De pronto yo estaba en el hogar donde pasé la infancia; lo supo primero mi nariz. Los ojos se acostumbran tarde a la penumbra, pero mi olfato reconoció enseguida el olor inconfundible de la casa de la calle Treintaicinco. Siempre sabemos cuál es la fragancia del sitio donde crecimos; nadie acertaría a explicar de qué está compuesta, pero cada uno de nosotros es capaz de reconocer ese aroma entre miles. Y yo estaba ahora en mi casa de Mercedes. Exactamente en el sitio al que llamábamos el rincón blanco.

Menos la cama, todo ha mejorado en este mundo. Antes cocinábamos la sopa haciendo fuego con leña, ahora metemos el tazón directamente al microondas; hace medio siglo podíamos tener hasta cincuenta longplays en casa, hoy tenemos quinientas discografías completas en el bolsillo; ayer íbamos a los sitios a caballo y tardábamos meses en llegar, ahora nos movemos en aviones y en tren bala. Todo lo que nos importa ha evolucionado menos la cama, la cama no. Dormir sigue siendo la misma mierda desde el siglo once.

Dos veces, y no una, mi abuelo materno me ayudó a ser un escritor. Y las dos veces su intención fue convertirme en su títere. Ahora que el hombre ha muerto soy capaz de escribir sobre el asunto con menos tacto, y puedo recordar —creo que sin rencor— el año surrealista que viví en su casa de San Isidro, esas noches en las que él me encerraba en la cocina con candado para que no saliera al patio a fumar; o las otras noches, todavía peores, en que revisaba mis cuentos y me tachaba con lápiz rojo las ideas inmorales.

A su regreso de México, mi amigo Comequechu nos contó una historia. Dice que va paseando, con su mujer y su hija, por las calles de Jalisco y entonces descubre, a dos pasos, la imponente Universidad de Guadalajara. En la puerta hay un cartelito con información para turistas, y lee que allí están los bustos de todos los ganadores del premio Juan Rulfo de literatura, que concede esa casa desde 1991. Sin dudarlo, arrastra a su familia por los pasillos. "Vamos a ver el monumento a Cayota", les dice.

En «Discos Libra», la única casa de música de Mercedes, se vendían longplays con diez canciones, cinco de un lado y cinco del otro. La disquería, bien abastecida para un pueblo de provincia, tenía unos tres mil discos, es decir, treinta mil canciones. A precio de hoy: cien gigas. La semana pasada, unos investigadores yanquis lograron reproducir archivos de música que ocupan mil veces menos que un mp3. Discos Libra, la disquería de Mercedes, en poco tiempo ocupará nada más que un mega.

De repente, un video de You Tube recibe un millón de visitas. Su autora, una gordita de Illinois, escribe con el culo en una pizarra. En casa de la gorda suena el teléfono sin parar. Llaman las radios, la televisión comarcal y tres diarios regionales. Es un día de locos. La madre de la gorda no entiende, pero comienza a sentirse orgullosa. Dos días más tarde la gordita saldrá al aire en el show más visto de la cadena NBC. Y después ya no ocurrirá más nada. Silencio. La gorda intentará grabar otras hazañas, pero su momento habrá pasado.

Cuando nació la Nina no tuve ganas de escribir sobre otra cosa que no fuera el descubrimiento de la paternidad. Yo mismo notaba, en los ojos de todos, el cansancio de mi discurso baboso. En Orsai intenté controlarme, y prometí que sólo escribiría sobre el tema los días veinte de cada mes, y así lo hice durante el primer año. Después conseguí calmar el borbotón, al menos de puertas para afuera. La semana pasada Nina cumplió cuatro años, y hoy casi somos día veinte... Es un buen momento para volver sobre el asunto.

