semi cocido). Nuestros héroes, incomprendidos, atravesaron las aguas en su nave llamada "locosxelasado".
Barbacoa les veló los ojos y les aseguró que tenían el certamen ganado. Nuestros héroes, sin advertir el engaño tendieron las parrillas, clavaron sus cruces, encendieron las llamas con maderos secos, esperaron la brasa crismal, expoliaron las carnes sobre el metal ardiente, y consiguieron, luego de sus súplicas al dios Tinto, la llama permanente hasta llegar al estado de la perfección: el punto justo del asado.
Luego de algunos días, Barbacoa consiguió su cometido, obnubiló al jurado haciéndole comer las carnes quemadas por fuera y crudas por fuera de otros participantes, susurrándoles a los oídos adormecidos que eran manjares en lugar de aquella carne abyecta lo que estaban comiendo.

Los héroes, volvieron a su tierra. Aquellos que los linchan, ruegan que los paladines sean olvidados; sobreviven en su templo: el quincho con parrilla a la espera de que cierta justicia divina falle en su favor como corresponde.
11/07/2013 a las 19:55
Me da que acá también hubieron sirenas implicadas. De esas que son mitad dama, mitad res.
 walter Perruolo
10/07/2013 a las 16:30
La puta que te parió! Yo tengo un negocio LINDO en la 25!
 matias guerrero
10/07/2013 a las 16:59
jajajaja
10/07/2013 a las 20:04
Es verdad, yo te compraba.
10/07/2013 a las 16:19
¿Quién hizo el video? No sé si gana un concurso de cortos, pero cuarto entra seguro. No encontré los créditos del realizador...supongo que el guión es tuyo. En ese caso, que gran prueba de superación, me acuerdo que en la primer ORSAI revelaban que nunca quedaban conformes con los guiones que escribían con Maese Basilis.
Felicitaciones!
10/07/2013 a las 20:05
La escena de los ronquidos es de Locatelli, y pertenece a otro viaje. A Marruecos fui solo y todas las imágenes las hice yo con mi teléfono. La edición es mía.
 juan luis carrasco
11/07/2013 a las 15:29
Ahora sí, debo descubrirme ante semejante producto audiovisual. Pero no cuentes los trucos, los magos no lo hacemos nunca.
11/07/2013 a las 19:51
"Maese". Sos un ídolo querido.
 Lala
10/07/2013 a las 15:47
Hernán, si algún día nos conocemos, espero que no sea en un avión.

:)
 Angelito de cornisa
10/07/2013 a las 15:45
Que buena parece que va a estar la crónica!

Cuán cierto todo lo que dice el goteo!

Qué horror sentarse al lado de Cayota en el avión!...Aunque, con el perdón de Cristina no es muy distinto "sonoramente" a sentarse al lado de mi esposo ... que también es un roncador serial ;-) :-)

Espero la Orsai N°14 con expectativa
 Chichita
10/07/2013 a las 15:42
doy fe que dormis haciendo unos ruidos espantosos....pobre el que esta sentadoa tu lado en el avion, deberia quejarse a la compañia y pedir que su pasaje sea gratis.
 Matias Pay
10/07/2013 a las 15:41
¿Qué es lo que nos fascina de nosotros mismos que nos hace creer que somos los mejores del mundo?
  ElTeta
10/07/2013 a las 23:09
Essssssssssssssssssssssssssta.
10/07/2013 a las 23:14
¿Con esa mano después acariciás a los niños?
10/07/2013 a las 15:21
Igualmente es una vergüenza que no hayan campeonado
 juan luis carrasco
10/07/2013 a las 15:16
Un viejo adagio de la endogámica profesión periodística dice: "Perro no come carne de perro".

