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Historias
lunes 6 de diciembre, 2004

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lunes 6 de diciembre, 2004

Un Detalle Sin Importancia

   

En tu último sueño, Iven, imaginás caballos cagando en la calle asfaltada de un pueblo. Afuera hay alguien que golpea a tu puerta, pero vos estás todavía en el sueño y no alcanzás a despertarte.

Sabés que del otro lado de la vía (en el sueño le decís vía a la vigilia como una abreviación normal, como cía es compañía), que del otro lado hay un toc toc de nudillos contra la puerta, pero preferís esconderte de los caballos a despertar y atender.

Mientras corrés estás pensando que si los caballos te alcanzan tendrás dos hijos mogólicos, pero ya hay algo en tu cabeza que piensa toc, que se pregunta qué mierda toc está pasando afuera, tanto escombro.

Otros golpes a la puerta, Iven. Esta vez monótonos y tres: toc toc toc, y los caballos empiezan a esfumarse, como la última llama de las fogatas, de tu sueño.

¡Se escapan los caballos, Iven! Se va el sueño y ya están casi abiertos tus ojos y te duelen. Tu entendimiento de hombre que despierta se entera que has estado durmiendo en el sillón del escritorio, sentado, y que golpean desde hace una hora.

Golpedan dase bun dora, pensás; y hay que arreglar las palabras antes de sentirte completamente despierto, no sea cosa que los caballos y los mogólicos otra vez golpeden.

—Ya va —decís.

—¿Iven?

Nítido. Voz de hombre.

Sacás la llave. Tu mano hace girar la cerradura un par de veces. Tu otra mano abre la puerta lo suficiente para que tu primer ojo pueda ver qué pasa afuera.

Está oscuro por completo. Reseca todavía, tu voz pregunta:

—¿Quién es?

Nadie. O alguno con berretín de cuervo, pensás.

En este segundo hay que apretar fuerte un puño para que tu boca no vomite. Mientras repetís la pregunta —¿quién es?— algo se cae a tus pies con un peso blando, con un ruido blof, como la bosta de los caballos en el asfalto caliente de un pueblo. Algo a tus pies, Iven.

Una arcada del tamaño de las vacas, y tan blanca, se atora en tu diafragma, y baja como un rayo a los testículos, que gritan y se contraen; y te palpita un párpado, Iven, y pasa por tu cabeza el placer hecho asco: un espasmo de calma, un orgasmo al revés. Algo como el orgasmo pero menos caliente, menos araña.

Algo se ha caído a tus pies y te ha provocado esto. Algo que además hizo blof al caer.

Ponés los ojos en el suelo, y en el suelo hay una cosa rosada y azul, repugnante, que no para de moverse.

Pensás que la cosa ha caído del techo y mirás el techo: solamente ves un mar de madera, el machimbre que ondula sin olas, y la cosa no para de moverse.

Estás mareado y algo se mueve tocando tus zapatos; como la bosta en el asfalto de un pueblo ha hecho la cosa al caer: blof, Iven.

Un individuo vestido de negro aparece luego de que por cuarta vez has preguntado:

—¿Quién es?

Se presenta desde las sombras de afuera como un lector que admira tu obra.

—Me he tomado el atrevimiento de molestarlo para hacerle unas pocas preguntas.

Lógicamente, te dice, de no estar vos muy ocupado. Y vos, Iven, que no:

—Adelante, pase —contestás.

Mientras lo acompañás al escritorio le preguntás:

—¿Cuál es su nombre?

El individuo vestido de negro te mira fijo las manos. Es porque tus dedos sudan y están interesados sólo en aquello que no para de moverse.

En realidad no te importa el nombre del individuo vestido de negro, pero sin embargo, por cortesía:

—¿Cuál es su nombre? —preguntás.

—Es un detalle sin importancia —responde el individuo vestido de negro.

Pero algo se ha caído de vos a tus pies.

La cosa no fue del techo, descubrís de golpe: fue de vos; algo cayó con un ruido blof, Iven, con el mismo ruido de la bosta del sueño.

El nombre del individuo vestido de negro es Un Detalle Sin Importancia, pensás, o quizá ese sea el apellido. Porque los nombres son siempre algo así como Roberto o Juan. O Dimitri como algo ya muy descabellado.

—¿Cuál es el origen de ese apellido? —preguntás.

Pero ya no querés hacer preguntas, Iven. Un Detalle Sin Importancia es quien quiere hacértelas, te ha dicho, y no vos.

Sin embargo Un Detalle ahora se está riendo de algún chiste que ha hecho y no escuchaste, y entonces también reís, por no ser descortés en tu propia casa.

Vos y él se ríen unos segundos sospechando festejar una gracia del otro; pero tu preocupación —todo hay que decirlo— sigue moviéndose en el suelo, casi como un ritmo.

Estás sentado frente a Un Detalle, Iven, con la vergüenza de la cara con sueño y la curiosidad de la cosa. Tenés la mirada puesta en eso que acaba de caerse y que está justo al costado de la puerta.

Como si nada estuviera pasando te has puesto a hablar con Un Detalle y le preguntás si es periodista o solamente lector tuyo, si vive en la Capital o si ha traído valija o algo.

Un Detalle menea la cabeza, siempre, de un lado a otro de la sala, y te sonríe.

Te escucha Un Detalle, Iven, con atención de discípulo, y hay en sus ojos un brillo transparente. Es sin dudas un hombre con ojos de mujer hermosa, y esa mujer que hay allí, en esos ojos, te está deseando.

Me desea, pensás, y pensás en Oscar Wilde, que se acostaba con sus idólatras más tiernos.

Pero ahí está la cosa, eso que te da miedo y mirás.

Los ojos se transforman de pronto, los tuyos, y entendés, con la misma cara de idiota que pone un chico cuando comprende la muerte, de qué se trata. Te tocás el pecho y, efectivamente, notás el hueco. Te tocás el hueco del pecho, Iven.

—¿Le pasa algo, maestro? —está preguntando Un Detalle.

Te tocás el pecho hueco y la cosa empieza a latir más fuerte, lejana, rosa y azul, repugnante.

Músculo escapista, pensás, Iven, músculo escapista que se ha resbalado de alguno de mis agujeros... Con razón blof al caerse.

Mientras un hormiguero explota en tu espalda y se extiende a tu vientre, mientras todo menos tus manos tiene un lugar en el mundo:

—¿Le pasa algo, maestro? —está preguntando Un Detalle.

