Orsai » Revista

Número 01, Crónica introspectiva

San Martín de Brooklyn

▣ Escribe Hernán Iglesias Illa
▣ Ilustra Matías Tolsà

El fútbol en Estados Unidos se llama soccer y solamente lo juegan las nenes y los latinos. Uno de ellos (latino) es nuestro cronista Hernán Iglesias Illa, y así lo cuenta.

En el primer tiempo de nuestro segundo partido del año, empatando cero a cero contra un equipo de ecuatorianos amables y ceremoniosos a quienes teníamos la obligación moral de ganarles, nos dieron un córner a favor y yo, aunque cabeceo bastante mal, decidí mezclarme con la tropilla de compañeros y rivales a ver si se producía el milagro de un rebote o un descuido. Participé de la breve estampida obligatoria —¡trucu-trucu-trúm!—, vi la bola volar lejos, muy por encima de nuestras cabezas, y después, cuando la jugada parecía terminada, sentí un empujón en la espalda lo suficientemente fuerte como para creerme con derecho a enojarme. Identifiqué a mi agresor (un peladito adolescente, un poco gordo y con aspecto de aprendiz de pandillero) y nos paramos pecho con pecho, los dos bastante ridículos, esperando no se sabe qué. Después de un forcejeo torpe pero breve —creo que en un momento agité un puño amenazador—, troté solemnemente hacia el otro lado de la cancha sintiéndome orgulloso de mí mismo, porque creía haber reaccionado bien ante la provocación.

Me sorprendió entonces ver al juez de línea agitar su banderita como si hubiera habido un asesinato y al árbitro correr hacia él con la urgencia ominosa de los árbitros cuando corren hacia los jueces de línea. Cuchichearon los diez segundos reglamentarios, el banderín del juez de línea apuntó en mi dirección y, segundos después, una tarjeta roja se recortó contra el cielo límpido de Brooklyn, arruinándome una mañana hermosa de primavera. Humillado y avergonzado, caminé despacio alrededor de la cancha de McCarren Park, con las canilleras en la mano y la camiseta celeste fuera del pantalón, pensando en cómo disculparme con mis compañeros de San Martín de Brooklyn, el equipo de media docena de argentinos, cuatro o cinco gringos, dos paraguayos, un colombiano, un uruguayo y un italiano con el que jugamos los sábados de verano en la Greenpoint Soccer League. Alrededor de la cancha, unos pocos vecinos de Williamsburg o Greenpoint trotaban sobre la pista naranja de tartán; más afuera, otros miraban el partido mientras tomaban sol, recogían la caca de sus perros o desarmaban mantelitos para picnics inminentes.

La escena era extraordinaria (veintipocos grados centígrados, instalaciones públicas en buen estado: postal de un barrio feliz) pero yo no podía disfrutarla: había prometido a mis compañeros que este año iba a evitar meterme en problemas con los árbitros, y había fracasado rápido. Además, nos habíamos comprometido a dar lo mejor de cada uno para clasificarnos por primera vez para los playoffs de la liga, después de dos años bastante malos (décimo terceros de dieciséis equipos en 2008; décimo cuartos de veinte equipos en 2009). Y para eso necesitábamos ganar partidos como el de aquel día contra los ecuatorianos bondadosos de El Progreso FC, un grupo de tíos, sobrinos y cuñados inmigrados a Estados Unidos desde el mismo suburbio de Ambato, en la sierra ecuatoriana, y que el año anterior habían terminado decimoctavos.

Un par de meses antes, en el comedor sin ventanas del restaurante peruano Pío Pío, en Greenpoint, veinte capitanes y un par de curiosos habíamos participado de la reunión anual de capitanes de la Greenpoint Soccer League. Mientras comíamos pollo con arroz y plátanos fritos, cortesía de la liga, algunos capitanes se quejaron de la calidad de los árbitros, otros pidieron reembolsos para cuando se suspendiera algún partido (“¿Quién les paga el taxi a mis jugadores?”, se quejó el capitán de un equipo que a veces contrata jugadores semi-profesionales) y otros pidieron más rigor con los equipos cuyas hinchadas se emborrachaban y escupían e insultaban a los rivales. (El año anterior, la hinchada de Español Hidalgo, parada sobre la línea del lateral, me había castigado todo el partido: “¡Viejo, retirate —me gritaba uno—, deja paso a las generaciones jóvenes!”.)

Yo, en cambio, pedía una revolución tecnológica. En un momento de la noche levanté la mano y le pregunté a Gildardo Revilla, dueño y mandamás de la liga, si no podíamos crear una humilde pagina web para publicar los resultados, los horarios y la tabla de posiciones del torneo. Revilla, que me tiene aprecio y está harto de mí a partes casi iguales, bajó la vista, un poco agotado por mi insistencia, y respondió con una vaga promesa de pensarlo. Los demás capitanes fueron menos receptivos: mientras hablaba, podía oír sus “pffttt...” y las risitas que salían desde las penumbras del salón, como si la Internet fuera una cosa de señoritas o de gringos que no tiene nada que ver con el fútbol.

Revilla, un peruano bajito y astuto que maneja la liga desde hace casi veinte años, nos comunicó las novedades para este año (aumento de precio para los árbitros, “tolerancia cero” para la violencia de las hinchadas) y nos recordó las reglas del torneo: veinte equipos en una rueda todos contra todos, clasifican los primeros doce para un repechaje, después ocho pasan a los cuartos de final y después semifinales y final. El ganador de la temporada regular se lleva mil quinientos dólares en efectivo; el ganador de los playoffs, otros dos mil dólares. Asentimos todos con la cabeza, como si verdaderamente creyéramos que podíamos ganar (los candidatos son siempre los mismos cuatro o cinco), y pasamos de a uno en fila para darle a la esposa-asistente de Revilla los billetes del adelanto para sellar la inscripción. Vi a mis co-capitanes acercarse al mostrador de Revilla —casi todos latinos, casi todos inmigrantes, casi todos trabajadores— y volví a sentir la distancia que en estos años ha marcado mi relación y la de nuestro equipo con Revilla y el resto de la liga.