Me parece que te lo has comido entero, asadito.
01/08/2013 a las 22:36
y parece que le gusta, me da la sensación de que le pidió a estos seis mosqueteros del asado que se lo preparen a la estaca...
 Esteban
10/07/2013 a las 14:42
Aca pasan varias cosas. Por un lado la prensa y el periodismo que critico lo del mundial es pésimo, asi que no esperemos nada mejor, no seamos ilusos. Por otro lado, nos creemos que en Arg se come el mejor asado del mundo, cuando no necesariamente es asi. Esto depende de muchas cosas y solo basta viajar un poco para darse cuenta. Ademas como se puede juzgar la calidad de una comida desde un lugar neutral? No existe, no tiene sentido. Bien Cayota por tu critica!
10/07/2013 a las 15:23
Con esa bandera no se puede decir que en Argentina no se come el mejor asado.
Genera violencia.
 Esteban
10/07/2013 a las 16:26
jaja, no tenes ni idea
 sebastian wilhelm
10/07/2013 a las 14:39
Como te admiro, Hernan.
 Nicolás Toranzo
10/07/2013 a las 14:35
Hernan, dice El portal "Minuto Uno" pero es Diario Uno de Mendoza, no MinutoUno
10/07/2013 a las 14:20
Hernáaaan decime que hay más videos!! Le ganamos en fiesta por lo menos a lo de Liechteinstein??
Se los trató como si fueran el Bielsa del asado a los pibes
 fede o
10/07/2013 a las 14:13
el video está buenísimo. quiero el largometraje.
10/07/2013 a las 14:02
9 de la mañana, Casciari que me habla de asados y yo que me quiero pedir una bondiola para el mediodía. ¿Quién me hace la segunda?
 dani22v
10/07/2013 a las 14:49
Ya son casi las 10: esto me habilita a pedir unos chinchus para acompañar la bondiola!!
Anotame!!!
10/07/2013 a las 12:49
Asadooooooreeeee
la conchadesumaaaaaaaadre
a ver si ponen güeeeeeeevooooooo
y no queman la caaaaaaaaaa-arneee
10/07/2013 a las 12:48
Uruguay ni clasificó, hay que matarlos a todos y traer un asador extranjero.
 Sol
10/07/2013 a las 12:39
La pucha, hoy cuando llegue tarde al trabajo (estoy leyendo el pibe que arruinaba las fotos), voy a decir que es por tu culpa, porque justo cuando me estaba yendo a bañar. me dije, bueno, voy a espiar el mail y aquí estoy, hasta que no terminé el posteo y el video... en fin. Me va a encantar leer la crónica del asado! Valió la pena!
10/07/2013 a las 12:18
El asado de los Reyes


En Argentina comemos asado. Con carbón o con leña. En asador o sobre el piso. En el campo o en un balcón. Prendiendo el fuego sobre la parrilla o a un costado. Jugoso o seco suela. Pinchando o no los chorizos. Mareando la carne o vuelta y vuelta. Matambre enrollado o desplegado. Sólo sal o chimichurri ancestral. A fuego lento o arrebatado.

En la casa de los Reyes, los domingos al mediodía se come asado. No importa si llueve torrencialmente o si hace tanto calor como para freír un huevo en la vereda. Hoy no es la excepción. Doménico, el padre, arranca con el ritual a las 10 de la mañana. Después de compartir una pava de mates con su esposa Matilde, sale al patio y limpia el asador que todavía aloja las cenizas de la última batalla. Junta todos los restos prolijamente en un balde y los deja a un costado. Pone una bolsa de carbón sobre la parrilla y un bollito de papel abajo. Rocía generosamente con alcohol, da un paso hacia atrás, enciende un fósforo y lo lanza, con tanta gracia como sus dedos de morcilla le permiten, hacia la empapada bolsa que ahí nomás hace una explosión y empieza a arder como político en el infierno. Le hace un poco de viento, lo sopla, va reemplazando los bollitos de diario a medida que el fuego los devora y vuelve a hacer viento. Los diarios son del 86’ y mientras los usa (ya sea como bollo de combustión o como agitador de aire) no puede dejar de leer y divertirse con las propagandas de casi un cuarto de siglo atrás.

Las brasas ya son rojo entraña y los pedazos más chicos caen entre los barrotes. Con una pinza parrillera hace a un lado los más grandes para que se sigan transformando. Asoma la palma de la mano sobre la retícula metálica e intenta contar diez segundos. No lo logra. La temperatura justa. Distribuye, como quien juega al TEG, los pedazos rebosantes de sal gruesa y una corona de chorizos. Las costillas, por supuesto, con el hueso hacia abajo.

Todas las piezas están jugando el rol que les toca y Doménico decide que es momento de coronar ese esfuerzo, esa obra (casi) ingenieril refrescando el garguero. Se mete en la casa y camina hacia la cocina a prepararse un vaso de Gancia bien helado mientras le echa una mirada al televisor donde se ve la última vuelta del TC. Sin esperar la bandera a cuadros regresa a la parrilla.