Con razón fue como la bosta de un caballo en el asfalto caliente de un pueblo, el ruido blof al caer, pensás, y tu invitado en la noche, tu convidado de piedra justo al final del sueño, es un detalle sin importancia.

Un Detalle te está preguntando qué ha sido lo más importante de tu vida:

—¿Qué ha sido lo más importante de su vida? —está preguntando Un Detalle.

Le contestás la verdad, Iven.

—La literatura y las mujeres —le decís.

Empezás a suponer que todavía estás dentro del sueño. Sospechás que lo que está pasando ahora es la continuidad de los caballos y de los mogólicos. Tal vez todavía no me desperté a atender la puerta, pensás, Iven.

—Cuénteme desde el principio —te pide Un Detalle.

Le contás que quien te descubrió ambas cosas, la literatura y las mujeres, fue un poeta argentino muy viejo que terminó matándose delante tuyo, en una esquina de Santiago de Chile:

—Yo tenía veinte años —le estás diciendo a Un Detalle—. Las primeras palabras que me dijo fueron "si acá en Chile no hay bares, ¿dónde se mueren de amor estos idiotas?". Aprendí del viejo dos cosas fundamentales —le estás diciendo a Un Detalle—, que tanto a las mujeres como a las historias que uno escribe hay que perderles el respeto.

Le contás a Un Detalle Sin Importancia que, según el poeta viejo, todos los problemas del mundo son el mismo problema:

—"¿Sabés qué es lo más importante?", me decía el viejo —le estás diciendo a Un Detalle—. "Tener los ojos llenos de brillo y esperar a una mujer. Punto", me decía. O tener a mano un par de ilusiones para ir tirando, que vendría a ser lo mismo.

Le contás a Un Detalle —que te mira con ojos de discípulo hambriento— que hasta el arte, posiblemente nuestro único escape solipsista, nuestra gran aventura particular, le pertenece a otros.

—Y el viejo me decía que, más que nada el arte de escribir historias, no es nunca una pertenencia del escritor. "¿Sabés de quién es, al final de la vida, tu poema más hermoso, tu mejor historia, Iven? De la gran hija de puta que supo provocarte un sufrimiento, de esa que se alimentó alejándose cuando vos hubieras dado todo por tenerla un poco cerca". Y también me decía: "Tené cuidado, Iven, no hay batalla propia más peligrosa que una mujer que no te quiere pero sabe que vos sí. Esa mujer puede matarte si lo desea, y es sabido que las mujeres siempre quieren matarnos. Tené bien presente esto que te estoy diciendo, no te imaginás a cuántos horrores les hubiera sacado el cuerpo, yo a tu edad, si alguien me lo hubiese prevenido a tiempo".

Te quedás, Iven, con los ojos en esas épocas velocísimas. Suponés, pero esto no se lo decís a Un Detalle, que si aquel tiempo tuviese un aroma, ese aroma sería el de una cáscara de naranja quemándose sobre una estufa a kerosén.

—El viejo suponía que mi generación era muy parecida a la suya —le estás contando a tu invitado—. "Ustedes se fijan demasiado en la forma, en la manera de escandalizar sin motivo", me decía el viejo. "No hay que vestir de fiesta la literatura, alcanza con la letra en el papel. Si le ponemos dibujitos, si la adornamos, es porque tememos no haber dicho lo suficiente con la letra en el papel. Tampoco hay que reunir a mucha gente para leer literatura: nada de multitudes ni de altavoces. No hay placer más grande que vos y el libro en el silencio de una tarde. La literatura, me decía el viejo, como la mujer perfecta: muda y desnuda".

Un Detalle Sin Importancia sonríe cuando terminás de decir esto. Pensabas dejar de hablar allí mismo, Iven. Pero esa sonrisa, no sabés por qué, te obliga a contarle algo más:

—Las mañanas eran para el viejo la parte del día en que su cuerpo, cansadísimo, pedía a los gritos un sueño de doce horas —le estás diciendo a Un Detalle—. Las tardes, un buen rato para desayunar o cenar, según de dónde se lo mire; y las noches, todas las noches hasta su muerte, momentos largos y por lo general hermosos, decía él, en los que no podía evitarse la charla, el vino y la literatura, si se encontraban amigos; o la charla, el pisco y el amor, si se encontraba mujer. Si la providencia brindaba lo que el viejo supo llamar mujer-amigo, en la noche había amor y enorme borrachera. Y me decía: "Si en la noche hay amigo hombre, se habla de literatura; si hay mujer-amigo, se hace".

Y cuando le contás esas cosas a Un Detalle, Iven, sabés que tenés ahora la edad del viejo, y quizás por eso pongas al hablar, como él, la mirada de un perro al que le están pegando.

Un Detalle ha escuchado todo como un discípulo de ojos hambrientos, con esos ojos de mujer que te desean, Iven.

Te enterás cómo es el asunto.

Nada te resulta extraño esta noche y mucho menos las preguntas de Un Detalle. Hay que reacomodar las palabras, Iven, eso es lo único que importa; y te dejás llevar de la mano que Un Detalle tiene en los ojos. Y entonces ocurre algo grandioso:

—¿Qué ha sido, pues, lo más importante de su vida? —está preguntando Un Detalle.

Paralizado. Así te quedás ahora, Iven. ¿No ha sido esa, acaso, la pregunta que acabás de contestar? Pensás que sí, estás completamente seguro.

Ahora te convencés de que todo lo que está pasando es un sueño. Todo esto, pensás, es la continuación de los caballos y los mogólicos; aún no me desperté a atender la puerta.

Entonces decidís contestar la pregunta otra vez sólo por divertirte, para manejar el sueño a tu antojo. No hay nada más excitante que soñar sabiendo, pensás. Vas a tener cuidado de no hablar demasiado alto, Iven, porque sabés que de esa forma te podrías despertar y ahora solamente querés seguir soñando.

Le contás a Un Detalle otra verdad. Le decís que lo más importante ha sido una mujer llorando, porque había llorado justo cuando hubieras querido besarla, y aquello te había cambiado la vida. Le explicás que lo más importante ha sido una lluvia pegándote en la cara como un látigo, y que haberte perdido de madrugada en un barrio desconocido también fue lo más importante.