Por un lado, me siento y nos sentimos cercanos a ellos porque compartimos la latinidad y la enfermedad por el fútbol, dos cosas que el resto de Nueva York no tiene ni entiende ni puede aprender; pero por otro me siento y nos sentimos inevitablemente lejanos, porque sabemos que en otras cuestiones nosotros también representamos la Nueva York gringa a la que ellos miran desde lejos y con desconfianza. En estos tres años que llevamos en el torneo, esta tensión —clase media versus clase trabajadora, inmigración legal contra inmigración ilegal, inglés fluido contra inglés tartamudeado, comer en restaurantes contra trabajar en restaurantes— se ha inflamado o se ha aliviado, pero siempre ha estado ahí: algunos de nosotros a veces hemos creído que Revilla o los árbitros nos perjudicaban porque no formábamos parte del “núcleo duro” de equipos peruanos, ecuatorianos y mexicanos de la liga, y ellos quizás han creído, con algo de razón, que nosotros somos parte de la avanzada clasemediera que desde hace una década está trepando por Brooklyn desde Manhattan, transformando barrios obreros en barrios cool, con restaurantes japoneses y tiendas de diseño, destrozando o desplazando lo que encuentra a su paso.

San Martín de Brooklyn empezó la temporada con su grisura habitual: derrota mínima contra un equipo mejor, triunfo sufrido contra El Progreso FC (después de mi expulsión, mis compañeros ganaron tres a uno), un cero-cero espantoso contra una pandilla de uruguayos guerreros pero pataduras y un uno-dos que parece digno pero fue un lección de fútbol.

El quinto partido nos puso en movimiento. En el minuto tres de su primer día como titular, Claudio, un paraguayo peleón, rápido y goleador que se nos había ofrecido después de jugar contra nosotros un par de semanas antes, se fue de un marcador sobre la izquierda, perdió la pelota, la recuperó, la volvió a perder, la volvió a recuperar y tiró un centro bajo que rodó hacia la medialuna por la línea del área grande. Yo, que lo venía acompañando más como un comentarista que como un destino posible de pase, detecté la bola en los suburbios de mi botín izquierdo y le pegué casi de lleno, intentando darle una comba para que se abriera primero y se cerrara después en el primer palo; la pelota salió mucho más alta de lo que había querido pero agarró mucho efecto, eludió la manopla extendida del arquero y se metió cerca del palo opuesto. (Celebré moderadamente, como si estuviera acostumbrado a meter este tipo de golazos.) Nos empataron cerca del final del primer tiempo con un penal que no existió y volvimos a marcar nosotros casi en el último minuto con un gol desde el borde del área. Justo después del gol, mientras mis compañeros festejaban, yo grité: “¡A pesar del árbitro!”, y recibí mi única tarjeta amarilla por protestar de la temporada.

La semana siguiente, después de empatar sobre el final un partido que merecimos perder, terminó nuestra pequeña racha positiva y empezó nuestro deslizamiento habitual y un poco inevitable hacia el pantano en el que nos hundimos cada verano. Entre mediados de junio y fines de agosto ganamos dos partidos (contra los equipos que terminaron en las posiciones catorce y veinte) y perdimos todos los demás, jugando mal y metiendo pocos goles. Es difícil jugar en la cancha de McCarren Park con treinta y dos o treinta y cuatro grados, como nos tocó hacerlo varias veces, pero lo que más nos complicó el verano fue la falta de jugadores, porque nuestros compañeros estadounidenses y algunos de los latinos empezamos a preferir, por voluntad propia o presionados por nuestras familias, pasar los sábados en la playa o de vacaciones.

La Greenpoint Soccer League es tan poco gringa que se juega incluso en los fines de semana largos, desde Memorial Day en mayo hasta el Día del Trabajo en septiembre. El cuatro de julio de 2009, Día de la Independencia, jugamos de noche bajo el estruendo y la filigrana de los famosos fuegos artificiales de Nueva York, mientras nuestros jugadores estadounidenses (y el resto de la ciudad) tomaban cerveza, comían salchichas y rulaban porros en terrazas propias o ajenas. Un año después, este último verano, unos amigos nos invitaron a pasar un fin de semana a una casa en Connecticut, a tres horas de Nueva York. Le propuse a mi mujer que ella fuera con nuestros amigos el sábado por la mañana, mientras yo primero jugaba contra Los Hobos y después tomaba el tren que paraba en Connecticut a las siete de la tarde. Mi mujer, que ha aprendido a elegir sus batallas, accedió. Cuando aquel sábado llegué a McCarren Park, no se estaba jugando ningún partido.

—Me vas a tener que perdonar, Hernán —dijo Revilla abriendo los brazos— pero ha habido un malentendido con los capitanes de los equipos Real Hidalgo y Misfits y todavía no empezaron a jugar. Está todo retrasado.

Insulté a Revilla como hacía tiempo que no insultaba a nadie y me fui a la estación con mi bolsito al hombro y en el peor de los mundos: sin el fútbol de la clase trabajadora ni la vacación bucólica de la burguesía.

El catorce de agosto, con la mayoría de los titulares de vuelta de sus viajes y una carambola de resultados que nos había dejado lejos pero con posibilidades matemáticas de llegar a los playoffs, jugamos contra un equipo llamado “New York United”, que en ese momento iba séptimo. Para motivarnos durante la semana, nos intercambiamos emails llenos de lugares comunes futboleros: “Este sábado es ganar o ganar”, nos decíamos; “Desde ahora son todas finales”; “¡Es el partido del año!”.

Un par de meses más tarde, fui a McCarren Park a ver los partidos de vuelta de los cuartos de final. Era una noche bastante fría de principios de octubre y la cancha estaba hermosa, iluminada como un escenario desde las líneas para adentro y en penumbra desde las líneas para afuera, donde cientos de personas mirábamos los partidos de pie, con los manos en los bolsillos y dando pequeños saltitos para sacudirnos el frío sorprendente del principio del otoño. Adentro de la cancha jugaban dos de los pocos equipos multinacionales del torneo. Dream Team, usando una vieja camiseta suplente del Inter de Milán, combinaba una vieja base ecuatoriana apuntalada (y casi reemplazada) con refuerzos de todos lados: dos de sus mejores jugadores eran un húngaro flaquito y elegante a quien llamaban “Eli” y un delantero centro afroamericano a quien le decían “Winsy” y llevaba metidos más de treinta goles. El otro equipo en la cancha era New York United, donde había algunos latinos pero no los suficientes como para romper la barrera idiomática: se pedían la pelota (“¡Switch!”, “¡Drop!”), se felicitaban (“Good ball”) y se daban órdenes (“¡Back, back!”, “¡Pressure!”) en inglés.