Su hija lo encuentra con el meñique levantado y el belfo estirado a punto de beber. Reina Reyes (los padres no habían escatimado humor al ponerle el nombre) le anuncia que su flamante novio vendrá a comer. El padre no se alarma, con 18 años, la nena ya está en edad de ser festejada y hace años que se viene preparando para ese momento. Sin embargo, algo en la mirada de su primo y unigénita le despierta una sospecha. El padre espera que no esté embarazada.

Una veintena de minutos más tarde, la incógnita se revela. El susodicho hace su entrada triunfal y camina hasta el asador donde el patriarca de la familia lo espera apostado contra la pared y sosteniendo el vaso para mantener el equilibrio. Cierto miedo y respeto se le nota al muchacho en la cara. Mientras le sacude la mano con una sonrisa de oreja a oreja y lanza una mirada curiosa a la parrilla, le confiesa a Doménico que es vegetariano. Ovolactovegetariano es en realidad el término que utiliza el proyecto de yerno. Explica que su dieta es bastante variada, come verduras, huevos y derivados de la leche. Doménico piensa que es uno esos que se comen la comida de su comida. El muchacho vuelve a mirar la parrilla, esta vez apuntando con los ojos a unos tentadores pimientos rojos cortados al medio dentro de los cuales se está terminando de cocinar una mezcla de queso y huevo.

Reina los deja para que charlen y se va con su madre a preparar las ensaladas. Una de lechuga, tomate y cebolla, la preferida de su padre y una de papas con mayonesa, para que el pretendiente no pase hambre.

Doménico comienza con su tarea de interrogar un poco al muchacho. Le pregunta primero por sus padres esperando encontrar algún tipo de linaje que le dé a entender que no está en presencia de un vago. La respuesta no lo deja muy contento, psicólogos. Esos tipos a los que les contás tus problemas durante una hora para luego volver con ellos a casa pero con menos plata en la billetera. Ante la pregunta sobre sus estudios el muchacho comienza con un elaborado discurso sobre la vocación mezclado con la opresión de los pueblos y el yugo de la burguesía para finalmente decir que comenzó tres carreras y no terminó ninguna. Pero ojo, promete que para el año que viene comenzará el profesorado de música y esta vez está casi seguro que la decisión es acertada. Definitivamente, un vago, piensa Doménico que esperaba algo más tradicional.

Con la esperanza de que el cambio de tema a un terreno más neutral pueda sacarle esa sensación de acidez en el estómago, hace un comentario sobre el superclásico que aconteció la jornada anterior, a la vez que manifiesta la falta de productos de gallina que le falta a los millonarios. Tal vez mezclando algo de lo que come el chico con una pasión ubicua en el ser humano, se pueda llevar adelante una mejor charla. El chico, que ya se dio cuenta que la cosa no va muy bien pero es jetón y no puede parar, le confiesa que no le gusta el fútbol. La sensación de acidez de Doménico aumenta. Aprieta las mandíbulas de tal forma que podría romper diamantes, pero intenta relajarse. Es domingo, el día está soleado y la parrilla está provista de delicias. Fantasea con que el muchacho es circunstancial, al fin de cuentas, es el primero que le traen a casa.

Reina mira por la ventana y ve el rictus de su padre sin preocuparse mucho, sabe que a él no le caerá bien ninguno por algún tiempo. No es que piense que este es el amor de su vida, por lo pronto es el amor de este trimestre, pero no es tan casual como para no llevarlo a casa. Quizás la relación pueda prosperar.

A la madre de Reina se la ve realmente preocupada por buscar los platos y vasos de fiesta. Rápidamente quita el mantel que estaba puesto en la mesa del comedor salpicado por manchitas de salsa de la noche anterior, para poner el bordado de la abuela, parte del ajuar de bodas y solo usado para ocasiones especiales. Los platos de cerámica blancos con los cubiertos ornamentados tienen la misma procedencia y el mismo fin.

Doménico elude la pregunta de si las uvas que da la parra sirven para hacer vino y entra a buscar el chimichurri. Al encontrar la mesa tan bien dispuesta se da cuenta que se ha pergeñado una especie de pacto entre madre e hija. La mujer, que lo conoce, al ver su cara le dice un “tratalo bien” obteniendo como respuesta solo un gruñido.

