Hace ya más de un año, el Nacho escribía un weblog llamado Los Verticales, que tenía como único objetivo despistar al público sobre la inexistencia de la familia Bertotti. "Los Verticales", que se alojaba en blogspot y ya no existe, contaba la historia humana desde la óptica de seres de otros mundos, con una percepción muy abstracta de la realidad. Les dejo hoy, porque la época lo amerita, el capítulo llamado "El año nuevo". Y feliz 2005 para los lectores de Orsai.

Siempre me gustó el chiste del científico que experimenta con un cachorro mientras le corta las patas. Al cortarle la trasera y llamarlo a su lado, el científico apunta en su libreta: «Con tres patas, el perrito llega más cansado». Al cortarle dos y llamarlo, anota: «Con la mitad de sus miebros, llega a mi lado exhausto». Al cortarle todas las patas y llamar al can, refiere el científico en su diario: «Sin patas, los cachorros se quedan sordos».

Las pocas veces que he tenido que ir a un almuerzo de negocios (la última de estas desgracias ocurrió hace un mes), se ha dado una situación que me aterra. Es cuando llega el camarero del vino y sirve un poquito en mi copa para que dé el visto bueno. Es entonces cuando el mundo se detiene, la vida del restaurante se congela y, como en los cuentos de Poe, sólo se oye a mi corazón —cataplóm, cataplóm— galopar en pánico desbocado.

No sé si hay un nombre para los que tenemos este vicio, pero por las dudas lo invento: yo soy cuaternófilo (si a don Víctor de la Concha le parece bien, aquí le dejo la ficha para que la incorpore). Los cuaternófilos somos tipos que entramos a una librería comercial —o papelería— a comprar sobres, por ejemplo, o a hacer dos fotocopias, y en lugar de eso nos quedamos una hora y media mirando cuadernos mientras se nos cae la baba en el mostrador.

Una noche de verano de 1985 vi por primera vez a sesenta mil aficionados de River y de Boca, unidos en un sentimiento, cantando a gritos: Ruggeri hijo de puta, la puta que te parió, (bis). Sin parar, durante noventa minutos. Sin detenerse ni a respirar ni a comer el pancho del entretiempo... Incluso la gente corría a comprar la cocacola para volver pronto y seguir cantando Ruggeri hijo de puta, bis.

Waiser era el bibliotecario de la Biblioteca Sarmiento de Mercedes. Yo llegué a conocerlo, pero de lejos; nunca hablamos ni nada. Sin embargo tuve que ver, de refilón, con su muerte. Y esa historia es la que voy a contar hoy. En el año 93 a Waiser le pusieron en la biblioteca una ayudante que se llamaba Analía, bastante más joven que él. El viejo empezó a tener con ella fantasías sexuales un poco extrañas para su edad, unas perversiones tan nítidas que terminaron por obsesionarlo.

La primera vez que pensé en el futuro fue una tarde de invierno de 1978, en la platea de la cancha de River. Paolo Rossi acababa de convertirle un gol al seleccionado de Austria. Era la primera vez que yo estaba en un Mundial, y la suerte había querido que fuese en casa. Me resultó conmovedora esa fiesta de los ojos, todos aquellos gritos y colores, y le pregunté a Roberto Casciari cada cuánto tiempo habría mundiales en la vida. Me dijo que cada cuatro años, y empecé a medir mi historia con esa vara.

Hay algo peor que morirse, y es morirse justo el día en que todo el mundo está haciendo zapping. Le pasó al poeta Alfredo Lepera, el 24 de junio de 1935. Si se hubiera muerto de viejo, lo recordaríamos como a uno de los mejores poetas argentinos. Pero tuvo la desgracia de hacerse bosta en el mismo avión en que viajaba Gardel. ¡Y a la mierda Lepera! A Rainiero le está pasando lo mismo: toda una vida en su país chiquitito esperando una muerte principesca, y justo el día que le toca, en el país chiquitito de al lado se muere otro más famoso.