Le decís que lo más importante de tu vida ha sido jugar al póker, y rascarte la zanjita que existe entre los dedos de los pies, y emborracharte y cantar, y haber prendido el fuego en invierno, y haber desperdiciado alguna vez la plata, y haber establecido tus propias reglas, y haber devorado una novela de una sola sentada, y haber comido guayabas con una cuchara sopera.

Le decís a Un Detalle, Iven, que lo más importante de tu vida ha sido manejar los sueños a tu antojo. Que darte cuenta al tiempo de estar soñando es lo que más te agradó siempre, y que justamente ahora, le decís, estás soñando.

—Ahora estoy soñando —le decís a Un Detalle Sin Importancia, que te mira y mueve la cabeza de un lado al otro de la sala, y que sonríe.

Un Detalle se levanta de la silla y comienza a caminar hacia atrás. Vos sabés que es un sueño, Iven, porque en la vigilia los invitados nocturnos no caminan hacia atrás en tu propia casa, y mucho menos tienen ojos enormes de mujer hermosa, como Un Detalle. En la vigilia no hay cosas blandas que salen de uno mismo, cosas rosadas y azules, repugnantes, que caen con un ruido blof y no paran de moverse.

Ahora Un Detalle se levanta de la silla y comienza a caminar hacia atrás:

—La verdad es que me desvisto detrás de los ombúes —te está diciendo Un Detalle.

Vos estás tranquilo, Iven, sentado sobre el escritorio. Te reconforta tanto ser el dueño de ese hombre vestido de negro, saber que lo vas a matar de un pestañeo o de un mal movimiento ni bien te decidas a despertar y abrir, que no hay en el mundo cosa más ingenua y más posible que ese instante.

—Me pongo esta piel —te dice Un Detalle—. Dejo mis huesos y me visto así, de hombre y de negro, para conformar a los poetas del siglo dieciocho. Pero los ojos no los puedo transformar. No es un problema grave, pero tú te has dado cuenta. Sabes que soy mujer. Tú no me miras a los ojos cuando hablas.

Te hace gracia, Iven, esa manera castiza que Un Detalle usa ahora para hablarte. Y también el modo irónico con que se mueve. Estoy dentro de un sueño, pensás. Y descubrís que irónico y onírico llevan las mismas letras en tu idioma, y que lo casual, en tu sueño de esta noche, no existe. Pensás también que un sueño es un idioma desconocido hablado con los ojos, mientras quien mira es la lengua. En los sueños la lengua mira, descubrís.

—Esta es la continuación de los mogólicos —le estás diciendo a Un Detalle—; todavía no me desperté. No te abrí la puerta. Y además en los sueños la lengua mira.

La cosa rosa y azul, repugnante, late vertiginosamente y no para de moverse. Vos, Iven, tranquilo. Tranquilo. Pensás que va siendo hora de despertarte y atender la puerta de una vez.

Un Detalle Sin Importancia continúa caminando hacia atrás. Antes de resbalarse con la cosa, antes de caer al suelo y dejar la cosa inmóvil para siempre, alcanza a preguntarte, Iven, sin que puedas vos escucharlo:

—¿Qué fue, entonces, lo más importante de tu vida?

Hernán Casciari
lunes 6 de diciembre, 2004


Un Detalle Sin Importancia

por Hernán Casciari

En tu último sueño, Iven, imaginás caballos cagando en la calle asfaltada de un pueblo. Afuera hay alguien que golpea a tu puerta, pero vos estás todavía en el sueño y no alcanzás a despertarte.

Sabés que del otro lado de la vía (en el sueño le decís vía a la vigilia como una abreviación normal, como cía es compañía), que del otro lado hay un toc toc de nudillos contra la puerta, pero preferís esconderte de los caballos a despertar y atender.

Mientras corrés estás pensando que si los caballos te alcanzan tendrás dos hijos mogólicos, pero ya hay algo en tu cabeza que piensa toc, que se pregunta qué mierda toc está pasando afuera, tanto escombro.

Otros golpes a la puerta, Iven. Esta vez monótonos y tres: toc toc toc, y los caballos empiezan a esfumarse, como la última llama de las fogatas, de tu sueño.

¡Se escapan los caballos, Iven! Se va el sueño y ya están casi abiertos tus ojos y te duelen. Tu entendimiento de hombre que despierta se entera que has estado durmiendo en el sillón del escritorio, sentado, y que golpean desde hace una hora.

Golpedan dase bun dora, pensás; y hay que arreglar las palabras antes de sentirte completamente despierto, no sea cosa que los caballos y los mogólicos otra vez golpeden.

—Ya va —decís.

—¿Iven?

Nítido. Voz de hombre.

Sacás la llave. Tu mano hace girar la cerradura un par de veces. Tu otra mano abre la puerta lo suficiente para que tu primer ojo pueda ver qué pasa afuera.

Está oscuro por completo. Reseca todavía, tu voz pregunta:

—¿Quién es?

Nadie. O alguno con berretín de cuervo, pensás.

En este segundo hay que apretar fuerte un puño para que tu boca no vomite. Mientras repetís la pregunta —¿quién es?— algo se cae a tus pies con un peso blando, con un ruido blof, como la bosta de los caballos en el asfalto caliente de un pueblo. Algo a tus pies, Iven.

Una arcada del tamaño de las vacas, y tan blanca, se atora en tu diafragma, y baja como un rayo a los testículos, que gritan y se contraen; y te palpita un párpado, Iven, y pasa por tu cabeza el placer hecho asco: un espasmo de calma, un orgasmo al revés. Algo como el orgasmo pero menos caliente, menos araña.

Algo se ha caído a tus pies y te ha provocado esto. Algo que además hizo blof al caer.

Ponés los ojos en el suelo, y en el suelo hay una cosa rosada y azul, repugnante, que no para de moverse.

Pensás que la cosa ha caído del techo y mirás el techo: solamente ves un mar de madera, el machimbre que ondula sin olas, y la cosa no para de moverse.

Estás mareado y algo se mueve tocando tus zapatos; como la bosta en el asfalto de un pueblo ha hecho la cosa al caer: blof, Iven.

Un individuo vestido de negro aparece luego de que por cuarta vez has preguntado:

—¿Quién es?

Se presenta desde las sombras de afuera como un lector que admira tu obra.

—Me he tomado el atrevimiento de molestarlo para hacerle unas pocas preguntas.

Lógicamente, te dice, de no estar vos muy ocupado. Y vos, Iven, que no:

—Adelante, pase —contestás.