Con el chimichurri en la mano izquierda y una cuchara en la derecha, comienza a distribuir el preparado en lugares estratégicos en los que sabe se mantendrá y no caera a la parrilla.

—Disculpe —se escucha decir al chico— pero... ¿esa carne no tiene mucha grasa?

“Qué sabrá este pibe sobre carne si come yuyos”, piensa Doménico, pero le contesta bien y comienza a explicarle sobre la necesidad de que la carne tenga grasa para que el sabor sea mejor. Comienza con la teoría de la carne marmolada para ciertos cortes y el manto para otros. Su experiencia en en el frigorífico durante 25 años le ha dado un conocimiento muy fino en cuanto a cómo tiene que terminar diseccionado un animal según su peso, tamaño y hasta alimentación para así obtener los cortes con la cantidad justa de carne y grasa para que se obtenga el mayor placer al comerlo. Se emociona contando, esgrime la cuchara que uso para el chimi contando cómo se corta la media res para aprovechar la pieza. Dibuja en el aire los trazos que se tienen que dar recordando el proceso que realizó durante tanto tiempo. La cara del muchacho se transforma. Un gesto de asco se le planta.

—No sabía que usted era un asesino de animalitos— dice el jetón.

—¿Asesino? —pregunta domenico— Estos bichos fueron puestos para que nosotros los comamos.

—Mirá —el pibe este lo tutea— me parece muy asqueroso que la gente coma carne, pero más asqueroso me parece que haya personas que maten animales indefensos para alimentarse habiendo tanta comida disponible en el reino vegetal.

Doménico ya esta bastante molesto, una cosa es que le quiera robar a su hija, que no coma carne, que no le guste el fútbol, ¿pero llamarlo asesino?

—Escuchame pibe, para ser la primera vez que venís a mi casa, te estás poniendo muy pesado.

El muchacho no se amedrenta, lo considera una persona del sistema que solo ha hecho lo que el sistema le ha pedido y que no tiene la suficiente capacidad para darse cuenta de su error.

En cambio, Doménico, piensa cómo hacer para sacarle el hígado con la cuchara.

—A ver pibe... —y se interrumpe. No vale la pena. Media vuelta y sigue con su labor de saborizar la carne.

En la cocina ya están listas las ensaladas y la mesa está puesta como para navidad. Matilde mira a su hija con una cara de felicidad. Siente que si ha confiado en traer al muchacho a casa es porque el criterio de Reina le permite saber que es un buen candidato.

—Mira que bien que se llevan— le dice a Reina.

—Si, veo que están charlando bastante. Espero que papá no le diga nada raro.

—No, tu padre es un gruñón, pero no muerde.

En el patio el muchacho no se queda con el diálogo cortado y comienza a hablar sobre su relación con Reina. Indica que la “quiere mucho” y que espera que puedan seguir en el futuro.

Doménico no está tan seguro y mientras el pibe este sigue hablando, se queda pensando sobre la discusión anterior. Entonces se le ocurre mostrarle lo que tiene en el cuartito del fondo. Medio en broma y medio para mostrarle de qué hablaba. Le pide que lo acompañe hasta el fondo, unos 25 metros de la parrilla de aquel terreno de barrio que ocupa parte de centro de manzana.

Entra al cuartito, corre una cortina de plástico transparente que sirve para que no entren las moscas ni el polvo y prende la bombilla de 75 que cuelga del techo con un portalámparas y le hace señas de que entre.

En el fondo del cuartito con piso de cerámico y paredes con azulejos blancos hasta el techo se puede ver un banco de madera con una máquina para hacer chorizos. En la pared hay un cuelga-herramientas improvisado donde se puede ver una serie de cuchillos bien limpios y afilados. Un fuentón de metal grande está apoyado contra la pared y al costado del banco un freezer de 410 litros que sirve para guardar los productos elaborados por Doménico. Una sierra de carnicero sin fin está en el otro lado del banco de madera. Del el techo, y con ganchos, cuelgan chorizos y morcillas caseros que fueron hechos en la mañana.

La cara de espanto del muchacho pone contento a Doménico. Lo mira con ojos bien abiertos y le espeta un “animal”.

Doménico comienza a reír. El muchacho retrocede un paso y le habla muy enojado.