Hoy, que la Nina cumple un año, hay que empezar a actuar de otra manera en casa. Tengo la certeza de que, a esta edad, los chicos empiezan a retener en la memoria imágenes por primera vez. Antes (desde el primer día y hasta en undécimo mes) todo lo que ven, lo que oyen y lo que sienten va derechito a la papelera de reciclaje. Pero desde que soplan la primera velita ya empiezan a guardar archivos en la carpeta "subconciente" que son como los temporales de internet: un lugar espantoso donde hay mujeres desnudas y uno no sabe por qué.

Cuando vivía en países serios con bidet, yo leía mucho en el baño mientras cagaba. En esos tiempos nunca supe si leía porque me venían ganas de cagar, o si cagaba porque me entraban irreprimibles deseos de leer. Posiblemente mi cuerpo, aún en formación, debió aprender a desarrollar ambas urgencias a la vez. El asunto es que yo era feliz cagando y leyendo. Y hubiera seguido así, alegremente por la vida, pero hace cinco años me vine a vivir a España, un país sin bidet, y desde entonces leer literatura se ha convirtido en un suplicio.

Soy de la idea de que no hay que mezclar ganado. En las fiestas, por ejemplo, no es bueno fusionar a tus amigos del trabajo con tus amigos de la infancia. Tampoco hay que dejar que tus exnovias se conozcan. Hay que impedir que tu mujer y tu amante traben amistad. Tu sicólogo no debe conocer a tu dentista. Pero sobre todo, no hay que mezclar a tu mujer con tu madre. ¿Por qué? Porque se juntan, hablan mal de vos, intercambian argumentos y descubren que sos un mentiroso.

—Tome asiento, Casciari —me dice Gravinsky cuando entro a la consulta, y revisa con rapidez la libreta donde apunta mis cosas—. El jueves pasado usted me decía que prefiere darle la razón a todo el mundo, que le huye a las confrontaciones intelectuales. ¿Es correcto?—Sí —le digo—, más o menos era eso. Como si tuviera agorafobia, como esa gente que tiene miedo de salir a la calle, pero en el terreno de las ideas. Me rompe mucho las bolas discutir. Ya no discuto.

La primera cosa horrible que ocurrió en mi matrimonio tuvo lugar la madrugada del 6 de junio del año 2002. Acostumbrado a mis orígenes, di por sentado que Cristina, como cualquier mujer adoradora de su marido, se iba despertar a las cinco de la mañana para ver conmigo el Mundial del Japón. Para cebar mate en silencio y disfrutar de las tribunas multicolores, para preguntar esas cosas que preguntan las mujeres durante los mundiales, esas ridiculeces simpáticas que respondemos con desgano disfrazado de dulzura. Pero no.

Desde hace tres años, Darín ha compuesto un arquetipo que ha calado muy hondo en la bombacha de la mujer española. El personaje es un soñador pícaro que sufre ataques al corazón porque su madre con alzeimer se quiere casar con un tipo que vende estampillas en un club que se está fundiendo. Un personaje meloso que siempre tiene, a flor de labio, una frase entre existencial y divertida. El problema no es que existan argentinos de esta calaña (que los hay) sino que hoy en día todos los argentinos recién llegados a España quieren componer este personaje darinesco, y se está saturando el mercado.

Ahora que los universitarios y los expertos dicen cosas que sabe todo el mundo, pero con aire académico, me atrevo a presentar mi reciente estudio. Además, como los diarios compran estas idioteces (porque son baratísimas) y nos bombardean con titulares que empiezan diciendo "un reciente estudio revela que", capaz que hasta compran el mío y la gente empieza a considerarme un experto en algo.

Hace unos días, en Estados Unidos, asesinaron a un blogger. La noticia apareció en la prensa. El muerto se llamaba Simon, y la policía pudo dar con el criminal porque el occiso, antes de morir, nombra a su verdugo en su último post: El ex novio de mi hermana está aquí, fumando y recorriendo toda la casa; suerte que se irá pronto, escribía ingenuamente el blogger. Por lo visto tuvo tiempo de darle al botón enviar antes de que su cuñado le partiera la cabeza con un picahielo.