Mientras lo acompañás al escritorio le preguntás:

—¿Cuál es su nombre?

El individuo vestido de negro te mira fijo las manos. Es porque tus dedos sudan y están interesados sólo en aquello que no para de moverse.

En realidad no te importa el nombre del individuo vestido de negro, pero sin embargo, por cortesía:

—¿Cuál es su nombre? —preguntás.

—Es un detalle sin importancia —responde el individuo vestido de negro.

Pero algo se ha caído de vos a tus pies.

La cosa no fue del techo, descubrís de golpe: fue de vos; algo cayó con un ruido blof, Iven, con el mismo ruido de la bosta del sueño.

El nombre del individuo vestido de negro es Un Detalle Sin Importancia, pensás, o quizá ese sea el apellido. Porque los nombres son siempre algo así como Roberto o Juan. O Dimitri como algo ya muy descabellado.

—¿Cuál es el origen de ese apellido? —preguntás.

Pero ya no querés hacer preguntas, Iven. Un Detalle Sin Importancia es quien quiere hacértelas, te ha dicho, y no vos.

Sin embargo Un Detalle ahora se está riendo de algún chiste que ha hecho y no escuchaste, y entonces también reís, por no ser descortés en tu propia casa.

Vos y él se ríen unos segundos sospechando festejar una gracia del otro; pero tu preocupación —todo hay que decirlo— sigue moviéndose en el suelo, casi como un ritmo.

Estás sentado frente a Un Detalle, Iven, con la vergüenza de la cara con sueño y la curiosidad de la cosa. Tenés la mirada puesta en eso que acaba de caerse y que está justo al costado de la puerta.

Como si nada estuviera pasando te has puesto a hablar con Un Detalle y le preguntás si es periodista o solamente lector tuyo, si vive en la Capital o si ha traído valija o algo.

Un Detalle menea la cabeza, siempre, de un lado a otro de la sala, y te sonríe.

Te escucha Un Detalle, Iven, con atención de discípulo, y hay en sus ojos un brillo transparente. Es sin dudas un hombre con ojos de mujer hermosa, y esa mujer que hay allí, en esos ojos, te está deseando.

Me desea, pensás, y pensás en Oscar Wilde, que se acostaba con sus idólatras más tiernos.

Pero ahí está la cosa, eso que te da miedo y mirás.

Los ojos se transforman de pronto, los tuyos, y entendés, con la misma cara de idiota que pone un chico cuando comprende la muerte, de qué se trata. Te tocás el pecho y, efectivamente, notás el hueco. Te tocás el hueco del pecho, Iven.

—¿Le pasa algo, maestro? —está preguntando Un Detalle.

Te tocás el pecho hueco y la cosa empieza a latir más fuerte, lejana, rosa y azul, repugnante.

Músculo escapista, pensás, Iven, músculo escapista que se ha resbalado de alguno de mis agujeros... Con razón blof al caerse.

Mientras un hormiguero explota en tu espalda y se extiende a tu vientre, mientras todo menos tus manos tiene un lugar en el mundo:

—¿Le pasa algo, maestro? —está preguntando Un Detalle.

Con razón fue como la bosta de un caballo en el asfalto caliente de un pueblo, el ruido blof al caer, pensás, y tu invitado en la noche, tu convidado de piedra justo al final del sueño, es un detalle sin importancia.

Un Detalle te está preguntando qué ha sido lo más importante de tu vida:

—¿Qué ha sido lo más importante de su vida? —está preguntando Un Detalle.

Le contestás la verdad, Iven.

—La literatura y las mujeres —le decís.

Empezás a suponer que todavía estás dentro del sueño. Sospechás que lo que está pasando ahora es la continuidad de los caballos y de los mogólicos. Tal vez todavía no me desperté a atender la puerta, pensás, Iven.

—Cuénteme desde el principio —te pide Un Detalle.

Le contás que quien te descubrió ambas cosas, la literatura y las mujeres, fue un poeta argentino muy viejo que terminó matándose delante tuyo, en una esquina de Santiago de Chile:

—Yo tenía veinte años —le estás diciendo a Un Detalle—. Las primeras palabras que me dijo fueron "si acá en Chile no hay bares, ¿dónde se mueren de amor estos idiotas?". Aprendí del viejo dos cosas fundamentales —le estás diciendo a Un Detalle—, que tanto a las mujeres como a las historias que uno escribe hay que perderles el respeto.

Le contás a Un Detalle Sin Importancia que, según el poeta viejo, todos los problemas del mundo son el mismo problema:

—"¿Sabés qué es lo más importante?", me decía el viejo —le estás diciendo a Un Detalle—. "Tener los ojos llenos de brillo y esperar a una mujer. Punto", me decía. O tener a mano un par de ilusiones para ir tirando, que vendría a ser lo mismo.

Le contás a Un Detalle —que te mira con ojos de discípulo hambriento— que hasta el arte, posiblemente nuestro único escape solipsista, nuestra gran aventura particular, le pertenece a otros.

—Y el viejo me decía que, más que nada el arte de escribir historias, no es nunca una pertenencia del escritor. "¿Sabés de quién es, al final de la vida, tu poema más hermoso, tu mejor historia, Iven? De la gran hija de puta que supo provocarte un sufrimiento, de esa que se alimentó alejándose cuando vos hubieras dado todo por tenerla un poco cerca". Y también me decía: "Tené cuidado, Iven, no hay batalla propia más peligrosa que una mujer que no te quiere pero sabe que vos sí. Esa mujer puede matarte si lo desea, y es sabido que las mujeres siempre quieren matarnos. Tené bien presente esto que te estoy diciendo, no te imaginás a cuántos horrores les hubiera sacado el cuerpo, yo a tu edad, si alguien me lo hubiese prevenido a tiempo".

Te quedás, Iven, con los ojos en esas épocas velocísimas. Suponés, pero esto no se lo decís a Un Detalle, que si aquel tiempo tuviese un aroma, ese aroma sería el de una cáscara de naranja quemándose sobre una estufa a kerosén.

—El viejo suponía que mi generación era muy parecida a la suya —le estás contando a tu invitado—. "Ustedes se fijan demasiado en la forma, en la manera de escandalizar sin motivo", me decía el viejo. "No hay que vestir de fiesta la literatura, alcanza con la letra en el papel. Si le ponemos dibujitos, si la adornamos, es porque tememos no haber dicho lo suficiente con la letra en el papel. Tampoco hay que reunir a mucha gente para leer literatura: nada de multitudes ni de altavoces. No hay placer más grande que vos y el libro en el silencio de una tarde. La literatura, me decía el viejo, como la mujer perfecta: muda y desnuda".