Encontré a Revilla bastante rápido, parado cerca de la mitad de la cancha, con su gorrita blanca bien hundida hasta los orejas, y conversando con el juez de línea. Cuando me vio, se me acercó sonriendo y me dijo: “Te quiero escribir una carta, para explicarte algunas cosas que dijiste sobre mí en la Internet”. Yo sabía bien de qué me estaba hablando: en junio y julio yo había escrito un diario del Mundial de Sudáfrica y le había dedicado un puñado de párrafos. No había sido agresivo con Revilla, pero sí moderadamente sarcástico, especialmente con su rocambolesco sistema para fijar los horarios de los partidos, que no admite negociaciones ni excepciones. Quienes más nos quejamos del sistema somos los equipos clasemedieros, que por su culpa no podemos “planificar” nuestros fines de semana y acomodar el fútbol en nuestro (supuestamente) variado menú de opciones. Hasta los martes a la noche, cuando los capitanes llaman al celular de Revilla, ningún equipo sabe a qué hora va a jugar el sábado siguiente (el primer partido es a las once de la mañana; el último, a las diez de la noche). Revilla está tan enamorado de su sistema (asigna los horarios según una misteriosa escala que toma en cuenta la posición de los equipos en la tabla) que ni siquiera durante el Mundial de Sudáfrica aceptó acomodar los equipos con argentinos, uruguayos, gringos o mexicanos a los horarios de los partidos de sus selecciones.

—Te quejas del calor, de los horarios, de todas esas cosas que ya hablamos mil veces —me dijo Revilla aquella noche—. Pero tú no sabes lo difícil que es organizar esto, la cantidad de reclamos que hay, la cantidad de demandas que tengo.

Le expliqué a Revilla que entendía perfectamente su situación y que en esa columna había dicho exactamente eso, pero no me quiso escuchar. Enseguida me di cuenta de que estaba jugando conmigo, más halagado que ofendido, y dispuesto a cobrarse una victoria psicológica. Juntó las manos y agitó los dedos, tipeando en un teclado invisible, y me dijo, al borde de la carcajada:

—¿Pensaste que no me iba a meter a la Internet? Jaja, te descubrí.

Me quedé en silencio, sonriendo, un poco emocionado de ver que un tipo tan de otro siglo como Revilla también había caído presa del auto-googleo y se había buscado a sí mismo, como hemos hecho todos, en la red de redes. (La Greenpoint Soccer League es un torneo tan analógico que casi no ha dejado rastros en Internet: es “ingoogleable”. La búsqueda “Greenpoint Soccer League” devuelve un puñado de resultados, pero ninguno relacionado con la liga.)

Después del partido se acercó un amigo de Revilla y nos pusimos a hablar de cómo se puede adivinar de dónde es un jugador solo por la forma de caminar por la cancha. “Al argentino, al uruguayo, al peruano lo ves parado en la cancha, antes de que toque la pelota, y ya sabes que es un futbolista”, decía Revilla. ¿Y los gringos? Revilla resopló, porque no le gusta hablar mal del país del que también es ciudadano, pero admitió: “No, no, los blancos no. Los blancos no”. Los blancos. Una hora antes le había preguntado a Revilla de dónde eran los de New York United y me había contestado algo parecido: “No sé, creo que son blancos”. Pero los del United, que jugaban con la camiseta de la Real Sociedad y tenían, en efecto, un promedio de piel más clara que la de los equipos ecuatorianos o mexicanos, eran de países que difícilmente podrían calificarse de “blancos”: había puertorriqueños, rumanos, chilenos e incluso había también un par de ecuatorianos.

—Los mexicanos son toscos —dijo Revilla después—. Pero ponen mucha garra. Uno les mete un gol, dos goles y les tiene que meter un tres-cero o un cuatro-cero para ganarles, porque con solo dos goles van al frente y te lo empatan.

—¿Y los peruanos?

—Los peruanos tenemos calidad —dijo Revilla con una mezcla de orgullo y resignación—. El problema es que somos indisciplinados.

Su descripción de los equipos peruanos se parecía bastante a lo que habíamos notado nosotros en la cancha (equipos como la selección de Perú: talentosos pero inofensivos, que tocan bien pero ante el primer problema se deshacen inexplicablemente). Mucho menos se parecía nuestra experiencia a su descripción de los mexicanos, que no nos habían parecido nada toscos, pero sí (también) bastante parecidos a su selección: defensores rápidos pero poco confiables, mediocampistas centrales lentos pero señoriales y dos parejas de alfiles por las puntas que corrían todo el tiempo y eran capaces de poner en peligro a cualquiera.

Un patrón habitual en McCarren Park, en estos equipos mexicanos o ecuatorianos con muchos jugadores bajitos y algunos gorditos, era ver que sus únicos jugadores altos eran dos negros gringos o jamaicanos o senegaleses que se paraban de zaguero central y centrodelantero. Estos tipos —algunos, becados universitarios de vacaciones; otros, veteranos de mil batallas del fútbol urbano en los parques de Randall Island o Flushing Meadows— reciben entre cuarenta y ochenta dólares por partido y juegan cuatro o cinco partidos por fin de semana en ligas de toda la ciudad. Como sus compañeros hispanohablantes no los conocen bien o no se aprenden sus nombres, les piden la pelota con sonoros “¡Negro, negro!”, que en este patio fronterizo apenas sacuden el barómetro de la corrección política. En los años que llevamos jugando en la Greenpoint Soccer League, uno de los mejores delanteros del torneo ha sido siempre un petiso punzante y endiablado a quien sus compañeros mexicanos nunca aprendieron a llamar por el nombre: “¡Árabe, árabe!”, le gritaban y el petiso, igualito a Diego Buonanotte, se daba vuelta y sonreía.

El partido más importante de nuestras vidas, contra New York United, duró media hora. Después no hubo partido sino exhibición (de ellos) o tortura (para nosotros). Nos metieron el primer gol en el minuto doce o trece; el segundo, en el veinticinco o veintiséis; el tercero, justo antes del final del primer tiempo. Entramos a la cancha eufóricos pero mareados, ya antes de recibir el primer puñetazo, y después nos fuimos cayendo lentamente, como si nos soplaran, hacia la lona. Volvimos malhumorados y en silencio al arbolito donde nos esperaban nuestras mujeres, que nos preguntaron, con la mejor intención y el peor tacto: “¿Ganaron?”. A algunos de nosotros se nos escaparon unas carcajadas socarronas, casi diabólicas, que reflejaban la vergüenza y la indignación de perder cinco a cero el único partido que teníamos que ganar.