Pensá por un momento que tenés casi ochenta años. La espalda arqueada, dolor en todos los huesos, problemas para mear. Imagináte que hace casi treinta años mataste a otros, o los mandaste matar, y que ya no te acordás por qué. Estás cansado, el mundo no te pertenece, ni siquiera entendés cómo funciona la videocasetera. Solamente querés disfrutar de tus nietos, ese único remanso posible, y esperar la muerte con serenidad.

Vamos a ver. Dejame que haga memoria. Esto que te voy a contar pasó hace casi quince años, en Buenos Aires. El kiosco estaba en Santa Fé casi esquina Cerrito. Un drugstore, toda la noche abierto. Vos venías de Alexis, haciendo zigzag y hablando solo. Un borracho más a las dos de la mañana, pensamos nosotros. Los ojos colorados, media sonrisa. No me acuerdo qué nos pediste: cigarrillos, lo más probable.

Primer párrafo: definí el tema. ¿Vida privada, sociedad, una teoría ridícula, un cuento? Fijáte qué hiciste antes, no repitas temática que queda feo. ¿Los últimos dos qué fueron? Vida privada y un cuento. Entonces tiráte a una teoría absurda. ¿Por ejemplo? No sé, que los vegetarianos son todos putos. Listo, voy con eso. Ahora definí el tono en el primer párrafo, antes de seguir. ¿Va a ser en joda? Y sí, otra no queda. Listo, en joda. ¿Título? El título dejálo para el final. Ok.

Estamos en 1980. Tengo nueve años y soy adicto a las figuritas Reino Animal. Si llenás el álbum te ganás una pelota de cuero. Yo quiero esa pelota, con gajos negros y blancos, que está colgada en la vidriera del kiosco Pisoni. Por eso compro figuritas. Compulsivamente. Cada billete que llega a mis manos, cada moneda, voy y compro paquetes de cinco figuritas. Los abro con nervios, porque me falta solamente una, la 64. Me falta la tarántula. Nombre científico, eurypelma californica.

Nunca jamás en la reputísima vida caímos en la vulgaridad de festejar el veinte de julio. Es más, en las épocas en que el Chiri y yo nos pasábamos las tardes juntos, nos inventábamos una excusa para desencontrarnos durante los días del amigo. Nos daba vergüenza tener que decirnos "feliz día", caer en esas extravagancias que se dicen los maricones. Con los cumpleaños nos pasaba más o menos lo mismo. Pero con los veinte de julio muchísimo más.

Sobre las calles de tierra de la Pampa Chica los veranos son más calurosos que en cualquier otra parte de Mercedes. El polvo entra a las casas por las puertas de chapa, y los dos hijos mayores de la familia Galíndez salen con baldes, después del mediodía, y echan agua para que el viento no levante mugre. Se llaman Marcos y el Negro; en el barrio les dicen los de Galíndez.

Empezamos de a poco y en silencio a corroerte, España. Primero llegaron ellas, nuestras indestructibles Hormigas Negras, macizas, hijas de puta, y te alteraron el ecosistema peninsular. Después te mandamos a King África, para reventarte directamente el cerebro. Y entonces, calladitos la boca, llegamos nosotros, los argentinos. Nos colamos en tus bares, en tus calles, y les dijimos a tus carniceros cómo se corta la carne. El tiempo siempre estuvo de nuestro lado, España: era cuestión de esperar a que vos cambiaras, no nosotros. La especie más fuerte es la que sobrevive. Siempre.

A mí lo que más bronca me da en todo el mundo es que sigamos usando refranes pasados de moda, como por ejemplo la clase de cuchillo que hay en la casa del herrero. Con la mano en el corazón, ¿alguien vio alguna vez a un herrero? No. ¿Alguien sabe qué carajo era un herrero? Menos. ¿Entonces por qué usamos esa frase? ¡Porque somos cómodos! Es increíble que en plena época del microondas sigamos diciendo que en todas partes se cuecen habas. ¡Mentira señores, ahora las habas vienen en lata! Por eso y muchas cosas más, en el artículo de hoy vamos a acabar de una vez por todas con esta farsa.