Un Detalle Sin Importancia sonríe cuando terminás de decir esto. Pensabas dejar de hablar allí mismo, Iven. Pero esa sonrisa, no sabés por qué, te obliga a contarle algo más:

—Las mañanas eran para el viejo la parte del día en que su cuerpo, cansadísimo, pedía a los gritos un sueño de doce horas —le estás diciendo a Un Detalle—. Las tardes, un buen rato para desayunar o cenar, según de dónde se lo mire; y las noches, todas las noches hasta su muerte, momentos largos y por lo general hermosos, decía él, en los que no podía evitarse la charla, el vino y la literatura, si se encontraban amigos; o la charla, el pisco y el amor, si se encontraba mujer. Si la providencia brindaba lo que el viejo supo llamar mujer-amigo, en la noche había amor y enorme borrachera. Y me decía: "Si en la noche hay amigo hombre, se habla de literatura; si hay mujer-amigo, se hace".

Y cuando le contás esas cosas a Un Detalle, Iven, sabés que tenés ahora la edad del viejo, y quizás por eso pongas al hablar, como él, la mirada de un perro al que le están pegando.

Un Detalle ha escuchado todo como un discípulo de ojos hambrientos, con esos ojos de mujer que te desean, Iven.

Te enterás cómo es el asunto.

Nada te resulta extraño esta noche y mucho menos las preguntas de Un Detalle. Hay que reacomodar las palabras, Iven, eso es lo único que importa; y te dejás llevar de la mano que Un Detalle tiene en los ojos. Y entonces ocurre algo grandioso:

—¿Qué ha sido, pues, lo más importante de su vida? —está preguntando Un Detalle.

Paralizado. Así te quedás ahora, Iven. ¿No ha sido esa, acaso, la pregunta que acabás de contestar? Pensás que sí, estás completamente seguro.

Ahora te convencés de que todo lo que está pasando es un sueño. Todo esto, pensás, es la continuación de los caballos y los mogólicos; aún no me desperté a atender la puerta.

Entonces decidís contestar la pregunta otra vez sólo por divertirte, para manejar el sueño a tu antojo. No hay nada más excitante que soñar sabiendo, pensás. Vas a tener cuidado de no hablar demasiado alto, Iven, porque sabés que de esa forma te podrías despertar y ahora solamente querés seguir soñando.

Le contás a Un Detalle otra verdad. Le decís que lo más importante ha sido una mujer llorando, porque había llorado justo cuando hubieras querido besarla, y aquello te había cambiado la vida. Le explicás que lo más importante ha sido una lluvia pegándote en la cara como un látigo, y que haberte perdido de madrugada en un barrio desconocido también fue lo más importante.

Le decís que lo más importante de tu vida ha sido jugar al póker, y rascarte la zanjita que existe entre los dedos de los pies, y emborracharte y cantar, y haber prendido el fuego en invierno, y haber desperdiciado alguna vez la plata, y haber establecido tus propias reglas, y haber devorado una novela de una sola sentada, y haber comido guayabas con una cuchara sopera.

Le decís a Un Detalle, Iven, que lo más importante de tu vida ha sido manejar los sueños a tu antojo. Que darte cuenta al tiempo de estar soñando es lo que más te agradó siempre, y que justamente ahora, le decís, estás soñando.

—Ahora estoy soñando —le decís a Un Detalle Sin Importancia, que te mira y mueve la cabeza de un lado al otro de la sala, y que sonríe.

Un Detalle se levanta de la silla y comienza a caminar hacia atrás. Vos sabés que es un sueño, Iven, porque en la vigilia los invitados nocturnos no caminan hacia atrás en tu propia casa, y mucho menos tienen ojos enormes de mujer hermosa, como Un Detalle. En la vigilia no hay cosas blandas que salen de uno mismo, cosas rosadas y azules, repugnantes, que caen con un ruido blof y no paran de moverse.

Ahora Un Detalle se levanta de la silla y comienza a caminar hacia atrás:

—La verdad es que me desvisto detrás de los ombúes —te está diciendo Un Detalle.

Vos estás tranquilo, Iven, sentado sobre el escritorio. Te reconforta tanto ser el dueño de ese hombre vestido de negro, saber que lo vas a matar de un pestañeo o de un mal movimiento ni bien te decidas a despertar y abrir, que no hay en el mundo cosa más ingenua y más posible que ese instante.

—Me pongo esta piel —te dice Un Detalle—. Dejo mis huesos y me visto así, de hombre y de negro, para conformar a los poetas del siglo dieciocho. Pero los ojos no los puedo transformar. No es un problema grave, pero tú te has dado cuenta. Sabes que soy mujer. Tú no me miras a los ojos cuando hablas.

Te hace gracia, Iven, esa manera castiza que Un Detalle usa ahora para hablarte. Y también el modo irónico con que se mueve. Estoy dentro de un sueño, pensás. Y descubrís que irónico y onírico llevan las mismas letras en tu idioma, y que lo casual, en tu sueño de esta noche, no existe. Pensás también que un sueño es un idioma desconocido hablado con los ojos, mientras quien mira es la lengua. En los sueños la lengua mira, descubrís.

—Esta es la continuación de los mogólicos —le estás diciendo a Un Detalle—; todavía no me desperté. No te abrí la puerta. Y además en los sueños la lengua mira.

La cosa rosa y azul, repugnante, late vertiginosamente y no para de moverse. Vos, Iven, tranquilo. Tranquilo. Pensás que va siendo hora de despertarte y atender la puerta de una vez.

Un Detalle Sin Importancia continúa caminando hacia atrás. Antes de resbalarse con la cosa, antes de caer al suelo y dejar la cosa inmóvil para siempre, alcanza a preguntarte, Iven, sin que puedas vos escucharlo:

—¿Qué fue, entonces, lo más importante de tu vida?

Hernán Casciari
lunes 6 de diciembre, 2004


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Pertenece al libro Charlas con mi hemisferio derecho, de Hernán Casciari. Está a la venta en la Tienda Orsai y te lo mandamos a tu casa sin gastos de envío.