El martes siguiente analizamos la hoja manuscrita y fotocopiada con la tabla de posiciones, lo llamamos a Revilla para preguntarle los resultados de los otros partidos —a veces se los acuerda, a veces duda: “Creo que ganó Guadalupe...”—e hicimos un poco de aritmética: la única posibilidad que nos quedaba de meternos entre los primeros doce era ganando los cuatro partidos que nos quedaban.

La noche del veintiuno de agosto jugamos contra Universidad Católica, un equipo de peruanos y mexicanos que iba sexto en la tabla. Nosotros estábamos decimocuartos y nunca le habíamos ganado a ningún equipo que estuviera por encima de nosotros. Metí el uno-cero en el primer tiempo, tocando en el primer palo un muy buen centro bajo de John, uno de nuestros gringos, y Claudio metió el segundo un rato más tarde, definiendo de zurda un pase mío de los que hace años daba miles pero que ahora, con la edad y la falta de confianza, cada vez doy menos.

El sábado siguiente jugamos contra Real Hidalgo, los campeones del año anterior. Fingimos estar condenados, como personajes de una tragedia griega, y el truco funcionó: se lo creyeron ellos y, sobre todo, nos lo creímos nosotros, que jugamos sin presión y con confianza, incapaces de creernos nuestro empaque y nuestra energía hasta que Pietro, nuestro delantero italiano, metió un gol de penal y después tiró un centro que Claudio cabeceó en el segundo palo. En el entretiempo nos pellizcábamos en silencio, como si no quisiéramos despertarnos. Después quisieron atropellarnos y lo consiguieron: se pusieron dos a uno y por un momento pareció inevitable que San Martín recuperara su habitual talante apedreado y dubitativo. Cuando faltaban dos minutos, Matías, que se había pasado la temporada persiguiendo rivales en la mitad de la cancha, metió un derechazo al ángulo y lo gritó tan fuerte que todo el mundo en el parque se dio vuelta para mirarlo. El partido siguiente lo ganamos por decreto (Honduras FC se había retirado del torneo) y el último lo ganamos cuatro a cero, como si siempre hubiéramos sabido cómo meter goles. Cuando terminó el partido, nos miramos y no lo podíamos creer: a pesar de habernos saboteado durante semanas y semanas, habíamos terminado el torneo undécimos, con veintinueve puntos en diecinueve partidos y autorización para bailar aunque sea un ratito con la aristocracia futbolística de la Greenpoint Soccer League.

Hasta hace no mucho, varios equipos de la liga usaban los sábados como ocasión deportiva pero también social: se quedaban en el parque, comiendo fruta y sándwiches, escuchando música y tomando cerveza hasta después de la medianoche. Cuando tenían que hacer pis, lo hacían contra las paredes de las fábricas vacías. Ahora que esas fábricas han sido reemplazadas por departamentos, Revilla les ha tenido que pedir por favor que dejaran de orinar cerca de los edificios. “¿Y entonces dónde?”, habían protestado algunos en la reunión de capitanes en Pío Pío. “Háganlo del otro lado del parque, contra las canchas de béisbol”, les había recomendado el presidente de la liga.

Un sábado fui a visitar a Revilla y lo encontré caminando alrededor de la cancha con un bastón en una mano y una bolsa en la otra, recogiendo la basura —botellas vacías de Gatorade, bolsas de plástico, restos de comida— que habían dejado los espectadores de los partidos del día. Le pregunté cuánto había cambiado el barrio en los casi veinte años que llevaba organizando el torneo. Revilla frenó, se dio vuelta y, mirando a los edificios de departamentos construidos en el boom inmobiliario pinchado en 2008, dijo: “Esto era todo factoría”. Levantó los brazos y señaló hacia el Este y hacia el Sur. “Todo factoría. No había ni un solo edificio.”

McCarren Park, el parque municipal donde se juegan los torneos de Revilla, está en el borde oriental de Williamsburg, un barrio que en la última década y media pasó de rincón semi-feo, semi-polaco y semi-vacío a refugio de artistas y rockeros y, en una segunda transición asociada a la primera, en barrio cool y caro con boutiques alternativas y mueblerías de estilo escandinavo. Lo que pasó en Williamsburg pasó en toda la ciudad: a medida que los yuppies y otros jóvenes se cansaron de los suburbios y retornaron a los centros de las ciudades, desplazaron a los bohemios o lúmpenes creativos que vivían casi gratis en barrios dilapidados como el Soho o el East Village. Estos bohemios (artistas, músicos, diseñadores) encontraron refugio en Brooklyn, del otro lado del East River, donde pusieron galerías de arte y pequeños restaurantes bonitos que lentamente fueron Desplazando a las familias negras y dominicanas que llevaban treinta años allí. La tendencia —que algunos en castellano llaman “gentrificación”, traduciendo fonéticamente desde el inglés— se ha desacelerado pero persiste, alcanzando territorios cada vez más alejados de Brooklyn y el norte de Manhattan.

Para Revilla, que vive cerca del parque pero en la otra dirección, todavía a salvo de los salones de yoga y el café orgánico, el beneficio principal de la gentrificación de Williamsburg ha sido la renovación de McCarren Park: hasta 2005, la Greenpoint Soccer League se jugó en un erial traicionero de yuyos y escombros; desde 2006, en una cancha extraordinaria con luz artificial y césped sintético de última generación. Para algunos de los latinoamericanos que participan de la liga, este parque es uno de los beneficios más valiosos que reciben del Estado gringo, que no les da permisos de trabajo pero al menos los deja jugar al fútbol en una cancha a la cual casi ninguno de ellos tendría acceso en América latina.

Revilla y otros peruanos empezaron a jugar en McCarren Park a principios de los noventa, cuando en los alrededores había solo “factorías”, depósitos agrietados y unos pocos bares y carnicerías polacos derramados desde el vecino barrio de Greenpoint. Una tarde llegó un comisionado del Departamento de Parques, les advirtió que no podían usar el campo sin permiso y les dejó una tarjeta. Revilla lo llamó, fue a varias reuniones y seminarios y en 1992 fundó la Greenpoint Soccer League, que en su primera edición tuvo ocho equipos, casi todos peruanos. Con los años, la liga fue creciendo y también se fue “desperuanizando”, imitando las tendencias migratorias de la ciudad. Hace quince años había pocos mexicanos en Nueva York y pocos mexicanos en el torneo de Revilla; hoy hay muchos mexicanos más, en las cocinas y obras en construcción de la ciudad y en las canchas de Brooklyn. “Los equipos peruanos ya no dominan”, dijo Revilla. “Se fueron quedando viejos, no ha habido recambio”.

