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Número 03, Folletín

La media vuelta (3)

▣ Escribe Víctor Correal y Adrià Cuatrecases

Durante 2011 Orsai acompañó al joven catalán Albert Casals, a su novia y a su silla de ruedas por medio mundo. El objetivo, las antípodas. Este es el tercero de cuatro episodios.

Mientras Albert y Anna se suben a un camión en algún punto de Turquía, leo algunos correos de lectores sobre esta aventura. “A mí la historia me chirría un poco —dice un comentario—. Me parece inhumano. Albert no tiene miedo, es como un robot, está por encima de la moralidad humana, su silla de ruedas le hace trascender. No reflexiona, no se pregunta, solo disfruta, hace lo que le da gusto; hedonismo al límite.”

¿Es Albert un hedonista? Y si lo es, ¿es censurable? ¿Los demás tenemos derecho a juzgarlo o es un tic de herencia católica que nos impulsa a moralizar las decisiones ajenas? Si no fuera porque está dormido en ese camión, cruzando Turquía entera, a buen seguro que el mismo Albert participaría del debate. Quizás ahora algún lector menos fino podría soltar la idea de que, al no poder caminar, es lógico que el chico desarrolle una habilidad retórica para escapar de las complicaciones.

Sí, de acuerdo. Pero, ¿cabe el embuste? ¿El engaño? ¿La mentira? “Siempre que no dañe a terceros”, responde Albert.

¿Y te parece ético subir sin pagar a un tren o fingir caerte para colarte en un barco? “Mientras no dañe a terceros”, responde de nuevo. Y sonríe, sabiéndose vencedor.

El camión descarga a la pareja. El conductor, que les ha cruzado por todo el país, se defiende en inglés macarrónico, y lo aprovecha durante el trayecto para preguntar a Albert y Anna cómo piensan cruzar Oriente Medio sin permisos ni carteras.

—Bueno, nosotros viajamos así. Ya pensaremos cómo cuando lleguemos.

—Pues llegó el momento —afirma señalando al horizonte, justo donde les aguarda un dispositivo aduanero uniformado y de cara seria.

—Eh... —ronronea Albert mientras se esfuerza en recordar qué tiene apuntado en su manual sobre convencer a guardias fronterizos.

Anna está tan nerviosa como Albert, pero se le nota. A medida que se han ido alejando de Europa, a ella las dificultades le parecen más pronunciadas: idiomas incompatibles, culturas alejadas, costumbres distintas... Presentarse en la frontera siria en manga corta, de la mano de un chico en silla de ruedas de pelo azul, y sin intención de pagar la tasa obligatoria le provoca inquietud. A la que se añade un punto de sudor frío cuando les dan el alto y les preguntan algo así como “a dónde creen que van”.

Entonces Albert arranca su discurso: que si venimos de, que si viajamos sin, que si nos dejan que, gesticulando sin cesar para empujar sus palabras, aderezadas con algún guiño, una risa tonta, y más desvergüenza de la que podríamos reunir una decena de nosotros juntos.

Anna presencia, una vez más, el milagroso efecto de la retórica de Albert. Incluso en una lengua incompatible, ante una cultura alejada, y frente a costumbres distintas. Y Albert sonríe, sabiéndose vencedor.

En Damasco se alojan en casa de una familia de doce somalíes que solo les piden a cambio poder exhibirlos como una rareza exótica ante amigos y conocidos. “¡Pasen y vean lo que tenemos durmiendo en el sofá!” Y así el cuarto se convierte en una atracción turística con gente circulando constantemente y un somalí como guía.

A la joven pareja le compensa convertirse por unos días en atracción de feria a cambio de un refugio en el caos reinante de la ciudad. Necesitan un techo bajo el cual revisar el mapa y tomar la decisión que habían retrasado para no entrar en pánico.

—Vamos a ir hasta Georgia. Y allí tenemos que tomar uno de los dos caminos.

—¿De verdad tenemos que escoger entre estos dos?

Albert hace que no con la cabeza. Anna ya lo sabe. Lo pregunta para ganar tiempo. Resistiéndose a elegir.

—Sin coger avión únicamente hay dos rutas posibles para seguir rumbo a Oriente: por Kazakhstán o por Irán.

—O sea que hay que elegir entre andar a veinte grados bajo cero o cruzar por una zona en conflicto. ¿Es eso?