Matu
26/10/2005 a las 20:39
¿El tranvía, Antonio?
Paquirro
10/12/2004 a las 19:02
muy bueno, me haces acordar a martin caparros, es un cuento bastante complejo.
Vitalio
08/12/2004 a las 19:05
Hernán: andas probando diseños? El del blog pasado, quizá con un ligero tinte tiza, o lino tejido artesanalmente, sería excelente. El actual es un retroceso. Y donde se pasa a los otros favoritos?
Amelie
08/12/2004 a las 04:32
POR FAVOR DEVOLVE EL BUSCADOR!!!!!

Llevo mas de 1/2 hora buscando un artículo :S
Ada
08/12/2004 a las 01:10
Ninguno, Anika. Pedí que me avisen para entender yo.

-Además hay algo que por supuesto no tenés que saber y es que últimamente estoy muy al pedo :) -
Anika
07/12/2004 a las 23:57
No, para nada, Ada. A mí Hernán no me indicó de qué color pintar las paredes de mi casa. Me dijo que era valiente usar courrier y que le gustaba.

Pero yo tampoco le indico de qué color ha de pintarlas. Sólo le digo que es aséptico usar blanco y que no me gusta.

¿Hay problema?
Ada
07/12/2004 a las 23:38
Entonces está bien, Rabino. Porque encima te dijo "carajo mierda". Y para mí que es al revés.
Rabino
07/12/2004 a las 23:18
Te copio un msn:

Hernán says:
Cómo vas a pintar la pared de rosita, ¿sos gay? Dale al blanco, carajo mierda!
Ada
07/12/2004 a las 23:16
¿Vieron todo el despiole que se armó con la retrospectiva de León Ferrari y la iglesia?

Bueno, el tipo dijo algo que a mí me encantó. Algo así como que puesto que a él no le gustaba lo que predicaban los curas desde el púlpito, él no iba a las iglesias. Y que si a los curas les molestaba algo de su exposición que no fueran al Centro Cultural Recoleta y listo.

Ahora, a mí me gustaría saber: ¿a alguno de los comentaristas aquí presentes el autor de Orsai le indicó de qué color pintar las paredes de su casa? Si es así, avisen.
PatoMusa
07/12/2004 a las 22:46
Una preguntita,
¿Cambiaste la PC?

Esto tiene cara de Imac G5...
Vitalio
07/12/2004 a las 22:25
Alejo: al final no sé si te tengo en contra o a favor. No es muy importante, en general leo con agrado tus comentarios. Solamente que si me equivoqué en algo, me gustaría saberlo. Por la gran diversidad de opiniones que hay, aclaro que el nuevo formato me parece estéticamente mejor, y realmente se destaca entre todo el mundo blogeril (el que yo conozco).
minefine7
07/12/2004 a las 22:22
Tal vez sea un detalle sin importancia, pero a mí me encantaría saber dónde quedó "glob", no aparece en favoritos ¿ya no existe más?
 olo mosquera
07/12/2004 a las 21:44
1) En el ángulo superior derecho hay un botón con un asterisco: son los Favoritos. Allí está todo.

2) Todavía no, pero falta poco...

Beso!
walquiria
07/12/2004 a las 21:41
Como hubiera dicho Firulete: que pasoooooooooo????
Ya me acostumbraré...
Podés contestarme dos cosas Hernán?
1) Como hago para llegar al "Lomo" (o también se fue?)
2) Viste al final Luna de Avellaneda??
Un beso y cariños
Walquiria
DudaDesnuda
07/12/2004 a las 19:32
¿A veces no tenés ganas de sacar los comentarios?
 Interior
07/12/2004 a las 19:27
Cheeee, ¡este Blog parece un libro!, ponele dibujitos que me aburro.
Cristina
07/12/2004 a las 18:44
Eso .. eso!!!

Tal vez Nina tenga todavia posibilidades de conversion ...
Anika
07/12/2004 a las 18:40
Jaaa, la Cristina también dijo: "aséptico".

Sí, muy mal sacar a la Nina.
Menos mal que quedamos las tías cibernéticas.
Anika
07/12/2004 a las 18:36
Ya sé que nadie me ha preguntado, pero igual lo digo: a mi esta cosa aséptica no me gusta.

He venido ya como 26 veces a ver si la cabeza se me acostumbra, pero nada.

El texto lo volví a leer ayer a la noche, antes de meterme a dormir, y yo no sé si fué por la cosa que hace blof que da como un apuro raro imaginarla ahí tirada, o por lo quirúrgico de las paredes, pero me fuí con una sensación toda fea.

Lo que sí me gusta es lo de los botoncitos cuadrados que hacen cosas.

Bueno, beso!
Cristina
07/12/2004 a las 18:32
Se nos ha ido la Nina!!!!

Ay la pobre, con lo que nos gustaba verla en forma de tango....

Todo esta muy aseptico, ... el contenido impecable pero la forma ... aseptica ...

Un beso igual
Alejo
07/12/2004 a las 17:53
Para mí negro, sin azúcar, gracias elteta.
elteta
07/12/2004 a las 17:48
¿Un cafecito?
elteta
07/12/2004 a las 17:48
Yo lo conocía, Romu.
Una gran persona. ¡Qué se le va a hacer!
No somos nada.
La Romu
07/12/2004 a las 17:44
¿Al final ves lo que lográs?

Ahora resulta que todo el mundo piensa que como cubriste la pantalla con una sábana, se murió alguien y se ponen solemnes.

"No, claro, no era para cualquiera el finau"

¡Por favor!

La página está igual de bien escrita que antes, sólo que ahora se puso aburrida. Parece Yugoslavia.

Un beso igual.
Toro
07/12/2004 a las 17:34
Rabino otra vez me salva del ridículo!...No quice decir que Orsai sufriera de vaciamiento estético como pose. Sólo hablé d euna cuestión general, en la que estoy dentro. Usé el espacio para comentarlo nomás.

Abrazo
Toro
Alejo
07/12/2004 a las 17:28
Hernán,

Aunque pa' tampoco es la bota e' potro, no quería dejar de decirte que leyendo tu post, sentí que las palabras me tomaban y me llevaban a mi pieza de hace como diez años; me hiciste creer que yo era Iven, después que vos eras Iven, después que yo era Un Detalle Sin Importancia, después que vos lo eras, que en realidad Un Detalle eramos vos y yo, luego que era mi compañera de banco de quinto grado, en fin, me llevaste a un mundo mágico y sólo con la palabra, así como la escribiste, desnuda y simple. Casciari, esto es muy bueno y la verdad que mi comentario la está cagando, pero tenía que decírtelo, Iven.