Después conversamos sobre su historia personal. Me contó, con algo de la morriña habitual de los inmigrantes, que lleva treinta años en Estados Unidos, que primero vino solo y que solo más tarde pudo traer a su mujer. Lo más doloroso, me dijo después, fue dejar en Perú a su hijo, a quien durante casi tres años cuidaron su hermana y su cuñada. En una entrevista que le dio a un periodista del sitio Peru21.pe (a quien conoció gracias a mí), Revilla contó aquellos años con más detalle:

—Acabo de estar en Lima y mi hermana me entregó las tarjetas que yo le enviaba a mi hijo —muestra una serie de tarjetas amarillentas fechadas desde el setenta y nueve—. Fue muy emocionante. Son cosas que pasan. Se luchó tres años, regularizamos nuestra situación migratoria y pudimos pedir a mi hijo. Pero una de las cosas más difíciles de estar aquí —hace una pausa— es que ya no pude ver a mi padre. Cuando regresé, me dijeron que ya había fallecido. Este país te da cosas buenas, pero también te las cobra.

Cuando leo párrafos como éste, me arrepiento un poco de mi relación con Revilla, con quien me peleé muchas veces más de las necesarias. Sigo sin entender por qué necesita ser tan inflexible y arbitrario con su calendario de partidos y por qué se resiste (por convicción o indiferencia, a esta altura da casi lo mismo) a crear una sencilla página web donde todo el mundo pueda ver la tabla de posiciones, los resultados de los rivales y los horarios de los próximos partidos. Estos años, nuestro único contacto matemático con el resto del torneo ha sido una hoja escrita a mano y fotocopiada que nos entrega Revilla cada sábado antes de los partidos. Es una tabla que usa tecnología de 1970, más una reliquia que un instrumento, pero contra la que cada vez tengo menos ganas o argumentos para protestar.

Nuestro baile en la élite de la Greenpoint Soccer League fue corto y brutal. Perdimos tres a cero, sometidos y colonizados desde el primero hasta el último minuto, contra Filco, mi equipo favorito de la liga, un grupo multilatino, toqueteador y agresivo que usa la camiseta rosa fosforescente del Barcelona. Mientras ellos jugaban al fútbol, nosotros parecíamos tener vergüenza de interrumpirlos. Tardábamos cinco minutos en recuperar la pelota y diez segundos en perderla; subía la bola al cielo y saltaban tres fosforescentes contra uno solo celeste; cuando quisimos frenar el partido, hacer una pausa (¡pedir una tregua!), ni se enteraron: nos pasaron por encima. “Por lo menos cumplimos nuestro objetivo de la temporada”, dijo uno de los nuestros, sin consolar a casi nadie.

Un mes después se jugó la final. Ahí estaba Filco, con sus bailarines fosforescentes, después de ganar todas sus eliminatorias por goleada; y también estaba Dream Team, el Chelsea de la liga, el equipo con más jugadores contratados. Le pregunté una vez al técnico y manager de Dream Team, un ecuatoriano con bigotito y pelo corto, de dónde sacaba sus jugadores y me dijo que recorría las ligas de toda la ciudad: “Miramos jugadores en todos lados y los que más nos gustan, los mejores de los mejores, los traemos para acá”, me respondió. Yo hinchaba por Filco, entonces, no solo porque tenía menos jugadores contratados (y me parece una posición moral defendible preferir a los equipos con más espíritu amateur), sino también porque nos habían eliminado a nosotros, y perder contra el campeón siempre es un truco útil para subir o salvar la autoestima futbolística.

En la cancha había clima de final. A un costado, Revilla había parado una mesa de jardín con los trofeos, bañados en (o disfrazados de) mármol y oro. Unas dos mil personas mirábamos el partido parados sobre la raya, al borde de la invasión, obligando a los jueces de línea a meterse dentro de la cancha y generando pequeños tumultos y confusiones en cada lateral. En el público había latinos con sus familias (sentados en sillitas de playa, tomando cafés de Dunkin’ Donuts, compartiendo bolsas de comida) pero también personajes típicos del barrio (guitarristas barbudos de bandas indie, blogueros freelance con camisas ajustadas, chicas pálidas con vestidos de flores y tatuajes en los hombros), probablemente atraídos por la electricidad del momento. El partido era parejo y bastante bien jugado. Eli, el húngaro de Dream Team, manejaba el tempo desde su guarida en el centro de la cancha, pero Filco se las ingeniaba para generar peligro. En el segundo tiempo, con el partido uno a uno, el técnico de Dream Team hizo entrar a un negro panameño panzón y culón y la tribuna lo recibió con risas y burlas. Yo, que lo había visto jugar, me alegré cuando el panameño culón enhebró un pase finísimo para Winsy, que metió su gol treinta y ocho o treinta y nueve (Revilla perdió la cuenta). Filco, más veterano pero con más mística, se fue para adelante, metió el partido en un pantano y así consiguió el empate, después de cien pelotazos y noventa y nueve rebotes, en el último minuto.

El público celebró el gol como si fuera propio, porque extendía el drama hasta la definición por penales. El árbitro, un peruano flaco y alto con poco sentido del humor, quiso mantener al público fuera de la cancha, pero nadie le hizo caso. Cuando el lateral izquierdo de Filco tomó carrera para patear el primer penal, la multitud ya se había abroquelado en los bordes del área grande, rodeando por completo el arco y los pateadores, dándole a la definición una atmósfera de tensa calma, a mitad de camino entre la congregación religiosa y la amenaza de linchamiento. Antes de cada penal, el público se callaba por completo, como en el teatro, y con cada gol se derramaba en grititos de alegría o decepción. Cuando el arquero mexicano de Dream Team, el mejor del torneo, atajó el único penal mal pateado de la noche, se oyeron los “¡ahhhh!” y “¡ohhhh!” de la multitud gringa, que quizás no sabe mucho de fútbol pero sí sabe identificar un buen espectáculo.