Albert asiente. Anna suspira.

“Me gusta que el mayor defecto o discapacidad de Albert se vuelva su mejor aliado en su viaje —dice otro lector—. No lo digo como una moraleja o una enseñanza de vida. Si no por algo que es porque es y punto.”

Es cierto que las historias de superación tienden al proselitismo. Y algunos creerán que este y los otros viajes protagonizados por Albert tienen, en el fondo, cierta voluntad de demostrar algo. ¿De aleccionar a quien se compadece, quizá? Lo cierto es que él va por libre. Y como resalta este lector, su uso de la silla es tan desacomplejado que nos pilla a contrapié. La utiliza a su favor, sin remordimientos. Pero un juez tendría difícil discernir quién tiene mayor culpa en estos momentos de pillería, si Albert por sacar provecho de su incapacidad o los demás por esa ridícula costumbre de apiadarse de toda minusvalía.

Alguien curtido ante estas cosas es Gabriel Vilanova, que lleva casi veinte años ejerciendo de fisioterapeuta en un centro de recuperación para personas afectadas por alguna discapacidad. Entre sus pacientes, un niño de siete años al que recuerda perfectamente: “La diferencia entre Albert y otros pacientes es que él ya venía contento, dispuesto a superarse. Y gran parte de los pacientes, a la mínima, se hunden. Era de una pasta distinta que los otros. Al llegar no tenía equilibrio después de estar tantos meses en cama. Fue el peor momento para él. Pero venía siempre alborotado y dispuesto a trabajar. Si no le salían los ejercicios que hacíamos se enfadaba. Su tozudez le sirvió para esforzarse”.

Un profesional que ha visto pasar por sus manos multitud de pacientes puede comparar: “Lo que él ha hecho ha sido canalizar la parte negativa de forma positiva. Solo que otras personas no tienen ni el espíritu de superación ni las cualidades de Albert. Hay que tener en cuenta que él es elástico a más no poder. Nunca va dando lástima. Es simplemente una manera optimista de ver la vida. Hay personas que puedan opinar que lo que hace es huir de lo que le pasó, pero yo creo que no. Lo que hace es disfrutar la vida”.

¿Pero intenta demostrar algo a alguien o simplemente vive su pasión?

“Para otras personas que se encuentren ante una dificultad física puede ser un ejemplo de positivismo, pero el viajar del modo que viaja tiene poco que ver con su minusvalía. Sin ella haría lo mismo, lo que pasa es que entonces no hablaríamos de Albert. Ya no sería el chico de la silla de ruedas con el pelo azul, que se va sin pasta y con desvergüenza, que pone cara de pena si lo van a detener y se libra.

De camino a Tbilisi, tanto Anna como Albert empiezan a notar el desgaste físico y su cuerpo les exige descanso. Exteriorizan su queja con unas anginas y una gripe intestinal. Descubren con fortuna que Georgia es un país obsesionado con ser europeo (con las cosas buenas de ser europeo, cabe suponer). Así que una parejita catalana es recibida con honores. Como si tratándoles bien se estuvieran ganando el favor del continente entero.

Les acogen en un hostal, que les regala tantas noches y cuidados como requieren hasta recuperarse de sus dolencias. Y allí deciden que la menos imprudente de las rutas es la que pasa por Irán. Pero sus anfitriones les advierten de los impedimentos estrictos de ese país en lo que a cruce de frontera se refiere.

—Bah, fronteras a mí... —se le escapa a Albert.

Antes de su intento de acceder a Irán, las mujeres georgianas recomiendan a Anna tomar una precaución básica si quieren tener alguna opción y le regalan un elegante burka de color negro, que combina con todo. Equipados cogen un bus que les lleva hasta el acceso iraní más cercano.

Esta vez los guardias son menos benévolos. Hasta Anna puede ver por esa pequeña ranura la expresión poco receptiva de los aduaneros. Tan poco receptiva que ni Albert quiere insistir.

Dan media vuelta resignándose a la segunda mejor opción, Kazakhstán, donde el invierno recibe a sus habitantes con una media de dieciocho grados bajo cero. Algo intimidatorio para alguien que lleva en su mochila únicamente dos camisetas. Una de ellas de manga corta.

