Estamos de cierre hasta el domingo. Toda la redacción está en Buenos Aires menos yo, hundido en el invierno español. Conectado al Skype veinte horas al día y sin tiempo para actualizar. Pero es jueves, día de goteo. Y tenía ganas de contarles que el número cinco de Orsai no tiene gollete. Vemos páginas, recibimos textos e historietas. Tiras cómicas y entrevistas. Columnas y cuentos. Es la mejor revista de la historia. Pónganle la firma.

Las últimas dos semanas fueron las primeras con redacción en Argentina y yo solo en España. Y funcionó. No me sentí triste ni nostálgico. Skype prendido las veinticuatro horas, Dropbox trabajando en línea desde cuatro países, corrección de textos triangulados entre Mercedes, Sant Celoni y San José de Costa Rica, dibujos que venían de Lérida y de Rosario y de Madrid, pruebas de imprenta... Pero en realidad silencio absoluto en casa. Yo en piyama hablando solo. Sin miradas cruzadas ni ronda de mate. No sé. Fue raro, pero fue lindo.

En un largo perfil firmado por la periodista Ana Prieto, María Kodama habla del extraño casamiento en Paraguay, de la herencia, de los derechos intelectuales, de los juicios que ganó y perdió y de su ambigua relación con internet («allí uno entra y encuentra cualquier cosa, hay cada error...»). Revela que duerme solo cuatro horas, que viaja sin descanso propagando el legado de su marido. Y aprieta los dientes cuando se le menciona a Bioy Casares («es un traidor, solo un cobarde hace lo que él hizo»).

Le pedimos a nuestro gran amigo Franco Pastura (distribuidor de Orsai en Rio de Janeiro, y gran periodista) que nos recomiende lugares, que nos cuente trucos, que nos avise por dónde anda la policía y cuáles son los sitios liberados. Es decir, una crónica turística, pero muy enfocada al mundo cuete. Pero Franco fue más allá: también nos da un panorama histórico del porro en Rio desde la colonia hasta los problemas actuales del narcotráfico. En resumen, una crónica Orsai, desde la punta hasta la tuca.

La historia ocurre en una Argentina de pesadilla. El país se quedó sin carne y nadie tiene qué comer. En medio del caos, el Ejército recluta a los varones mayores de edad. Los saca de sus casas, de los bares, de donde sea. Los arrastra a empujones, los uniforma y los obliga a pescar. En los afluentes del río Paraná han crecido surubíes enormes que son atrapados por gomones de Gendarmería y suministrados a los habitantes hambreados del conurbano bonaerense.

Esta mañana me llamaron de un programa de radio venezolano, imagino que muy oído en el país (porque empecé a recibir correos de oyentes casi de inmediato), y los presentadores me preguntaron por la experiencia Orsai, el «novedoso» método de distribución de la cultura, etcétera. Respondí con tristeza, porque Venezuela es una piedra en el zapato. Imposible distribuir cultura latinoamericana en ese país, por culpa de no sé qué ridiculez del mundo viejo.

La última vez que estuve en Buenos Aires conocí por fin a Sáenz Valiente, uno de los mejores dibujantes de historieta del universo. Con Juan habíamos trabajado juntos en mi cuento "La madre de todas las desgracias" que apareció en la Orsai N3. Fue un placer hacer cosas con él, a la distancia. Me enloqueció a preguntas para adaptar la historia, y eso es fantástico. Desde entonces supe que Juan volvería a estar en la revista. ¿Pero cómo? ¿Y haciendo qué?

Acabo de actualizar el home de la editorial; puse esto: «Conseguir revistas Orsai no es fácil. La suscripción es cara. Casi siempre nos atrasamos en la entrega. Imprimimos solo un número limitado de ejemplares. Etcétera. Si querés revistas baratas, fáciles de conseguir, en el kiosco de la esquina hay un montón». Lo escribí en caliente, cuando me cansé de esperar que las revistas salieran del puerto de Barcelona. Ahora ya están en camino a sus distribuidores europeos, pero fue una semana intensa. Me cansé mucho.

Hace cinco años la muerte de Fontanarrosa nos produjo la tristeza de una ausencia cotidiana. Los ídolos cuando mueren nos dejan el asombro de su obra. En cambio cuando mueren amigos queridos nos arrancan un futuro común. Ya no más una sobremesa o un viaje compartido. Con Fontanarrosa sentimos eso: ya no más domingos futuros con su historieta, no más mundiales de fútbol con su reseña, no más cuentos nuevos. No solamente lo queríamos. Sobre todo, lo queríamos más tiempo.

Salimos de imprenta hace algunas horas. La Orsai número 6 empieza a distribuirse la semana del dos de abril y, como sabíamos la fecha desde hacía meses, con Chiri nos pusimos a pensar en un especial sobre Malvinas. Nuestra idea fue buscar dos escritores admiradísimos: uno británico, otro argentino. Necesitábamos que fuesen (a nuestro gusto) los dos mejores escritores vivos de cada país. Tuvimos suerte, mucha suerte. Ian McEwan y Abelardo Castillo se dejaron entrevistar por Gonzalo Garcés.

Hace unos meses Chiri me dijo: «Brasil la debe estar rompiendo con la literatura, y nosotros ni idea». Desde entonces —llenos de culpa— estuvimos buscando y leyendo cuentos brasileños hasta que nos atragantamos. Buscamos gente surgida de internet, no a los de siempre, no a los conocidos por el público hispanohablante. Buscamos autores con gran participación en el mundo virtual. Y nos encontramos con una narrativa impresionante.

Voy a usar por última vez mi espacio personal para comunicar una aventura. Después de eso, volveré a usarlo únicamente para escribir boludeces. El blog Orsai nació el 27 de febrero de 2004 con un texto en el que me di a conocer como autor. Durante años escribí aquí únicamente cuentos y reflexiones en un clima bastante sosegado. El 23 de septiembre de 2010 interrumpí ese tono para hablar de un proyecto. Desde ese día, el proyecto se comió a todo lo demás.

Estoy leyendo mucho la prensa española estos días, porque Argentina está saliendo en la tapa de los diarios con letra grandota. La última vez que salimos en la tapa con letra grandota fue cuando renunció De la Rúa. Corralito. Cinco presidentes en una semana. Caos. Después hubo un gran silencio de nueve, diez años. No salimos más en la tapa. Y eso es bueno. Cuando Argentina no sale en la tapa de la prensa española, todo está tranquilo.

La televisión te engorda cinco kilos, entonces cuando me invitan a la televisión primero bajo cinco kilos. Uso un método que se llama la cura del sirope. Hay que estar diez días sin comer, tomando agua mezclada con sirope y limón. No funciona como dieta sino como limpieza del cuerpo, pero deshincha bastante. A mí no me importa ni limpiarme ni adelgazar. Lo único que me importa es no verme en la televisión con papada. Por eso llegué al canal muerto de hambre.