Mientras unos festejaban, otros se lamentaban y otros miles se iban para sus casas o donde tuvieran que ir, Revilla me llamó a un costado y me pidió que le hiciera de traductor en la entrega de premios. Primero vino el técnico de Filco, que además es el jefe de la mayoría de sus jugadores en una empresa de reciclado de basura, y se llevó un trofeo alto y dorado grabado con la entrañable “Sub-Champion 2010”. Después se acercaron los jugadores de Dream Team. “Las medallas las va a poner acá el señor Hernán, del equipo San Martín”, dijo Revilla, y los campeones pasaron en fila a mi lado mientras yo, un poco halagado y otro poco incómodo, pasaba las medallas alrededor de sus cabezas transpiradas y las soltaba sobre sus nucas. Revilla tomó un trofeo de la mesa y dijo: “¡El premio al goleador!” Después me miró: “¡Traduce!” Tartamudeé: “The award for the top scorer...”, pero ya no era necesario, porque sus compañeros habían empujado al frente a Winsy, que levantaba su copita tímido y contento. “¡El mejor jugador!”, dijo Revilla después. “The best player...”, repetí yo, en voz bajita. Revilla, que no sabía cómo se llamaba, apuntó hacia el húngaro Eli y el húngaro, que tiene modales y aspecto de otra época, como escapado de una película en blanco y negro, sacudió su trofeo con la misma timidez. Después Revilla se dio vuelta, tomó un sobre que le pasó su mujer y se lo dio al ecuatoriano del bigotito: “Cuéntalo”, le dijo. El técnico de Dream Team abrió el sobre y contó: había, en efecto, dos mil dólares.

Cuando nos quedamos solos, felicité a Revilla por el éxito de la final, que había tenido buen fútbol, buen público y una definición dramática. “Sí, ha estado bien”, me respondió, cansado o melancólico. Después, como para terminar de componer nuestra relación, lo felicité por la liga, le dije que admiraba su dedicación y le aclaré que, aunque todavía estuviéramos en desacuerdo con algunas cosas, jugar en la Greenpoint Soccer League me parecía una experiencia fascinante, la mejor parte de mi verano. Revilla me agradeció, pero después apuntó a los edificios de departamentos de alrededor, donde algunas ventanas en ámbar sugerían el calor de hogares de clase media. “A esta liga le quedan tres o cuatro años, cinco como mucho”, me dijo. Un poco sorprendido, le pregunté por qué pensaba eso. “Claro, hermano. Nos están empujando. Esta cancha está demasiado bonita como para que la sigamos usando nosotros. En algún momento nos la van a quitar.” Me quedé callado, analizando si realmente Revilla tenía motivos para ser tan pesimista, y no supe qué responder. Después me pregunté si, llegado el improbable caso de que hubiera que tomar una decisión, de qué lado creía Revilla que estábamos nosotros. Tampoco quise contestarme. “Se vienen los blancos, Hernán”, dijo Revilla después, quizás dándome una respuesta. “Se vienen los blancos.”