—Que bueno que Reina se hizo vegetariana como yo. Cuando el mes que entra le pida que nos vayamos a vivir juntos no tendrá que pasar más por esto.

Ardor, reflujo y latido en las sienes. Doménico no piensa, actúa por instinto. Este vago se quiere llevar a su nena y encima de todo ¿la hizo comer yuyos?.

Su mano derecha, con voluntad propia, agarra la cuchilla chanchera y rápidamente con un hábil movimiento, se la clava en el cuello. El sonido que hizo el muchacho era muy similar al de los cerdos, así que la herramienta utilizada había sido bien elegida. Se podía sentir el olor a sangre fresca que caía al piso.

En solo unos 10 segundos, ya no había más “vago come yuyos ladrón de niñas”.

Al principio, Doménico sintió placer, para él, el problema estaba resuelto, pero ahora tenía otro problema. Qué hacer con el chico.

Miro la sierra sin fin, miró al chico, miró la sierra y la prendió. Le saco toda la ropa para que no se enganchara y comenzó a cortar. Primeramente de forma transversal a la altura de los hombros para separar las extremidades por la articulación.

Luego continuó con las piernas. Las cuatro extremidades quedaron apiladas en el banco.

La cabeza fue la siguiente y terminó directamente en el el freezer. No quería ver esa cara por un tiempo.

Colgó el torso de un gancho y puso el fuentón debajo para así, cuando le abriera el vientre, las tripas cayeran directamente allí.

Rescató algunos órganos como el hígado y los riñones y los puso aparte en una bandeja. Quito el corazón y todos los órganos que por gravedad no habían caído en el fuentón, los metió en una bolsa negra y también al freezer.

Descolgó el torso y lo puso en la sierra sin fin donde lo cortó en forma longitudinal para obtener dos partes del vegetariano. Unos cortes más con la sierra lograron obtener unas tiras con hueso de las costillas.

Limpio el piso y las paredes azulejadas. Guardo los restos sobrantes y puso todo lo necesario en la bandeja. Salió del cuartito y le puso llave. Se acercó a la parrilla y puso a un costado de lo que había el hígado, los riñones y las tira de asado de muchacho con hueso.

Por la ventana, Reina ve solo al padre y sale al patio. Le pregunta por su galán y su padre le contesta que se tuvo que ir mientras separa las brazas de forma que tenga pocas lo que casi está listo para mantenerlo caliente y más la nueva carne que tiene que cocinar.

—¿Cómo que se fue? ¿Que le dijiste?

—Nada nena. Mira, le pregunté por tu relación con él y me dijo que estaba “probando”. Pero qué probando, le dije que si no iba a hacer las cosas en serio que te lo dijera. Se dio media vuelta y salió por la puerta del pasillo. No es para vos nena.

Compungida, pero sabiendo que podía pasar, no se preocupa. Lo llamará más tarde para pedirle perdón en nombre de su papi. Un rato después, el asado está listo.

Los reyes se sientan a la mesa y saborean las delicias que el padre lleva, una a una, a la mesa. No distinguen de qué corte se trata, pero nadie se alarma. Doménico suele innovar en la parrilla.