Se dirigen hacia Baku, en el extremo oriental de Azerbaijan, de donde parte el único barco que cruza el mar Caspio. Zarpa cada catorce días, con lo que el temor es plantarse allí y tener que esperar ocho, diez, o doce largos días sin abrigo en un puerto. Al fresco.

De ahí que al llegar a ese muelle pregunten con voz hilada:

—Disculpe, señor: ¿cuándo sale el próximo buque?

—Mañana.

Albert no se sorprende de esa suerte.

—El destino nos debía una. Por lo de Irán.

Parece ser que el destino le debe más de una. Quizá tenga remordimientos tras azotar su infancia con severos vaivenes, y ahora le quiera compensar.

“¿Y sus padres? —se pregunta otro lector— Hay que tener mucho valor para estar dispuesto a pasar tanto miedo.” Y en el mismo sentido, una lectora insiste: “Por favor, charlad con los padres de este chico. Me interesaría muchísimo releer esta historia desde su punto de vista”.

Los padres son Álex y Mont, una pareja de mediana edad y de charla pausada, poco amantes de la estridencia. Están orgullosos de Albert, pero con contención. Y están satisfechos con su papel como formadores, pero rehúsan las medallas.

Álex lo ve así: “Si tú tienes claro de entrada que tu hijo puede hacer una cosa que lo hará feliz, no te puedes plantear si se lo permites o no. No eres su amo. Eres tú quien decidió traerlo al mundo, él no te lo pidió. Así que lo mínimo que puedes hacer es respetarlo y entender que es una persona, y que no por ser pequeña es tonta”.

La oratoria de Albert no es fruto de la casualidad. Sus padres argumentan cada afirmación y la reiteran con símiles que vuelven la teoría algo más terrenal. Para ellos “un niño no es más que un adulto en prácticas. Del mismo modo que nadie se enfada con un médico cuando está haciendo sus horas de formación en el hospital, y comprende que cometa errores, con un hijo es igual. Debemos entender que cuando hace algo mal no es para fastidiarte, es únicamente porque no sabe”.

Los padres de Albert explican su punto de vista asumiendo que es solo la opción elegida por ellos, pero con el bagaje que les otorga haber pasado por circunstancias delicadas. Reconocen que han ido aprendiendo a cada paso, meditando mucho cada decisión. Consultando. Para cerciorarse de que, fuera cual fuere el resultado, el movimiento había sido elegido sin precipitarse. Y con la generosidad que supone actuar pensando en los hijos y no en la propia tranquilidad de los padres: “La sobreprotección alivia al padre y a la madre pero es una putada para los hijos, porque no les dejas crecer ni madurar”, resume Álex.

En el puerto de Baku, el mismo operario que le ha dicho a Albert que el barco zarpa a la mañana siguiente también le informa que el viaje dura tres días y que el billete cuesta ciento veinte dólares. El chico tuerce un poco el gesto.

—Ah, y por supuesto, no sube nadie a bordo sin visado para Kazakhstán.

Ups, el visado. Ese pequeño detalle.

En esta ocasión, el reto acumula más obstáculos que ningún otro: ni billete para colarse en el barco, ni visado para superar el control de la entrada, ni camarote en el que esconderse los tres días de recorrido sin levantar sospechas. Con el añadido de jugar contra el reloj, pues no superar alguno de los retos supondría que se escapara ese barco y quedar dos semanas a la deriva, en tierra de nadie.

Albert convence a los dos policías del puerto para que le dejen pasar ese filtro, en parte porque los agentes tienen la tranquilidad de saber que van a abortar su intento en la aduana. Lo mismo que debe pensar el aduanero al sellarle el pasaporte a pesar de no mostrarle billete.

Curiosamente, quien le corta el paso es una sonriente azafata dispuesta a acompañarle a su camerino. Algo complicado cuando, en realidad, no tiene ninguno asignado. Para ganar tiempo, Albert se inventa que su billete se lo han quedado en la aduana. Pero tras una rápida comprobación aparecen en escena dos policías que le agarran del brazo con intención de conducirle hasta la salida.

Llegado a ese punto, el chico de la silla de ruedas con el pelo azul, que va sin pasta, que pone cara de pena si lo van a detener y se libra, pronuncia la frase mágica.

—¡Quiero hablar con el capitán!