▣ Publicado el viernes 31 de diciembre, 2010

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  • 52 comentarios
     Miguel
    14/12/2012 a las 02:36
    Soy peruano y... sí. Talentosos pero inofensivos, excepto Paola Guerrero que parece de otro planeta.
     Miguel
    14/12/2012 a las 02:36
    Soy peruano y... sí. Talentosos pero inofensivos, excepto Paola Guerrero que parece de otro planeta.
     Miguel
    14/12/2012 a las 02:34
    Soy peruano y... sí. Talentosos pero inofensivos, excepto Paola Guerrero que parece de otro planeta.
     Fde
    02/08/2012 a las 22:02
    Gracias por hacerme recordar, lo bello y pasional que es el futbol, pero mejor aun .. recordar cada rincon, amigo y desconocido con el cual se comparte un momento de correr atras de la pelota. Simple y Genio Hernan!
     Osplo
    03/09/2011 a las 02:49
    Maravilloso, me hizo lagrimear como un pelotudo. Brillante.
    MartiniQ
    10/04/2011 a las 15:10
    le narrateur de San Martín de Brooklyn busca el repechaje joue à Brooklyn (New York) dans une équipe de foot composée de Latinos. Je n'ai lu que le début, mais c'est drÎle. Donc ça fait une différence avec les nouvelles que je connaissais, celles de julio Cortazar par exemple, et franchement, je préfÚre. Peut-être parce que ce n'est pas une nouvelle, je veux dire, le format est court, oui, mais ça ne finit pas tragiquement, ou de façon grinçante, ce n'est pas de l'humour noir. Le gars qui se fait sortir du terrain alors qu'il croyait avoir été fair play, enfin, au moins autant que les autres...DrÎle !
     Patricia Graciela Mamaní
    28/02/2011 a las 02:40
    El fútbol, el deporte que dejó de ser de algunos para ser de todos. En él nos reconocemos, compartmos la misma emoción, hinchas, jugadores, técnicos, todos nos sentimos uno esperando el gol. Que bueno, asi nos olvidamos de las diferencias, está bueno.
     Sil XXL
    16/02/2011 a las 17:08
    Es la nota que más me ha gustado de la revista, de verdad. Directa, clara, nada rebuscada. Tanto los protagonistas, como el mismo autor, dan sentido al texto desde la sencillez y cotidianidad. Ojalá te veamos en un próximo Nº de Orsai Iglesias Illa.
    Chiri
    01/02/2011 a las 22:14
    Es cierto, Franco. Me acuerdo sobre todo de una sobre Robledo Puch, que estaba en alguno de los dos libros que nombrás. Impresionante. Un abrazo a la distancia, amigo querido (abrazo de oso, por supuesto).
    Liliana
    29/01/2011 a las 20:12
    Buenísimo este texto! Felicitaciones
    Julian
    28/01/2011 a las 17:54
    Ah, cuantos recuerdos me trajo leer esto. Las canchitas que no existen más, el barrio todo cambiado, donde teníamos un descampado en una esquina y tener 9 años y estar pateando con amigos del barrio, a ahora, que ya pasó toda una generación, pero no hay más canchas. Se me piantó un lagrimón nostálgico, aparte de que me reí mucho en el texto. Otra muestra de que se pueden hacer cuentos de fútbol (como Area 18!)
    Andrea
    27/01/2011 a las 16:09
    Uno de los mejores textos hasta ahora!! Qué increíble como en el "exilio" uno busca regresar a sus raíces de las formas más diversas. Nunca me hubiese imaginado una liga de fútbol amateur en NY. Hermosa historia.
    Treme
    24/01/2011 a las 00:10
    Me gustó mucho el texto. Felicitaciones al autor!!! Un amigo mío alguna vez también escribió un cuento de fútbol amateur que me gustó mucho. Dejo el link por si interesa (espero que no se considere spam, es simplemente una recomendación, el sitio no tiene publicidad ni nada): http://elaboracionpropia-porjed.blogspot.com/2008/05/pods-volar.html Abrazo!
    Mincho
    23/01/2011 a las 16:05
    "El Magico" Gonzalez en el numero 1 de Orsai!, ¡Que grande! Jorge Gonzalez sigue siendo el mas grande futbolista que ha nacido en este pais, en el que el futbol profesional sigue siendo un futbol amateur. Es cierto, "El Mago" (como originalmente era llamado, hasta que llego a España y le llamaron "Magico") sigue siendo um idolo en Cadiz, tanto que cada cierto tiempo vienen a buscarlo para hacerle algun homenaje. En una entrevista le preguntaron a Maradona que si el (Maradona) era el mejor futbolista del mundo, y Maradona contesto que no, que el mejor era el Magico (no se si para desorientar al periodista o como una muestra de humildad muy raro en el). El Magico nunca dejo de ser un futbolista amateur porque nunca quiso dejar de serlo. En Cadiz hay muchas leyendas urbanas que lo confirman. El Magico se retiro del futbol amateur de paga vistiendo la camiseta del mas glorioso equipo de su pais, el equipo de sus amores, el Club Deportivo FAS, pero aun se le ve en canchas de futbol rapido, engañando a sus contrarios con su famosa gambeta "la culebrita machetiada"... Buen articulo, pero incluir a este personaje en la sobremesa, fue una grata sorpresa. Gracias desde ¡El-Sal-va-dor! P.S. Me dejan esperando un perfil del Magico escrito por Illa...
    23/01/2011 a las 03:04
    Este texto es la perfecta combinación (que no creía posible, la verdad) de literatura y fútbol. ¡¡Muy bueno, Hernán I.I.!!
    23/01/2011 a las 03:02
    ¡¡EXACTAMENTE!!
     Kablete
    23/01/2011 a las 02:16
    Precioso relato, de lo que más me gustó del primer número, Junto a Rafa Fernández y la vida obra de Henry Darger.
    Romeo LopCam
    20/01/2011 a las 03:52
    Excelente... ameno, conmovedor... una crónica sobre la migración con el fútbol amateur como telón de fondo y viceversa... el final es como un balón nuevito, redondo.
    v.
    19/01/2011 a las 21:35
    No consigo identificarme con esa pasión recurrente de usar el fútbol para hablar también de otra cosa. Pero qué bien contada esa otra cosa, y qué bien contado el fútbol.
    violeta
    18/01/2011 a las 16:29
    Me piyé de risa. Qué buenas las ilustraciones, además. Lo que me da congoja y tristeza es la vida de esta gente en EEUU, vaya melancolía, yo creo que me muero.
    17/01/2011 a las 15:19
    lindísimo relato, y estoy seguro que a todos los uruguayos nos encantó ver las ilustraciones de Matías con las camisetas celestes que últimamente vuelven a ser motivo de felicidad para nosotros.
    Cristian Bullokles
    17/01/2011 a las 01:01
    Desde hace mucho tiempo sostengo que las buenas cosas deben compartirse, si no se comparten, no se las disfruta en su total plenitud. Por esto ultimo cuando compro un vino por primera vez generalmente me aseguro que exista un segundo, a veces solo representa comprar dos unidades, a veces saber que la vineria esta cerca y tiene mas. Cuando empeze a leer orsai sabia que en algun momento un PDF apareceria, Hernan no voy a poder terminar de disfrutar Orsai, hasta que no haya compartido San Martin de Brocklyn con mis frecuentes companieros de futbol, no me hagas esperar :). Gracias por este texto.... pago el valor completo de mi revista...
    Arancha
    16/01/2011 a las 23:35
    Me ha gustado muchísimo, entrañable!
    Micam
    16/01/2011 a las 14:35
    Es el primer texto de la revista que me llegó al corazón :). Impecable Hernaniiiiii..
    15/01/2011 a las 20:55
    Como intento de deportista que soy, da gusto leer literatura enmarcada en el deporte de esta manera. Esas pinceladas en las que se habla de la mezcolanza de culturas que juegan dentro de una que les acoje y que -desgraciadamente- va a arrasar esa cancha, mezclado con el día a día de un equipo que podría ser el tuyo o el mío me ha encantado. Felicidades Hernán. A matar en la temporada que viene.
    15/01/2011 a las 17:40
    Muy buen texto. Con algunas frases (como señala Lucas #25) memorables. Chiri: en la sobremesa de esta nota te faltó citar a Osvaldo Soriano y sus impagables crónicas reunidas en ??si mal no recuerdo- "Cuentos de los años felices" y "Arqueros, ilusionistas y goleadores"
    15/01/2011 a las 16:13