Luciano Moggi, ex director general de la Juventus (el club italiano), dijo esta semana que los homosexuales no pueden jugar al fútbol. Por supuesto la prensa lo crucificó, la opinión pública lo llamó homófobo y también lo llamó retrógrado, y las asociaciones de gays y lesbianas pusieron el grito en el cielo. Es decir, lo de siempre. A mí me gustaría, sin embargo, romper una lanza por el pobre señor Luciano Moggi. Defenderlo en su postura. Porque, como a él, a mí me gusta el fútbol tradicional, el de toda la vida.

Ya de entrada caí mal parado. Vine al mundo justo el año en que todos éramos más pobres que de costumbre, cuando hasta los ricos y los catinga estaban también con hambre. A esa época después la iban a bautizar como el tiempo del quita y pon. Nací justo el año que el Gobierno mantuvo a la gente ocupada con el azadón para evitar los alborotos. Todos hacían trabajo inútil: los cabeza de familia, sus mujeres, y los hijos de ocho en adelante. Yo no hacía esos trabajos porque estaba recién nacido.

Años atrás mi tataranieto Woung comenzó a enviarme informes sobre el devenir del siglo XXI. Los lectores consecuentes de Orsai quizá recuerden ese primer texto, en donde mi pariente explica cómo sería la vida hasta el año 2026, cuando un chileno logra ganarle una partida de ajedrez a una computadora construida por un chimpancé. Y luego el segundo texto que va hasta 2046, fecha en que el ser humano descubre que el apéndice es un segundo pene. Hoy he recibido la tercera carta... El futuro es escalofriante.

Descubrimos el truco por casualidad, en nuestro propio edificio. Y como nos salió bien, empezamos a repetir la rutina en hogares ajenos, subidos a otros ascensores, con nuevas víctimas. Las bromas perfectas surgen de la nada, de un error o una impaciencia, y ésta fue una de las mejores. Tan original, y tan simple, que siempre nos pareció mentira que no existiera ya, que no fuese un clásico popular. Pero no lo era: lleva nuestra firma. De hecho, ésta será la primera vez que el truco tome estado público.

Una tarde de 1990 fui a tomar la leche a la casa de un muchacho que se llamaba Diego Grillo Trubba. No me acuerdo bien por qué, pero en la reunión había otra gente y el asunto tenía que ver con la literatura. Fue la única vez que vi a ese chico en mi vida, y después pasaron casi veinte años. Hace unos meses reapareció su nombre en mi casilla de correos: el mismo muchacho, ya grande, me invitaba a participar de una antología de cuentos que hoy publica Mondadori (sólo en Argentina, creo) y que se llama «Uno a uno».

Iba a poner esto en «Espoiler», que es otro blog que tengo en el que hablo sobre tele, pero no tiene sentido hacerlo allí. Es demasiado íntimo para que pueda entenderse como una crítica audiovisual. Demasiado mío. La televisión argentina es el símbolo del estado de ánimo de un pueblo, del mío supongo, y siento que nos estamos cayendo a pedazos. No puedo ver la tele nacional, lo que me llega es una enfermedad, un desencuentro, ya no es más la imagen del que yo fui. Lo que me llega ha cambiado tanto que lo desconozco.

Me metí yo solo en este berenjenal, y ahora hay que salir. Si un grupo de lectores es capaz de hacer quinientas preguntas variadas en veinte horas, por qué no voy a ser capaz de contestar la mitad en una tarde. Así que me pongo a ello ahora mismo. Las dividí en siete grupos: los blogs, el exilio español, preguntas íntimas, el nuevo libro, la profesión, los gustos personales y las inclasificables. Intentaré hacerme el gracioso lo menos posible, pero no esperen milagros. Empiezo ahora y actualizo durante todo el día.

Salir de casa para cenar con gente implica una serie de actividades molestas: bañarse, vestirse, perderse un partido de la Eurocopa, comprar un vino caro, sonreír dos horas sin ganas, a veces tres. Que te acompañen por las habitaciones para que veas una casa que no te importa. Dejar a tu hija con los abuelos, extrañarla. Cenar sin tele, sin cocacola, comer ensalada de primer plato, no desentonar, no fumar si no hay ceniceros a la vista. Muchísimo menos sacar la bolsita feliz. Son demasiadas cosas para la edad que tengo.