Le sonaba haber leído en alguna novela de aventuras que esa solicitud es algo a lo que cualquier polizón tiene derecho. Y lo cierto es que, al hacer la solicitud, los agentes le sueltan el brazo, la tripulación que le rodea se cruza miradas, y la azafata (ya menos sonriente) se marcha renegando al encuentro del patrón del barco.

Es su última carta. El capitán tendrá la palabra definitiva. Debe convencerle como sea.

—Por favor, que hable inglés. Por favor, que hable inglés...

El capitán se acerca con su gorra y le devuelve a Albert la esperanza al preguntar:

—¿What’s the matter?

Con un idioma con el que comunicarse aceptablemente, las argucias dialécticas de Albert recuperan efectividad. Le explica su trayecto, se hace el simpático, se muestra gracioso, y termina convertido en el invitado de honor del capitán. Con cama y barra libre.

A su destino le esperan siete grados bajo cero y medio palmo de nieve, con lo que eso supone para alguien que circula en silla de ruedas. Pero no va a pensar en ello, ahora está disfrutando de un crucero gratis.

Entre las cartas de lectores destaca una que se limita a decir dos palabras sobre Albert: “Hippie drogado”. Dicho así, con esa rotundidad, es como que el lector supiera de lo que habla. Parece algo irrelevante pero, si existe esta curiosidad, habrá que indagar sobre los vicios de nuestro viajero charlando con su grupo de amigos en Barcelona.

—Nada de nada. Ni siquiera salimos por discotecas. Ni tenemos sexo con desconocidos —asegura Pol—. Los jóvenes tenemos mala prensa —denuncia—, aunque es cierto que muchos de ellos hacen lo que les divierte, pero no lo que les hace felices.

Un momento. Oír a un chaval de veinte años hacer una reflexión así provoca un levantamiento de ceja inmediato.

—Es que la filosofía de vida de Albert no es solamente de Albert —interrumpe Pol—. La hemos creado entre todos. Si algo caracteriza a nuestro grupo es que lo discutimos todo.

—Albert es quien ha puesto en práctica la teoría —irrumpe Rubén—. Nosotros aún no lo hemos hecho porque nos sentimos atados a lo que tenemos aquí.

¡O sea, que son un pequeño ejército de vividores dispuestos a batallar! Pero su lucha es hacia la conquista de un modo de vida, sea viajando o sin viajar.

—Lo de viajar no lo comparto porque no me interesa —suelta Felipe.

—A mí los viajes de Albert no me importan —dice Pol—. No me importa saber lo que hace. A mí me importa saber cuándo vuelve, para poder hacer lo de siempre.

¿Y lo de siempre es...?

—Ir de madrugada a un hospital abandonado y colarse dentro evitando los vigilantes, por ejemplo.

Vaya.

Los mismos guardias que le zarandearon al descubrir que había subido al barco sin billete, ahora le despiden con la mano alzada. Albert se desliza por la rampa de proa y pisa tierra firme después de tres días de navegación. Va envuelto con ropa de abrigo, mucha ropa, que le regaló cada nuevo conocido del barco al que le contó su intención de pasar por Kazakhstán en pleno invierno. Y soportó con vergüenza algo que casi ni recordaba: la necesidad de que le empujaran la silla para avanzar. La nieve no es una buena aliada para una silla de ruedas. Tampoco lo son esas temperaturas para un mochilero que duerme en parques. Así que el objetivo es subir al tren que cruza el país de extremo a extremo para llegar lo antes posible a China.

Una adinerada familia (que conocieron en el crucero gratuito) les financia los billetes que les acercan hasta la ciudad de Almaty, a la que llegan coincidiendo con una festividad y unos estruendosos fuegos artificiales. El frío es más moderado, aunque sigue siendo imprudente ir con las orejas destapadas. Lo que no varía es la existencia de gente acogedora, dispuesta a alojar en el sofá de su casa a desconocidos excéntricos. Esta vez se conocen con el anfitrión en la cola de una oficina de trámites administrativos. Los recién llegados deben sellar su entrada (bajo amenaza de multa) para disponer de diez días de libre visita turística. Entre los requisitos para ese sello, figura el de dar el nombre del hotel donde se alojan. Eso presupone que van a alojarse en un hotel, lo que está muy lejos de la realidad. Pero tampoco tienen testimonio alguno de que vayan a hospedarse en casa de algún kazajo.