    Para los que amamos el fútbol, los torneos amateurs son lo más cercano a la sensación de ser jugador de fútbol. En equipos de amigos, además, pasan otras cosas hermosas alrededor del partido. La crónica es exquisita. Personajes como Revilla se multiplican en un montón de lugares. Me quedo con estas palabras: "Detecté la bola en los suburbios de mi botín izquierdo" "Mientras ellos jugaban al fútbol, nosotros parecíamos tener verguenza de interrumpirlos".
    Flor
    14/01/2011 a las 21:24
    simplemente me encantó! se lo leí a mi novio ayer, tirados en la costanera a la salida del laburo (argentina), y él no es de leer nada , pero le encantó también. La verdad la forma que escribe hace que vos estes ahi, por jugar la Greenpoint Soccer League... con todas las sensaciones!! EXCELENTE!!
    El Angel Gris
    14/01/2011 a las 16:35
    Impecable, finalmente y no se porque, no quiero que hagan esa puta web.
     Esteban
    14/01/2011 a las 10:06
    De lo mejor que lei en la revista hasta ahora. Muy buen relato, entretenido y autentico.
    julio
    14/01/2011 a las 02:58
    entretenido y muy buen relato, pero triste el final cuando se menciona que a esa liga solo le quedan unos cuantos años mas,..........
     yosola
    14/01/2011 a las 01:00
    A mi Orsai me ha enseñado que además de ver fútbol, uno puede leer fútbol. Y es LO MAS. De esas cosas que uno agradece.
     Pat
    12/01/2011 a las 18:06
    Hermoso relato, entre palabras sencillas y las imágenes grises, de un país al norte que siente el fútbol con temperaturas antárticas, se desliza sutilmente la melancolía de la no pertenencia, la calidez del inmigrante; la búsqueda del abrazo al propio lugar, al potrero de la infancia. Me pega de cerca porque tengo a un amigo muy futbolero circulando por canchitas de Seattle, estrenando título de DT y con destino, quizás, de alguna de estas ligas. Al igual que alguien, por allá arriba, me terminé encariñando con el viejo Revilla y con esa relación paternal que en puntas de pie se va entrtejiendo. Muy a la altura.
    eugenia montiel
    12/01/2011 a las 02:23
    Illa sos un groso!!! no había leido nada tuyo y la verdad me encantó! Todo ese análisis sociocultural que nos da sin que se note mucho, así suavecito, entendible, cercano a todos, así como deben ser los textos! Bahh como a mi me gustan, vio? je Felicidades, de verdad muy bueno! Y eso que a mi el futbol me da una hueva inmensa ;)
    Sergio
    11/01/2011 a las 15:36
    Hans, qué razón tienes cuando calificas como lo haces a la mayoría de la prensa deportiva en España, esa que sólo parece tener interés por embutirse la camiseta de su equipo, mientras enfangan la única camiseta que deberían idolatrar: la del periodismo y las buenas y muchas historias que genera el deporte. Estoy contigo!!! Por lo demás, el artículo me pareció magnífico, a la altura de las iluiones que he depositado en la revista.
    maco
    09/01/2011 a las 20:24
    Hasta ahora leí "Crónica de un deportado" y "Mi Padre el Cartaginés" y creo que tu crónica esta en la que mas me entretuvo y gusto, sin quitarle méritos a los otros dos grandes narradores.Felicitaciones,muy bueno.
    Romina
    08/01/2011 a las 21:43
    Me encantó el texto de Hernán. Y además me di cuenta de que es el Hernanii de TP.
    nacho
    08/01/2011 a las 01:37
    Me encantó, me hizo acordar a lo mejor de fontanarrosa.
    07/01/2011 a las 22:17
    En mis años en NY tuve la gran suerte de jugar con Hernan enšSan Marín de Brooklynš, conocido en un principio como šNorth Sidešo šNorsaišpara Apa, el rompe piernas del equipo. Todavía recuerdo una disputa con Revilla por una expulsión injutisima de Hernan, quién además de gran escritor, es un talentoso 10. Tremenda descricpión del fútbol y lo que es San Martín de Brooklyn. Se extrañan muchachos! Aguante ahí en el pasto y el chivito dŽoro!
    07/01/2011 a las 21:07
    Hernan, estoy por viajar a NY, y me llevo lso botines. Necesitan un 2 metedor? Me hace acordar a mi equipo de los sabados, Malbec FC, un rejuntado de borrachos que nos comemos de a 4, pero como disfrutamos!!! Me encanto. Me encanta como describis NY, parece que voy caminando por sus calles. Tuve la suerte de estar de paseo, y de leer "Golden Boys". Haces que la lectura sea un paseo neoyorkino!
    Marcio
    07/01/2011 a las 15:14
    Cada palabra, cada parrafo, cada anecdota, me recuerda al equipo en el cual, modestamente, me desempeño "LOS PISACORCHOS". Lo que me he reido con los comentario, la verdad es que me senti identificado. Muchas Gracias Hernan de NY por el texto.
     Nicasius
    06/01/2011 a las 20:49
    Excelente texto, te juro que me hizo sentir las ganas de jugar un picado con cualquiera en cualquier lado donde halla pasto... ahora voy a averiguar mas sobre Illa. saludos
    06/01/2011 a las 19:33
    Excelente relato. No debe ser fácil vivir en una sociedad donde no tienen idea de lo que significa el fútbol...
    Nicolás
    06/01/2011 a las 18:57
    Muy bueno!. Hacía rato que no leía un texto que, a través del fútbol, vincule una situación como la de los inmigrantes en la Gran Manzana.
    06/01/2011 a las 18:29
    Hernán! Me mudo a NY solo por jugar en tu equipo!!!
    zippo
    06/01/2011 a las 04:28
    Muy bueno, empecé odiando a Revilla pero finalmente terminamos entendiendolo, junto con el autor. Me encanto como describe la situacion de los latinos en EEUU, y como describe esa pequeña comunidad que se genera en torno al fobal.
    Damian.
    05/01/2011 a las 12:35
    Excelente nota! Siento admiración por el viejo Revilla.
     Mariano Najles
    04/01/2011 a las 20:06
    el valor social del futbol para el inmigrado es tremendo... sea por verlo, sea por jugarlo, sea por organizarlo... es un tema q siempre puede acercarte al mas lejano
    Rafa B.
    04/01/2011 a las 19:31
    Tierno, divertido, melancolico y agudo. Me ha gustado mucho.
    hans brinker
    03/01/2011 a las 00:26
    Fantástico, fresco y entretenido, no la basura esa que llaman periodismo deportivo los diarios mas leídos en España. Me ha gustado lo de sentirse incomprendido, incluidas las risitas del fondo, al pedir algo que para unos parece tan sencillo (una web) y para otros algo de otro mundo, y por tanto incomprendido y menospreciado. Me ha faltado poco para dejar de ser de la Real Sociedad para hacerme del San Martín de Brooklyn, o al menos, fan de la liga, que no se vengan los blancos!
    EL RUSO del Solbaid
    02/01/2011 a las 22:10
    Me hizo acordar cuando el Club le tenia que ganar a Chascomús por 5 goles para ganar el Regional y entrar a las finales del nacional.Ganó 6 a 0 (cinco de la Loba Bomaggio) y después en las finales nos pasaron por arriba los de Cipoletti...
    Esaú
    31/12/2010 a las 14:28
    PRIIIII
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    Estas páginas pertenecen a la sección «Crónica introspectiva» de este blog y aparecieron por primera vez en la versión papel de la Revista Orsai Número 01.

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    Sobre los autores

    Escribe Hernán Iglesias Illa

    (Buenos Aires, 1973) Ha sido editor en The Wall Street Journal Americas y ahora escribe para medios como Rolling Stone o Etiqueta Negra. En 2006 recibió el Premio Crónicas, de Planeta y Seix Barral, por su proyecto narrativo Golden Boys, que cuenta la historia de los banqueros que propiciaron de las crisis de principios de siglo.

    Hernán Iglesias Illa en Orsai

    Ilustra Matías Tolsà

    (Villa Constitución, 1983) Nació en Argentina, aunque vive en Cataluña desde chico. Ilustrador-caricaturista freelance, publica en varios medios y coordina una nueva escuela de dibujo en Cataluña. Es miembro fundacional de la revista y ha dibujado prácticamente en todos los números. Su web: hagodibujitosytal.blogspot.com

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