Fría mañana de sábado en Mercedes. En la vereda oeste de la casa velatoria Rossi un pequeño grupo de personas fuma en silencio y hace tiempo para entrar. En el interior de la sala hay otros corrillos, otros grupos, que conversan en voz baja de espaldas a un ataúd donde reposa el cadáver de un viejo. Casi todos los concurrentes son personas mayores vestidas de negro. Por eso destacan, junto al féretro, dos niños de cinco años. LUCAS acaba de llegar. En cambio ALEX está allí desde temprano.

La última vez que estuve en Buenos Aires fue hace cinco años. No existía la Nina, ni yo sabía qué cosa era un blog. Estuve allí veinte días en los que, sin saberlo, abracé a mi abuela Chola por última vez. También conversé con gente que quiero, padecí a Racing en directo y pisé Mercedes. Llegué a Ezeiza con un presidente y me volví a Barcelona con otro. Al regresar pasaron dos cosas, al mismo tiempo, que abrieron un círculo en mi vida: empecé a escribir unos cuentos en internet y Cristina me dijo que estaba embarazada.

Dos veces a la semana suena el teléfono en casa, o el timbre, y del otro lado aparece un encuestador. Cada vez hay más y se presentan mejor preparados. Con el tiempo, han aprendido a ser inmunes al NO. Saben minimizar las excusas y están por todas partes, mendigando quince minutos de nuestras vidas. Si un día la Tierra padeciera un conflicto químico que aniquilase todo —plantas, animales, gente— seguirían sonando los teléfonos por la mañana. El encuestador es la nueva cucaracha del mundo.

Siete de la tarde en Buenos Aires. El teatro Margarita Xirgu está en silencio; una multitud de lectores ha llegado desde diferentes lugares de Argentina para oír la presentación de un libro. En una mesa vacía, sobre el escenario, esperan dos personas que se conocen desde hace, exactamente, treinta años. Uno ha llegado allí desde Luján; el otro, desde Barcelona. El más gordo de los dos ha escrito un libro; el más flaco está ahí haciéndole el aguante, como corresponde. El que se llama Chiri, muerto de miedo, empieza a hablar.

Hace dos semanas estábamos encerrados en el camarín del Teatro Margarita Xirgu, esperando que unas seiscientas personas se acomodaran en sus butacas para salir al escenario. Como no somos artistas de variedades, ni cantantes, ni actores, el Chiri y yo estábamos cagados en las patas. Pero también felices y expectantes. Cuando faltaba un minuto para las siete, publiqué en Orsai el texto llamado "Dice el Chiri, dice el Gordo", con las palabras que diríamos al comienzo. Después respiramos profundo y salimos a hablar.

Voy a contar algo que ocurrió hace un mes y que, por un momento, nos pareció un milagro de entrecasa. Podría narrar el milagro sin dar a conocer su lógica interna, escondiéndoles a ustedes la explicación que lo desbarata. Pero no haré eso, porque me quedaría un cuentito fantástico y nada más. Voy a narrar los hechos sin trucos. Ustedes verán a las marionetas pero también los hilos que las mueven. Dicho esto, la historia empieza con una mujer, sentada en un sillón, y sigue con una chica de once años que va en coche por la ruta.

La publicidad muestra a un canario en una cocina. El pájaro va hasta la hornalla y es tragado por una campana extractora de la marca Balay, eficaz y silenciosa. Para que no haya problemas con las asociaciones que defienden los derechos del animal, unas letras pequeñitas advierten: ficción publicitaria, no sea cosa que alguien crea que han matado al pájaro en serio. Acaba la tanda y comienza el programa de Arguiñano. El cocinero mete un animal vivo en una olla. Lo vemos morir lentamente, sin letras pequeñas, sin culpa.