A menos que...

—Se quedan en mi casa —interviene el único ciudadano de toda la cola que habla inglés y entiende la problemática.

Se llama Dimitri, y firma la autorización no solo como formalismo. Realmente está ofreciendo pensión. Y sería uno más de los anfitriones generosos con los que se han topado a lo largo del viaje, si no fuera por su afición a beber vodka por las noches. Aunque, para que esto se entienda, hay que contar algo antes.

Almaty es una población de paso. La más cercana a China que cuenta con embajada para pedir un visado. El funcionario que se ocupa de sus trámites se llama Aleksi, y Albert le insiste en su urgencia, puesto que el “sello” les da únicamente diez días de permiso para estar en Kazakhstán. Y no tiene cien dólares para pagar la multa que supone sobrepasar ese límite.

—Va a tardar mínimo ocho días —advierte Aleksi, con poca empatía—. Pero al ser época festiva, puede que se demore algún día más.

No hay motivo para desconfiar de su suerte. Así que empiezan los trámites, que incluyen dejar el pasaporte en ese despacho.

—Ya te avisaremos...

—Bien, gracias.

Bien, gracias, ¿pero cómo van a avisar a alguien que no está hospedado en ningún hotel? ¿Cómo se comunicarán con el domicilio anotado? Por carta, claro. Albert no cae en ese detalle en el momento de hacer el papeleo, de modo que el correo puede llegar demasiado tarde para recibir a tiempo el visado. Hasta que interviene el alcohol. La noche antes de que caducara su permiso, de madrugada, Dimitri salió a tomar una copa. Coincidió en la barra con un individuo llamado Aleksi, al que le contó, con esa verborrea de los ebrios, que estaba alojando en casa una gente extraña.

—Un tipo que lleva el pelo azul y va en silla de ruedas. Dice que quiere cruzar el mundo y llegar hasta Nueva Zelanda sin una sola moneda ni...

—¿Pelo azul y silla de ruedas? —le cortó Aleksi— ¿No será este?

Y sacó de su bolsillo un pasaporte y un visado para China con la foto de Albert pegada.

—Le he intentado localizar todo el día para entregarle esto con urgencia, pero me ha sido imposible.

Dimitri volvió a casa como una cuba pero con los papeles de Albert en el bolsillo. Una tramitación poco convencional, sin duda. Pero eficaz, al fin y al cabo. Así, agradecidos y documentados, cruzan hacia China por el norte, rumbo a la gran muralla.

Una última carta de lectores dice: “Creo que el punto de partida, la narración de un viaje ajeno, es una gran dificultad. ¿Cómo se pueden narrar las vivencias de otros con quienes además es muy complicado comunicarse?”.

Y pienso que este lector tiene razón. Es muy complicado comunicarse con Anna y Albert. Es más: ¿y si todas estas cintas que nos mandan, donde vemos las aventuras que les narramos en estos textos, están falsificadas? Hoy en día con un ordenador y efectos especiales puedes fingir que estás en un barco en alta mar o en un tren rodeado de nieve. Puede que nos estén tomando el pelo, maldita sea.

Por eso creo que el cuarto (y último) artículo de esta crónica loca e imposible debería escribirse desde Nueva Zelanda. Volar hasta el otro extremo del mundo solo para comprobar que no nos están tomando el pelo. Ver con nuestros propios ojos si llegan donde se propusieron. O si todo esto es una farsa que merece un castigo ejemplar. Por ejemplo: trabajo fijo, en oficina, ocho horas diarias.