Él mismo se asombra del buen sabor que tiene la carne alimentada con dieta ovolactovegetariana.
  Fede Marplanauta
10/07/2013 a las 14:01
Muy bueno!
Es tuyo?
10/07/2013 a las 14:54
Hola, lo escribimos a medias con alguien en Internet (http://criadoindomable.wordpress.com/) y lo tenía cajoneado porque no había encontrado el lugar correcto para postearlo. Este post me pareció el lugar justo, a la madrugada le hice unos retoques y salió con fritas... o con ensalada.
 WWW...
10/07/2013 a las 14:09
Pri! Queda claro: No se escupe al asado.
Muy bueno el relato.
 Carlo Calvimontes Rojas
10/07/2013 a las 15:07
¡Gracias, pero no insistas! No puedo ir a tu casa.
10/07/2013 a las 15:17
Sublime!
 dani22v
10/07/2013 a las 15:31
Muy bueno Juanjo!!
 PaolaNS
10/07/2013 a las 18:54
Excelente!!!
10/07/2013 a las 19:31
Muy bueno el cuento JuanJo, felicitaciones. Un par de correcciones con el espíritu que siempre tienen en Orsai: "...el chimi contando como se corta la media..." ese cómo es con acento y fijate que en un lado dice Matilde y en otro Matilda.
Abrazo
10/07/2013 a las 19:43
Corregido, gracias!
10/07/2013 a las 21:34
Ja! Gracias! En mi original hice otro cambio, "Los reyes se sientan a la mesa y..." x "Los reyes se sientan y..."
  Maxi en Bermudas
10/07/2013 a las 19:42
Muy bueno!
11/07/2013 a las 17:56
aplauso de pie! a juanjo, a domenico reyes y al coautor...
01/08/2013 a las 21:10
muy bueno!!! excelente
01/08/2013 a las 21:19
por cierto un poco drástico, pero de un relato exquisito (aunque tratándose de asado supongo que tendremos que decir que es un relato muy sabroso)
 WWW...
10/07/2013 a las 11:33
Qué ganas de hincharle las pelotas a los chavales…
Pero no les quitan lo bailao!
Por cierto, si hacen falta sedes para el próximo, propongo mi jardín.
 Mariano del Cueto
10/07/2013 a las 11:33
¿En verdad estuviste tú, Casciari? Qué bien. Si vengo de México a Barcelona, ¿me invitarías a comer (que no a escupir) un asado? Saludos
10/07/2013 a las 11:28
Me encanto el tema
10/07/2013 a las 11:02
Gracias, Hernán, por esta nota.
Yo vivo en Francia, acabo de pasar dos meses en Argentina (en la CA de Buenos Aires, para ser más precisos). Fui porque soy investigador y tengo un proyecto en cooperación con dos equipos argentinos, proyeco financiado por al UE. Para mí fue un gran logro que Argentina pueda participar de proyectos europeos, a la par de centros de investigación de primera línea. La guita la pone toda la UE. Pero eso nunca va a salir en la "prensa que nunca viaja" ni a Palermo para visitar el Polo Científico y Tecnológico (ex-bodegas Giol).

La sensación que tuve sobre la agresividad es la misma que vos expresás en tu nota.

Me gustó esta reflexión:
"La prensa argentina, que nunca viajó hasta allí, les informaba desde Buenos Aires que no, que de ninguna manera habían pasado seis días maravillosos, sino seis días horribles y llenos de vergüenza. "

Y esta frase:
"Parecemos condenados a escupirnos el asado. A estropear con rabia los sueños de otra gente."

Un abrazo,
Fernando
10/07/2013 a las 10:44
Muy loco cruzar este post acá. Hace dos semanas un peruano (que vive en Dinamarca, país triunfador en este torneo) me había comentado justamente queAargentina quedó en el puesto 12. Levanté el guante e invité a un asado el domingo pasado :)

De cualquier forma es verdad lo que comentás sobre haber dilapidado a un grupo de chicos que fueron a divertirse y hacer nuevos amigos; fue justamente lo que comenté cuando busqué noticias al respecto de esta competición. Hace unos años, con el mundial de avioncitos de papel, por suerte, me pasó lo opuesto.
01/08/2013 a las 20:51
muero por ir al mundial de avioncitos de papel!
 Raponsje
10/07/2013 a las 08:43
Che, la carne se la llevaron de Argentina o se las tuvieron que arreglar con el caballo que iba adelante del taxi?
10/07/2013 a las 08:34
En estas competiciones el que gana es el jurado.
10/07/2013 a las 11:03
¡Tal cual! Ya me anoto para ser jurado en el mundial de pastas o en el de vinos :-)
10/07/2013 a las 08:02
A mí lo que me molesta es esto de decir "Argentina perdió", "Argentina ganó", cuando son en realidad 3 gatos locos (en este caso 6) que sin ayuda de nadie, sin pertenecer a ningún club o partido van y hacen algo tan grosso a puro pulmón, por mérito propio. Recién allá, recién despues de que el resto del mundo los nota, pasan a ser representantes legítimos de todo un país y hay de ellos si nos hacen quedar mal. La argentinidad al palo.
10/07/2013 a las 07:43
¡El de la achura no dobla fui yo!
No me acuerdo si desde el sofá.
10/07/2013 a las 15:29
serás jodido berlich, serás jodido
10/07/2013 a las 20:01
Larguen la corrección política, che. Equipo que pierde, se lo gasta. Es ley.
01/08/2013 a las 20:48
genial!
01/08/2013 a las 20:49
aclaro, genial lo de la achura no dobla, y absolutamente de acuerdo: equipo que pierde se lo gasta
10/07/2013 a las 07:36
Lo que más me gusta es que empieces a tener más tiempo para escribir... se te extrañaba. A lo del asado le doy poca bola porque no como carne, pero leerte (y hasta oírte) está bueno. Salvo la parte en que roncás. Un asquete.
10/07/2013 a las 07:40
Son efectos especiales para darle dramatismo, en realidad no ronco.
10/07/2013 a las 07:41
Já.
 El Toro
11/07/2013 a las 00:02
Le creo a Chichita...
10/07/2013 a las 07:35
me emocionan los comentarios con banderas de diferentes países... O estoy vieja y lloro por cualquier cosa.