Un saludo

Alejo
Vitalio
07/12/2004 a las 17:26
Hernán, poné una guía para circular entre tus articulos, los comments, los monos de Ehrlich, el Lomo y sus solapas, etc. etc. o explicanos como quedo todo eso ahora.PORFA !!!
Vitalio
07/12/2004 a las 17:13
No es que estén demás todos los comments, es que no es pa' todos la bota e'protro. (me incluyo, claro)
Por mi parte recuerdo a un poeta: No digas nada, no preguntes nada... / Quédate mudo, que un silencio sin fin sea tu escudo / y al mismo tiempo tu perfecta espada "
Creo que podrías tener cada tanto una edición extraordinaria como ésta, y no discontinuar el viejo Orsai.
El artificio agrandador de letras.... debería ser una norma ISO obligatoria.
Toro
07/12/2004 a las 17:07
A veces el hecho de rendir culto al no marketing, se vuelve marketing. Poses, fachadas, simples esttructuras vacías de contenido, aún gritando a cable pelado que se despojan de vestiduras para poder dejar ver su interior.

Me gace acordar a los cultores del Che Guevara que posan con su estampa en las bikinis y llaveros. Es sólo un ejemplo. O el famoso festival Sin Marcas, que tiene remera propia. Esas cosas no son inválidas, sólo que quedan truncas u opacadas.

Yo valoraba tu interior sin necesidad de que lo dijeras, sólo como resultadod e mi análisis y tu profundidad, que estab allí aún debajo de una luminaria caparazón.
No es crítica, no tengo preferencias entre antes o ahora, sólo que a veces se confunde la pose con la actitud.

Abrazo
Toro
Rabino
07/12/2004 a las 16:34
me gustaba mas el contenido de la home centrado
DudaDesnuda
07/12/2004 a las 16:29
La literatura es una de las posibilidades de la felicidad humana: hacerla y leerla.
Elteta
07/12/2004 a las 16:12
¿Estará personalizado?
TíaGanga
07/12/2004 a las 16:11
¿y vamos a estar mucho así?

en fin... (suspiro)
El Angel Gris
07/12/2004 a las 15:51
Es la ginebra en ayunas o yo estoy viendo el amarillito????
elteta
07/12/2004 a las 15:46
¡Por fin se fue el amarillito!
Queda el gris, pero hay tiempo.
Y no se por qué te quedás con la romana en los comments, si una de palo seco es mucho más limpia
 olo mosquera
07/12/2004 a las 14:52
La sección de comments viejos está, Ángel..., pero hay que saber encontrarla entre la nieve.

(La desventaja del orden es que en el quilombo todo estaba más a mano).
El Angel Gris
07/12/2004 a las 13:58
Hernán: Alguna vez leí en tu decálogo para hacer un blog, declamar lo contrario absolutamente de lo que estás haciendo con ORSAI, hablabas de poner links, audio, dibujitos, o sea de aprovechar todos los recursos de las nuevas tecnologías.
Linda contradicción la tuya.
Hoy me doy cuenta que lo que importa es el fondo, si es bueno, vale cualquier formato, si es malo, no lo salvás con tecnología ni conocimientos de herramientas informáticas.

PD: Me gustaba ese "ver 10.531 comentarios", porque podía ver comments que llegaban tarde de post viejos, estaba bueno
José Luis
07/12/2004 a las 07:40
Me gusta, Hernán, aunque hay que acostumbrarse a este nuevo look 'no-look' (pasa lo mismo que con Dylan)...
Ada
07/12/2004 a las 05:31
Y sí.
El tipo tiene razón en que hay que tener a mano un par de ilusiones para ir tirando.

Gracias
lalodelce
07/12/2004 a las 03:53
Cortaziano el intriling?is.
Estas triste?
chori
07/12/2004 a las 03:45
Me saco el sombrero... (¡siempre la segunda persona, pícaro!)
Carola
07/12/2004 a las 01:03
No digo nada. No hace falta.
Es bueno que volvieras...me encanta leerte después de una pausa, siempre es sorprendente.
Ginger
06/12/2004 a las 23:20
Gordo, gracias por incluír el agrandaletras para chicatos que se niegan a usar anteojos...como yo!
El Angel Gris
06/12/2004 a las 22:48
AM #41 la muerte siempre ha sido hembra.
Rayis
06/12/2004 a las 22:32
simplemente, mencantó :)
AM
06/12/2004 a las 22:01
Lindo texto a su manera... la muerte y el sueño son como casi la misma cosa. Y están llenos de imágenes de mujeres. Me pregunto de no ser heterosexual ¿la muerte se vestiría de machomachoman?
Hugo
06/12/2004 a las 21:46
Romu, por supuesto que cuando mencioné "comments" me refería, y me refiero, a todos, inclusive al mío.
Mas allá de lo ingeniosos que alguno de nosostros pudiera ser al comentaralgunos posts, y tú eres de las más ingeniosas; es evidente que éste es uno que en vez de ser complementado por los coments, es, por decirlo de algún modo, degradado.
Y gracias por el beso que no me mandaste.
vero
06/12/2004 a las 20:13
Y? Que fue lo mas importante de tu vida?
TaNgO
06/12/2004 a las 20:07
Sin palabras.
Te admiro mucho Casciari.
Cuando sea grande quiero ser como vos. Porque eso sí sería ser grande!!!
La Romu
06/12/2004 a las 19:57
Te contamos a vos también, Hugo.

No te dejo un beso grande, estaría de más.
Hugo
06/12/2004 a las 19:31
Este post no debería tener comments, pues todos están demás.
TitoFer
06/12/2004 a las 19:30
Me gustan las mujeres que hablan, aunque no pongo reparos a que esten desnudas. Las mujeres mudas no me gustan...
Sobre el post, he tenido que hacer un esfuerzo grande para leer en argentino, pero me gustó.
Sobre el diseño... bueno, siempre me gusto el diseño y tan minimo, pues...
Abrazo, bienvenido y bienhallado
 Christian Libonatti
06/12/2004 a las 19:23
Excelente!!!.... me fui de viaje a cordoba, y cuando vuelvo me encuentro con esto.... yo pense que me faltaba algun controlador, o que el explorer finalmente me habia dejado en la ruta... pero no....