▣ Publicado el viernes 8 de julio, 2011

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  • 13 comentarios
    pere
    09/09/2011 a las 00:25
    Es evidente que el comentario de Albert se refiere al texto de la edición nº2, y de hecho está allá en el post de ese artículo, y no se entide porqué razón está copiado aquí tal cual. Misterios. Saludos
    vitalio
    06/09/2011 a las 17:14
    Zaapatero no irá, por ser Casals un catalán separatista, pero sí una brigada de Ezquerra Republicana.
    ?lex
    29/08/2011 a las 09:56
    Hola Ana, respecto a lo que comentas de que lo escriba Albert, sé que pidió a Correal y Quatrecases que el texto del número 4 lo escriban juntos o, al menos, se lo dejen revisar antes de publicarlo. Por tanto, en caso de ellos accedan, tendrás/éis un texto más fiel con la realidad. Saludos.
     Interior
    19/08/2011 a las 21:28
    Lo que nadie sabe es que es todo mucho peor de lo que se cuenta, Albert y Anna están como rehenes de unos terroristas Indonesios (o indios necios) y todo lo que escribió el muchacho (acá arriba) es obligado a punta de ak-47 para no levantar sospechas, ya verán cuando el mismísimo Zapatero junto con un equipo de élite Español lo vaya a recatar, esa va ser una historia, lo demás giladas.
    gaitan
    16/08/2011 a las 17:08
    Desde el principio sabíamos que leeriamos la versión de Victor y Adriá. Seguamente Albert escriba otro libro y tal vez lo publique por Editorial Orsai. :]
    Ana
    16/08/2011 a las 16:41
    No se pero espero que en los proximos numeros busqueis la manera de que lo pueda contar albert con sus palabras, porque la historia de este viaje es lo que mas ganas tenia de leer de todo el contenido de la revista..y me gustaria que fuera la historia real no una version inventada o exagerada.
    Andrés M
    13/08/2011 a las 10:29
    Creo que estos matices (si fueran ciertos) corresponden al texto 2. Y bueno, serán fruto de la correspondencia entre ellos sin más.
    gaitan
    13/08/2011 a las 04:01
    El comentario firmado por albert hay que tomarlo con pinzas. Hace unas semanas, apenas se habilitaron los comentarios, apareció el mismo texto pero el link del nombre llevaba a la pagina de un cantante catalan de igual nombre. Ese comentario recibió una respuesta de Victor Correal pidiendo disculpas y al día siguiente fueron borrados ambos comentarios y bloqueado el sistema de comentarios, por lo que me pareció que el comentario no era de fuente confiable. tal vez hernan o perdomo puedan esclarecerlo.
    Petre
    13/08/2011 a las 01:54
    Escribo los comentarios sobre las notas todos juntos, me siento con la Orsai al lado de la compu, releo y garabateo mis opiniones en un archivo de texto para luego pegarlas acá. No había leído el mensaje de Albert arriba de todo? Mi comentario empezaba diciendo: "Algo que le suma a esta inmensa crónica de viaje, es que Cuatrecases toma nota de los comentarios azorados de los lectores de Orsai, y lo bien que hace. " Ahora leo lo que comenta Albert desde Indonesia con su desenfado sin filtro y me quedo pensando. ¿Es Cuatrecase un pelotudo?¿Es Hernán un gilún?¿Albert está loco o comió pintura? ¿Soy yo un nabo que no pesco una? Es como estar leyendo Ana Karenina por entregas en un diario, y que en un momento haya un reportaje al conde Vronsky que diga que no, que nada que ver, que todo lo que pone Tolstoi es un invento de ermitaño, que a él le gustaba otra mina, y que Ana Karenina nunca fue a buscarlo a la estación de tren, sino que se fue a la Argentina en un pesquero japonés? En fin? Me parece que la actitud de este muchachito es tan pero tan poderosa, que hasta da vuelta y media la esmerada producción literaria haciendo el raconto de su viaje. Nuevamente la narración y lo narrado, verdad y ficción, el mapa y el territorio. Me pregunto como resolverá el tema Adriá luego de esto. Siento toda la saga de Albert y Anna (más allá de los puntos sobre las íes de Albert) como un vapuleo constante a nuestros preconceptos, a todo lo que llevamos a cuestas como ideas y no nos damos cuenta que son eso? ideas, y se nos antojan como lo más natural del mundo. Probablemente presentar como natural y obvio todo aquello que no son sino convenciones, sea la esencia misma del conservadurismo más rancio. Confieso que así y todo, tratando de ponerme en este lugar de no tomar nada como obvio e inamovible, en muchas partes esta historia me aturde, ...hasta casi me violenta. Pero bueno, para eso uno se adentra en la lectura ¿no? La cuestión es que soy hincha de Albert y Anna, quiero que lleguen a Nueva Zelanda, y quiero que en el viaje la pasen alucinante. Después vuelvo a mi vida cotidiana, puteo por cualquier contratiempo? y al rato me da un poquito de vergÌenza...