Sobre la entrada, hoy justo Cristina (Kirchner, presidenta de Argentina, la de la bandera celeste y blanca) hablaba de que hay gente (y países) a los que no les conviene que latinoamérica esté recuperando la dignidad, el trabajo, la estima.
No quiero politizar porque sé que a ustedes no les gusta, pero viendo ahora en Buenos Aires tantos mozos y camareras Españoles e italianos pienso cada vez con más fuerza que un grupito chiquito que está lleno de plata nos estuvo dirigiendo para que nos peleemos entre nosotros y no nos ocupáramos de ellos.
Si el 4to puesto sirvió para que nos enteráramos de que hubo un mundial, bienvenido sea.
Y el resto, será cuestión de practicar. O de perder, que tampoco es tan malo.

Salud!
  ElTeta
10/07/2013 a las 07:35
Podio o papelón. En el medio no hay nada.
Pavada de úlcera te comprás con este pensamiento.
...y mirá que en otras cosas soy bilardista, eh.
 Juan Pablo Cassain
10/07/2013 a las 07:28
Epa. Cuanta solemnidad. Que Argentina pierda el mundial de asado es la excusa perfecta para la cargada y el gaste.

Nadie se "indignó" en serio y nadie se tomó en serio un "mundial de asado" realizado en Marruecos.

Es parte del folclore nacional la cargada al que pierde, aunque sea a las bolitas. La próxima vez que pierda River con Boca y aparezcan los carteles cargándolos ¿vas a escribir un descargo a los 11 jugadores de River que pensaron que habían pasado un lindo domingo entre amigos pero se encontraron con el escarnio de medio país, etc, etc.?