Íbamos en un taxi por la avenida Álvarez Thomas. Al llegar a la esquina de la calle Lugones el semáforo nos detuvo y entonces pude mostrarle a mi hija la fachada de la casa: «Mirá, Nina, fue ahí; en ese balconcito el Chiri me acuchilló». Mi hija alzó la cabeza y vio la ventana triste que todavía, veinte años después, estaba sin pintar. Se emocionó al reconocer el escenario: fue como si hubiera llegado al bosque original de Caperucita y el lobo. Después me pidió que le mostrara la cicatriz y que le contara otra vez el cuento.

Esto pasó hace muchos, muchísimos años. Para ser exacto, tres. En las historias de la vida real quizás tres años suenen a poco, pero para una anécdota virtual tres años es la prehistoria. Internet es una sociedad falsa que avanza a cámara rápida: las relaciones personales son veloces y efímeras, los éxitos y los fracasos no tienen la menor importancia, la experiencia se adquiere con facilidad y las buenas moralejas a veces ocurren por una carambola del destino. Lo que voy a contar ocurrió en ese tiempo, en ese mundo.

Ahora mismo estoy viajando en un tren y voy leyendo un libro gordo muy interesante. Mis tiempos de lectura ocurren en el ferrocarril o cuando estoy cagando en casa. Pero resulta que tanto el baño como el vagón presentan incomodidades: no tienen mesas amplias ni apoya brazos, por ejemplo; entonces al libro lo debo soportar en las manos. Cuando el volumen es breve no hay mayores problemas, pero ir y venir con un ladrillo de medio kilo en las manos, en pleno siglo veintiuno, empieza a resultar un despropósito.

Anoche le contaba a la Nina un cuento infantil muy famoso, el Hansel y Gretel de los hermanos Grimm. En el momento más tenebroso de la aventura los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer. Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: "No importa. Que lo llamen al papá por el móvil".

Teníamos quince años, que para las mujeres es una edad recordable, para los perros el principio de la vejez, y para nosotros, los varones, nada bueno. Los quince masculinos son una transición del habla, una torpeza del cuerpo. Yo no sabía si Pablo se masturbaba, por ejemplo, ni él si yo; todavía hablábamos de cuestiones infantiles. Éramos amigos, bastante inseparables, aunque es verdad que hoy no lo seríamos tanto. Hay una edad, posterior a los quince, en donde las costumbres y los deseos distancian a los hombres.

La lengua checa tiene muchas tildes, y son extrañas. Algunas, además, se colocan en las consonantes. El apellido de Iveta tiene una, en la ese mayúscula: Šeredovà. Esta tilde provoca que el sonido de la ese se convierta en yuvia argentina. Iveta Šeredova habla castešano un poco mejor, pero no mucho, quizás porque desea seguir siendo checa para siempre. Lee una revista que se llama TV Mánie. Hoy me volvió a pedir que nos descarguemos series donde trabaje Sally Fieldovà. Y yo, con íntimo dolor de crítico de la tele, la perdono.

Hace unos cuantos meses me llamó a casa Luis Rull, uno de los organizadores del EBE 2008, para invitarme a dar la charla final, la que cerraría el evento. Como Luis es muy previsor, me llamó en abril o en mayo; hace muchísimos meses. Y posiblemente lo hizo de esta manera, tan anticipada, porque sabe que únicamente digo que sí a las propuestas remotas. Digo que sí a cualquier cosa que me propongan de aquí a seis meses, porque me resulta muy complicado encontrar una excusa creíble.

Una serie de situaciones (gratas) provocaron que el mes pasado haya escrito poco en mi cuaderno. Es verdad que no redacto estas páginas para nadie, pero también es mentira: suelo andar por la casa con más soltura si el último relato de Orsai está en sintonía con una fecha cercana. Será que al publicar un texto nuevo dejo de sentir la espera ajena, o que necesito escribir por superstición amateur, para que esto no deje nunca de ser un hobbie. Sea por una cosa o por la otra, hacerlo me tranquiliza; me pone en orden.