    10/08/2011 a las 06:08
    Quienes dicen que es un hippie drogado o un robot que hace cualquiera sin preocuparse por nada, no saben leer más allá del título de "joven que viaja sin dinero y en silla de ruedas". Pero esta historia va mucho más allá del deseo de viajar por el mundo o la facilidad que tiene para sortear obstáculos: Albert es un ejemplo de vida. Espero que no vengan para Buenos Aires porque, si me los cruzo, no sé si podría dejar de abrazarlos.
    06/08/2011 a las 19:48
    Gracias por la aclaración. Recorrer el mundo, y encima en silla de ruedas y sin dinero; son motivos más que suficientes para volver a la historia atrapante. No necesita mas detalles que la decoren. Me encantaría que vengan a Buenos Aires para la presentación de la revista 4, después de tantas aventuras y caminos recorridos. Besos!!
    Albert
    06/08/2011 a las 07:05
    Hola a todos! Soy Albert Casals, el viajero del relato, y estoy escribiendo desde Indonesia porque despues de leer este texto (que, como por suerte dice en la revista, no he escrito yo), tenia que responder, ya que me molesta bastante el hecho de que haya tal enorme cantidad de errores y incongruencias en un texto que habla sobre mi. Por supuesto, me dispongo a hablar con Victor Correal y Adria Cuatrecases cuanto antes, pues tenemos que encontrar algun modo de que esto no se vuelva a repetir. Que me manden por email lo que escriban antes de publicarlo o, si hace falta, que escriba yo los restantes textos? porque casi me atraganto del susto al leer las cosas que se dicen aqui. Yo tambien creo que esta historia deberia contarla yo (que de hecho es lo que he hecho con todos mis otros viajes, en mis dos libros) o, por lo menos, corregirla. Por el momento, sin embargo, me gustaria aprovechar para corregir algunos de los mayores errores del texto, mas que nada para quien ya haya leido esto. No puedo arreglarlo todo, porque realmente casi todo esta inventado (como se supone que pueden saber lo que dije en un momento dado, o lo que pense? Y sin embargo lo escriben como si fuera algo cierto?). En fin, vamos a los errores: - El principal error, que me ha llevado a escribir esto, es lo del camionero de turquia. Lo del camionero Toran es casi todo mentira (o erroneo, pues no creo que ningun error de este texto sea intencionado). Para empezar, si se fue a la cama de Anna es porque no tenia donde dormir, y penso que no pasaba nada. Anna se asusto, pero enseguida quedo arreglado el malentendido, y Anna y yo nos fuimos a la cama de arriba mientras que el camionero se fue a la de abajo. Nada de "insultos en catalan", ni de irse del camion, ni cosas por el estilo. Toran fue un buen amigo nuestro, y nos llevo muchisimos quilometros y nos ayudo incluso despues de este pequeno incidente (sobra decir que Anna esta aqui a mi lado, y que todo esto lo escribo de parte de ambos). Ni nos fuimos del camion, ni nada por el estilo. Ademas, lo gracioso es que este error es multiple, pues no solo es falsa la historia, sino que tambien es totalmente incongruente nuestro comportamiento. Los que me conocen saben que una de mis peculiaridades es que jamas me he enfadado con ninguna persona en toda mi vida: incluso si alguien me hiciera una putada de verdad (cosa que ese camionero no hizo), incluso cuando me han dejado tirado en medio del desierto o cuando he estado a punto de morir, no he insultado a nadie, ni en catalan ni en ningun otro idioma. Que sentido tiene enfadarse, o insultar a alguien? A mi al menos no me sirve de nada, y solo me hace sentir peor. Creo se es mucho mas feliz tratando de entender por que la gente hace las cosas que hace; por poner un ejemplo, una de las pocas ocasiones en que tuve la desgracia de poseer un mobil lo olvide en el coche de un amigo, pero crei que lo habia perdido, y me llame a mi mismo para reencontrarlo. Respondio mi amigo que, para gastarme una broma, fingio ser otra persona y dijo que se quedaba el mobil, que le vendria muy bien: mis padres se estuvieron riendo de mi durante dias, porque