Es más, si lo querés interpretar en un sentido diametralmente opuesto, lo sucedido demuestra que no somos tan solemnes y que tenemos la capacidad de reirnos de nosotros mismos.
01/08/2013 a las 20:46
lo escuche por radio a Gabriel Schultz bardeandolos en un reportaje, fue antológico, a mi modo de ver Gabriel Schultz ganó el mundial de bardeadores por 40 cabezas!!!!
 Tomate
10/07/2013 a las 07:15
Top 100!!! ¬¬ jaja
 Tomate
10/07/2013 a las 07:15
 Sway
10/07/2013 a las 07:10
Top 20 sólo porque todavía no me fui a dormir :P
 Sway
10/07/2013 a las 07:20
Top 15 podría decir :)
Qué buen adelanto el del videito! :D
Y qué barbaridad la prensa che, de cualquier evento una visión barrabrava adolescente... qué bueno que hayas estado ahí para contarnos otra historia.
Saludos!
10/07/2013 a las 07:09
Los escuché en la radio a los pibes casi justificando su "papelón" Creo que la prensa y los lectores más exitistas los condenaron por aburrimiento y porque eran de clase media-alta, y claro, ninguno de ellos podrían hacer un asado como la gente. P.P: Puras Patrañas o T.P: Todos Putos.
No es eso lo que más me interesa. Yo espero tu crónica porque me dijeron que es emocionante y quiero ver si existe la posibilidad de que una vegetariana se emocione con una crónica sobre el asado.
P.D: ¿Se vendrá en 2013 un Casciari actor?
10/07/2013 a las 07:15
Vegetariana? Yo te vi comer choripán de dorapa en Costanera Sur
10/07/2013 a las 07:59
Era un choripán ecológico de soja transgenirizada con chía y avena evangélica del sur.
 Daniela Carrizo
10/07/2013 a las 06:55
12! Mi primer comentario. Hernan no me cansado de leerte.
10/07/2013 a las 06:46
Top eleven, top top
10/07/2013 a las 06:45
Muy buen adelanto, y el video da muchas ganas de leer la crónica. Esperaremos al 20 de Julio entonce.
10/07/2013 a las 06:42
top ten
10/07/2013 a las 06:42
Ahora a leer, jeje
10/07/2013 a las 06:29
qué hago acá tan rápido? topten?
10/07/2013 a las 06:33
hoooooooooo-ciquito
 Jero
10/07/2013 a las 06:24
Top ten diria con cierto riesgo
10/07/2013 a las 06:14
5to, papá.
Menos mal que no estaba Chiri para decirte "Gozá, putita".
Hooooo-ciquito!
10/07/2013 a las 06:15
Uff, casi... entré sexto.
10/07/2013 a las 06:16
facu! tranqui....4 del top 5 son agentos!!!! como los asadores
10/07/2013 a las 06:19
Toti, cuando chequeé lo que dijiste me fijé que no estuvieran los de Lichenstein.
11/07/2013 a las 13:28
no descartés que algun argentino tenga doble nacionalidad y nos haya hecho el orto con el auspicio de alguna cadena de medios para difamarnos.
Alguien chequeó los nombres de los participantes no-argentos?
Yo francamente dudo que entre las veintiseis familias que componen la población de liechtenstein sabe cuanto cuesta una bolsa de carbo aunque sea? Hay espionaje gastronómico y una fuerte campaña de difamacion de los asados...Fijate que un referente de la cocina argenta es un tal FRANCISSSS MALLMANNN, no un manuel gonzalez , ni un jorge ibarra, ni juan carlos quiroga...Tenemos los antitelúricos entre nosotros....escupimos el asado hacia arriba creo...no conviene hacerse la cabeza pero hay que andar con cuidado, o al menos con paraguas.
10/07/2013 a las 06:14
cuarto....comodo y calentito!
10/07/2013 a las 06:14
sorry...quinto!
10/07/2013 a las 06:11
Top 5
10/07/2013 a las 06:12
Iba a ser PRi por primera vez en un post y no estaba logueado. LCDTM
10/07/2013 a las 06:09
top 3?
10/07/2013 a las 06:09
Genial! A la espera de la revista!
 Artemio Miranda
10/07/2013 a las 06:03
Dos!!!
 Juje
10/07/2013 a las 06:02
pri?
 Juje
10/07/2013 a las 06:02
si despues de mucho tiempo mi primer pri carajo
10/07/2013 a las 06:03
Sí señor. Ha tardado usted 0,003 segundos.
 Juje
10/07/2013 a las 06:19
Suelo ser uno de los tantos lectores silenciosos. Compro la revista desde el principio, cuando era un blog que queria hacer una revista y habia que poner plata sin saber que iba a tener adentro. Y la verdad no suelo escribir en los comentarios, pero si leerlos. Simplemente gracias. Me acuerdo una vez que un amigo me acompaño a dejarle $350 a un desconocido en concepto de la inscripción anual de una revista. Y me dijo sos un pelotudo como le vas a dejar esa plata a un desconocido, encima no te dio factura. Le dije, si llegó a ser distribuidor no me va a cagar, y así fue. Y así es. Sigo dandola plata a casi desconocidos. Pero en el fondo, no somos desconocidos, tenemos algo en comun, ORSAI.
Te diría gracias gordo, pero luche siempre con el sobrepeso y no me gusta decirle gordo a las personas. Gracias Cayota
P.D.: Che cuando vas a contar algo más del club? ya firmaron contrato de alquiler?
10/07/2013 a las 08:20
mierda que rompió el silencio.
 gabrielgm
10/07/2013 a las 18:11
JAJAJJAJAA
10/07/2013 a las 13:13
Grande Juje!! los PRI de los lectores a los que les entrego las revistas los disfruto como propios. Sí, yo era ese desconocido. Tengo unos 40 suscriptores y solo una vez me pidieron un recibo por una seña. El último que se suscribió hace un mes me trajo los 540 pesos de la suscripción después de haber intercambiado solo un par de mails. Es así. Me acuerdo del texto de Tonga al respecto, creo que se llamaba "Confianza", ahí quedaba muy clarito de qué se trata esto.
11/07/2013 a las 15:01
la primera suscripción es un acto de fe...como cuando indiana jones caminó en el aire...