Gracias por tu literatura....
paola
06/12/2004 a las 18:03
Hoy amanecí enroscada con el tema de los sueños y justo me cruzo con esto. Una buena.
Muy buen trabajo, me gustó el recurso de la segunda persona.
En general disfruto mucho tus textos pero ta visto que el descanso nos cae bien a todos.
Abrazo.
La Romu
06/12/2004 a las 17:47
Ah, bueno.

Se volvió japonesa la página. Falta el papel de arroz y las mesas de patas cortas.

Por un lado da la impresión de que estuvieras alcanzar algún signo de madurez (Mirá como me cubro para no aseverar). Por otra parte, parece simplemente vagancia.

Si todos los textos que escribas de ahora en adelante van a ser del tipo del de hoy, bárbaro.

Ahora, te quiero ver cuando te agarren ganas de propalar esas cosas tan tuyas tipo "Cómo me gustan las borrachas fáciles al lado de una pileta" si esta nueva tesitura le va a hacer juego.

Si me preguntás, entre la kermesse que tenías antes y el silencio hospital éste, tiene que haber un término medio.

A ver si despojamiento va a ser lo mismo que ponerse solemne...

Un beso grande.
elteta
06/12/2004 a las 17:37
Insisto con el tema del gris y amarillito en los comentarios.
¿Hasta cuando?
Quiero comments despojados.
Jose Luis L.
06/12/2004 a las 17:30
Delicioso leer algo, descubriendo que es/fue y a la vez fresco y nuevo. Mirar hacia atras y descubrir que es más que lo leido, más de uno, más cercano. Eso es grande.

Gracias.
Mentecato
06/12/2004 a las 16:56
lindo detalle
Johanne
06/12/2004 a las 16:18
Brillante. Excelente. Sin palabras
El Angel Gris
06/12/2004 a las 16:11
Chapeau!!
C.
06/12/2004 a las 15:46
Se puede vivir sin la cosa azul/rosa, pero siempre tocan la puerta y te la recuerdan,

hermoso
Elteta
06/12/2004 a las 15:14
Dos palabras: Quijo diputa
No puede ser que te hayas dado el lujo de hacer tu versión del cuervo, y que encima te salga bien.
jp
06/12/2004 a las 14:58
jeje..muy bueno

Me pareció verlos pasa a Julio y a Boris tomados de la mano, verdad?

ey! y que hace el choborra de Edgar ahi en el fondo?

jeje..muy bueno. saludos
 Interior
06/12/2004 a las 13:59
"Tené cuidado, Iven, no hay batalla propia más peligrosa que una mujer que no te quiere pero sabe que vos sí", que hija de puta, ahora me doy cuenta, donde estará esa guacha ahora.
Muy bueno Hernán, de lo mejorcito que he leído (y si #18,
solo leí 1 Lupín, 2 Hortencias y un cuento de Horacio Quiroga).
Torombolo
06/12/2004 a las 13:38
No logro aún hacer subir mi mandíbula a su estado natural. Muy Bueno.Soberbio en su totalidad pero nada más descriptivo de la pena por el amor perdido que "si acá en Chile no hay bares, ¿dónde se mueren de amor estos idiotas?".
limburgo
06/12/2004 a las 10:35
Felicidades, me ha parecido un relato enriquecedor y aunque no sea tan vieja como el poeta yo también me pregunto qué fue lo más importante de mi vida. De vez en cuando va bien hacerlo. Gracias por tu regalo.
Rabino
06/12/2004 a las 10:19
¿Y Dios qué tiene que ver? El también lee orsai...
Chicho
06/12/2004 a las 09:58
Les parece para tanto? que poco leen dios ..
Teki
06/12/2004 a las 09:53
Joder. Viene uno aquí para reirse un rato y se encuentra con esto:
"No hay placer más grande que vos y el libro en el silencio de una tarde. La literatura, me decía el viejo, como la mujer perfecta: muda y desnuda".

¿Cuando cojones vas a dejar de sorprendernos? O no, mejor sigue haciéndolo.
Rabino
06/12/2004 a las 08:41
¡Decimosexto!
lucas
06/12/2004 a las 07:43
¡primero!
montuna
06/12/2004 a las 06:56
Hernán: Me hiciste vivir esas emociones que desde hace algunos años he perdido. Hoy has sido mi Detalle Sin Importancia.
06/12/2004 a las 06:42
Qué onda Hernán. Me voy a salir un poco del ¡guau! que viene hoy en los comentarios. Siempre esperé esta versión de Orsai, donde sólo se quedaran las letras. Ahora estás metido en la mera batalla sin más arma que la palabra, así como los verdaderos machos. Excelente comienzo. Buena suerte.
Tata
06/12/2004 a las 06:41
(Está buenísimo soñar sabiendo que lo estás haciendo...si habré matado o garchado gente de esa manera!!!!)
Tata
06/12/2004 a las 06:38
Lo que importa es lo de adentro...y sigue siendo excelente.
Sin palabras...
Amelie
06/12/2004 a las 06:01
O_O

Hacía como un mes que no entraba.
Y lo primero que pensé era que me había confindido de dirección.

Cuando leí este post, me di cuenta que no. :D

HERMOSO!
Rabino
06/12/2004 a las 05:44
Leer estas cosas enriquecen y golpean la cosa rosa y azul.

Mis respetos, autor.
Franco
06/12/2004 a las 04:18
Un placer.
No puedo decir más.
Toro
06/12/2004 a las 04:00
Leerte es una humillación a las ínfulas de escritor de cualquiera.
Y que lindo es que te humillen y puedas disfrutarlo. Si me humillás aunque sea una vez por semana, me harías un lector feliz y agradecido.
Ginger
06/12/2004 a las 03:25
¡Qué maravilla!. ¡Pero qué maravilla!.
PatoMusa
06/12/2004 a las 03:16
¡Exquisito!

Lo disfruté hasta el último látido, de esa cosa rosada y azul, que asquerosamente, me ensucia los pies desde el viernes...
06/12/2004 a las 03:07
¡Se vino el minimalismo!
pecadora
06/12/2004 a las 02:41
¿un detalle sin importancia? Ma' si...
Elteta
06/12/2004 a las 02:38
Si vas a volver así, tomate vacaciones mas seguido.
Excelente.
Me quedé sin palabras.
Roberto A.
06/12/2004 a las 01:57
Uf, qué vacío está esto!!
¿Es la versión light?
Naaa, es un detalle sin importancia...