Esta historia me encanta: el Chiri y yo estábamos en mi pieza de arriba escuchando Pescado Rabioso o algo de eso, mientras promediaba el año 88. Nos habíamos escapado de la clase de gimnasia, y era una tardecita intrascendente de junio. Entonces, a la mitad de A Starosta el Idiota, suena el teléfono. Atiendo y del otro lado alguien dice un color y un apellido. Me pongo pálido. Tapo el auricular y le digo al Chiri, asustadísimo: ¿Sabés quién llama? El Negro Sánchez.

La alta cocina consiste en servir los platos de siempre, presentados de un modo extravagante para poder cobrarlos un ojo de la cara. La argentinidad, bien entendida, es más o menos lo mismo. El chiste famoso debería ser diferente: "Cocine a un argentino por lo que vale, sírvalo caliente, y cóbrelo por lo que dice valer". Así que coja papel y lápiz, señora, porque en el artículo de esta noche le enseñamos a preparar cuatro platos argentinos de fama mundial.

Hace más o menos cuatro meses, la factoría de ficción más grande la TV española, la empresa Globomedia, me contrató para llevar adelante un proyecto inédito y divertidísimo: crear una blogonovela que, al mismo tiempo, pudiera leerse por Internet y verse en la tele en formato de sit-com. Después de semanas de trabajo placentero, la serie «Mi querido Klikowsky» emitió su primer capítulo el pasado lunes por la noche, a las 22:00, por la cadena ETB, al mismo tiempo que, desde otra pantalla, el weblog de Saúl Klikowsky comenzaba a contar la misma historia a través de la Red.

Lo único que espero del progreso es que se invente de una vez por todas la grabadora de sueños (SDR se va a llamar, que significa Sleep Dreams Recorder). Desde los 15 años que estoy ansioso con ese tema, y todavía no pasa nada. Los jueves es el único día que compro el diario, porque viene el suplemento tecnológico, y paso las páginas rapidito, para ver si ya la inventaron. Nada. Mucha PC portátil, mucho Google Map, mucho pirimpimpín, pero de la grabadora de sueños, ni noticias.

Un arquitecto boceta un plano en un cuaderno. Un poeta sensible borronea versos en un cuaderno. Una cocinera anota ingredientes en un cuaderno. Una telefonista apunta números en un cuaderno. Una adolescente cursi escribe infinitamente 'Marianito te amo' en un cuaderno. Un matemático reproduce una ecuación en un cuaderno. Un periodista redacta su editorial en un cuaderno. Entonces un periódico serio dice: "Fenómeno cuaderno: hay más de ocho millones de cuaderneros en el mundo". Y nadie lo desmiente.

Fernando y Carla eran una pareja normal, de nuestra edad. Él valenciano; ella santafecina. Vivían acá cerca, en Alicante. Cuando nació Pablito (que ahora tiene dos años, pobre) hicieron lo que hacen todas las parejas que tienen una cámara digital: abrieron un blog para poner las fotos del nene y que los padres de Carla lo vieran crecer. Hasta ahí todo bárbaro. El problema empieza cuando Carla, al tiempo, abre un blog para ella sola. "Para contar mis cosas", le dirá más tarde al Juez.

En las fiestas de casamiento yo soy el que se queda solo, sentado a un costado de la mesa, mientras los demás bailan fingiendo que son un trencito. Yo soy ése porque en la vida hay roles que debemos cumplir. Alguien debe ser el borracho que da vergüenza ajena, y alguien tiene que ser la yegua omnipresente con el vestido rojo, y alguien tiene que ser el novio, y alguien tiene que ser la bisabuela que fuma, y alguien tiene que ser un primo que vino desde Boston especialmente a la boda. Yo soy el aburrido de la mesa del fondo. Y no me quejo.