en lugar de insultarle lo unico que se me ocurrio fue decirle: "ah, bueno. Quieres que te diga el numero PIN? Porque si no no podras apagarlo nunca". En fin, es solo un ejemplo, pero espero que se entienda lo que quiero decir. Ese error me importa bastante, ya que sabe muy mal que la gente piense que alguien que nos ayudo tanto era una mala persona ^^ - El frio en rumania y europa del este. Es un error poco importante, pero no era diciembre. Era otono y hacia bastante frio, pero nada tan terrible, ni siquiera llevabamos abrigo. Simplemente, sabiendo que hacia sol en turquia, queriamos llegar cuanto antes, y eso hicimos? - La historia de Mesut. La verdad es que la descripcion de como le conocimos es erronea en gran parte (o sea, basicamente inventada) pero bueno, no importa mucho. Hay muchos detalles incorrectos, y cosas que no tienen sentido (como que yo diga "fill de puta" en medio de la historia? que bueno, ya se que si se lo inventan es por darle vida literaria al texto, pero es que es tan incongruente iimaginarme haciendo algo asi? XDDDD), y toda la historia esta bastante exagerada y teatralizada en general. Por la manana no se iba del edificio a escondidas y entraba como si viviera en otro lugar: de hecho, el propietario del edificio sabia que vivia alli, los unicos que no lo sabian eran los residentes, para que no hubiera quejas o habladurias, ese tipo de cosas. En fin, que esta todo bastante exagerado, lo cual es normal, ya que es muy dificil contar una historia que apenas conoces de forma interesante sin cometer errores o exagerar. - Por ultimo, eso no es de la segunda revista (no he leido la primera entera, asi que quizas haya muchos mas errores aparte de este?), pero me gustaria decirlo tambien: mi padre nunca fue por las tiendas comprando libros de fisicos, filosofos y sociologos cuando estaba en el hospital. Dios, es que suena tan teatral? creo que simplemente me compro los libros del cole, o mas bien me trajo los deberes que ponian alli, porque a esa edad ni siquiera hay libros escolares XD. Que gracioso, en realidad? XDDDDD Bueno, creo que eso es todo. Por supuesto, no creo que esto sea culpa de Victor o Adria, sino de las circumstancias y el formato. Nosotros estamos haciendo un viaje en el que apenas nos comunicamos con el exterior, y la informacion que reciben ellos es muy escasa, asi que tienen poco en lo que basarse para escribir un articulo mensual. Creo que, como dice la gente, lo mejor sera que cambiemos el formato de estos articulos, que los escribamos yo y Anna o que se hagan de otra forma, o que al menos los revisemos? pero voy a tener que hablarlo con ellos o con Orsai, claro. Lo que tengo claro es que no quiero que esto siga asi? a ver que me dicen ellos! ^^ PS: Creo que he recibido algunos emails de gente que lee la revista. Siento de verdad no responder todavia, pero como tengo poquisimo acceso a internet, normalmente espero a responder todos mis correos al volver de viaje. Lo siento?! Mucha felicidad a todos desde Indonesia!!! :D Albert Casals.
     Leandro Heine
    12/07/2011 a las 17:32
    pri
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    Sobre el autor

    Escribe Víctor Correal y Adrià Cuatrecases

    (Barcelona, 1980 y 1981) Fundadores y productores ejecutivos de Umbilical, una productora de televisión de la que surgieron algunos éxitos de la televisión catalana, como el aclamado Alguna pregunta més. Actualmente trabajan en la producción del documental La media vuelta, sobre un viaje de Albert Casals alrededor del mundo.

    Víctor Correal y Adrià Cuatrecases en Orsai

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    REVISTA BONSAI N3
    Edición Mundial 2014

    La última edición de BONSAI viene con poster de regalo y un montón de cuentos e historietas. En tu casa inmediatamente, sin gastos de envío.

    Pack Orsai 2011

    848 páginas (ENE-DIC 2011)

    4 ejemplares. Edición limitada firmada por el Editor. Envíos a todo el mundo con gastos de envío incluidos.

    Pack Orsai 2012

    924 páginas (ENE-DIC 2012)

    6 ejemplares. Edición limitada firmada por el Editor. Envíos a todo el mundo con gastos de envío incluidos.

    Pack Orsai 2013

    888 páginas (ENE-DIC 2013)

    6 ejemplares. Edición limitada firmada por el Editor. Envíos a todo el mundo con gastos de envío incluidos.



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