Desde la más tierna infancia, desde el principio, entendí que soy un uruguayo atrapado en el cuerpo de un argentino. Ya de chico pensaba, vivía y sentía como uruguayo, por más que tratase de ocultarlo a causa del qué dirán. Mi mamá se dio cuenta una tarde que me vio tomando mate solo a una edad imposible. A mi padre traté de ocultárselo más tiempo, pero en las eliminatorias al Mundial de España se me escapó un grito de gol. Imagino que sufrió en silencio, aunque nunca hablamos del tema.

Una lectora sagaz me dice en el comentario 227 del artículo llamado España, decí alpiste, que Argentina no es mejor ni peor que España, sólo más joven. Me gustó esa teoría y entonces inventé un truco para descubrir la edad de los países basándome en el sistema perro. Desde chicos nos explicaron que para saber si un perro es joven o viejo había que multiplicar su edad biológica por 7. Con los países, entonces, hay que dividir su edad por 14 para saber su correspondencia humana.

De todos los oficios, el que más me repugna es el de los abogados. Se me hace cuesta arriba entender cómo es posible que todos los abogados no estén presos. Si este mundo fuera realmente justo, debería haber jaulas a la salida de la Universidad de Derecho. Cada vez que salga un jovencito recibido de abogado, con su toga ridícula y su diploma enrollado, habría que cerrar con llave la jaula y mandarlo al zoológico. Que me perdonen las focas.

El 14 de noviembre de 1995 maté sin querer a la hija mayor de mi hermana, haciendo marchatrás con el auto. Entre el impacto seco, los gritos de pánico de mi familia y el descubrimiento de que en realidad había chocado contra un tronco, ocurrieron los diez segundos más intensos de mi vida. Diez segundos durante los que me aferré al tiempo y supe que todo futuro posible sería un infierno interminable.

El 12 de septiembre de 2098 Woung viajará por segunda vez en el tiempo. Siempre, desde chico, había querido conocer a su tatarabuelo, porque Woung también es escritor, un joven escritor de 23 años. Al llegar a esta época, Woung me deja un mensaje en el contestador: "Hola, estoy buscando a Hernán Casciari, mi nombre es Woung. Usted no me conoce pero yo sí... Quisiera verlo. Llámeme por favor", y me da el número de un teléfono móvil.

—No quiero saber qué va a pasar conmigo, no quiero saber qué va a pasar con las personas que quiero. No quiero que se te escape una sola palabra ambigua; no quiero pistas. Respetá mi vida, Woung, respetá la felicidad de este noviembre en donde nadie se me ha muerto, quiero seguir acá un tiempo, no quiero que la sombra de tus datos me tapen el solcito— le dije a mi tataranieto—, lo que yo quiero saber del futuro es lo superficial, el chusmerío; soy demasiado cagón para todo lo que importa.

Tengo un amigo zanquista que trabaja en las inauguraciones de los hipermercados, o en los actos políticos, o en las ferias y los congresos, o en cualquier lado donde hagan falta saltimbanquis. Lo contratan, él se disfraza de payaso, se sube a los zancos y empieza a hacer piruetas. Un día me dijo que lo único que le molestaba de su oficio era que siempre, siempre, se aparecía un tipo que, suponiendo ser original, le preguntaba: "Che, flaco, ¿hace frío ahí arriba?"

Según los sicólogos, las personas que se nos aparecen en los sueños son rostros que alguna vez hemos visto. Si en tu sueño hacés un golazo, por ejemplo, cada uno de los veinte mil rostros de la multitud que te aclama pertenece a gente que pasó por tu vida: actores de antes, compañeros fugaces de la primaria, un tipo que tocó el timbre para vender una enciclopedia, la chica que estaba leyendo a Monterroso en el subte y se reía, una maestra suplente de música que salió del aula llorando, etcétera.

Lucas y Alex, dos chicos de cinco años, se pasaron una tarde entera discutiendo sobre los derechos y las obligaciones de los grandes, y llegaron a la conclusión de que la Constitución Nacional es el problema por el que todo el mundo está aburrido o dice mentiras. Entonces agarraron papel y lápiz y redactaron 165 artículos de una nueva Constitución. Como el tiempo de la infancia es tirano, aquí sólo reproducimos algunos fragmentos interesantes.